Los bandos de Castilla: 14

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Capítulo XIII[editar]

Los remordimientos.


Varios días se pasaron entonces sin que saliese de la celda: informábase de su estado la heredera de Castromerín, y suplicaba a las religiosas no perdonasen medio para calmar la exaltación y extravío de sus ideas. La infeliz, sin embargo, iba siguiendo con su carácter, ya pacífico, ya agitado; y como muchas veces habían transcurrido semanas enteras sin que se dejase ver por el convento, nadie extrañaba su ausencia, sobre todo, sabiendo que había conservado constantemente en medio de su locura no pocos resabios de antojadiza y voluntariosa. Entretanto, distraída la ilustre heredera en calcular los medios de amansar el enojo de su padre, y pasando los días con las monjas jóvenes, o bien oyendo amonestaciones sabias, o entregada a las sabrosas leyendas de crónicas antiguas, fuese olvidado de sor Brígida, lisonjeada quizás de que prometiese su dolencia próximo restablecimiento.

Por esto le causó más impresión el verla parecer de nuevo en la misma pieza, donde la oyera declamar con tanta energía, en ocasión de hallarse también en ella acompañada de varias religiosas, aguardando el toque de ánimas. Volviéronse a mirarla sin atreverse a pedirla por su salud, ni a preguntar el motivo de su llegada. Brígida en tanto las contemplaba con una especie de curiosidad, hasta que descubriendo las facciones de Blanca, tendió los brazos hacia ella, y volviendo el rostro al lado opuesto, exclamó estas sentidas palabras notablemente melancólica: -¿Por qué ha de perseguirme siempre esa imagen fatal a mi reposo? ¿Quién rompió la piedra que cubría sus inanimados restos? En vano desfiguró aquellas facciones el venenoso rencor de los verdugos: renacieron ¡ay! De su pecho, para memoria de mis crímenes. Yo la vi cuando acababa de espirar: aun la ponzoña de las yerbas no había ajado la brillantez de sus rasgos, y se traslucía en ellos aquella angélica dulzura con que amansaba los corazones. Sus ojos tristemente inclinados parecían descansar en blando sueño: sólo en su frente empezaba a descubrirse el lívido sello de la muerte. Yo la contemplaba estremecida, y a proporción que en ella desaparecían hasta los más leves síntomas de la existencia, se me presentaba más hermosa y acreedora a mi reconocimiento y a mi compasión. ¿Por qué secreto no graba la muerte ninguna fealdad en el rostro de su víctima, sino hasta algunas horas después de haberla herido con su dardo? Al ver a nuestros amigos blandamente reclinados sobre el lúgubre ataúd, nos alucinamos con la idea de que no es la muerte sino un sueño pacífico el que nos separa de ellos; pero insensiblemente se va marchitando su semblante, se descompone su cadáver, y los inmundos habitantes de la tumba empiezan a correr por su amarillenta superficie. Ya entonces no nos resta el consuelo de la incertidumbre: apodérase el terror de nuestras almas, y abrazamos en vano el inanimado ser que antes formó nuestras delicias.

Todas las que oían a sor Brígida se hallaban como poseídas de involuntaria tristeza: al verla declamar con desordenada vehemencia en medio de una sala gótica opacamente alumbrada, acompañando con descompasadas contorsiones el eco sepulcral de sus misteriosas palabras, era fácil tomarla por una aparición sobrenatural, y participar de aquella especie de pavor místico que se había apoderado de las religiosas. Una de ellas se animó a preguntarle la causa de su delirio; y cual si semejante pregunta hubiese renovado el frenesí de la monja, rompió súbita y nuevamente el silencio, y volvió a dar rienda a los desvaríos de su debilitada información.

-No me preguntéis, dijo: hay crímenes incapaces de perdón que pesan sobre la conciencia y desordenan la fantasía: las llamas del purgatorio tienen poca voracidad para purificarnos de ellos, y las que estrepitosamente se elevan envueltas en lágrimas y gemidos bajo las eternas bóvedas del llanto, no hacen más que atormentar los espíritus sin volverles la primitiva inocencia. El infame que me sedujo se agitará para siempre en ellas aherrojado con ásperas cadenas, y sufriendo el desesperado suplicio de ver padecer ante sus mismos ojos la víctima de sus ponzoñosos halagos.

Aquí calló un instante, y empezó a mirar en derredor del aposento como recelosa de que alguno la estuviese escuchando: después bajo la voz, y continuó en tono trémulo y misterioso.

