Los bandos de Castilla: 16

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Capítulo XV[editar]

Don Alonso V y Don Juan el II.


Uno de los monarcas que se hicieron más célebres en la época de que hablamos fue sin disputa el que ocupaba el trono de Aragón. Con espíritu generoso, con ánimo levantado, y mayor deseo de honra que de deleites, desvelábase para conseguir grandes triunfos, hallábase en todos los lugares y negocios, y era tan brillante guerrero, como maduro y prudente magistrado. Sin par en la liberalidad y clemencia, fácil en la condición, tardo en la cólera y en dejarse abatir por reveses de la fortuna; afirmóse en el trono de su padre, y preparó los gloriosos reinados de sus propios sucesores. Llevando después a Italia sus armas victoriosas desbarató los angevinos, y a la traza de los antiguos romanos entró triunfante en Nápoles montado en un carro magnífico, del que tiraban caballos más blancos que la nieve de los Alpes. Rodeábanlo los señores y grandes de todo el reino; estaban las calles sembradas de flores; de las paredes colgaban brillantes tapicerías; respirábanse do quiera suaves perfumes y fragancias, y numeroso pueblo, derramándose a oleadas por los sitios donde pasaba el victorioso príncipe, pedía en altas voces al son de marciales trompetas que le concediese el cielo largo y próspero reinado.

Desde que lució tan célebre día, debido a las aplaudidas victorias donde aprendió el arte difícil de la guerra el conde Arnaldo, fue acatado don Alonso de Aragón, como el monarca más esclarecido de su tiempo, lumbre y gloria perpetua de la nación española. Añádase al esplendor de esta conquista la humillación de la república de Génova, orgullosa y potente en aquellos tiempos, de la que anualmente tomaba como en feudo una alhaja de oro a la vista de todos sus vasallos: el vencimiento de Francisco Esforcia, tan ensoberbecido por la excelsa cuna de su esposa, como por haberse apoderado de la Marca de Ancona; y el recibir continuamente en sus alcázares soberbias embajadas de los más famosos reyes, prometiéndole fértiles y dilatadas provincias si se dignaba socorrerlos. Entre ellas contábase como cosa singular y de muchísima honra las que le enviaron desde Constantinopla los emperadores de Oriente, y a de Georgia Castríoto, varón señalado en aquella época por su grande valor y por desesperadas empresas dignas de inmortal renombre.

Seducido, empero, Alonso de Aragón por el blando y muelle clima de Italia, y deseoso al mismo tiempo de conservar las provincias que en ella adquiriera a fuerza de victorias, no quiso dar la vuelta a la península, donde regentaba sus estados el rey don Juan de Navarra. Y como Aragón y Castillas eran las dos potencias que más figuraban entonces en el territorio español, las ínclitas cualidades del rey don Alfonso V hacían como resaltar la debilidad y el carácter indolente del rey don Juan el II dominado siempre de los grandes, y viviendo en indecoroso pupilaje.

El monarca de Navarra, tío del rey don Alonso, y anteriormente conocido como uno de los infantes de Aragón, irreconciliable enemigo en todas épocas de don Álvaro de Luna, era hombre naturalmente suspicaz y rencoroso. Seguía a la sazón con el príncipe de Viana, su hijo primogénito, una guerra sacrílega, atendido el escándalo que daba ver luchar dos personas tan estrechamente unidas por los vínculos de sangre. Dos terribles bandos de agramonteses y los biamonteses, capitaneado el uno por los condes de Lerín y conducido el otro por los marqueses de Cortes, atizaban aquella afrentosa contienda. Con ánimo de vengarse a un mismo tiempo de don Álvaro de Luna, y del hijo, que a pesar de sus ventajosas calidades mortalmente aborrecía, uniérase el rey don Juan de Navarra con el infante don Enrique, favoreciendo decididamente sus planes en calidad de regente de Aragón, a fin de que con las fuerzas de ambos reinos entrase hostilmente por tierras del rey de Castilla, apoyo del jactancioso condestable, y poderoso protector del príncipe de Viana.

