Los abismos: 04

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Capítulo IV
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Los abismos- Primera parte Felipe Trigo


Todas las tardes, al anochecer, el bello hotel número 4-A de la calle Villamagna era el centro, el templo de una peregrinación elegantísima.

Robes -Mmz. Georgette- Manteaux

leíase en dorada y rasgueada letra inglesa por los tres balcones de la fachada principal. Y ante la cancela, de vuelta del paseo en la Castellana, deteníanse blasonados coches con magníficos caballos, y excelentes automóviles que vibraban tomando turno de espera, mientras las damas cruzaban el jardín.

Un negro de gallarda figura e impecablemente vestido de frac rojo, desde la escalinata del vestíbulo, exornada con las estatuas castas de una Minerva y una Hebe, y sombreada por los sauces, recibía y guiaba a las visitas, según su pretensión. Había señoras que deseaban probarse sus vestidos, y pasaban al despacho del taller; había otras que iban a conferenciar solamente con madame, y pasaban a la suave intimidad azul de un gabinete; habíalas también, en fin, cuyo objeto no era otro que cambiar impresiones entre ellas mismas, y subían hacia el salón.

Templo; o mejor dicho, club femenino que había instituido poco a poco la costumbre. Cuatro o seis señoritas de obrador, maniquíes para las pruebas, rubias y morenas, blancas, para gustos diferentes en los trajes y en los tipos, finas y bonitas, todas, sabían, además, llenar a maravilla su misión de cumplimentar y entretener a las ilustres concurrentes, mostrándolas ilustraciones de modas extranjeras, hasta que las podía conceder unos momentos la dueña de la casa.

Mme. Georgette, repartiendo cortesías, sin parar en parte alguna, estaba en todas. Grande, escandalosamente rubia, y un poco matrona a los cuarenta y cinco años (que ella reducíase a treinta), conservaba rastros de beldad en la cara, y en el talle, cruelmente encorsetado. Diplomática sutil, nadie pudiera aventajarla en la oportuna adecuación y aplicación de su vasto protocolo de atenciones; una rígida duquesa, por ejemplo, merecíala reverencias dignas y profundas; una afable condesita, saludos versallescos, y una actriz o una cupletista en auge, sonrisas histriónicas. Ante ella desfilaba el mundo más complejo que puede imaginarse. Igual confeccionaba un regio manto de corte, que una arlequinesca falda de teatro. Había que vivir, y sabíase la gama de las veintisiete formas más o menos expresivas de afección en cada adiós, en cada frase.

¡Ah, cómo las viejas alcurniadas y fanáticas que contaba en su clientela dudarían que ella fuese la misma si la viesen conversando con la actriz y con la alegre condesita! Menos productivas aquéllas, más decorativas, y garantías irreprochables de la seriedad y el buen orden de la casa, frecuentábanla, como terreno neutral, para complicar en sus proyectos de asociaciones benéficas a ciertas no muy bien conceptuadas aristócratas de quienes necesitaban el concurso pecuniario y a las cuales no podían admitir decorosamente en sus salones.

Algunas, a veces, tercas catequistas, osaban encararse con la propia Mme. Georgette, aspirando moralmente a regentarla, y dándola consejos: «Usted, madame, debiera confesarse e ir a misa los domingos»; «Usted, madame, no debiera tener en su taller muchachas tan bonitas»; «Usted, madame, debería poner este Sagrado Corazón en la cancela...»

-¡Oh, señora duquesa! ¡Oh, señora marquesa!- limitábase, madame a contestar, sin más explicaciones, y humilde recibiendo el consejo o el Sagrado Corazón.

Positivamente, Mme. Georgette tenía que resignarse a mil impertinencias. Ahora estaba en la sala de modelos, y con dos señoritas de despacho se esforzaba en complacer a la baronesita de Alfán, rubilla y diminuta, a las tres grandes y no muy lindas hijas del ministro del Brasil y a otras menos conocidas visitantes.

