Los abismos: 05

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Capítulo V
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Los abismos- Primera parte Felipe Trigo


Dulce la tarde. Hermosísimo el Retiro. Temblaban los líquidos fanales y abanicos de las fuentes, y cantaban los mirlos en las frondas, asaetadas de sol; las violetas y las rosas prestábanles sus triunfos de perfumes al triunfo de la vida. Por todas partes, en explosiones de luz o de chillidos, estallaba la diáfana alegría de los niños, de las flores y los pájaros.

El gozoso tumulto era más grande en la sombrosa avenida que va desde el estanque al recinto de la Exposición. Abierta ésta hacía tres días, y notable por los buenos cuadros y esculturas presentados, entre el mundo de los artistas y los curiosos filaban los carruajes del mundo de la elegancia y la riqueza.

En un espléndido automóvil llegaron y cruzaron la cancela de la entrada dos mujeres.

-¡Libia!

-¡Libia Herráiz!

-¡Ernestina Astor!

Sus nombres saltaban en la encantada admiración de hombres y mujeres por las mesas del buffet y al paso del jardín.

La admiración se acrecentó cuando el magnífico automóvil negro, coquetamente adornado en las tapicerías de los delanteros vidrios con un bucarillo de flores, se detuvo ante el palacio.

Se agolparon las gentes para ver bajar a las damas, y dejaron las calle los que ya subían la escalinata de mármol.

-¡Libia!, ¡Libia Herráiz!

-¡Libia y Ernestina!

Escuchaban ellas mismas entre el rumor sordo levantado a su presencia como en un efluvio embriagador.

Ernestina, con zapato blanco, sobre fondos blancos, vestía una túnica de tules y rasos pajizos y salmón que ceñía maravillosa su brava belleza exótica.

Libia, luciendo también el primer modelo de verano, vestía suntuosa y atrevidamente de blanco, de oro, de brochados damascos grosella. Igual combinación de tonos llevaba en el sombrero enorme, cuya pluma caíala como un airón de regio fausto sobre el hombro.

Entraron.

Seguía en torno de las dos la expectación vivísima. Seguían brotando sus nombres en idolátrico murmullo. Las señoras, las aristocráticas señoras que las conocían mejor y que se volvían de los cuadros para asestarlas los impertinentes, jamás habían visto a Libia sobre todo tan gentil, tan lujosamente ataviada...; y Libia y Ernestina, que ya habían venido dos veces, el día de la apertura y otra tarde, a tratar de ver bien sus efigies en la obra del prodigioso pastelista, temieron, con razón, no lograr tampoco en ésta sus deseos.

-Oh, bah, Libia... ¡qué fastidio!

-Oh, bah, sí, Ernestina... ¡cuánta gente!

En vez de venir a ver nada en su favor, la concurrencia forzábalas a dejarse ver, y nada más; a ser vistas.

Las saludaban amigas y artistas y literatos compañeros de Astor y de Eliseo.

Formábaselas un corro a poco que querían ellas parar un instante la atención en una Venus, en un retrato, en un paisaje.

Por cuanto a los suyos, a sus retratos, expuestos con predilección honrosa en el salón segundo de la izquierda, siempre tenían delante la misma muchedumbre que ahora descubrieron al cruzar, al querer entrar y tener que desistir.

-Sí, mujer, habrá que volver temprano, una mañana.

-Sí, mujer, será mejor. ¡Qué idiotez!

¿Cómo, en efecto, ir a extasiarse ante sus imágenes de hechizo, cuando todo el mundo quedábase clavado insolentemente ante las propias y vivas hechiceras?

Continuaron, pues, su marcha victoriosa, al azar, sin más limitación que huir de aquella galería.

Las molestaba, llegaba a molestarlas la general curiosidad, ahora exacerbada por la exposición de sus retratos. Los periódicos los reproducían y hablaban de ellos largamente. En los salones y tertulias de buen tono, servíanles de actualidad al comentarlo.

-¡Qué fastidio! -tornó Ernestina a proferir.

Un hombre, un joven, un casi niño, a quien conocían las dos, Javier España, tras de haberlas saludado al entrar, seguíalas y las miraba tenazmente.

Sin embargo, el fastidio de Ernestina, y aun el de Libia, era un fastidio del revés -por colmo, por exageración de complacencia. Nadie como Libia sabía esto, después de haberse visto de un modo tan serio amenazada de perder su fama, su popularidad de reina incomparable. Un poco amarga, lo pensaba así, ahora; al mismo tiempo que entregábase al, por paradoja, molesto y delicioso placer de la veneración que despertaba.