Tal era el estado de las relaciones políticas en la península, cuando hallándose don Álvaro de Luna en uno de los salones del real palacio de Segovia rodeado de diversos cortesanos, vio entrar al duque de Castromerín con taciturno y melancólico aspecto.

-¿Qué es esto?, le preguntó; mala cara, señor duque, para pedirnos albricias. ¿Habrían entrado por dicha los escuadrones del infante por los campos de Castilla? ¿Amenázannos de cerca el caballero del Cisne, o el feroz conde de Urgel?

-No creáis, respondió Castromerín, que puedan amilanar mi espíritu unos enemigos que desprecio. Luzcan enhorabuena su destreza en los torneos, mientras les enseñamos nosotros como se ha de pelear en las batallas.

-Muy esforzado os sentís, respondió don Álvaro, y me parece que si venimos a las manos no dejareis de merecer los versos de Juan de Mena.

-¡Vive Dios, que si hubiese seguido mi consejo no os hallaríais gastando chanzas en este palacio!

-Es cierto; pero acaso fueran tales las que Enrique y Arnaldo gastaran con nosotros, que tampoco tuviera el duque la satisfacción de reprehendernos.

Soltaron la risa los cortesanos al oír esto, y viendo don Álvaro de Luna algo colérico y corrido al señor de Castromerín, díjole prontamente para apaciguarlo:

-No os he hablado así por desprecio a la osadía de vuestro parecer; pero ya veis, duque, que con un puñado de hombres era temeraria empresa la de atacar al infante en su castillo de Ampurias.

-No tanto, respondió el señor de Arlanza haciendo como alarde de su gigantesca estatura, no tanto por San Cervantes, si nos hubiera dado ayuda el noble príncipe de Viana.

-¿Y quién contenía, atajóle el condestable, las haces del rey don Juan, y los indómitos catalanes que siguen a Arnaldo de Urgel? Ea, caballeros, más espero de vuestro valor en el combate, que de vuestra perspicacia en el consejo.

-¡Pardiez!, dijo otro de los circunstantes, más quiero blasonar de temerario que de prudente; y en el caso en que nos vemos se de cierto que nos fuera más honroso hallarnos a tiro de tres lanzas del enemigo, que hablar descansadamente de la guerra en este alcázar. Ved aquí por qué dicen los aragoneses que en vez de salir al campo como buenos caballeros asaltamos furtivamente los castillos a guisa de cobardes desalmados; y a fe mía que el robo de Matilde de Urgel y esa inacción vergonzosa no dejan de prestar un colorido de verdad a sus injuriosos dicterios.

-¿Y quién osa afirmar, interrumpió Rodrigo, que el rapto de la hermana de Arnaldo haya sido obra de los caballeros de Castilla?

-Tomad la vuelta de Navarra, respondió Monfort, y no dejareis de hallar en las huestes de Cataluña y Aragón acreditadas lanzas que lo sostengan.

-Pero las nuestras deben rechazar a todo trance tal calumnia, dijo acaloradamente el hijo del condestable: de lo contrario reniego del decantado brío y heroica reputación que tanta sangre nos cuesta.

-En mal hora se rechaza a cincuenta leguas de distancia, replicó Monfort. Si no descubrís el medio de que salgamos de repente a la campaña, tendremos que haberlas con escuadrones orgullosos de sus triunfos y de nuestra aparente cobardía.

-¡A las armas!, gritó don Pelayo de Luna: ¿quién es el aleve que se atreverá a poner en duda la intrepidez de los caballeros de Castilla? Bravo Rodrigo, valiente Monfort, Ramiro de Astorga, vosotros todos, nobles guerreros aquí reunidos, ayudadme a persuadir al condestable la imperiosa necesidad de correr pronto a la lid.

-¡A las armas!, respondieron todos a la vez; y arrojando don Pelayo en medio del gótico salón una de sus manoplas de acero, llamó un rey de armas, y mandóle llevar al conde de Urgel aquel férreo guante en señal de particular desafío. He de reprimir su orgullo, añadió, y quitar al rey don Juan aquel grosero espantajo.

