Los bandos de Castilla: 17

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda



Capítulo XVI[editar]

Explicación.


Tiempo es ya de que volvamos a hablar de la noble Matilde de Urgel, a quien enteramente abandonamos para dar cuenta al lector de lo que ocurría en el monasterio de San Bernardo y alcázares de Segovia y Castromerín. Es de advertir que mientras don Pelayo y sus compañeros atizaban el fuego de la guerra contra don Enrique de Aragón, habían enviado al castillo de San Servando algunos hombres de armas, a fin de que aprovechándose de la ausencia de Arnaldo, viesen como robar a su hermana, y conducirla al alcázar de Arlanza, moviéndoles a tamaño atentado la fama de su discreción y hermosura. Así es que mientras iban poniéndose en orden los escuadrones que debían seguir al rey don Juan a la próxima campaña, tomaron don Pelayo y don Rodrigo la vuelta del lóbrego edificio, teatro siempre de sus violencias y desacatos, con el deseo de estar presentes a la llegada de Matilde, y tener preparado cuanto juzgasen a propósito para halagarla y recibirla. Convinieron entre sí lo dos impíos barones, que fuese por algún tiempo aquella ilustre huérfana la cautiva del primero, contentándose el de Arlanza con la cantidad que no dejaría de ofrecer el conde de Urgel para rescatarla en cuanto llegase a sus oídos la noticia de su rapto.

Bien ajena de tan pérfidas asechanzas pasaba tristísimos días la hija del noble Armengol en el antiguo palacio de sus padres. Advertíase en su carácter el germen de profunda melancolía ocasionada al parecer por el pesar de la próxima partida de su hermano. Y bien que sus amigos y admiradores le reprendían aquella indiscreta inclinación, no dejaba de dar pábulo con sobrada frecuencia a sus pesares, ya recorriendo los sitios más caprichosos y selváticos de aquel desierto ya repitiendo en ellos las canciones de provenza que la recordaban tiernamente los peligros de los héroes. Subió Arnaldo una noche a su aposento y hallóla agradablemente ocupada en delicadísima labor: era un tahalí de seda blanca, dedicado al noble conde, el cual tuvo la satisfacción de adivinar el objeto de su linda tarea por haber notado a la primera ojeada, como se complacía en recamar con sus manos primorosas los nombres de Arnaldo y Matilde ingeniosamente enlazados.

Conmovióse el belicoso barón al advertir ese nuevo rasgo de su fraternal cariño, y se acordó por un momento de que sólo había un ser en la tierra que le amase con verdadero desinterés y ternura. Desvanecieron empero este rápido movimiento de sensibilidad los impetuosos deseos de gloria y venganza que le tenían como avasallado.

-Al fin, Matilde, dijo tomándola una mano, es fuerza que nos separemos: los primeros rayos del sol ya me verán con mis huestes en la opuesta ribera del Segre, y dentro pocos días dando el castigo a los verdugos de nuestro padre.

-Y a mí, respondió tristemente Matilde, retirada en San Servando, haciendo votos para que el cielo favorezca vuestras armas. No quisiera entristeceros, hermano mío; pero me aflige desde muchos días un presentimiento funesto: paréceme ver en mis sueños la desgracia de nuestros amigos, y la extinción total de la casa de Armengol.

-¿Y quisierais que por esas ilusiones quiméricas quedase sin venganza el desastrado fin del autor de nuestros días?

-Quisiera, respondió la doncella, que rogásemos al cielo por su alma, y vertiésemos abundancia de lágrimas en la losa que cubre sus inanimados restos. ¿A do corréis, hermano mío, con esas numerosas huestes hirviendo en deseos de engrandecimiento y de sangre? Dejáis entre tanto sin amparo a la pobre huérfana de quien sois único y postrero apoyo.

-Sabéis lo que digo, replicó el conde después de breve pausa, que desde poco tiempo ha habido en vuestro carácter un cambio que me sorprende. ¿No erais vos misma la que alimentaba en mi pecho ese ardor de gloria que actualmente menoscabáis? ¿vos la que me ponía ante los ojos los negros calabozos donde murió Armengol, implorando vanamente el consuelo de sus hijos?

Matilde guardó también algunos momentos de silencio antes de responder a esta observación.