La Alfán, que no alzaba del suelo vara y cuarta, por ridículo snobismo y a todo trance prefería las sobrefaldas de farol, propias, nada más, de buenas mozas. Las brasileñas, en cambio, amaban las flotantes gasas y los lazos, que las hacía parecer más desaforadamente gigantescas.

-¡Sí, madame, como éste! -decía la minúscula rubita-. Le he visto un preciosísimo traje igual a Libia Herráiz. ¿De aquí?

-Claro -respondió Mme. Georgette con orgullo-. ¡No la viste nadie si no yo!

¡Pobre baronesa!... Creería que la fuese a sentar igual aquella forma, por haberla visto en mujer tan hechicera.

-¡A Libia!

-¡A Libia Herráiz! -comentáronse asimismo admiradas, entre ellas, las hijas del ministro y las demás.

Y el modelo de glasé, azul obscuro, concentró las generales simpatías. Rodeáronse todas a mirarlo. Era inminente la demanda, sólo porque lo llevaba Libia Herráiz.

Libia, sin que ni ella misma supiese bien este prestigio, por mucho que se hallase habituada a la ávida o envidiosa expectación que a hombres y mujeres les causaba su presencia por los teatros, por las calles, por los paseos, adonde la llevaba Ernestina en automóvil, gozaba entre las más altas damas de Madrid, y entre la distinguidísima clientela de madame Georgette, singularmente, una verdadera celebridad de excelso maniquí. Cuando ellas no lo determinaban, le bastaba a la modista citar su nombre para decidir a las dudosas. Nunca madame Georgette habría soñado más vivo y mejor reclamo que una tal beldad, así con su etiqueta de elegancias, lanzada a la veneración sorda de las gentes.

Alzóse el cortinón, y el negro dio paso a una señora que causó un movimiento de sorpresa.

Era Libia Herráiz.

Las brasileñas, la baronesita, todas, tornáronse a admirarla.

Mme. Georgette, dejando a las demás, se apresuró a ofrecerla sus cumplidos.

Muy echado el velo de un coquetón y redondo sombrerito, la recién llegada parecía suspensa de ser recibida con las mismas preeminentes cortesías que siempre le dispensaba la francesa. Traía aún el rastro de una lágrima en los ojos, y por primera vez, hoy, su pensamiento y casi sus labios acerbamente renegaron de esta expectación de reina que no importase dónde y a no importase quiénes producía.

-¡Pase, pase, doña Libia: ya está la prueba! -invitábala, con su exquisita corrección, Mme. Georgette-. Perdónenme, señoras, un momento.

Salió detrás de Libia, y las otras señoritas se encargaron del despacho.

Subieron a un principal. Pasaron a un discreto gabinete, de fondo de columnas, entre los tules y claras sedas de las cuales veíase un lecho suntuoso. Seguía la modista mostrando tal amabilidad en su sonrisa, en sus maneras, al cerrar la puerta, sigilosa, y al invitarla a sentarse en la preferencia de aquel confidentillo azul, que Libia acabó por desorientarse enteramente.

No comprendía que para notificarla su perdición hiciese falta el escarnio de tanta gentileza. Y menos, cuando en las últimas entrevistas, una vez aquí encerradas, lejos de las gentes, el tono y el aspecto de madame habían sido secos, casi hostiles.

Creció el afecto de Georgette.

-¿Cómo le va?- preguntó.

-¡Bien! -contestó la infortunada, breve, por salir de la compasiva fórmula que había de conducirla pronto a lo cruel.

-¿Y la querida niña, y la querida Inés?

-Bien.

-¿Tan contenta siempre? ¿Tan bonita?

Esta vez, Libia no respondió. La invocación cariñosa a su hija, en quien poco después iría a condenarla a la desventura irremisible, la hirió como una hipocresía bien falta de piedad. Por no entregarle la miseria de su dolor a la torpe o la cínica, contuvo el llanto en un esfuerzo.

Sin embargo, debió notarle la pena madame Georgette, que, siempre incomprensible, no cejó en el propósito de afabilidad ni al abordar de lleno la cuestión.

Era singular el contraste entre la dulzura extrema de su acento y la torva significación de sus palabras.

