Los Césares de la Patagonia/XV

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Los Césares de la Patagonia (Leyenda áurea del Nuevo Mundo) (1913) de Ciro Bayo
Capítulo XV
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CAPITULO XV
Tomás Falkner.


El Virreinato de Buenos Aires fué creado precisamente por asuntos relacionados con la Patagonia y el Estrecho, las fabulosas regiones de los Césares.

El Gobierno español empezaba á interesarse por estas comarcas y ordenó algunas exploraciones costeras; una de ellas, la encomendada en 1745 al jesuíta Quiroga que pasaba por especialista en aquellas regiones, á bordo de la nave San Antonio, del que era piloto Andía y Varela. Otros dos jesuítas, Cardiel y Falkner, se significaron al mismo tiempo por sus exploraciones por el interior de la Patagonia.

Era Tomás Falkner (Falconer, á la española) un joven irlandés llegado al Río de la Plata como cirujano de un buque de la Compañía de Cádiz. Era católico y hablaba el castellano. Estando en Buenos Aires cayó gravemente enfermo y se confesó con un jesuíta. Repuesto de la enfermedad, pero sin recursos para mantenerse, su padre espiritual le favoreció con socorros materiales, y parte por vocación, parte por agradecimiento, el joven irlandés entró en la milicia de Loyola. Aprovechando sus conocimientos en cirugía, su provincial le destinó como misionero á la Patagonia. Trabajó como cuarenta anos en las reducciones de indios del Río Colorado, haciendo repetidos viajes más hacia el sur, adquiriendo un perfecto conocimiento de la Patagonia y de sus habitantes. Lo mismo que Mascardi, hablaba á la perfección los dialectos indígenas, y debido á esto se granjeó la amistad de gran número de caciques. Uno de sus mejores amigos fué un cacique del Río Negro, Cangapol, gigante tehuelche de más de siete pies de altura.

Habiendo cumplido con exceso el tiempo de misionero, sus superiores le dieron licencia para ir á descansar á Inglaterra, haciéndolo en uno de los Colegios de la Orden en este país. En su retiro el viejo Falkner estaba arreglando sus apuntes y notas sobre su querida Patagonia, para dedicársela al rey de España, cuando ocurrió la expulsión de los jesuítas de España é Indias en 1767. Entendiendo Falkner que su obra ni sería grata á la Corte de Madrid ni la dejarían circular en castellano, porque la metrópoli ponía muchas trabas á la publicación de datos relativos á las colonias, la vertió al inglés, adornándola con un gran mapa y con datos nuevos é importantes.

La Descripción de la Patagonia de Falkner salió á luz en Hereford en 1774. Otras obras habían escrito los jesuítas en su destierro dando una idea más ó menos completa de la geografía, etnografía y lenguas de América, de tanto ó mayor mérito que la descripción de Falkner; pero esta se llevó la palma entre todas porque daba el conocer el punto vulnerable del Imperio colonial español, la Patagonia expuesta por el Atlántico y el Estrecho á la invasión extranjera. Falkner describía minuciosamente las costas y el interior de la Patagonia, la duración de las jornadas, los caminos y pueblos indígenas y aun daba un itinerario desde la desembocadura del Río Negro á Valdivia de Chile. Como buen inglés, señalaba este camino á sus paisanos que habían puesto el pie en Puerto Egmont de las islas Malvinas, centinelas de la Patagonia y llave del Estrecho.