-Me parece, replicó, que hay algo de verdad en lo que acabáis de decir: también observo en mí misma el cambio que me echáis en cara, y no sé por qué me complazco ahora en escenas de suave paz y tranquilidad doméstica, cuando antes sólo pensaba en los peligros y en la gloria. Quiera Dios que salgan vanos mis temores y os vuelva a ver triunfante en el palacio de vuestros padres: por lo que a mí hace, puesto que tal es vuestro gusto, me basta con que seáis feliz, aunque muera bajo el peso de mi extremada tristeza.

-¿Y en qué os fundáis, amiga mía? Respondió con seriedad el conde Armengol: alimentad por Dios pensamientos más dignos de vuestra cuna: ved que se irritará la errante sombra de Armengol oyendo tales propósitos para sofocar em mi pecho el deseo, poco menos que sagrado, de arrancar el corazón de sus asesinos. Sabe, infeliz, que yo mismo la he visto en sueños en medio de tormentosa noche pidiendo a gritos una próxima venganza.

-¿Habláis de veras, Arnaldo? Preguntó Matilde entre azorada y curiosa.

-No lo dudéis, continuó el conde: un color amarillento marchitaba aquel semblante donde brilló algún día la majestad de los reyes; un cerco de oro sujetábale apenas el desgreñado cabello, todas sus facciones indicaban el helado sello de la muerte; pero los ojos chispeaban de furor, y se notaba en su persona algún resto del espíritu varonil que le hiciera tan arrogante en los combates.

-¿Y decís que el espectro os manifestó deseos de venganza? Repuso Matilde mientras le temblaban las rodillas y estaba pálida como la muerte.

-Figuráoslo saliendo de en medio de una nube, flojo y desceñido el manto, desenvainando el estoque, cercado de misterioso resplandor. Con la mano izquierda sacudía un sangriento dogal, que acaso puso fin a sus días, y con la derecha agitaba el acero como hostigándome correr en busca de sus enemigos. Yo temblaba, hermana mía, y puesta una rodilla en tierra prometí en nombre del cielo vengar los irritados manes del conde Armengol. Al oír el solemne juramento una sonrisa feroz alteró apenas las facciones de hierro del horroroso fantasma, y tomando una de mis manos, mientras forcejeaba yo en balde por desasirme, apretóla entre las suyas, magullándola y comprimiéndola con sus manoplas de acero. Agobiado con lucha tan desigual, sacudí violentamente el brazo, y desperté lanzando un tremendo grito. Desapareció la visión, y halleme atravesado en mi lecho, derramando copioso sudor, y sin poder proferir palabra alguna.

Escapóse el tahalí de las manos de Matilde al oír esta relación de Arnaldo, y quedóse inmóvil y llena de religioso espanto, cual si creyera que la sombra de su padre hubiese repentinamente de aparecerse en medio del aposento. El conde por otra parte extasiado con la idea de su lúgubre sueño tenía erizados los cabellos, los ojos errantes y extraordinariamente abiertos, y había algo de espantoso en sus acciones al representar la imponente actitud en que viera la sombra de Armengol. Al fin Matilde recobró algún tanto la serenidad, y le dijo tendiéndole una de las manos, y enjugando con la otra las lágrimas que derramaban sus dulcísimos ojos.

-Perdonad, amigo mío, si he intentado abriros otra senda que la de los combates y las gloria: respeto demasiado las voluntades del cielo para que me atreva a oponerme a ellas, y otros han de ser sobre todo los deberes de una hija y una hermana. Corred, pues, adonde os llama la obligación de amigo y de vasallo; sólo os suplico os acordéis de cuando en cuando del abandono en que se halla sin vos la desgraciada Matilde.

Abrazóle amorosamente, y después de haber pasado la noche despidiéndose de él con la mayor ternura, viole partir al amanecer con sus gentes a banderas desplegadas desde la más alta torre de San Servando. Siguióles con dolientes ojos, pero muy pronto los perdió de vista: pasada media hora aparecieron de nuevo atravesando a larga distancia el río Segre, cuyas limpias aguas con el suavísimo resplandor de la aurora se ofrecían a la vista como una línea de plata. Oyéronse todavía por intervalos las marchas guerreras que tocaban los clarines, mientras se veían brillar los yelmos de los capitanes contra los rayos del sol naciente, cual si fuesen de oro purísimo. Todo desapareció por fin entre los árboles más lejanos del horizonte, y tampoco llevaron los vientos el eco lánguido de las bocinas a los oídos de Matilde. Bajó entonces a su estancia oprimida de cierta pena interior que la hacía llorar con más ahínco la soledad en que se veía, y la ausencia de su querido hermano.