-Veamos, mi buena doña Libia -comenzó-; he llamado a usted (y dispensará que, por la índole del asunto, no haya sido yo quien se moleste en visitarla) para ver de salir, si es que podemos, de esta situación enojosísima. ¿No cree usted igual, que de uno u otro modo, su término se impone?

-Sí, madame.

-Ante todo, doña Libia, quiero recordarla, para que no vea en mí una intemperancia que no está en mi carácter, cómo durante cerca de tres años he sido más que de más generosa y complaciente. No sólo he ido accediendo a recibir a cuenta las pequeñas sumas que usted pudo entregar, sino que, a pesar de ello, lejos de retirárselo, aumentábale mi crédito. Cuando usted, tímida, por reparos a su deuda, no quería hacerse nuevas ropas, yo, desprendida siempre, siempre, la animaba. ¿No es cierto?

-Cierto- concedió Libia.

Y por primera vez hacía también tomar gran puesto a aquellas excesivas complacencias de madama en el arqueo de su infortunio.

-Pues bien; sentado esto, creo quedar justificada, al fin, en mis apremios. Por una parte, nuestra cuenta, cuyo importe me sorprendió al ocurrírseme sumar todas las partidas, abandonada al tiempo, como estaba, seguirá creciendo en terrible proporción; en segundo lugar... ¡oh, el falso esplendor de nuestras casas! esos ocho mil duros me son precisos, absolutamente indispensables, para cumplir a plazo fijo, y a menos de una quiebra, con mis corresponsales de Londres, de Viena, de París... He de girar antes de tres meses, por las modas del verano, más de ciento cincuenta mil pesetas, doña Libia. Si lo desea, puedo hacerla ver las notas de pedidos y las letras de los Bancos.

-¡Oh, no, gracias! -la contuvo Libia en el impulso tenue de ir por ellas.

Hubo un silencio.

La joven abatíase al implacable abrumo de la escena. La modista la estudiaba extrañamente.

Luego ésta, tintando de suave melancolía sus amabilidades, prosiguió:

-El otro día quedamos en que usted seguiría pensando nuevas soluciones, en que recurriría a su padre, tal vez... ¿Me quiere decir si le escribió y lo que haya resuelto en el asunto?

Aumentó la turbación de Libia esta Indirecta acusación de trapacera, pues harto ella sabía, aun al prometerlo, que fuese inútil pedirle al pobre padre auxilio alguno. Tembló, y, víctima vencida, estuvo por echarse a llorar a los pies de la francesa.

Sin embargo, se aferraba desesperadamente a sus ansias de defensa, y hubo de confesar:

-No, no le he escrito. No podría ayudarme en nada, porque sólo cuenta con su sueldo. Prefiero hablarle a mi marido... o mejor, sacrificarme sola y yo misma en lo posible. Durante los pasados días he ido llevando a los joyeros mis alhajas, estos anillos, estos pendientes, las pulseras..., otras cosas más, y su venta rendiría alguna cantidad que aun subiría no poco si vendiese también mis trajes, mis abrigos..., algún adorno del salón y algún mueble fácil de ser quitado, sin notarse, de la casa... De este modo, y contando, claro es, con la bondad de usted para...

La interrumpe Mme. Georgette:

-¿Cuánto, hija mía, sacaría usted por las alhajas?

-Quizá... seis mil pesetas.

-¿Por todas?

-Por todas, aunque costaron el doble. Muchas no son finas. Seis mil pesetas..., y añadiendo el valor de mis vestidos... de todos mis vestidos...

-¿De todos? ¿También de todos sus vestidos?... ¡que serían pagados lo mismo que guiñapos, bastante peor que las alhajas!... Bah, doña Libia, una mezquindad que nada resolviera, y un conflicto para usted, si es que piensa en ocultárselo a su casa y a las gentes. ¿Cómo, a su marido? ¿Cómo tampoco usted, famosa en Madrid entero, de elegancia, salir ni a la puerta de la calle sin sus sedas, sin sus lujos?

¡Qué importa, no saldría! ¡Sería ello mi expiación! ¡Sería mi esclavitud!

