Los Templarios - I: 46

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Capítulo XLVI - Nuevos viajeros[editar]

Mientras que nuestros mancebos se entregaban al descanso, después que hubieron departido largamente acerca de su aventura, ya muy entrada la noche, o por mejor decir, muy cerca de amanecer llamaron a la puerta de la posada de Maccarroni. Salieron a abrir los criados de Pietro, y se presentaron a su vista cuatro hombres y dos mujeres que con grande ahínco demandaban albergue.

-Me parece que no será posible que os alojéis aquí, -dijo uno de los mozos de Pietro.

-¿Y por qué? -preguntó con altivez uno de los caballeros.

-Porque hay muchos huéspedes.

-Eso no importa.

-Es que casi todas las habitaciones están ocupadas.

-Dejadnos entrar siquiera para que estas damas tomen algún reposo.

-No me es posible permitiros la entrada sin que, expresamente me lo mande mi amo.

-Está seguro de que Pietro no te reñirá.

-¡Oh! Tiene muy mal genio.

-Le conozco mejor que tú; pero yo te aseguro de que si acaso se enfada, será porque no le avises pronto.

-¡Despertarlo ahora!

-No te queda otro remedio.

-Me querrá estrangular por lo menos.

-¿Sabes que gastas muchas retóricas? Anda pronto y despierta a Pietro. ¿No ves que está lloviendo que estas damas se encuentran a la intemperie?

El mozo, aunque refunfuñando, fue a llamar Pietro Maccarroni, quien se levantó de muy mal humor, y echando venablos se llegó a la puerta de la posada.

-¿Quién es el importuno que quiere hablarme a estas horas? -dijo Pietro.

-Un antiguo amigo.

-Yo no os conozco.

-Eso no importa, -repuso el caballero echando pie a tierra-. Ahora me reconocerás perfectamente.

El que así hablaba penetró en el portal, y la luz de un farol que en la mano tenía un mozo hirió de frente el rostro del desconocido. Ciertamente que aquel semblante era una de aquellas fisonomías enérgicas y terribles que, aun cuando vistas a la luz de un relámpago, jamás se borran de la memoria. Muchos años hacía que Pietro no había visto al caballero que tenía en su presencia; mas no por eso dejé de reconocerle al punto.

-¡Monseñor Castiglione! -exclamó estupefacto Pietro-. ¿Vos por aquí?

-¡Silencio, Pietro! Conviene que no me nombres mucho.

-Señor, ¿en qué puedo yo serviros? Sabéis que siempre soy vuestro más humilde servidor.

-Es indispensable que nos albergues en tu posada, aunque no sea sino por cuatro o cinco horas; pues dentro de este tiempo nos será forzoso continuar nuestro camino.

-Podéis creer, señor, que por nadie en el mundo haría lo que me pedís esta noche, pues que tengo casi toda la casa invadida.

-Mucho me place de que tan bien te vaya en tu establecimiento.

-Han venido unos caballeros españoles con una gran comitiva de pajes y escuderos... Mas eso no importa, monseñor Castiglione; tratándose de vos, no tenemos caso. ¡Adelante!

Y esto diciendo, Pietro abrió de par en par las puertas para que penetrase el terrible tuerto y su honrada compañía. Fácilmente adivinará el lector quiénes eran las personas que acompañaban al Templario, que a la sazón conspiraba contra su orden y no vestía su hábito. Los tres hombres que le seguían eran el antiguo prior de Tolosa, Sechín de Flexián, Mendo, el pérfido criado de doña Fidela cuando ésta habitaba en la alquería, teatro de su trágica muerte; y por último, el tercero de los acompañantes era otro antiguo criado de Sechín. Respecto a las mujeres, desde luego se adivina que no eran otras sino doña Elvira y Plácida. Entraron, pues, en la posada nuestros personajes, y Pietro designó a las damas la única habitación que había desocupada, teniendo necesidad de ceder su propio aposento a monseñor Castiglione y a su compañero. El antiguo Templario dio sus órdenes a sus criados a fin de que dentro de cuatro horas estuviesen apercibidos para continuar su viaje. Por lo demás, les mandó retirarse al punto para que descansasen el más tiempo posible, contentándose el buen calabrés y su compañero, con que les asistiese Pietro hasta que se acostasen, lo cual no se verificó sin que antes el posadero no fuese escrupulosamente examinado por Castiglione respecto a los huéspedes que aquella noche tenía.