Mientras durara este animado diálogo estaba el duque de Castromerín en otra pieza contando a don Álvaro de Luna lo que le había pasado con su hija, y el castigo que acababa de aplicar a su desobediencia. Todo lo aplaudió el condestable, y convinieron de nuevo en la realización de tan suspirada alianza. Oyeron en esto extraordinario rumor en el salón de los cortesanos, y al entrar en él para enterarse de lo que ocurría, viéronse rodeados de don Pelayo, del señor de Arlanza, Monfort, Astorga y otros caballeros, pidiendo a voces el permiso de marchar contra las huestes reunidas de Aragón y de Navarra.

-Basta, dijo apartándoles don Álvaro: haré presente al rey tanta impaciencia, y no dudo que marcharemos cuanto antes al encuentro de los enemigos de su trono. Retiraos entretanto, y aguardad tranquilamente mis órdenes; vos, señor duque, venid conmigo a las estancias de su Alteza.

Los aposentos que ocupaba don Juan el II podían pasar por suntuosos sin tener nada de elegantes. Los arcos que los sostenían eran de bastante primor, magníficas las tapicerías que los engalanaban, y los vidrios de las ventanas prolongadas y puntiagudas, adornados con frescos y caprichosos matices. Sólidas eran las sillas, aunque llenas de afiligranadas labores; brillaba en el alto techo el trabajo más costoso y exquisito, y en la recamada alfombra, regalo de un emperador de Oriente, los ingeniosos dibujos del mosaico. También se admiraba allí un grande espejo, que fuera presentado al príncipe de Castilla por la república de Venecia, objeto entonces del mayor lujo, tanto por lo mucho que costaba, como por la escasez que de ellos había. En la disposición, sin embargo, y en el poco aliño de estos muebles, advertíanse cierto abandono y falta de simetría o buen gusto, indicios del carácter flojo y de la poca entereza del príncipe que allí habitaba. En medio de la estancia había una mesa espaciosa cubierta con un gran tapete de terciopelo carmesí, y sobre ella papeles concernientes al gobierno confundidos entre instrumentos de música y muchos borradores de versos en los cuales se leían en letras mayúsculas los encabezamientos de trovas, canciones, coplas, y otros géneros de metros. Junto a esta misma mesa permanecía sentado el monarca de Castilla cuando entraron don Álvaro de Luna y el duque de Castromerín: así que vio al primero soltó un manojo de papeles que tenía en la mano, y púsose a mirarle con cierta indecisión como temiendo alguna desagradable nueva.

-Y bien, ¿qué venís a anunciarme?, les dijo viendo que nada le hablaban: duque, ¿qué sabéis de las huestes de Aragón?, y vos, condestable, ¿habéis hecho reunir las de Castilla? Por Santiago que recelo algún desmán de esos perros de Navarra. Si se juntan a los trozos del infante don Enrique y bravo conde de Urgel, me temo que talen nuestros campos y entren muy a su sabor por los castillos, antes que nos sea posible reunir suficiente número de lanzas que oponerles.

-Lo que importa, señor, dijo don Álvaro, es enristrar las nuestras: bástannos ahora las que siguen a los valientes que se hallan en la corte, y en el mismo campo se irá engruesando nuestro ejército.

-¿Lo has pensado bien?, replicó el monarca: mira que no es lo mismo haberlas con tales gentes, o arremeter con los degenerados musulmanes de Granada.

-Harto lo sé, señor, pero me acuerdo de la batalla de Olmedo, y tengo a mengua que se dejen amilanar como unas liebres sus valientes vencedores. Ahora, si es que prefiere V. A. volver al yugo del rey de Navarra y a la necesidad de ver por sus ojos, hablar por su boca y...

-¿Qué es lo que hablas? Interrumpió el monarca. Salgamos tan pronto como se pueda, y demos otra lección a ese despreciable régulo de Pamplona. Ea, reúnanse las haces, despliéguese el estandarte real, y marchemos en buen orden.

-Determinación tan heroica, dijo a la sazón Castromerín, es muy digna de la sangre que ennoblece a V. A. Lástima y vergüenza sería que holgásemos en la ciudad mientras tala el enemigo las fronteras, y así lo sienten cuantos caballeros adornan la espléndida corte de Castilla.