Hizo un desdeñoso gesto la modista:

-Perdón, señora...; sé, por suerte o por desgracia, lo que una bella mujer como usted débese a sí misma y a los respetos de su posición social, ya consagrada; me permito, pues, desechar en nombre de las dos ese proyecto. ¿Quiere explicar el otro a que aludió?

Suspiró, medio sollozó Libia tres o cuatro veces, y prosiguió inútilmente heroica su tortura:

-El otro..., el otro, sería confesarle todo a mi marido, hacerme perdonar, y que entre ambos acordásemos y le firmásemos a usted un compromiso de entrega anual de una parte de su sueldo.

-¿A cuánto asciende?

La ocasión de sinceridad era solemne, y Libia, un poco avergonzada, se atuvo a la verdad:

-A diez mil pesetas..., a doce mil algunos años.

-Y ¿no me ha dicho usted otras veces, querida doña Libia, que tienen intervenida esa renta?

-Sí, madame.

-¿En mucho?

-En... en, próximamente, la mitad.

-¡Oh!... ¡Cuatro o cinco mil pesetas -despreció madama levantándose-, y reducirlas en dos mil, aún, por ejemplo, ustedes que pagarán más sólo de casa, para salir ganando yo la ridícula esperanza de cobrar en veinte años!

Se alejó, diciéndolo, hacia un rincón del gabinete.

Libia se sintió sin fuerzas hasta para mirar adonde fuese con su enigmática afabilidad la irreducible.

El matemático rigor que érala desconocido, ahora manejado por esta experta mujer, le presentaba la sorpresa y la explicación de cómo, en realidad, únicamente a fuerza de trampas vivían y habían podido vivir una vida de relativos faustos ella y Eliseo.

Por lo demás, la amargura inmensa del egoísmo de madama partíala el corazón al ver que no la dejaría probarse, con tal de hallar un medio sin escándalos, en cualquiera de aquellos sacrificios. ¡Grandes, duros, como fuesen, lo sabría afrontar la abnegada madre que surgiera de la mujer loca, y que aquí sólo defendía a su hija del desamparo y del escarnio!

Mas... ¡no, no querían dejarla siquiera un hogar, una cama tibia en que la hija de su alma durmiera su inocencia!

Mme. Georgette estaba junto a una dorada consolita. Arreglaba un búcaro de rosas. Habíase levantado, no por despecho, sino porque desde un momento hacía, mientras hablaba, había ido advirtiendo cómo su búho blanco, Thermidor, la rara bestezuela a quien ella, que aborrecía los gatos y los perros, amaba y dejaba andar a su placer por el hotel..., saliendo de la alcoba, habíase puesto en el mueble y a picar las lindas flores...

Cogió al búho, le hizo salir mimosamente por una puertecilla de escape, y volvió hacia Libia con tres rosas.

-¡Tenga! -la ofreció-. De mi jardín.

Aceptándolas, llena de extrañeza, la joven no supo qué pensar del obsequio inesperado.

-Por si va hoy al teatro, para el centro del escote. Vuelven a llevarse. La duquesa de Arladé ama estas rosas con locura.

Se había sentado otra vez madame Georgette.

Libia contemplaba su aire caricioso, maternal, absolutamente incomprensible, y todavía menos lograba comprender que creyérala con ganas de teatro en el horror de la desdicha.

Pero la lóbrega reflexión de su desdicha parecía haberse alejado, al menos, del pensamiento y del corazón de la francesa; la cual, tendiéndola una mano sobre el hombro, en protectora, en verdadera hermana o madre de purísimos consuelos, la habló así:

-¡Oh, mi querida doña Libia!... Sabía de más que con su infantil aturdimiento no podría encontrarle ninguna salvación al apuro en que nos vemos, en que nos vemos las dos, usted por el lógico temor a su marido y al desastre, y yo por las inaplazables urgencias de mis créditos en Londres y en París..., y...; ¡oh! ¡ah, sí, mi querida doña Libia!, por ambas, por las dos, yo he querido tomarme la pena de pensar en el remedio. ¡Lo hay! ¡Completo! ¡Salvador!... ¡y es, al mismo tiempo (en cierto modo), muy sencillo!