-¿Dijiste que eran españoles los huéspedes que tenías? -preguntó Castiglione asaz meditabundo.

-Sí, monseñor.

-¿Son muchos?

-Tres caballeros jóvenes.

Castiglione guardó silencio.

Después de algunos momentos dijo, cambiando de conversación:

-Oye, Pietro, si alguien viniese preguntando por nosotros, cuidado con decir que ni siquiera hemos pasado por aquí. ¿Lo has entendido?

-Descuidad, monseñor.

Después de otra pausa, el calabrés volvió a preguntar:

-¿Y aquella muchacha?... No recuerdo ahora el nombre...

-¡Ah! ¿Vannina?

-Justamente. ¿Qué se hizo de ella?

-Murió, monseñor, -repuso Pietro, en cuyos negros ojos brilló un relámpago de furor y de amargura.

-¿Te acuerdas de aquellos tiempos en que íbamos todas las noches, yo a enamorar a Rosalía y tú a su criada Vannina?

-¡Ay si me acuerdo! Nunca se borrarán de mi memoria aquellos días de mi juventud. Nunca fui más dichoso que en el tiempo en que estuve a vuestro servicio; pero después...

Pietro no pudo continuar. Su voz estaba trémula de emoción, y tuvo que hacer heroicos esfuerzos para que las lágrimas no brotasen de sus ojos. También Castiglione parecía muy conmovido; pero su semblante revelaba la feroz alegría de la venganza satisfecha.

-¡Cuán desgraciados fuimos los dos en nuestros amores! -exclamó Pietro.

-Sí, sí, -murmuró Castiglione sonriéndose.

-Mientras que vuestra dama os fue consecuente, también me quiso Vannina; pero luego que Rosalía se casó y vos tomasteis el hábito de Templario, Vannina quiso imitar a su señora, y trató de casarse con un viejo hidalgo del país, que quería partir con ella los achaques de la vejez y una renta de algunos centenares de florines.

-¿Y se casó por fin? -preguntó Castiglione.

-¡Oh! -exclamó Pietro con siniestra sonrisa-. ¿Tan mal me conocéis? ¿Había yo de consentir que me arrebatasen impunemente el ídolo de mi amor?

-¿Y qué hiciste?

-Nada, monseñor... Ya os he dicho que Vannina...

-¿Se casó o no?

-Se casó, monseñor, se casó con... el río Grati.

-¡Ah, buen Pietro! Esa acción es muy digna de ti, y me prueba que tu alma está vigorosamente templada. A un pecho varonil, mi caro Pietro, sientan muy bien los delirantes furores de la venganza.

-¡Y yo me vengué!

Aquellos dos hombres se miraron algún tiempo con una feroz sonrisa de simpatía y complacencia.

-Pues Rosalía, -dijo Castiglione-, creo que no fue más afortunada que su doncella Vannina.

-En efecto, parece que la tierra se ha tragado a vuestra amada Rosalía y a su esposo.

-Sin duda que la tierra se los ha tragado, -repitió con voz lúgubre el calabrés.

Ambos guardaron profundo silencio. Disponíase Pietro a salir de la estancia, cuando Castiglione volvió a dar otro tiento al posadero respecto a los huéspedes españoles.

-¿Has oído nombrar a alguno de esos caballeros?

-Sí, monseñor; pero no recuerdo ahora...

-¡Rayos del cielo!

-Aguardad, monseñor, me parece que uno de ellos se llama...

-¡Acaba!

-¡Eso es!... Don Guilleni de... Gomis di Larra.

Pietro, aun cuando estropeaba notablemente el nombre del caballero español, acertó, sin embargo a dar a Castiglione una noticia en extremo importante.

-¡Don Guillén! -exclamó estupefacto el calabrés-. ¡Bien me lo sospechaba yo! ¡Era él!

Castiglione sabía que don Guillén estaba en Italia, y por consiguiente, desde el momento en que Pietro le dijo que eran españoles los huéspedes que aquella noche albergaba en su posada, sospechó y casi adivinó quiénes eran. Ahora bien, el Templario no debía tener ningún motivo de resentimiento contra Gómez de Lara; pero bastaba que éste hubiese amado a Elvira, para que Castiglione le aborreciese mortalmente.