-Hallábase en el corazón de estos reinos un alcázar sombrío y solitario, cayas abovedadas estancias resonaron largo tiempo con los alegres cantos de voluptuosos festines. Esos rasgos, que ahora veis tan ajados y marchitos, gozaron en brillantes días de lozanía y frescura, y obtuvieron de los hombres los homenajes que se tributan a la belleza. Pero nunca resplandecieron con tan suave brillo como cuando lograron sembrar las semillas de aborrecimiento sin igual entre mi malvado seductor y el embrutecido barón a quien debía la vida. ¡Las tinieblas del infierno hubieran de ocultar al mundo los crímenes que fueron el resultado de esta desavenencia mortal! Había ya mucho tiempo que agitaba la discordia sus teas entre la cabeza de un padre tirano y la de un hijo no menos bárbaro: había ya mucho tiempo que alimentaba yo contra ellos un odio secreto e inextinguible; odio que estalló en fin en medio de un banquete nocturno, donde me recreé con el espectáculo atroz de ver brillar sobre mi bárbaro verdugo el puñal de su propio hijo. Tales son los secretos que ocultan las bóvedas de aquel tenebroso palacio; bóvedas que debieran desplomarse sobre los inicuos que fueron iniciados en tan horrible misterio.

-¡Y cuál vino a ser nuestra suerte, o víctima infeliz de la seducción!, exclamó como horrorizada una de las religiosas.

-Adivinadla, hermanas mías, pero no me preguntéis: continué viviendo en el oprobio, hasta que una vejez prematura empezó a delinear en el semblante los inmundos rasgos de mi alma. Vime entonces insultada y escarnecida en el sitio mismo donde me atrajera las atenciones y aplausos; vime limitada a vengarme con infructuosas maldiciones, y a oír desde la torre que me señalaron por habitación, el tumulto de los festines a que ya no me dejaban tomar parte, y los clamores de las bellezas que arrastraban bulliciosamente a ellos.

-¡Desgraciada!, interrumpió una voz desconocida. ¿Qué podría hacer por ti el mismo apóstol Santiago si se hallase en tu presencia? Verdad es que curaba la lepra del cuerpo con su divino aliento; pero sólo Dios pudiera curar la de tu espíritu.

-¡Oh tú, profeta cruel, que acabas de anunciarme la cólera del cielo, exclamó sor Brígida, revélame a lo menos por qué se presentan tan frecuentemente a mi imaginación delitos desde largo tiempo cometidos, y qué destino espera más allá de la tumba a la que sólo ha sido un cúmulo de maldades y horrores!

-Caed de rodillas al pie de los altares, gritó una monja anciana; hundid en el polvo la soberbia de vuestra frente, y aun hallaréis el alivio de la misericordia divina. No queráis haber conservado la vida en medio de tantas borrascas para estérilmente abandonaros a una desesperación infructuosa: ahora que tenéis abiertos los ojos sobre vuestras propias faltas, puede hallar el arrepentimiento fácil acogida en vuestro espíritu.

-¡Cuán poco conocéis el corazón humano! Para obrar como obré, es necesario haber sentido una inclinación decidida a los placeres, la sed insaciable de la venganza, y el deseo de una autoridad sin límites. Tales afectos son en demasía sanguinarios y violentos para que conserve el alma la facultad de arrepentirse: heme convencido, sobreviviendo a la edad de las pasiones, de que la vejez del malvado no conoce deleites ni consuelos: un rostro marchito no ejerce influencia sobre persona alguna, y hasta la misma venganza se reduce a deseos impotentes. Viene después el pesar tardío y el remordimiento armado con sus culebras... lo futuro ya no ofrece más que desesperación, como la eternidad a los demonios, y sería un crimen el querer confundir entonces la necesidad de desesperarse con el ansia de arrepentirse. No obstante, cumpliráse mi destino: el cielo me llama para que sirva de instrumento en la tierra a una estrepitosa venganza. Cuando nuevos enjambres de avispas vuelvan a revolotear en torno del negro alcázar, teatro en otro tiempo de mis crímenes, yo iré a abrirles el boquerón por donde se introduzcan en él, y arrastren a los soberbios guerreros que lo habitan. Tal vez hostigada por mi propia desesperación, me vean correr al través de sus galerías, sacudiendo las flamantes teas para que el fuego prenda en todos los ángulos del edificio; tal vez contemple placentera la iracunda llama ondeando por lo alto de sus almenas, y penetrando por entre las robustas piedras de sus erguidos torreones. Decidme, amigas, añadió soltando ruidosa carcajada, ¿no será una pira digna de mis enemigos, y un sabroso espectáculo para calmar la rabia que me devora?

-Templaos, hermana, exclamaron las religiosas, y permitid que os llevemos adonde toméis algún descanso: siempre quedan días felices para los que aman la soledad y la penitencia.