Pero Javier, el joven, el casi niño, bien pronto advirtió Ernestina que era a Libia a quien miraba, lo cual la contrarió de celos íntimos..., porque, para desdeñarlos o no, quería disfrutar el monopolio de todos los antojos.

-¡Vienes muy guapa, mujer! -hubo de decirla, luego de observarla de soslayo.

-¿Sí?

-Guapísima.

-¡Y tú!

-¿Quién ha hecho ese traje, madame Georgette?

-¡Claro!

-¡Es un acierto!

Una sonrisa de Javier España, del imprudentísimo chiquillo, la había alarmado y hecho bajar los ojos.

Desde hacía dos meses, desde aquella bochornosísima entrevista con Mme. Georgette, Libia había cambiado mucho. Un tanto pálida, estaba más bella y más serena su faz -pasados ya los áridos y horribles trazos agudos del tormento. Su languidez habitual habíase, no obstante, acentuado como en una triste paz que bañaba su expresión en éteres de melancólica poesía.

Cruzáronse con una cocota rubia, acompañada por un señor, y como escandalosamente desnuda en la estrechez de sus ceñidas y leves sedas, que dejaban ver los calados de la media en gran parte del tobillo. Miró a Libia, y Libia la miró sin poder sentir el horror despreciativo que estas mujeres en otro tiempo la inspiraban... Una caridad y una resignación muy triste brillaron en sus ojos... ¡No era ya más que una compañera suya de infortunio!

¡Oh, el tiempo! ¡El tiempo! ¡Cómo lo mudaba todo, hasta las rebeldías de una virtud y un orgullo que ella había heredado, fieros, de sus padres!...

Creyó morir de indignación el día aquel, inolvidable, en que tan inesperadamente la modista le lanzó el soez agravio en pleno rostro. ¡Sí, morir!... tal lo creyó de todo corazón, con todas las fuerzas de su alma, tratada igual que una vil mujer capaz de convertirse en una prostituta estafadora, cuando hubo de levantarla lívida el ultraje..., cuando hubo de escapar del maldito hotel sofocadísima...; y sin embargo, al día siguiente, rota, más destrozada en el potro de rigor de lo implacable, tuvo que conceder que sí, que la inicua Mme. Georgette tenía razón; que no existiendo humanamente otro, a tal se reducía el único medio que al lado de la catástrofe le permitiría formar, siquiera, con un término de infame salvación, un dilema de crueldad.

Desde entonces, en los nuevos eternos días de lucha y de martirio, la horrenda obstinación de su bochorno redújose a elegir el posible amante entre sus amigos, entre sus conocidos de la calle, entre los rendidos por sus coqueterías intrascendentes en aquellos tés y aquellas fiestas de sus viejas relaciones de familia.

-¡Mira qué cuadro! -dijo, deteniéndose Ernestina.

Composición de realismo crudo. Atrajo inmediatamente el dolor y la comprensión de Libia. Una bella y humilde obrera, con los rasgos de todas las hambres y todos los escarnios, oía, entre dudas y espantos, la tentación de una vieja inmunda, que en una mano tenía un billete y con la otra conteníale la impaciencia bestia a un hombre que hacia el fondo velaba la roja lujuria de su faz entre cortinas.

Vertió lágrimas el corazón de la infeliz espectadora. Como ante las cocotas, ella había pasado muchas veces despectivamente ante estos dramas con que la infinitamente dolorosa compasión de los artistas quisiera mover el mundo a compasión. En vano. El mundo, y el mundo del bienestar, principalmente, habituado a la objetiva ostentación de todas las miserias como a un simple subrayado de contraste, concedíales un mohín de disgusto, sin pararse a penetrarlos en su trágico proceso...

He aquí, pues, lo que había ganado Libia en la forzosa indignidad: la tristeza reflexiva.

Pero volvía a mirarla Javier España, mal oculto entre las gentes, y ella temió que la apasionada imprudencia del chiquillo desvelara su secreto. Impúsole discreción con un gesto de energía.

Ernestina preguntó:

-Oye, ¿te hace el amor ese trasto?

-¿A mí?... ¡Oh, no! -repuso Libia, con la plena calma de hipocresía que iba aprendiendo-. ¡Te sigue a ti!

Rió la otra. Hallaba gracioso, a no dudar, que quisiéranla hasta los niños. Creyó a la honesta Libia, acaso, firmemente.

