Los abismos: 20

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Capítulo II
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Los abismos- Tercera parte Felipe Trigo


Veíalas en coche por los paseos lejanos, por las cumbres hasta donde lo permitía la nieve, en la Alhambra, con el Baedeeker delante de los ojos, y aquí al salir el sol.

Acabarían de levantarse, de bañarse, y venían con la frescura de dos flores de junco. Sencillo su tocado: garrotines de paja con ancha cinta, blancas blusas y faldas de seda azul. La una, alucinada, se dirigió en seguida al parapeto, se sentó, acodada en él, y perdió la vista en lejanos horizontes. La otra se acomodó en un velador, depositó su libro y su paquete de cartas, y con una pluma estilográfica empezó a escribir postales.

Eran dos alemanitas que viajaban solas, de veinte años la mayor, hermanas, seguramente, y de dulce y bello aspecto. Exentas de coquetería, sus caras, a pesar de sus fuertes y sanos cuerpos de mujer, ostentaban la inocente lozanía y la tranquilidad de dos curiosas niñas, de dos blondos arcángeles caídos de los cielos para no ver nada en torno a sus candores como no fuese el cándido esplendor inanimado de las cosas.

Hoy llegaban tarde a la terraza. Ya pasado el magnífico espectáculo de cambiantes de luz que componía la aurora entre la profundidad aérea de los valles y la blancura perenne de las sierras, apenas quedaba nadie. Una francesa que investigaba con los prismáticos las lejanías, junto a su terminado desayuno de café con leche y queso de Gruyère y mostaza, y un matrimonio sueco que devoraban el suyo de naranjas, café, pan y manteca.

En el Hotel Cristina, de Algeciras, invernaban los potentados ingleses para continuar su vida de higiene y de etiquetas en un clima de sol.

A este Hotel venían de todas partes con fervores de fanático, buscando el éxtasis, los adoradores de arte en el maravilloso cuadro de la naturaleza.

Uno de los pocos verdaderos paraísos del mundo. La terraza suspendíase como un balcón de la montaña, cortada a pico en vertiginosa altura, sobre la ciudad y sobre la inmensa vega, salpicada, en su verdor, de pueblos y casitas, y bañada por el Genil.

Encanto del alma y de los ojos. Había aprendido Eliseo también a recogerse en éxtasis, a no pensar nada, a disolverse las horas y las horas en la magia excelsa, y para sentir una divina embriaguez, sin champañas ni burdeos, no tenía más que sentarse allí y aspirar a pleno pecho los aromas de los cármenes. El paisaje edénico le reconciliaba con la vida de la tierra, que podía ofrecer tales hechizos. La honda veneración de aquellos otros peregrinos de lo ideal, y, sobre todo, de las cándidas hermanas, restituíale a más bellos optimismos de la vida de las gentes.

Sí; era hermoso vivir, y restaríale una explicación a la existencia más amarga, a la más atormentada de propias miserias viejas y de presentes dolores, mientras quedasen niñas-mujeres tan noblemente puras como las dos alemanitas, y niñas como su Inés.

Contemplándolas a las tres, en presencia y en imagen, sin odio, sólo con serenísima tristeza, púsose por centésima vez a meditar y a resumir sus dudas acerca de la suerte que su voluntad de árbitro un poco injusto, hubiese de depararle a Libia en la separación inevitable.

¡A Libia, oh!

¡A la insensata Libia, más bella y dulce que ninguna, y más ciega también para haber podido destrozarse y destrozarle una tan gran felicidad como reservábales el triunfo!

El aborrecimiento hacia ella iba trocándosele en una infinita compasión.

Recluirla para siempre en un convento, con rigor despótico, era una crueldad definitivamente desechada, desde que la conciencia tocada por el bruto que dormía en él le dijo que a su miseria no asistíale el derecho de encerrar en prisión perpetua otra idéntica miseria de una débil e indefensa miserable.

Y, sin embargo, la miserable, la insensata, no debía permanecer sin freno, a la merced de su albedrío.

Imaginaba lo que significase abandonarla en Madrid, asegurándola una pensión, y conjurándola a una conducta de recogimiento y dignidad, siquiera por su hija, y llenábale de horror la idea de lo cuán nada hubiera de seguir estos consejos, libre, lejos de ella, y ya hundida en el escarnio, la que cerca y como honrada dama y como madre tampoco hubo de vacilar en sacrificarlo todo a sus instintos.

Era demasiado joven y demasiado linda para resignarse a la renunciación; buscaríala, en la novedad de la libertad, del libertinaje, cualquiera de sus amigos cómplices, llenaríala de lujos, la abandonaría después, la tomaría otro..., y perdidos uno a uno los últimos respetos, el nombre de ella, que no podría dejar de ser el del esposo y el de la pobre niña infortunada, rodaría a la más baja prostitución, en vergüenzas incesantes.

Pudiera enviarla a Berlín, con sus padres, y al menos esta vida de indecoro, si ella burláseles la autoridad, hubiera de realizarse en el destierro de un país extraño; pero además de que en tal resolución le detenía la impudencia de desearles a aquellos padres la responsabilidad y el bochorno que para sí propio le asustaban, Libia, dueña de sus actos, tardaría bien poco en sacudirse todo yugo y en volverse, acaso, a aquel Madrid de sus éxitos de inicua, en donde quién supiese quién la llamaría.