Desde 1741 se disputaban esas islas España é Inglaterra. El marino inglés Strong las descubrió en 1690 y las llamó islas Falkland en honor de lord Falkland, y inundándose en este descubrimiento, la Corte de Londres las daba por suyas. España adujo el argumento de ser islas adyacentes á un continente que le pertenecía y demostró á su vez que sus navegantes las habían reconocido antes de Strong. No tuvo por entonces más consecuencias el proyecto de ocupación inglesa del Archipiélago; pero el imperialismo sajón acechaba la presa. Las relaciones de tanto y tanto marino inglés habían popularizado en Inglaterra las regiones magallánicas, y políticos y escritores hablaban de ellas con frecuencia. Las relaciones de viaje, exagerando las noticias de Pifagetta, daban á los indios del Estrecho una estatura de tres varas de largo, y en cierta ocasión se vió uno que parecía una torre viviente de pie sobre una roca, mirando pasar los navíos ingleses. Quizás este episodio inspirara al gran Shakespeare la famosa imprecación de Caliban á Setebos, en La Tempestad, dios marino tehuelche correspondiente al Adamastar del Cabo de las Tormentas, cantado por el poeta de Os Lusiadas. Un siglo después que Shakespeare, en 1765, Junius escribía dos famosos libelos acusando á los hombres públicos de flojedad y poco patriotismo por el abandono que hacían de las islas Falkland. La oposición parlamentaria que con este motivo se levantó, obligó al ministerio inglés á renovar sus pretensiones sobre el Archipiélago.

El duque de Choiseul, primer ministro de Francia, en vista de que el Gobierno español nada hacía para oponerse á las pretensiones de Inglaterra, despachó á las islas una colonia de bretones y normandos procedentes de las colonias francesas del Canadá destruidas por los ingleses, por donde las Falkland vinieron á llamarse Las Malouinas (Malvinas) á contemplación de Saint-Malo, famosa pesquería de la Bretaña. España protestó en el acto y obtuvo del duque de Choiseul la seguridad de que Francia no quería otra cosa que evitar cayese en manos de una rival poderosa una posición estratégica de primer orden en los mares de América, y que estaba dispuesta á devolver las islas á España siempre que ésta se comprometiese á ocuparlas y defenderlas eficazmente.

En 1766, el marino francés Bougainville hizo entrega de las Malvinas al gobernador español Ruiz Puente.

Tan á tiempo fué este acto posesorio, que mientras los españoles fundaban un pueblo en la bahía de la Asunción, los ingleses fundaban otro en Puerto Egmont.

Con motivo de la recepción de las Malvinas, estaban en Buenos Aires las fragatas españolas El Águila, La Esmeralda, La Venus, La Liebre y la Santa Rosa, y el Gobierno de Madrid mandó que tres de ellas fueran á desalojar á los ingleses, llevando á bordo un batallón de marina, al mando del teniente coronel Madariaga. El comandante inglés de Puerto Egmont, viéndose inferior en fuerzas, desocupó la isla, bajo protesta. Este acontecimiento estuvo á punto de producir una ruptura de relaciones entre España é Inglaterra, pero al conde de Aranda le convino ceder por el momento, devolviendo la colonia á los ingleses. Y fué buen acuerdo, porque años después, en virtud de un tratado, España recobraba Puerto Egmont.

Puede juzgarse por estos antecedentes el interés que para los ingleses tendría La Patagonia de Tomas Falkner, salida de la imprenta en sazón tan oportuna.

El embajador de España en Londres dió parte á Madrid de las noticias sobre la Patagonia publicadas por el jesuita inglés, y daba la voz de alarma á propósito de los puntos vulnerables que Falkner descubría.

En 1776 el rey Carlos III creó el Virreinato de Buenos Aires, con el fin de establecer en las costas meridionales atlánticas un centro de operaciones militares y marítimas como el Virreinato de Lima en el Pacífico. Como al general Ceballos, primer virrey del Río de la Plata, se le ordenaba consultar el mapa de Cano y Olmedilla para la creación del virreinato, la Patagonia quedó fuera de su jurisdicción, supuesto que en el antedicho mapa lleva el nombre de Reino de Chile la parte que ocupa la Península, así como el de Chile moderno al territorio más inmediato al Estrecho; sin embargo, como la inspección de los establecimientos patagónicos era más fácil desde Buenos Aires que desde Lima, el Virreinato del Río de la Plata ejercía de hecho la supremacía jerárquica. Tal es el título que ha invocado en nuestros días la República Argentina para afirmar su soberanía en la Patagonia, antigua dependencia de Chile.