Pasaron algunos días sin que saliese de los muros del castillo, entregada siempre a nocivas cavilaciones. Así que fue menguando la violencia de su aflicción, y convirtiéndose en cierto abatimiento pensativo y taciturno, dimanado de su melancolía habitual y de la soledad absoluta en que se hallaba, comenzó a volver a sus paseos favoritos, y a pasar horas enteras errando por el desierto, embelesada más que nunca con las agradables vistas de una naturaleza romántica y majestuosa.

En una de estas correrías, hallándose bajo el arco de rocas contiguo a la cascada, quiso suavizar su aflicción con entonar al son del arpa alguno de sus himnos favoritos; pero era tal su flébil desaliento que no le fue posible elevar la voz, repentinamente atajada por algunas lágrimas. Aunque una doncella y un escudero la acompañaban, habíanse detenido a larga distancia porque sabían que Matilde gustaba de hallarse sola. Ocultaba ya el sol su faz brillante detrás de los elevados montes: su lumbre, aún no enteramente eclipsada, iba dejando aquella dudosa claridad que al mismo tiempo que permite distinguir los objetos, abulta sus formas y da margen a que la imaginación les preste caprichosas figuras. El aire era suave y puro, y como empezaba a elevarse la luna desde el oriente derramando tibia luz, deleitábase Matilde en contemplar las leves nubes que ya impelían los vientos hacia su blanco disco, ya arrojaban a larga distancia de él para que limpio brillase con su melancólico esplendor. No sé que embeleso tan suave encuentra la imaginación en la reina de la noche, al verla como nadando entre sutiles vapores, sin tener bastante fuerza para disiparlos, ni tampoco puedan ellos ofuscarla enteramente. Acaso por admirar en tan peregrino astro la imagen de la virtud, que sufrida y resignada sigue tranquilamente su curso en medio de las alabanzas y las injurias, dotada de las excelsas cualidades que tienen derecho a la admiración general, pero oscurecida a los ojos del mundo por el infortunio y la injusticia.

Reclinóse la hija de Armengol en los asientos de blando césped de aquel frondoso retiro, y fijos los ojos en la bóveda del cielo, halló consolador deleite en orar por el reposo de su padre, y rogarle que amparase su desgraciada orfandad. En el fervor de su plegaria creyó que las sombras de los antiguos condes de Urgel se agitaban en derredor suyo, prometiéndola el amparo que tan tiernamente pedía. Llena de confianza en su propia inocencia y en la misericordia divina, oró igualmente por la suerte de Arnaldo, cuya vida era tan preciosa para ella, y tampoco se olvidó del respetable anciano que protegiera cariñosamente su niñez. Palpitóle el corazón, sin adivinar la causa, al pronunciar su caro nombre: sintiérase agobiada y oprimida, y aumentándose en aquella soledad majestuosa a tristísimos recuerdos.

Distrájola a deshora cierto ruido saliendo de la otra parte de las rocas. Volvió el semblante, y vio adelantarse hacia ella algunos hombres armados de pies a cabeza, con la visera caída, en ademán de sorprenderla. El terror le quitó las fuerzas: quiso dar un grito, y no pudo articular ninguna sílaba. Arrebatáronla entretanto sin hacer caso de su aflictiva turbación los desalmados guerreros, llevándola al más fragoso sitio del bosque, donde habían dejado sus caballos.

-¿No percibes extraño rumor de pasos y armaduras?, preguntó la doncella de Matilde al escudero que la acompañaba.

-En efecto, respondióla; pero has de saber que son harto frecuentes en derredor de la cascada esos guerreros rumores. Aquí se dio la escandalosa batalla entre don Jaime de Urgel y su hermano el monarca de Aragón, lo cual atrajo a estos reinos, amén de sediciones y alborotos, gravísima peste que los dejo horrorosamente asolados. Dícese que las almas de los que perecieron en aquella lid vergonzosa, andan errantes por esas selvas, y a veces pugnan entre sí con el mismo encono que desplegaron en la refriega.

