Los Césares de la Patagonia/XIV

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Los Césares de la Patagonia (Leyenda áurea del Nuevo Mundo) (1913) de Ciro Bayo
Capítulo XIV
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CAPITULO XIV
El derrotero de Rojas.


La noticia de los Césares había traspasado el mar y en España era comidilla de gente aventurera y asunto del día, no por las empresas de Mascardi—que de éstas sabían únicamente los señores del Consejo de Indias y algún lector privilegiado de las anuas de la Compañía de Jesús—, sino á causa de un advenenizo de Chile, llegado á la Península para impetrar del rey el descubrimiento de los Césares.

Llamábase el tal Silvestre Antonio de Rojas; había sido vecino de Buenos Aires; los indios le cautivaron en el campo y llegó á cacique entre ellos; pero "estimulado de su conciencia para morir entre cristianos" y restituirse á su patria dejando las delicias del cacicazgo, escapó á Buenos Aires á informar al rey de la noticia que tenía de la ciudad encantada. Su memorial lo encabezaba así: Derrotero de un viaje desde Buenos Aires á los Césares por el Tandil y el Volcán, rumbo de Sudoeste, comunicado á la corte de Madrid en 1707 por Silvestre Rojas, que vivió muchos años entre los indios peguenches.

Tiene el mérito de la brevedad porque todo él cabe en una página.

La esencia es que al sur, costeando la cordillera, se encuentra el valle de los Césares. Un río muy grande y manso separa la puebla de los indios de la ciudad de los españoles en un llano poblado más á lo largo que al cuadro, al modo de la planta de Buenos Aires. Tiene hermosos edificios de templos y casas de piedra labrada y bien techadas, al modo de España, y en las más de ellas hay indios para su servicio y de las haciendas. Los indios son cristianos, reducidos por los mismos españoles. A las partes del norte y del poniente, la cordillera nevada, donde trabajan muchos minerales de oro y plata y también cobre; por el sudoeste y poniente hacia la cordillera, campos con estancias de muchos ganados mayores y menores y muchas chácaras, donde recogen con abundancia granos y hortalizas, adornadas de cedros, plátanos, naranjos, robles y palmas, con muchedumbre de frutas muy sabrosas. Carecen de vino y aceite porque no han tenido plantas para viñas y olivares. A la parte del sur, como á dos leguas, está la mar, que les provee de pescados y marisco. El temperamento es el mejor de todas las Indias, tan sano y fresco que la gente muere de pura vejez. No se conoce allí las más de las enfermedades que hay en otras partes; sólo faltan españoles para poblar y desentrañar tanta riqueza. "Nadie debe creer exageración lo que se refiere por ser la pura verdad, como que lo anduve y toqué con mis manos". Firmado: Silvestre A. Rojas.

Otra Jauja, en fin, á juzgar por tan risueños detalles. El autor del memorial pintaba el país de su descubrimiento al modo y manera que un agente de emigración en nuestros días, para reclutar incautos. Los ministros de Felipe V, escarmentados con la nube de arbitristas que en el reinado anterior llovió en las Secretarías, dieron carpetazo al informe de Rojas. Cansado éste de esperar contestación, fué á Chile—la tierra delos Césares—, por si las autoridades querían ayudarle. Como la historia que contaba estaba de acuerdo con la tradición chilena, se elevó su instancia al virrey del Perú, cuya junta de guerra autorizó el memorial para ante el Consejo de Indias. Y como las cosas, cuando se ponen bien, favorecen de golpe, llegó á Rojas la nueva de que un hijo suyo habla muerto en Sevilla, nombrándole su heredero. Sin más tardanza, Rojas se embarcó para España á cobrar la herencia y á trabajar él mismo su famoso asunto.

Llegó á Sevilla en 1715 y alboroto la ciudad con la nueva que traía. Ganó el ánimo del marqués de Valle Hermoso, y éste recomendó al Consejo de Indias el informe y derrotero del indiano.

Rojas era un alucinado ó un empedernido aventurero, porque en cuanto cobró el dinero de su hijo se lo gastó en armas para una compañía de soldados que acudieron á su banderín de enganche. Faltaba, sin embargo, la autorización real para el embarque, y ésta no venía; era que el Consejo de Indias estaba tramitando el memorial para su resolución.

El Consejo comisionó al procurador de la Compañía de Jesús, de Chile, en la peninsula á la sazón, para que examinase á Rojas y diera informe acerca de su relación, por si valía ó no la pena de hacer el descubrimiento. El padre procurador dió su informe desfavorable á Rojas, pero proponiendo que puesto que en Santiago de Chile había una junta de poblaciones presidida por el gobernador, el obispo, el oidor más antiguo y un misionero, se le sometiera el asunto. El Consejo aceptó la indicación, y por una real cédula ordenó al gobernador de Chile convocara la junta de poblaciones con esa proposición. El gobernador electo de Chile, Cano de Aponte, estaba entonces aprestándose en España para el viaje, y en propia mano se le entregó la cédula en 1716.