-Para todos, pero no para mí: hermanas mías, prosiguió después en tono algo pacífico, perdonad mis extravíos, compadecedme en gracia de la ardiente fiebre que me abrasa: mi cabeza arde: me parece que estoy mala... ¡Oh! ¡por qué no puedo borrar lo pasado de mi memoria!¡esas figuras que se alzan en derredor de mí como furias para atormentarme...! yo las veo cuando duermo, y al después aun van dando vueltas en torno de mi lecho.

Al decir esto extendía los brazos, y paseaba por la estancia sus desencajados ojos, fijándolos a veces cual si viese algún terrible fantasma. Una de las monjas la tomó cariñosamente por la mano, y estrechóla llorando contra su propio pecho. Sosegóse un poco la desgraciada Brígida, y reclinando la cabeza en el hombro de la caritativa religiosa, miróla con aire de ternura y díjola como saliendo de una congoja terrible.

-Ya se marcharon; ¿no es verdad, querida hermana? El fuego voraz que circula por mis venas me hace ver cosas que tal vez no existen: no sé, pero me parece como que me encuentro más aliviada... ¿habéis asistido al coro, hermanas mías?

-Y también salido de él, respondió sor Francisca; pronto oiréis el toque de ánimas, y así permitid que Margarita os acompañe a vuestra celda.

-Tenéis razón, replicó Brígida, acaso me sea posible conciliar algún reposo. Abrazadme, hermanas; no me olvidéis en vuestras oraciones.

Empezó a caminar lentamente a su estancia, apoyada en el brazo de Margarita. Viendo, empero, sor Francisca la aflicción que semejante escena había causado a la hija de Castromerín, apresuróse a tranquilizarla.

-No os desconsoléis, la dijo, tiene la pobre con sobrada frecuencia la cabeza algo turbia; bien que nunca la había visto luchar con delirio tan frenético. Por lo regular sólo se observa en ella una tristeza profunda, y cuando llega la hora en que se agita, vuelve a recuperar muy pronto su templanza natural. Nunca notara que su inquietud durase tanto como hoy: esperemos con todo que el régimen y el retiro serán suficientes a calmar su frenesí.

-¿Y no habéis reparado, observó Blanca, el tono con que hablaba al principio? Parece que no dejaba de traslucirse en sus ideas alguna consecuencia y trabazón.

-Son lúcidos intervalos, respondió la hermana, y aun echareis de ver que no sólo habla en ellos con sensatez, sino con ingenio y perspicacia. Vuelve, sin embargo, por momentos a su taciturnidad o a su locura.

-¿Y sabríais decirme, preguntó Blanca, lo que se ha reducido a tan deplorable estado?

-Difícil sería dar con ello, respondió la monja, en razón de que no es la menor de sus extravagancias el referirse, durante los raptos de su demencia, a calamidades siempre diferentes, que apenas guardan entre sí correspondencia alguna. Tan pronto se queja de ver el cadáver de una persona querida; tan pronto de hallarse luchando en medio de combates sangrientos: aquí es un cadalso el que despierta sus temores; allí el amor ultrajado el que exaspera su imaginación: de esta suerte, divagando entre horrorosas imágenes, recorre la infeliz un vasto círculo de amarguísimos recuerdos. Con todo, si gustáis saber algo más acerca de semejante asunto, añadióle en voz baja de manera que las otras no pudiesen oírla, venid a mi celda después del toque que anuncia el recogimiento, no echando en olvido que al dar la media noche hemos de asistir al coro.

Aquí llegaban de su conversación, cuando les anunció el toque de ánimas el momento de separarse. Despidiéronse las monjas, y recogiéronse cada una en su celda, después de haber acompañado a la heredera de Castromerín a su estancia.

Así que ésta oyó tañer la campana del silencio, salió con callada planta para verse con su amiga; y atravesando un corredor abovedado, donde trémulamente brillaba una lámpara moribunda, subió por cierta escalerilla de ojo que se hallaba en uno de los extremos, y hallóse de repente en los aposentos superiores, los cuales presentaban un aspecto más irregular y ruinoso que los del cuerpo principal del edificio. Al entrar en la celda descubrió a sor Francisca puesta de rodillas ante un crucifijo de marfil, profundamente entregada al místico consuelo de la oración. Volvió la cabeza aquella humilde penitente al percibir los pasos de la tímida Blanca, y viéndola en pie sin atreverse a pasar del umbral de la puerta, sonrióse con cierto agrado, e hízole seña de que entrase. Así lo ejecutó con respetuoso silencio, y sentándose en el lecho de la religiosa, aguardó tranquilamente que concluyese su devota plegaria. Finalizada ésta levantóse sor Francisca, y tomando la lamparilla que alumbraba el aposento, colocóla sobre una robusta mesa de nogal: en uno de sus ángulos advirtió Blanca el reflejo de aquella luz tristísima una calavera humana, y un reloj de arena colocado en el opuesto. Estremecióse involuntariamente; pero sin haber hecho alto la monja en impresión semejante, tomó asiento junto a ella, y empezóle a hablar amistosamente en estos términos:

-La curiosidad, hermana mía, os ha hecho muy puntual, y sin embargo no sé si podré daros nociones algo positivas en orden a la suerte de la desventurada sor Brígida. Habéis de saber que su entrada en San Bernardo fue tan misteriosa como su propia conducta: nadie supo quien fuese ni la familia a que pertenecía: en sus maneras, en su arrogancia, en el tono de la conversación advertíamos una dama de alto origen, acostumbrada a pisar alfombras y a vivir en soberbios alcázares; y si bien no era su demencia tan frenética y frecuente como ahora, ya se notaba en aquel carácter cierto desorden de ideas y una lucha interior anunciando furiosos remordimientos. Yo me acuerdo de que cediendo con otras compañeras de mi edad al curioso impulso que nos inclinaba a descubrir la causa de tales misterios, hicimos toda suerte de tentativas, ya recogiendo las palabras de la misma Brígida, ya preguntando a nuestra indulgente abadesa, ya dirigiéndonos al venerable Gómez de Salazar, abad actualmente de San Mauro, el cual se hallaba a la sazón en este monasterio, y había sido quien más contribuyera a que en él entrase la incomprensible dama. No obstante, nada pudimos descubrir, y empezamos por lo mismo a mirar a nuestra hermana con cierta prevención y temor, sin que su regular conducta y austera penitencia fueran bastantes a moderar una opinión tan poco caritativa. Por aquellos días vino un trovador extranjero a hacer oír sus melodiosos acentos al pie de las torres de San Bernardo. Había ya tiempo que no se percibían por sus alrededores los himnos de esos hijos predilectos del destino, árbitros en cierta manera de la inmortalidad de los héroes. Corrimos como es natural a las galerías del monasterio a fin de saborear mejor la dulzura de su canto, y la armonía de sus versos. Para haceros cargo del interés que debían inspirarnos sus numerosas estancias, razón es que sepáis como los trovadores son los únicos que en los solitarios monasterios dan idea de los acaecimientos del siglo, cantando en ellos las continuas revueltas de los pueblos, y las gloriosas victorias de los reyes; y bien que el joven de que os hablo lo hiciese en lengua provenzal, no dejábamos de comprender el espíritu de sus cantares. Sin embargo, aquel gentil mancebo ensayó una canción patética y doliente, en la que más bien que los himnos de la guerra, se percibían los melancólicos suspiros de personas desgraciadas. Su gallardo aspecto, su condición, al parecer mansa y generosa, su habilidad en el arpa, el metal sonoro de su voz, y la importancia del objeto de sus trovas, hicieron en nosotras una impresión agradable e inocente. No pocas veces le obligamos a repetir esta última canción, vertiendo amargas lágrimas al oír la catástrofe con que castigó el cielo las pasiones de un padre bárbaro, la perfidia de una esposa, y los desórdenes de un hijo desnaturalizado. Mis hermanas no advirtieron en ello mas que la relación de una historia sobradamente lúgubre; por lo que a mí hace me ocurrió la idea de si tendrían aquellos sucesos alguna referencia con la suerte de sor Brígida. Varias expresiones de la monja, la combinación de la época en que acaeciera aquella singular tragedia, la misma precisamente de la entrada de sor Brígida en San Bernardo, y la agitación, sobre todo, que le causaron las terribles estancias del joven trovador desde la primera vez que las oyera; diéronme margen a semejantes conjeturas, e hiciéronme suponer lo que acabo de deciros. Por esto supliqué a nuestra abadesa que permitiera al padre Gómez me sacase una copia del canto del trovador; pues aunque leo con suma dificultad, me propuse guardarla como un recuerdo de las sospechas que entonces formé, y con el objeto también de saborearme en escucharlo cuando me deparase la suerte una persona como vos, más versada en el secreto de este arte divino. Ahí tenéis el manuscrito del noble abad de San Mauro; leedmelo, querida Blanca, y diréisme luego si van enteramente fuera de propósito las reflexiones, que me hizo formar acerca de las verdaderas causas que desordenaron la cabeza de nuestra infeliz hermana.

-Gracias os doy, respondió Blanca, por semejante condescendencia. Y tomando los papeles que le entregaba la monja, colocóse de manera que pudiese aprovecharse de la escasa luz de la lámpara, y empezó a leer lo que sigue con voz al principio poco firme.