-No obstante, replicó la doncella, bueno será que veamos si de algo necesita la hermana de nuestro conde.

-Ahora digo, muchacha, que te va faltando de todo punto la discreción y mollera. ¿Pues no sabes que Matilde se complace en hablar con los espíritus? ¡Pobres de nosotros si interrumpiésemos el deleite que encuentra en llamarlos y departir con ellos!

-Mira: si tal dices porque el miedo te haga más pasicorto de lo que naturalmente eres, quédate enhorabuena debajo de ese nogal mientras yo me llego a la cascada.

-¿Qué hablas de quedarme aquí, rapaza?, no quisiera que asomase algún vestiglo por esas enriscadas asperezas, de suerte que nunca más supiésemos qué había sido de tu linda persona. ¡Pardiez! No estaría malo te arrastrasen almas en pena a las tortuosas quebradas que descienden hacia el Segre, y te vieras luchando a deshora con animalitos de otra ralea. ¿Pero qué es esto?

-Un silbido, señor babieca, y puesto que no se abriga en tu pecho ningún género de valentía o agradecimiento, quédate muy noramala que yo corro a auxiliar a mi señora.

Mientras hablaban de esa suerte echóseles encima una parte de los guerreros que habían robado a Matilde, y arrebatando también a la doncella, ataron fuertemente al escudero al tronco del nogal que ostentaba sus pomposas ramas en medio del bosque. Juntáronse después con los que ya llevaban a la dama, y por sendas extraviadas y desusados atajos, dieron traza como alejarse de tan ásperos contornos. En balde la infeliz hija de Armengol presentaba en su aflicción el objeto más digno de interesar un pecho noble: los bárbaros oían sus quejas sin manifestarse enternecidos ni aun dispuestos a escucharlas.

-Según el traje que vestís, les decía, me parecéis habitantes del condado de Barcelona, mientras obráis como si vasallos fuerais del monarca de Castilla. Pero puesto que pertenezcáis a las cuadrillas de infelices que andan divagando por estos contornos, acordaos de que varias veces habéis acudido a mi protección en la que hallasteis siempre el alivio de vuestras desgracias. ¿Qué os mueve pues a tan ingrato procedimiento? ¿Qué ventaja os prometéis de tan áspera violencia?... Mi infeliz padre era el consolador de vuestras cuitas, y el que llevaba al trono de Aragón las quejas que soltarais por la violación de los fueros: sólo aspira el conde actual a recobrar su poder para manifestaros la misma benevolencia, y vosotros ingratos y desleales, arrebatáis de su pacífico hogar la triste huérfana de Armengol, y la hermana del noble Arnaldo.

Los raptores de Matilde, o por no oír sus exclamaciones, o porque no la conociesen los que pudieran encontrar por el camino, cubriéronla con largo velo, y prosiguieron marchando aceleradamente, aunque llenos de sagaz previsión y artificiosos subterfugios. Con este mismo sistema continuaron por algunos días en dirección a las Castillas hasta pisar las fronteras de este reino, desde donde moderaron algún tanto la rapidez de su marcha, bien que no del todo el ardid y la cautela, evitando los caminos reales, y siguiendo siempre su viaje por sendas poco transitadas, al través de agrestes montes, y por las riberas de ríos desconocidos. Llegaron en fin al pie de un solitario castillo situado sobre pequeña colina en la falda áspera y frondosa sierra, denotando en la robustez y vasta circunferencia de sus muros, ser una fortaleza feudal de las más capaces de resistir a toda suerte de contrarios. Adelantóse uno de los soldados y dio un silbido: al oírlo los de arriba correspondieron con cierta seña, y en el mismo punto dejaron caer ruidosamente un puente levadizo. Por él se iba a una puerta de hierro colocada entre dos altas torres ya pertenecientes a las fortificaciones interiores del alcázar.

Así que fijó Matilde los ojos en las ennegrecidas almenas donde flotaba un estandarte con las torres de Castilla, ya no le quedó duda acerca de los autores de su infeliz cautiverio.