Y, sin embargo, la honesta Libia, en presencia del joven, del casi niño, encontrado hoy en público y por casualidad la primera vez, iba sufriendo entre el sedoso contacto de sus lujos la afrenta de debérselos. Riquísimo y mimado hijo de los condes de Albear, su garantía habíale bastado a Mme. Georgette para la suspensión de sus apremios y la más que nunca generosa concesión de sus favores. Recién llegado de los colegios de Bélgica y recién lanzado a la vida de Madrid, le pareció a Libia que reunía, mejor que los demás, las precisas condiciones. Tímido y discreto, dentro de una ávida curiosidad enorme por la vida. Conocíalo de una distinguida tertulia que ella frecuentaba y había frecuentado mucho con sus padres. Para mirarla a ella, desde muchos meses antes, escondía su infantil pasión por los rincones; y ella, coqueta, sí, pero con la mínima coquetería inocente de una honrada mujer a quien todos acosaban, mirábale también algunas veces, compasiva.

A sus ojos habíanle sobrado, pues, cuando les fue dolorosamente necesario, un poco de pérfida intención para lanzarle con el alma abrasada, voluntarioso y loco, a la merced de ella... La esperó una noche; la quiso hablar; escapó Libia fingiendo sin grande esfuerzo miedos y rubores; prosiguió en los encuentros delante de las gentes incendiando a miraditas la sangre del muchacho y al segundo asalto, de incoherentes ruegos allanóse a permitirle que dijésela sus cuitas en una carta dirigida a Mme. Georgette... Luego, y así puesto en propensa relación con la modista, todo breve..., todo horrible..., todo vergonzosísimo calvario para la vendida vil, infinitamente honrada de carne y corazón, que tuvo que afrontar en su carne aquel ultraje...

-¡Adiós, señoras!

Otro grupo de pintores saludábalas de lejos. Poco después, sombrero en mano, las detuvo Polo Robla, pasado o actual amante de Ernestina. Cambiados los cumplimientos, las acompañó; y él se dedicaba a conversar con Ernestina y a mirar juntos los cuadros.

Libia, así aislada, y protegida en sus penosas emociones por el velo del sombrero, tornó a pensar en aquel agravio de las ciegas y glotonas ansias de Javier por la boca y por los ojos de ella..., al cual, no obstante, y aunque siempre pasiva, siempre llena de angustiosa repulsión, ya se iba acostumbrando.

Por rareza inverosímil, cada entrevista de aquellas que la hollaban, que manchábanla más, que rebajábanla en vileza, aumentaba, con su pesar de mártir tranquilo y resignado, su íntima honradez y el cariño a su hija y a Eliseo. Seguía llorando mucho, a espaldas de ellos, con un llanto de alma por sí propia, que inútilmente la querría purificar, y desde su ignominia solía quedarse contemplándolos en una ahogadora impresión de heroico sacrificio.

Mas, ¡oh, contradicción, cuya clave se cerraba hermética a su espíritu inocente!... ¿Por qué, en cambio, siempre se la desvanecían tan pronto sus ensueños imposibles de una vida retraída y modesta, consagrada a la expiación de un puro amor entre los suyos, y volvía a encontrarse bien, y aun a tratar de disculparse, cerca de Ernestina, con sus faustos, deslumbrando a las gentes en un triunfo de vanidad, que a la vez la amargaba y la placía?

Rechazaba el problema, que no era capaz de resolver, y abandonábase a la espléndida iniquidad de su destino. Mujer de lujo, desde niña, el lujo habíala constituido el abismo de necesidad fatal en que al fin veíase hundida sin remedio..., para siempre, para siempre...

Seguían mirándola. Seguía ella bebiendo el veneno amargo y delicioso de aquella expectación. Al lado, el feliz descoco de Ernestina con su amante y con su larga historia de amantes quisiera también decirla, quizá, que con la misma felicidad tranquila ella tendríalos cuando hubiérala pasado el bochorno del primero, del Javier, a quien no se hubo entregado sino en venta...

Incapaz de discernir si los amantes no fuesen para la vida de la mujer lujosa un simple complemento de sus lujos, sintió la íntima y nueva pena de no acertar tampoco a descifrar si ella, con sus apariencias de virtud, había llegado a tener el suyo forzada por el conflicto de Mme. Georgette, como niña a quien se arrastra en el horror, o si ya su pasión por la elegancia y sus coqueterías de aspectos infantiles, inocentes, habríanla conducido a lo mismo, al fin, de un modo voluntario...

Volvió a divisar de largo a Javier España. Su vista la restituyó a la única mayor contrariedad de que estaba enteramente cierta: la de la necesidad, la de la urgencia del momento aquel de explotación, de doble engaño, más villano, no salvado aún, y ya por madame Georgette esperadísimo, en que ella, tan torpe, tuviese que jugarle al cándido muchacho la comedia cuyo éxito habría de ser el pago a la modista...