Los Césares de la Patagonia/XVIII

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Los Césares de la Patagonia (Leyenda áurea del Nuevo Mundo) (1913) de Ciro Bayo
Capítulo XVIII
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CAPITULO XVIII
Ultimas ondulaciones de la leyenda.

Menéndez fué el último viajero á los Césares y después de él nadie volvió á internarse por el campo de la tradición.

Alboreó el siglo xix y de un golpe sobrevino la transformación política y social de América; las colonias se emanciparon de España y cada república fué un campamento y una agora donde resonaban, bien belicosas proclamas, bien tribunicias arengas. Mal podían entretenerse, pues, chilenos y argentinos con apacibles leyendas coloniales.

Pasaron años, y con la pujanza de los pueblos jóvenes, La Argentina y Chile acometieron la conquista del desierto; sus armas victoriosas acorralaron hasta las grietas de los Andes á los indios pampas y araucanos.

En nombre de la civilización, el bárbaro fué barrido de la tierra y suplantado por el colono europeo. ¡Se acabaron aquellos hombres-niños que iban de un confin á otro de la Patagonia, contándose nuevas de fantásticas cabalgadas y ciudades de huincas! ¡Se acabaron los poyas de Mascardi y los puelches de Antullanca! Los únicos que quedan son tal cual cacique moluche ó tehuelche que, como el taimado Chulilaquin que conocieron Villarino y Menéndez, han cambiado el toquí guerrero por el ridículo bastón de mando. En 1879 los argentinos dieron el último golpe al dominio de los indios en la pampa, y en 1883 Chile terminó su campaña contra los araucanos. Sahihueque y Orelio Antonio I fueron los últimos caudillos que vieron el fin de la Araucanía á un lado y otro de la cordillera.

Conquistado el desierto, surgió la cuestión de límites entre las dos naciones fronterizas y la legendaria región de Nahuelhuapí fué el punto de reunión de peritos, geógrafos ó ingenieros para la base del tratado en que se había de decidir sobre la adjudicación de la Patagonia. El tratado se firmó al fin, dando á Chile las entradas á los valles principales de la costa y todo su trayecto hasta el fondo, y á la Argentina los valles subandinos y las pampas, al este de la divisoria de las aguas, Nahuelhuapí, como el resto de la Patagonia, es, pues, territorio argentino por el tratado de límites de 1881. En estas latitudes Chile tiene 24 leguas de ancho hasta las cumbres y la Argentina 90 desde las cumbres al Atlántico.

En el hermoso lago de Nahuelhuapí, embellecido por la leyenda, ha entrado ya la civilización con el fecundo y ruidoso cortejo de sus inventos; se navega á vapor por él; en sus márgenes se levanta Puerto Blest, Puerto Moreno y San Carlos; un camino real, el mismo que usaban los misioneros jesuítas, sigue desde el lago orillando la falda oriental de la cordillera hasta buscar la senda á Valdivia y Concepción. No está lejano el día en que se abra otro ferrocarril transandino ó interoceánico; entonces el viajero irá de Nahuelhuapí á Ralún y en este punto se embarcará para las costas del Extremo Oriente ó bien se dirigirá al Norte por el ferrocarril longitudinal chileno.

Cruzará sobre puentes los mismos ríos que vadearon á caballo Hernandarias y Cabrera; atravesará, en alas del tren, las dilatadas pampas por las que fué predicando Mascardi; y llegado que haya á los valles subandinos, el viento le traerá el acre olor de las pomaredas que plantaron los antiguos colonos de Osorno y Villarrica y esquilmaban los indios manzaneros. Llegará á Nahuelhuapí, navegará el lago y el tren chileno le internará en la cordillera, dejándole ver el manto de nieve del Tronador y las náyades del baño del Buriloche.

Al fin parará en Ralún, antiguo puerto del estero de Reloncaví, en pleno Chiloé, y punto de cita de misioneros y soldados, yentes y vinientes dela región de los Césares; si el viajero interroga á algún viejo chilote, éste, interpretando á su modo los fenómenos de la cordillera, le dirá que el tronido de los lurtes son tiros de la artillería de los Césares, y que ciertas corrientes de cascajo y arena que descienden de los volcanes de Chonos son veredas trabajadas por los mismos para rodar sus cañones...

¡Tales son los livianos cimientos de la tradición; parece que nunca dejará de ser, y cuando no es, asombra que haya sido! En cuanto la de los Césares, su poesía ha ido á refugiarse en la memoria de unos cuantos chilotes que la recuerdan luminosa y florida como un jardín de leyenda y se transmite de padres á hijos, como últimas ondulaciones de una hermosa ficción que por tanto tiempo entretuvo á sus antepasados.


FIN