-Está resuelto, respondió el rey, y el condestable cuidará de que se ejecuten mis órdenes. No es esto decir que no nos reservemos el derecho de pensar con madurez en este negocio; pues acaso al vernos el enemigo en disposición de defender el trono de nuestros mayores, accederá a una paz ventajosa a nuestro reino.

-Para que tal suceda, observó don Álvaro de Luna con sardónica sonrisa, han sido muy sedientos de su sangre los castellanos. No hay medio alguno, señor, entre el partido de V. A. y el bando de los infantes: vivir en perfecta seguridad, mirar por los intereses del reino, estrechar a los infieles en su recinto y obedecer la voz de su soberano, he aquí lo que desean los campeones de Castilla. Enriquecerse con las rentas reales, reinar en nombre de V. A., y reducirlo a vergonzoso pupilaje, tal es el objeto de esos malsines que avanzan con mano armada para sorprenderos en la corte misma. ¿Y es nuevo en ellos el destronar príncipes, sembrar disensiones intestinas, y recoger a manos llenas el sangriento fruto de sus tramas? La Grecia desunida, Sicilia revuelta, Nápoles sojuzgada os dirán lo que tenéis que esperar de sus armas orgullosas...

-Basta, interrumpió el monarca: ya te he dicho que ordenes las huestes y salgamos a su encuentro. ¡Habránse visto jamás hombres más ambiciosos y contumaces que esos infantes de Aragón! En mal hora nacieron para estos reinos... la enemistad con mi hijo don Enrique, el soplo de la discordia que arde en Castilla, la turbación de mi paz doméstica... ¡Vive Dios!, que ya es tiempo de que acabe de una vez el germen de tantas revueltas.

Estas palabras agotaron el esfuerzo del monarca que se dejó caer, a guisa de hombre abrumado, sobre su mismo sillón. Aprovechándose el sagaz favorito de aquel abatimiento, moderó el tono áspero y enérgico de que usara hasta entonces, e insinuándose en el ánimo del príncipe con cierta flexibilidad respetuosa, hablóle blandamente en estos términos.

-Los enemigos, señor, se han ensoberbecido desde que huelga el brazo de V. A. Con que salgáis al campo estoy seguro que se desbandarán como una manada de gacelas, y una vez perseguidos y castigada la insolencia de ese barón catalán que tanto nos menosprecia, volveremos al agradable espectáculo de esplendorosos torneos, y al cultivo de las artes. Lucirán para Castilla días de paz y bonanza que harán sentir la bienhechora influencia del gobierno paternal del rey don Juan el II sobre cuya cabeza lloverán lágrimas de gratitud y fervorosas bendiciones.

Suspiró el rey al oír una pintura tan propia para halagarle, y tomando de encima la mesa los papeles que soltó cuando entrara el condestable, enseñóselos diciendo:

-Ahí tienes unas trovas excelentes, hechas, a lo que presumo, por el poeta que más merece nuestra aprobación real: hablo de Juan de Mena. Recórrelas por tu vida, y admira la armonía y fluidez de tan elegantes rimas.

Echó don Álvaro una ojeada al papel renegando interiormente de la versatilidad del monarca, y quedóse asombrado al ver que el asunto de aquellos versos era el reciente robo de la hermosa Matilde, la celebrada hija del conde Armengol.

-Muy singular es esto, murmuró entre dientes el privado.

-Singularísimo, respondió el rey: y dudo que nunca se hayan escrito coplas más pulidas y acabadas.

-Digo, señor, que me parece muy singular que un ingenio de esta corte particularmente favorecido por V. A., tenga la audacia de escribir acerca de un asunto que no es más que una impostura, un feo borrón con que quieren empañar los enemigos el limpio pundonor de los grandes de Castilla, un lazo en fin que nos tienden para dar cierto colorido de justicia a su pérfido armamento, a la sacrílega violación de los tratados.

-Es verdad, respondió el rey mirando los manuscritos y ocupándose entonces más del argumento que de los versos: es verdad que no hice alto en la materia de esas rimas, ni me pasó por las mientes; pero aun cuando sean la pintura de las sentidas quejas de esta dama, ¿qué conexión hay si te place entre su robo y la buena reputación de los grandes de Castilla?