-Yo injuriaba, dijo a los soldados, a los forajidos que se ocultan en nuestros bosques cuando creí que mis raptores pertenecían a su bando. Tan desacertada anduve, como si hubiese equivocado las raposas de estos montes con los valientes lobos del Pirineo. Hablad una vez, miserables, siquiera para decirme si son los bienes o la vida de la huérfana lo que desea vuestro bárbaro señor. ¿Tan encarnizados andáis los de Castilla contra la sangre de Armengol, que no podéis sufrir ni la existencia de sus desgraciados hijos?

Estas palabras tampoco recibieron la menor contestación. Es de advertir no obstante, que durante aquel largo viaje habíanla tratado con las mayores muestras de obediencia y respeto; por manera que todo se manifestaban prontos a concedérselos a excepción de la libertad.

Hallándose en fin en el patio grande del castillo, y junto a la puerta de hierro de que hemos hablado, tocó la corneta por tres veces el que parecía jefe de los raptores de Matilde: acudieron algunos hombres de armas al eco de aquellos sonidos para reconocer el pequeño escuadrón que les llegaba, tras de lo cual diéronle entrada libre a lo anterior del edificio, y haciendo apear después a las dos prisioneras, y separándolas en el mismo acto las llevaron sin atender a sus súplicas a diversos aposentos.

El que destinaron a Matilde ocupaba la circunferencia de uno de los torreones arabescos que se elevaban en cada ángulo del alcázar. Frente de la misma puerta por donde se entraba en él, había debajo de alta ventana gótica, otra de menor tamaño, que daba paso a un terrado u azotea, a la que servía de baranda y antepecho la propia barbacana de la torre, y donde se colocaban ventajosamente seis u ocho flecheros en el caso de un ataque. Admirábase desde ella un lindo y caprichoso país en cierta manera dominado por aquel inmenso castillo; pero tanto las fortificaciones exteriores que se podían descubrir desde la misma azotea, como la elevación de la torre desvanecían la esperanza de escapar de mansión tan tétrica y solitaria.

Al entrar allí vio Matilde a una vieja denegrida y asquerosa ocupada en hilar, cantando al mismo tiempo con voz trémula y cascada aquel antiguo romance:


«Non fuyades los de Asturias Que os acorre don Pelayo»


Levantó los ojos al ver entrar la hija de Armengol, y arrojóla aquella envidiosa mirada con que acoge la fealdad y la vejez a la juventud y la inocencia.

-Ea, viejo mochuelo, ya puedes saltar del nido, díjola uno de los soldados que acompañaban la ilustre huérfana: justo es que cedas el puesto a los pájaros de más noble ralea.

-Paciencia, respondió entre dientes aquella especie de Sibila: hubo un tiempo en que la menor de mis palabras habría arrojado del castillo al más presuntuoso soldado, y ahora, maese Bullanga, he de respetar las órdenes del último palafrenero.

-No se trata de echar plantas sino de obedecer. Preciso es andar con las orejas algo listas si no quieres que nuestro dueño te acabe de doblar a latigazos. Por lo demás dices bien que hubo otros tiempos para ti: tu sol tuvo su brillante mediodía; pero lo que es ahora ya toca a su poniente. Sabes lo que me pareces... ¡ha! ¡ha! ¡ha!... un caballo viejo que en su juventud ha sido muy fogoso: ¡por la Virgen de San Cervantes! Tal fue la prisa que te diste en correr a todo escape, que apenas puedes resistir un mediano trote. Ea, sal, te repito, con cuarenta mil demonios.

-Siempre has sido un perro mastín, repuso la vieja, y plegue a Dios que el más inmundo muladar te sirva de sepultura. Por lo que hace a salir de aquí quiero que me arrastren por los cabellos esos demonios que citas, si lo verifico antes que acabe de hilar el cáñamo de mi rueca.

-Pues con el amo arreglarás esas cuentas; y como no eches bien los cerrojos cuando salgas... ya podrá ser que dentro de poco te hagan al caso un clérigo para confesarte y una sábana para envolver tu esqueleto.- Así diciendo retiráronse los soldados dejando a Matilde en el aposento con tan desagradable compañera.