Añadíase otra razón de gran peso para hombres del carácter de Castiglione. Don Guillén era un amigo de la orden del Templo, y las riquezas y el poder de Gómez de Lara hacían de éste un auxiliar muy respetable, y por consiguiente, muy temible para los enemigos de los Templarios. Y como ahora Castiglione y Sechín de Flexián se habían trocado en decididos agentes de Nogaret y del rey de Francia, no desperdiciaban ocasión alguna para inutilizar a todos aquellos que, amigos y parciales del Templo, pudiesen impedir el triunfo de la nueva causa que habían abrazado. Así es que el calabrés, cediendo a sus feroces instintos, se resolvió al punto, a acabar con un hombre a quien aborrecía, y que a mayor abundamiento podía ser muy útil a los Templarios.

Mientras que Castiglione se abismaba en tales reflexiones, llamaron muy quedito a la puerta de la estancia.

-Perdonad, monseñor, -dijo Pietro-; pero me es indispensable dejaros por un momento.

Y esto diciendo, Maccarroni salió rápido como una exhalación.

-¿En qué estáis pensando, señor? -preguntó un mozo robusto y alto como un roble.

-¡Mi querido Gregorio! -exclamó Pietro con aire abatido-. Sin duda alguna el diablo ha querido esta noche jugarnos una de las suyas...

-¿Pero no podíais haber dejado a esos huéspedes que se durmieran, ya que habéis tenido la necedad de admitirlos? ¿A quién diablos se le ocurre ponerse en tertulia cuando traemos entre manos negocios tan importantes?

-Amigo Gregorio, no se puede todo lo que se quiere.

-¿Y qué hacemos?

-Nada por esta noche.

-En efecto, ya viene el día... pero lo peor es que si se van mañana...

-Habremos perdido un golpe magistral, -repuso Pietro verdaderamente afligido-. Sin embargo, según las trazas, me parece que permanecerán aquí algunos días.

-En fin, allá veremos. ¿Conque es decir que puedo acostarme?

-Cuando quieras.

Marchose Gregorio, y Pietro volviose a entrar en el aposento de Castiglione. El disforme calabrés clavó tenazmente su ojo único sobre el posadero, como si pretendiese leer hasta el fondo de su corazón.

-¿Qué ha ocurrido? -preguntó al fin.

-Nada de nuevo, -repuso Maccarroni bajando los ojos.

-Oye, mi querido Pietro, lo que voy a decirte.

-Decid, monseñor, -repuso Maccarroni un poco sorprendido del aire de misterio y gravedad que había tomado el calabrés.

-Tú sabes que yo te conozco muy bien, mi querido Pietro, y por lo tanto, ya comprenderás que cuando te honren huéspedes tan ilustres como los que esta noche han acertado a albergarse en tu casa, a ti no dejarán de ocurrírsete algunos pensamientos...

-Sí, monseñor, lo confieso francamente. Ya sabéis que entre nosotros, desde hace mucho tiempo, media la más ilimitada confianza.

-Me alegro mucho de que me hables con toda la lealtad de un hombre honrado.

-Debéis saber por experiencia que aun cuando otras prendas me falten, tengo la de ser sincero con las personas que estimo, y no debéis dudar, monseñor, que a vos particularmente os profeso grande estimación.

-¡Muy bien! Pero vamos a otra cosa. ¿Tenía relación con los huéspedes españoles la conferencia que acabas de terminar con tu criado?

-En verdad, en verdad que parece que tenéis diablo... ¡Santa Madonna! Lo habéis acertado ni más ni menos que si antes yo os lo hubiera comunicado todo.

-¿Te convences de que conozco el país, los hombres y a ti particularmente?

-¡Vaya si estoy convencido!

-Ahora bien, mi querido Pietro, podemos hacer un gran negocio.

Pietro miró hacia la alcoba en que se había acostado Sechín de Flexián.

-Creo que está durmiendo, -dijo Maccarroni.

-Y aun cuando velara, es amigo de toda confianza.

-Muy bien, podéis empezar cuando gustéis.

-¿En dónde duerme don Guillén?

-En una espaciosa habitación del piso principal.

-¿Y sus dos compañeros?

-Los tres duermen en el mismo aposento. Me lo exigieron así.

-¿Y cómo andamos de trampas?

-Monseñor...