-La de suponer que a mano armada, y a guisa de salteadores o bandidos, hidalgos de estos reinos la robaron de San Servando, castillo donde moraba, aprovechando para ello la ocasión de hallarse, por ausencia del conde de Urgel, desmantelado e indefenso. Con tal impostura han acrecentado el odio y animosidad de aquellos naturales contra los pueblos de Castilla, pues era la noble dama el ídolo de Cataluña, y hecho que se comprometiera la flor de los caballeros de Aragón para libertarla. Ahora, en cuanto al autor de estas artificiosas rimas, que también pintan el agravio de los aragoneses y la alevosía de los castellanos, no sé nada.

-Ello será mucha verdad lo que tú has dicho y no pasaremos por alto el castigo de tales demasías y afrentas; pero en orden a las trovas te repito que son bonísimas, y si tal negaras, entenderías bien poco de achaque de poesía. Por lo demás el mismo Juan de Mena me las ha presentado, y sabe, pobre hombre, añadió con bondadosa sonrisa, que los poetas forjan los asuntos a medida de su paladar para sacar partido de ellos sin meterse en más honduras.

-Por Santiago que no es eso, señor, respondió don Álvaro de Luna, sino que los contrarios que tienen en esta corte misma los más fieles vasallos de V.A., se han valido de ese ardid para ponerles en mal predicamento con su monarca.

-Ya te he dicho lo que hay en tal negocio, repuso con mucha flema el rey don Juan, y que poco o nada se te alcanza en punto a la gaya ciencia.

-Maldita sea, dijo secretamente el condestable. Por lo menos ahora, continuó alzando la voz, juzgo que es de poca utilidad en razón a que las lanzas del conde de Urgel y el caballero del Cisne necesitan de otros diques.

-En efecto, observó Castromerín, y si no nos apresuramos a atajar su ímpetu, nos arrojarán, mal que nos pese, de nuestros mismos hogares.

-Importunos estáis, exclamó el rey don Juan: ea, cumplid las órdenes que os he dado en cuanto a esto, y dejadme saborear a mis solas el halago de tan gustosa leyenda.

-¿Habéis visto en vuestra vida, dijo saliendo don Álvaro al duque de Castromerín, hombre más indeterminado y menos a propósito para el puesto que ocupa?

-¿Y qué sería de nosotros, atajóle el duque con cierta sonrisa de confianza, si de pronto cobrase la entereza, por ejemplo, del monarca de Aragón?

-Verdad es, dijo don Álvaro después de pensarlo un poco, que hallamos nuestra ventaja en su pusilanimidad y falta de energía; pero también tiene sus inconvenientes la sed del descanso y la flaqueza pueril. Y sino, venid acá y decidme si deja de herir el corazón el ver que adelantan los escuadrones del infante, y nos estamos con las manos en el cinto como si viniesen a justar, cuando todo esto había de poner terror con el crujido de las armas, la confusión de los guerreros y el tropel de los caballos. Por San Andrés que no era así antes de salir a campaña para la batalla de Olmedo, y que había en este alcázar más aparato militar que regia pompa.

-¿Y quién nos manda, replicó Castromerín, seguir tan sólo el impulso de ese monarca imbécil? Mala pascua lucirá para nosotros si vuelven a fascinarle esos infantes de Aragón.

Una desdeñosa sonrisa animó por un momento las sombrías facciones del condestable. -¡Fascinarle! Exclamó: ¿os burláis? Harto aherrojado lo tengo, loado sea Dios: más difícil les sería que plantar una pica en la Alhambra de Granada. Temo, sí, que lo conquisten; pero no que lo seduzcan: temo que entren por Castilla y descarguen todo el peso de su cólera sobre don Álvaro de Luna y el duque de Castromerín. ¡Fascinarle! Confesad que anduviste desacertado en tal recelo.