-¿De qué parte sopla hoy el viento? Prosiguió hablando entre dientes y arrojando a la huérfana una mirada sardónica. Pero vaya que no es difícil adivinarlo: ojos rasgados, cabello negro, delicada tez, labios de coral... sí, sí, bien se ve con qué objeto quieren encerrarla en esta torre tan apartada y solitaria. Pobre niña, añadió soltando ruidosa una carcajada, apenas ha salido del cascarón: tendrá por vecinos a los búhos y las lechuzas; también oirá desde aquí el siniestro graznido de los cuervos; pero no espere que perciba alma viviente sus desesperados clamores... y parece extranjera, continuó examinando sus vestidos; ¿de qué país vienes, hija?... ¡bien haya quien te prendió ese cendal con tanta gracia! ¿por qué no respondes? ¿no sabes hacer otra cosa que llorar?

-No os enojéis, buena madre, dijo Matilde.

¡Enojarme!, respondió la vieja, no por cierto: igual impresión hacen en mí tus sollozos y suspiros que los árboles de la sierra con el blando movimiento de sus ramas.

-Decidme en nombre del cielo qué calamidades debo temer, y cuál será el término de la bárbara violencia con la que me han conducido a este recinto. Si me aborrecen porque debo la vida a un desgraciado héroe, yo sacrificaré la mía sin atreverme a murmurar.

-¿Y qué ventaja les acarreará el verte morir? No, no, muchacha, tu destino y el mío corren parejas. Mírame bien: era yo tan joven y tan linda como tú cuando me arrastraron a viva fuerza a los muros de este alcázar. Habían tomado por asalto el de mi padre que pereció con sus hijos disputándoles el terreno a palmos: su ilustre sangre salpicó los salones y las escaleras del castillo feudal: el menor de mis hermanos fue asesinado en la cuna; todos perecieron en fin, y el frío de la muerte aún no había helado sus mutilados cadáveres, cuando ya era yo la víctima de la brutalidad de los vencedores.

-¡Oh Dios! Exclamó Matilde, ¿y no hay medio alguno para huir de esta morada de crímenes? Yo prometo recompensar liberalmente al que me socorra en tal conflicto.

-¡Huir! No pienses en ello: un medio sólo hay para escapar de este castillo... ¡la muerte!... y por desgracia no acude sino muy tarde, añadió la vieja sacudiendo la cabeza. Sin embargo, no deja de ser un consuelo el pensar que dejamos en la tierra muchos seres no menos desgraciados que nosotros. Adiós: seas hija de un héroe, de un barón, o de un pobre flechero, poco importa: sabe que has de haberlas con gentes que no conocen remordimientos de la conciencia, ni el imperio de las leyes. Adiós repito; acabóse el cáñamo de mi rueca; pero tus desgracias ahora van a comenzar.

-¡Oid! ¡esperad!, gritó Matilde; quedaos conmigo aunque sea para maldecirme e injuriarme. Vuestra sola presencia me servirá de protección.

-La de la madre del Señor no podría protegerte: mírala, prosiguió la vieja enseñándole una imagen grosera de la Virgen, metida en un nicho abierto a propósito en la pared; mírala, allá la tienes; prueba si a fuerza de ruegos querrá desviar la tormenta próxima a estallar sobre tu cabeza.

Al decir esto salió del aposento dejando percibir cierta sonrisa burlona que aumentaba la hedionda fealdad de su rostro. Corrió los cerrojos de la puerta, y oyóla Matilde bajar lentamente de la torre, echando horrible maldición a cada uno de los escalones, sin duda sobradamente pesados para sus débiles y descarnadas piernas.

Quedóse la pobre doncella sumida en la más negra aflicción desde que se vio enteramente abandonada: sonaban en su oído las infernales predicciones de la vieja, y creía ver a cada instante algún descomedido barón saliendo de las mismas tapicerías del aposento para darle la muerte o afrentarla. La costumbre no obstante de reflexionar sobre las cosas, una fuerza de espíritu muy superior a sus pocos años, y el conocimiento de los peligros que corría la familia de Armengol diéronla desde muy temprano algunos medios para resistir a los riesgos de la malograda suerte. Dotada también de carácter firme y meditabundo, no lo había podido deslumbrar el antiguo lustre de su familia, ni las esperanzas que después quisieron inspirarla de una fortuna más próspera y brillante. Así como Damocles en su célebre convite veía siempre en medio de la pompa, que ya le empezaba a rodear, una aguda espada suspendida sobre su cabeza, colgando de un sutil cabello. Todas estas circunstancias habían como sazonado su juicio y vuelto resignado y flexible un carácter, que sin la escuela de la desgracia se manifestara tal vez con alguna arrogancia y fiereza.