-Es inútil que andes con paliativos. Acaso mis consejos podrán servirte mucho.

-Si queréis, monseñor, vos mismo podéis convenceros de lo bien dispuestas que tengo mis trampas, como vos decís.

-¿Y cómo he de convencerme?

-Viniendo al piso bajo que corresponde a la habitación en donde duermen los españoles.

Castiglione quedose algunos momentos pensativo.

-No, -dijo al fin-, no es preciso que yo me moleste. Basta que aquí mismo tú me expliques la disposición de tus artefactos.

-En efecto, monseñor, la explicación es muy sencilla. Figuraos que las tres camas están colocadas de manera que el recinto que ocupan puede sumergirse en un subterráneo. Cuando os decía que viniendo al piso bajo os podíais convencer de lo bien dispuesta que está la ratonera, deseaba yo que vieseis los grandes travesaños de madera y de hierro que sostienen las camas y el sitio que ocupan. Estos travesaños forman como una especie de grandes aldabas, y no hay más que descorrerlas para que las camas y el plano que las sostiene, es decir, la parte de pavimento que está completamente cortada, aunque de una manera invisible, por la habitación principal, se venga abajo, desplomándose en un subterráneo.

-¡Perfectamente! Ahora sólo me queda que hacerte una pregunta.

-Decid, monseñor.

-¿Y la caída es mortal?

-Puede hacerse a medida del deseo.

-¿Cómo es eso?

-Que si se quiere, el durmiente o el velante puede caer en el subterráneo perfectamente arropadito, y sin la menor lesión; mas, si conviene obrar de otro modo, es también cosa muy fácil voltear la cama y el pavimento, de manera que el encamado quede hecho seguramente una tortilla. Ahora, monseñor, me diréis cuál de los dos medios preferís, supuesto que la ocasión se ha presentado en términos que vais a ser mi cómplice en el negocio.

-El negocio es muy sencillo, mi querido Pietro. Todo está relucido a que me entregues a don Guillén y a sus compañeros, lo cual aumentará tus ganancias razonablemente; pues además de que serás heredero de tus huéspedes, yo añadiré, por mi parte; algunos centenares de florines.

-Mucho me placen vuestras proposiciones, monseñor; pero en cuanto a lo que decís de que el negocio es sencillo, paréceme que no lo habéis meditado.

-Pues ¿qué dificultades hay?

-En primer lugar, es preciso dejar el golpe para mañana.

-Claro está; si ya será de día.

-Sí; pero el caso es que pudieran marcharse hoy.

-Nadie mejor que tú podrá juzgar sobre eso, pues naturalmente tendrás algunos datos.

-Puede ser que permanezcan aquí algunos días.

-Adelante.

-Ahora la principal cuestión es que, a la vez que demos el golpe a los amos, es preciso no descuidar a los criados.

-¿No puede hacerse lo mismo con ellos?

-Sería necesario que la casa estuviese llena de trampas.

-No sería imposible.

-Desgraciadamente no es así.

-En cuyo caso...

-No nos queda más recurso sino es acometerlos a mano armada; porque os advierto, monseñor, que la comitiva de los caballeros españoles es en demasía numerosa.

-Se les sorprende durmiendo...

-Enhorabuena; pero siempre se necesita alguna gente, y en estos negocios no conviene mucha bulla.

-Basta con dos hombres decididos.

-Sí, Monseñor; pero el diablo, que no duerme, puede urdir en un instante alguna diablura imprevista...

-¡Cómo se conoce que eres perro viejo! La prudencia es la mejor garantía del acierto en todas las empresas.

-Yo cuento con Gregorio, que es un mozo de puños de hierro y que no habla veinte palabras al año.

-Pues con vosotros dos se puede realizar el intento; y si es necesario, yo también podré ayudar, aunque no sea más que con mis consejos.

-Quedamos convenidos.

-Ahora bien; sólo me resta advertirte que me llames dentro de cuatro horas.

-¿No decís que nos acompañaréis mañana en la noche?

-Y me ratifico en ello.

-¿Pues entonces?...

-Quiere decir que por la mañana saldré yo con mi gente de Capua, y que a la noche estaré de vuelta, sin que nadie se aperciba de nuestro proyecto.

-En ese caso, descansad hasta luego, que yo, también voy a dormir un rato.

-Adiós, Pietro.



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