Los Césares de la Patagonia/XVII

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Los Césares de la Patagonia (Leyenda áurea del Nuevo Mundo) (1913) de Ciro Bayo
Capítulo XVII
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CAPITULO XVII
Viaies de Fray Francisco Menéndez.

Uno de los peores males del imperio ultramarino español era su extensión desmesurada, tanto que con sus jirones se han formado hasta nueve repúblicas sólo en la América meridional, y éstas, tan vastas, que la mitad de su territorio está aún por colonizar. Más que las cordilleras andinas, eran los desiertos de la pampa y de la Patagonia la barrera infranqueable, entre el Río dela Plata y la costa chilena, que tenía incomunicados ó poco menos á los españoles de la una y otra banda.

Diez años habían pasado desde la expedición de Villarino, y la gente de Chile no se había enterado todavía del viajero que en poco estuvo no llega á Valdivia á hacerles una visita desde las cabeceras del Río Negro. Para los castrarios sobre todo— como se llaman los de la ciudad de Castro, antigua capital de Chiloé—la región de Nahuelhuapí seguía siendo el campo de los Césares.

A instancias del omnipotente virrey del Perú, don Manuel Amat, el archipiélago chiloense fué puesto bajo la dependencia directa del Virreinato, segregándolo, por consiguiente, del gobierno de Chile. Parece ser que el temor á los ingleses que pudieran venir por el Estrecho, fué la causa determinante de este cambio de jurisdicción, y que D. Manuel José Orejuela, de quien se habló anteriormente, fué el inspirador del proyecto, después de su reconocimiento de la bahía de Ancud en 1759. Este último detalle explica cómo el insigne cosmógrafo peruano se aficionó tanto á la leyenda chiloense de los Césares hasta el punto de convertirse en él, en lo que gráficamente se llama "una chifladura".

Ya era muy anciano cuando le vió en Valparaíso otro marino célebre, D. Alejandro Malespina, llegado á las costas de la América meridional el año 1790, en Viaje de exploración con las corbetas Descubierta y Atrevida. Orejuela traía revuelto Chile con su pretensión de descubrir la "Ciudad encantada", no menos que con las informaciones que promoviera sobre una expedición á los Cesares de la Cordillera; un viaje de cierto padre Talevoire, mercedario francés, que pretendió hallarlos siguiendo por tierra el curso del río Reremo. El unico testigo sobreviente era el nonagenario Juan Barrientos, que daba los informes más explícitos sobre el camino. Parte por convicción, parte por servir á un amigo, Malespina, en llegando á Lima, habló al virrey de la toma de Orejuela.

Gobernaba á la sazón el Virreinato frey D. Francisco Gil y Lemus, caballero de la Orden militar de San Juan y teniente general de la Real Armada, quien, sin duda por calzar espuelas de cruzado, se mostró propicio á la empresa. A este fin comisionó al fraile asturiano Francisco Menéndez, de la orden franciscana—que ya se había dado á conocer como explorador del istmo de Ofqui y de los lagos de Cholila—, asociándole con el vizcaíno D. José de Moraleda para que levantase los planos de las lagunas; pero á última hora les dió distinta comisión: á Fray Menéndez á Nahuelhuapí y á Moraleda á la exploración de Chonos.

Ninguno de los dos merece el título de descubridores, pero sí de insignes exploradores de zonas y parajes completamente olvidados. Nahuelhuapí, por ejemplo, lo estaba tanto desde la ruina de la misión, que su hallazgo por Menéndez, el 12 de Enero de 1792, fué tenido por magno acontecimiento. "Cuando el virrey supo el descubrimiento de la laguna—escribe en su diario el fraile explorador—dijo que ya veía al padre Menéndez con una mitra en la cabeza; pero ni él se la puede dar ni el padre Menéndez trabajó por tal interés"—palabras que dan la medida de la importancia que se dió al reconocimiento de Nahuelhuapí y de la modestia del explorador.

En sus viajes á la cordillera guiaron á Menéndez los hijos del Barrientos, compañero de Talevoire.

Menéndez encontró en su segundo viaje á la cordillera el lago Nahuelhuapí, el portillo de los decantados Césares, y el virrey le volvió á enviar para el descubrimiento de la nación de los aucahuincas que habitan á orillas del río Limay. El comisionado salió de Chiloé con cien hombres escogidos y muchos víveres y efectos. Dato curioso es esta lista de útiles para regalar á los puelches y demás indios que encontraran en el camino: 25 hachas de monte, 25 machetes, 100 cuchillos, 100 navajas, 25 frenos, 25 pares de espuelas, ocho docenas de tijeras, un millar de cascabeles, seis piezas de listón, 50 espejos, ocho mazos de chaquiras, doce docenas de sortijas, cuatro gruesas de botones, tres mil agujas, una arroba de añil, tres piezas de bayeta, dos sombreros con galón y diez sin él, una espada y un bastón.