El memorial de Rojas no podía llegar en peor ocasión; los indios habían arruinado la misión de Nahuelhuapí, y como por otra parte estaba fresco el recuerdo del infortunado Mascardi, la Junta de poblaciones chilena declaró que no valía la pena que se hiciera el reconocimiento de los pretendidos Césares solicitado por Rojas. Tan bajo se cotizaba ya el valor de la leyenda, que esta resolución no pareció digna de ser comunicada al Rey, y en Madrid ignoraban si se había hecho ó no algo sobre este particular, hasta que vino otro pretendiente por el estilo de Silvestre Rojas: un fraile franciscano, Pedro Jerónimo de la Cruz, que repitió la misma relación de los Césares, diciendo haberla recibido de su propio padre, y él se ofrecía para ir á evangelizar aquellas naciones.

Este religioso escribía desde Montevideo en 1724. El Consejo se acordó entonces de los informes que sobre esto se habían remitido á la Junta de Chile para misiones y descubrimientos, y expidió una real cédula análoga á la motivada por el asunto Rojas. También el fraile fué desahuciado.

Silvestre Rojas se había quedado sin dinero y sin descubrimiento; pero no dando el brazo á torcer, mandó imprimir su Derrotero y lo hizo repartir profusamente en el Virreinato del Perú. La tenacidad del impostor surtíó su efecto, porque hizo muchos convencidos, entre ellos todo un oidor de la Real Audiencia de Chile, que, dando fe á las aserciones de Rojas, escribió en 1719 una carta á los Césares. Un indio llevó el mensaje, pero en el camino lo mataron los puelches; y después, en una entrada que se hizo de Chiloé, el mismo que había servido de amanuense al oidor é iba ahora de capitán de los españoles, encontró la carta entre los indios, la cual, como es natural, nadie más que épudo reconocer como auténtica y de su puño y letra.

Desconcierta tanta credulidad sobre los Césares, porque hombres serios autorizan las más disparatadas noticias y puntualizan los derroteros.

El jesuita Cardiel, en 1746, eleva al gobernador de Buenos Aires otro memorial sobre los Césares de la Patagonia, y cuenta de una cautiva española que, llevada por los indios á la cordillera, vió una ciudad de gente blanca, pero no española, porque hablaban una lengua que ella no entendía.

Veinte años después un presidente de Chile ordena levantar una información entre los indios por Ignacio Pinuer, intérprete oficial de Arauco, y los caciques confirman ser verdad la existencia de "la Ciudad encantada", sin omitir su descripción y el camino para llegar á ella. Uno decía haberla visto á orillas de un gran lago; otro, que había oído tocar sus campanas; otro, en fin, detallaba al pormenor las maravillas del recinto y la condición de los moradores.

El historiador Lozano cree fundada la existencia de los Césares, y habla de tres ciudades de éstos: la del Muelle, la de los Sauces y la de Hoyo. La gente de Chile agregaba dos ciudades más: una de ellas Santa Mónica del Valle, á corta distancia del estero de Cahuelmo.

Poco á poco íbase creando un imperio fabuloso de españoles en las abras de los Andes ó en el corazón de la Patagonia, en el paralelo de Chiloé. El pueblo, en vez de desmontar los andamiajes de la leyenda cesárea, se complacía en revestirlos con doradas quimeras. En 1787 resucita la cuestión ante la Corte de España persona tan calificada como don Manuel José de Orejuela, quien eleva al Rey una memoria de sus servicios á la Corona y pide ir al descubrimiento de los Césares. El fiscal de Chile, doctor Uriondo, informa favorablemente la solicitud en vista de las atestaciones juradas, explícitas, acordes y terminantes acerca de la Ciudad encantada.

Tan en serio tomaba el asunto Orejuela, que en la nota en que acompañaba su memorial pedía al Secretario general de Indias, D. José de Gálvez, que se remitieran á los gobiernos de Chile y del Río de la Plata ejemplares del mapa general de la América del Sur por D. Juan de la Cruz Cano y Olmedilla, grabado en 1775, porque era indispensable tenerlo á la vista para gobernarse en la expedición á los Césares. Prueba de la valía de este Orejuela es que el mapa á que se refiere, confiesa Cano Olmedilla ser el autor el expresado D. Manuel de Orejuela, "como facultativo y práctico en el continente boreal, en donde ha empleado mucho tiempo y trabajo".

Parece ser que á última hora se le enfriaron los entusiasmos ó desistió de su empresa el insigne cosmógrafo, porque los mapas vinieron en la expedición de D. Pedro Ceballos, primer virrey del Río de la Plata, pero sirvieron para que sobre ellos se discutiese la cuestión de límites pendientes con Portugal. Un ejemplar de estos mapas existe en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile, que tal vez sea el remitido á Orejuela.
Tehuelches con quillangos de guanaco.

Tehuelches con quillangos de guanaco.