Y en cuanto a retenerla junto a sí, sometida a la estrecha vigilancia de una loca incorregible, peligrosa, repugnábale por el tormento que hubiera de imponerle, por el influjo de ella en la educación de Inés, difícil de evitar, y por el equívoco que tal resolución le diese al público con respecto a sus transigencias de cobarde.

El problema, por lo tanto, aun simplificado ya a este término de la separación, proseguía prácticamente irresoluble. Él no podría consolarle una vida de retiro y de modestias a su arte y a su hija, en España, en Madrid, haciendo olvidar sus desdoros, mientras Libia, al mismo tiempo, continuase alrededor su vida escandalosa.

Suspendió la reflexión en breve pausa, para fortalecerse la fe mirando a las alemanitas de ojos inocentes que no sabían mirar sino la inocencia de los lejos y las cosas, y dejó el pensamiento fijo en la proyección de otras lejanías que estaban más allá de aquellos horizontes.

Era el viaje a luengas tierras, soñado como único afán de salvación cuando había visto en el mar la estela de los buques.

El viaje, el éxodo, la emigración que le quedaba siempre a sus desesperadas impotencias ante el problema hermético, por último recurso.

Deploraba haberse distanciado del mar, y deploraba la ausencia de su lado de aquella hija que hubiérale disipado las indecisiones.

Sin ella, el viaje seguía aquí también ofreciéndosele en simple interrogación invitadora. Buenos Aires, una gran capital de un próspero país, con su mismo espíritu y su idioma. ¿Pudiera brindarle, a la vez, al poeta y en el grado de necesaria intensidad, el ambiente artístico que necesitara su trabajo?

Meditaba esto, consideraba que la tal aventura con la niña, a ciegas, desconociendo si tuvieran que regresar a Madrid, después de arrancársela a su madre, y para encontrarse de nuevo con el conflicto irresuelto, constituía una temeridad, y casi le alegraba no tenerla consigo, a Inés. De ir, debiera ser solo, en guisa de exploración, partiendo calladamente en cualquier minuto de cualquiera de estos días, y volviendo a recogerla cuando ya estuviera convencido de que se la llevase para siempre.

Se levantó. Pasó por una de las mamparas de cristales a la sala de escribir. Aunque ignoraba aún si resolveríase al viaje, no se quería encontrar desprevenido. Iba a pedir dinero, de aquel que tendría de sobra ahorrado en estos meses de extraña economía. Acomodado en un pupitre, dudó si dirigirse a Luis o a Astor -a cualquiera de los dos amigos a quienes debíales su conciencia una reparación de confianza íntima por bárbaros agravios.

«Querido Luís -empezó la carta-: Abrumado por la enormidad de sucesos lamentables, que no quisiera recordar, y que tú...»

Detúvose

Si no quería recordar siquiera sus vergüenzas, en justificación asaz ociosa, para quien sabíalas demás, de no importara qué propósitos, ¿a qué la dolorosísima mención?... Por otra parte, la vida de Guillermo, a quien él injurió con saña, y a quien ante sí mismo debíale la reparación de confianza doblemente, estaba más conexionada que la de Luis con la índole de los encargos que iba a encomendarle.

Rompió el pliego, tomó otro y escribió -breve, harto seguro, por desdicha, de que sería bien adivinada y comprendida su omisión de explicaciones:

«Querido Guillermo: Me encuentro en el Hotel Alhambra, de Granada. Emprenderé probablemente otro viaje, largo tal vez, aunque no sé ni adónde todavía, y te agradeceré que en mi nombre, para lo cual puede servirte esta carta, reclames, y me envíes, de la Sociedad de Autores, ocho o diez mil pesetas.

Además, por si me decidiera al viaje y tardara en regresar, te estimaré mucho que sigas cobrando los trimestres y atendiendo, con ellos, y con cuanto pudiera hacerle falta a mi familia.

Te ruego que nada de esto digas en mi casa, por ahora.

Abraza de mi parte a Luis, con todo el corazón, y dile que le escribiré despacio.

A ti también te volveré a escribir oportunamente.

Tuyo,

Eliseo.

P. D. -Dirígeme la respuesta a este hotel, y al nombre de Amalio Rey, que, como ves, está hecho del mío segundo de pila y del apellido materno.»

Cerró la carta, sintiéndose en los ojos una lágrima por el beso de toda el alma de su ser que no expresábale a su hija.

Astor lo adivinaría.

Y le tronchó, ahogándole, la pena. ¡Era el primer paso que sus indecisiones daban, al fin, en la bárbara necesidad de abandonar para siempre aquel hogar y a aquella Libia desdichada que fue su amor inmenso tantos años!


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A las once de la noche del siguiente día, recibió este telegrama:

«Voy con tu hija y con tu buena Libia. Espéranos estación llegada exprés. -Guillermo.»

Releía el papel azul, y parecíale aquello inconcebible.

La vida entera se le removía por las entrañas en sorpresa, en indignación, en confusiones.