-Sobrado celoso diréis de vuestro crédito y buena andanza; pero escuchad un instante: ¿no sería del caso que en vez de luchar con su carácter indolente y flemático procurando inspirarle alguna chispa de nuestro belicoso ardor, chispa que sin prender nunca de recio apenas nace en él cuando se extingue, usásemos a nuestro arbitrio de la facultad que nos ha dado, reuniendo gente y cayendo, sin que se cataran de ello, por sendas desusadas, por intransitables atajos sobre los escuadrones enemigos?

-Es el único remedio que nos queda, y ver de todas maneras que venga en nuestra compañía, y anime con su presencia el valor de los soldados.

Sí, respondió Castromerín: aunque para ello sea necesario cargar con toda esa cáfila de músicos y trovadores. ¡Holgazanes! Mala peste nos limpie de tal nube de zánganos: ¡cuán poco se parecen a aquellos célebres Vidales y Blondeles dedicados, no como estos a enflaquecer el ánimo de los monarcas, sino a inspirarles el sagrado entusiasmo de los héroes!

-También será del caso, continuó el condestable, enviar un mensaje al príncipe de Viana para acordar el sitio donde sus lanzas se junten con las nuestras.

-Apruebo, respondió Castromerín. ¿Y sabéis algo de lo que verdaderamente ha ocurrido en estas cosas que se cuentan de Matilde de Urgel?

-Artificios son del conde de Arnaldo. Lo que deseara descubrir por vida mía, es el impulso que ha movido a un miserable coplero a dar idea al rey de una impostura forjada, como todo el mundo sabe, en los pérfidos reales del infante don Enrique. Yo le prometo hacer estampar en su cráneo el sello de mi resentimiento. ¿No es bueno, señor duque, añadió arrugando las cejas, que indican aquellas trovas a mi ilustre primogénito como cómplice en el supuesto robo de Matilde? Por la cruz sacrosanta del Calvario que he de calentar con tan rabioso fuego la mollera del infante trovador, como no sea el favorecido Juan de Mena, que nunca más necesite de la llama de las musas. Ya puede ser que la clave contra un muro o tronco de árbol, cuando menos se lo cate, un venablo más certero que el que atravesó al enamorado Macías. El Caballero del Cisne y el osado conde de Urgel tiemblan a la sola idea de la proyectada alianza entre las casas de Luna y Castromerín; y no contentos en procurar impedirla con las armas, se valen de medios que desdorarían a un villano, cuanto más a paladines tan cabales como la fama los pinta.

-Sin embargo, me lisonjeo de que si en eso consistiera su muerte, muy en breve les haríamos dar de cabeza contra un mazo.

-Sin embargo y me lisonjeo, dijo el inflexible favorito, son admirables voces para la conversación del rey don Juan; nosotros, como más cuerdos y avisados, no debemos titubear ni dar indicios de indecisión mujeril. Ahora vamos a pelear con esos perros de Aragón y Navarra; en seguida al convento de San Bernardo a asegurar nuestra perpetua alianza con el matrimonio don Pelayo de Luna y la heredera de Castromerín.

Apretáronse la mano dicho esto, y se separaron, al parecer los más amigos del mundo, atravesando por distintos lados los salones de aquel vasto alcázar, y correspondiendo apenas a los profundos saludos y reverentes humillaciones que recibían de cortesanos, pajes, alabarderos y demás gente destinada al servicio del monarca. Su primero y principal cuidado fue reunir los escuadrones de los más adictos a su bando, y aprovecharse de los escasos preparativos que se habían hecho hasta entonces, con lo que lograron ponerse cuanto antes en campaña, lisonjeados de que de día en día iríase engruesando el ejército. En efecto no les engañó la esperanza, y una vez reunidos a las huestes que acaudillaba el príncipe de Viana, vinieron a formar un razonable y numeroso campo, aunque no tan aguerrido y disciplinado como el del infante don Enrique. Mandábalo el rey don Juan el II rodeado de sus grandes y regido siempre por los consejos de espíritu belicoso de don Álvaro de Luna; y tomando la vuelta de Navarra, hicieron como alarde del gallardo intento de salir al encuentro de los contrarios y venir a las manos primero que talasen los abundantes campos de Castilla, asaltaran las ciudades y destruyesen los pueblos.


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