Dejó que la afrontase la infeliz todos los de antemano agradecidos candores de su asombro; la sonrió, tornó suave a acariciarla, e interrogó más dulcemente:

-Doña Libia, ¿está usted convencida de que los medios en que ha encerrado un poco ingenuamente su obsesión y su esperanza a nada práctico conducen?

-¡Sí, sí, madame! ¡Convencida!

-¿Enteramente convencida?

-Enteramente.

Se apartó ahora, recostándose atrás en su butaca, para abandonarla más a la impresión del cuadro que iba a presentarla ante los ojos:

-Fíjese bien: el problema es de contrastes: por un lado, en mi justa necesidad de no perder casi 37.000 pesetas, que así y todo perdería, la intervención judicial para ustedes, la desesperación de su marido, el embargo, la subasta..., el escándalo y la ruina..., la burla y el oprobio de las gentes hacia quienes tanto envidiaron, y que no pudieran levantarse, acaso, más..., y en medio de todo ello una pobrecita niña sin casa ni abrigo, salvo el de la ajena caridad o el de cualquier guardilla miserable... Por otro lado, el bienestar, la pública consideración, la vida en triunfo, sin zozobras; su hija con un espléndido porvenir de placidez, seguro; su marido de usted, el brillante autor, siguiendo entre aplausos su carrera, y usted con mi entera confianza y mis agrados para seguir considerándola, aún más que antes, mi cliente preferida.

-¡Oh, madame! -pudo la angustia de Libia proferir, únicamente.

-Creo que no deba dudarse en la elección -deslizó madame Georgette tras una pausa calculada; y prosiguió, arrastrando sus palabras sobre un asomo de reproche: -Pues bien, esto, para una mujer de quien sería entera la culpa de la perdición de su familia; para una mujer, por lo tanto, obligada a remediarla con no importa qué audaz resolución, si es eficaz; para una mujer, en fin, tan bella, tan celebrada, tan codiciada por todos los hombres de Madrid, como lo es usted..., resulta muy sencillo.

-¡Ooooh! -rugió Libia en súbita protesta ronca de su instinto, mal entendiendo aún aquella inicua cosa que la irguió crispadamente.

Y la modista, impávida, aprovechó la impresión causada para otorgársela, para decirla de una vez:

-¡Sí, eso!... A usted le es fácil elegir un rico amante entre los mil que la cortejan. ¡Él, sólo él, la salvaría y nos salvaría!

Fue un latigazo, un yerto y crudo latigazo, como dado con una serpiente de perfidia, en la faz, en la conciencia, en la virtud de todo el ser de la honesta, de la inmensamente honrada... que habíase levantado en un galvánico ímpetu de asqueada indignación.

-¡Oh, señora!

Apretábansele los puños, temblábale la boca, y por no morirse de ira y de bochorno, o por no lanzarse a escupir en pleno rostro a la repugnante celestina, las últimas fuerzas convulsas de sus pies y de su alma lanzáronla a la puerta.

Pero madame Georgette se había levantado también, y la acompañó:

-¡Cálmese, hija mía! -la dijo antes de salir del gabinete-. ¡Usted lo pensará, y habrá de ver que... sólo así puede salvarse!

El dolor de la impunidad con que en su casa esta mujer infame la injuriaba, y la vergüenza, en otra convulsión arrojaron a Libia a llorar en un rincón, recogida entre sus brazos.

-¡Bien, sí, espere! ¡Eso es discreto! ¡No deben verla así -dijo, abriendo y partiendo la modista-. ¡Y no olvide, hija mía, para resolverse, que... cuenta con el misterio de este mismo saloncito y con mi ayuda! ¿Qué más puedo hacer?

Tiró de la puerta. Cerró. Se fue a seguir atendiendo a sus clientes.

Y tras ella, un momento después, veloz, horrorizada salió Libia asimismo y buscó directa la calle, con menos temor a las gentes que al antro donde se sofocaba prisionera...