El fraile capitán llegó sin novedad á Nahuelhuapí, navegó el lago y acampó en el lugar donde estuvo la antigua misión jesuita, unos setenta años antes. Se veía claramente el lugar de la capilla, en donde se hallaron dos mecheros de latón amarillo y una plancha del mismo metal, con algunos círculos al compás. Cavó la gente y se encontró una bóveda de madera donde había seis calaveras. La casa de los padres, consumida del todo por las llamas, conservaba todavía el entarimado del piso; unos paredones señalaban la calle que rodeaba la plaza y un sendero el camino que llevaba al lago. De toda la obra de Mascardi sólo quedaba un manzano plantado por el misionero. La soledad más completa reinaba en este campo de ruinas, sin que se viera rastro de indios.

Para encontrarlos, Menéndez remontó el Limay y á las pocas jornadas dió con la primera toldería puelche. Los indios se mostraron recelosos á la vista de aquella partida armada; pero el buen tacto de Menéndez se ganó la voluntad de Mancuhumay, nieto del bárbaro cacique asesino del padre Elguea y destructor de Nahuelhuapí. Preguntando por los aucahuincas (los Césares), nuestro viajero tuvo vagas noticias, hasta que un cacique tehuelche le puntualizó el sitio donde estaban, que era cerca de su tierra, en Chico Buenos Aires, población á orillas de un río navegable que venía de Nahuelhuapí y se desaguaba en otro lago más grande, de agua muy amarga; ciudad con campanas, pulperías, muchas chaquiras; que los aucas vestían calzones blancos y chaquetas, sembraban trigo, maíz, cebada y papas, y hacían pan, y el cacique hizo la demostración de cómo amasaban. Concluía su informe diciendo que en aquel punto había un capitán grande y otro chico, y que uno de ellos, el cacique Basilio, había venido donde estaban ahora hablando, á recoger manzanas.

Las referencias eran verdaderas; pero Menéndez las trabucó. Como la cancillería del Virreinato, tal vez por ignorarlas, no le había informado de las fundaciones patagónicas hechas años antes, y menos de la expedición de Villarino, nuestro viajero no podía adivinar que Chico Buenos Aires era Carmen de Patagones, y que el cacique Basilio era D. Basilio Villarino. Al cabo de un siglo, Menéndez estaba tan enterado de lo que pasaba en las costas del Atlántico, como Mascardi; y los indios viajeros seguían desfigurando las fundaciones españolas con visiones de leyenda.

Cumpliendo las instrucciones del virrey, Menéndez siguió el curso del Limay para reconocer la nación de los aucahnincas, que según la fama había en sus orillas y que ahora confirmaba el cacique; pero conforme iba avanzando, la indiada crecía á su alrededor en actitud hostil. Nuestro viajero vió á dos mestizos de Buenos Aires, vestidos de indios que, para no ser conocidos, iban pintados, y tan á gusto estaban allí, que por más proposiciones que les hizo para que se reincorporaran, no le hicieron caso, y "éstos suelen ser los peores—escribe sentenciosamente Menéndez en su diario—, porque ya que ellos se ven perdidos, procuran perder á los demás".

Aquel Chulilaquin que vimos en el viaje de Villarino, se encontró ahora también con Menéndez. Venía muy poderoso, y dándose aires de gran señor y amigo de los españoles, aconsejó á los expedicionarios que dieran media vuelta si no querían tener un disgusto. Menéndez celebró consejo de guerra con los oficiales de su columna y todos fueron de parecer que era preciso la retirada, porque los indios se multiplicaban y los que tenían por amigos no sabían si lo eran de veras. Menéndez, sin saberlo, había efectuado el enlace con el punto adonde llegara Villarino en su salida por el lado opuesto de la Argentina, y como éste se volvió atrás, cuando uno y otro estaban cerca de la meta final. Este es el caso de muchas empresas que se malogran por reprimir las riendas en el momento que debe darse el salto último y decisivo.

Menéndez se retiró, pues, apesadumbrado porque no podía cumplir con la misión que se le encomendaba; mayormente cuando, según apunta á la conclusión de su Diario, su opinión era que—"hay al sur de Nahuelhuapí población de espñnoles distinta de los establecimientos de la costa patagónica"—; y ¡oh fortuna veleidosa! el mismo virrey que años antes le brindara con una mitra, disgustado por el último fracaso, ni le nombró tan siquiera en su Relación de Gobierno al entregar el mando en 1796, dos años después del último de los viajes de Menéndez.

Tampoco los Diarios de este viajero fueron más afortunados; hasta que el benemérito alemám-chileno Francisco Fonk los publicó en 1899, en una edición con carácter de centenaria y con comentarios que son una abundante fuente de información sobre la región boreal americana en general.