Dos años después de fundado el nuevo Virreinato se temió que Inglaterra intentase en la costa patagónica lo que había hecho en las Malvinas, y Carlos III, á propuesta de D. José Gálvez, marqués de Sonora, expidió esta Real Cédula:

"Don Carlos, etc... Con el importante fin de hacer la pesca de la ballena en la costa de la América Meridional, impedir que otras naciones consigan este beneficio y asimismo que quede resguardada de cualesquiera tentativas que en lo sucesivo puedan intentarse contra el dominio que me pertenece en aquellos países, he tenido por conveniente se establezcan en varios parajes de aquella costa del virreinato de Buenos Aires las poblaciones y demás establecimientos que á estos objetos correspondan, etc."

Según esta Real Cédula, el Gobierno de la metrópoli atribuye al Virreinato del Río de la Plata la costa patagónica hasta la desembocadura del Río Negro, y de aquí para el Estrecho, territorio chileno. No obstante, el rey no hizo de esta región una nueva provincia, sino que se redujo á ordenar en ella la fundación de dos fuertes ó establecimientos provisionales, creando un empleo nuevo en América para su gobierno: el de "comisarios superintendentes", cuyo nombramiento se reservaba la real persona; con la circunstancia que los puntos designados para las fundaciones eran las entradas á la Patagonia, señaladas en el libro de Falkner.

Se conoce que Falkner no creía en la existencia de los Césares de la Patagonia, pues ni los menciona ni nunca se le ocurrió buscarlos. El jesuíta inglés persiguió en sus viajes por la región un fin más práctico que el que anhelaba el alma generosa y entusiasta de Mascardi; pero ambos á dos fueron viajeros de la Patagonia no superados por ningún otro, sin exceptuar á Musters. Los viajes de Mascardi fueron infructuosos, porque perseguían una quimera; los de Falkner, de más provecho, porque fueron con fines científicos; pero aparte de esta diferencia de objetivo, son comunes á entrambos el entusiasmo en las aspiraciones. Por todo esto, los nombres de Mascardi y de Falkner están escritos con letras de oro en la historia de la Patagonia.

Cuantos hablan de Falkner atribuyen la publicación de su obra á una venganza de la Compañía de Jesús contra la Corte de Madrid, por la expulsión de la Orden. Es una especie que propaló Pedro de Angelis—un erudito italiano, ex preceptor de los hijos de Murat cuando el efímero reinado de éste en Nápoles, que emigró á Buenos Aires y prestó muy buenos servicios á la literatura argentina, publicando documentos importantísimos de la Historia del Río de la Plata.—Entre otros trabajos, tradujo al castellano, en 1835, el libro de Falkner. En el prefacio de su traducción echa en cara al autor el haber hecho sus revelaciones en perjuicio de España.

Cierto que fueron perjudiciales, pero no por malevolencia de quien las propaló, sino por lógica evolación del tiempo. España tenía incomunicadas sus colonias del resto del mundo, y los jesuítas expatriados que conocían perfectamente aquellos países, los dieron á conocer á las naciones europeas, corriendo el velo del misterio de los países de donde venían. Sus obras, etnográficas y científicas en su mayor parte, son libros agradables y de los que se saca noticias bastantes para hacer creer á quien los lee que ya conocen el país descrito; pero nunca zahieren á España; leyéndoles bien, á través de sus páginas se descubre un fondo de cariño por la metrópoli bajo cuyo patronato florecieron las misiones. El mismo Falkner, en el prólogo de su obra, se muestra amigo sincero de España, recomendándole la conveniencia de unirse con Inglaterra y de dejar abierto el camino á las Indias.

Suponer que los libros americanos de los jesuítas expatriados, y en particular La Patagonia de Falkner, fueron la primera brecha abierta á la dominación española, algo así como una propaganda subversiva de invasión extranjera que facilitara la emancipación de los colonos, es una deducción muy forzada. Ni los jesuítas eran quién para abatir el poder español en Indias, ni hay que juzgar sus escritos con criterio tan mezquino. ¿Fueron indiscretos, revelando noticias que pudieran perjudicar á la metrópoli? Esta ya es opinión más admisible, como lo comprueba la prisa que se dió España á fortificar las bocas de los ríos patagónicos ante la alarma que produjo el libro de Tomás Falkner.