Preparada de esta suerte a los tiros de la adversidad había adquirido el necesario valor para soportarla, y como conocía que reclamaba su situación actual toda la serenidad y la fortaleza de su espíritu, llamólas a su socorro, y se dispuso para hacer frente al huracán con la dulce resignación de un alma tierna, y con el enérgico pundonor de una heroína.

Su primer cuidado fue examinar el aposento, y tuvo el disgusto de ver que la puerta sólo podía cerrarse por la parte de afuera: continuó registrándolo hasta convencerse de que por la de dentro no había ningún otro agujero por donde sus enemigos se pudiesen introducir. En las tapicerías que cubrían las paredes donde dibujara la mano diestra la trágica muerte del rey don Pedro de Castilla llamado el cruel, así como en la mullida alfombra, colgaduras del lecho y demás muebles, no dejaba de haber ciertos resabios de antigua magnificencia; bien que siempre inferior a la espléndida elegancia que empezó a reinar en Europa hacia mediados del siglo decimoquinto. Parece que ya con el objeto de encerrar a Matilde en aquel cuarto habían como estudiado de antemano sus inclinaciones favoritas. Un arpa del más célebre artífice de aquellos tiempos, los versos de Dante y del Petrarca, algunas coplas de Juan de Mena y otros primores dedicados a la vez a la cultura del espíritu y a los dones de una buena educación, se veían esparramados cuidadosamente por la estancia.

No sin cierta curiosidad mezclada de admiración recorrió Matilde con los afligidos ojos estos objetos, deseosa de descubrir cuales fuesen los autores de su rapto y la intención que llevaran en hacerlo. Combinando el respeto de los que la habían conducido con el esmerado aliño de su alojamiento, pensó de pronto si sería un ardid de guerra, guardándola como en rehenes, no sólo para sacar ventajoso partido si llegaba a capitularse; sino al efecto de reprimir por este medio la indómita bravura del altivo conde de Urgel. No obstante duró poco esta ilusión, porque volvió a recordar las terribles predicciones y amenazas de la vieja que se había como complacido en augurarla la más horrorosa suerte. Trémula y temerosa no le quedó otro recurso que un valor resignado y tranquilo, y aquella confianza que tienen en los socorros del cielo las almas naturalmente sublimes y generosas. A pesar de esto tembló involuntariamente y cambió el color al oír los pasos de alguno que subía a su aposento. Abrióse de par en par la puerta y se presentó ante la huérfana ilustre una especie de atleta, hombre enjuto y vigoroso, cuyos miembros parecían haber sido despojados, a fuerza de fatigas, de todo inútil carnosidad. Sólo le quedaban los nervios, los huesos y la piel, ostentando sin embargo una musculatura recia y bien constituida, indicios de haber sufrido mil trabajos, y de hallarse dispuesto a arrostrar otros tantos. Iba con la cabeza descubierta; colgaba de su cuello brillante cadena de oro en prueba de esplendor de su cuna, y sostenía con la siniestra mano un penachudo casco de terso metal, llevando por cimera una enroscada sierpe con escamas de oro. Nada por consiguiente impedía notar que la expresión de su rostro era muy a propósito para inspirar a los demás o un servil abatimiento, o un respetuoso temor. Según el tostado color de sus facciones enérgicamente marcadas, parecía haber hecho largo tiempo la guerra bajo los ardores del sol de Andalucía, cosa muy natural en aquel siglo por hallarse todavía pujantes los hijos de Ismael en la soberbia Granada. Hubiérase podido presumir, cuando no eran agitadas por alguna conmoción viva y bulliciosa, que dormitasen en la ausencia de las pasiones; pero las hinchadas venas de su frente, la frecuencia con que se agitaba su labio superior y se erizaban las cerdas del tupido bigote que lo cubría, decían a primera vista cuán fácil fuese a mover en su robusto pecho una tempestad borrascosa. La menor mirada de sus ardientes ojos revelaba la historia de las dificultades que había vencido, y de los peligros que había despreciado; y era tan visible en su semblante este secreto de su vida, que sólo parecía desear nuevos obstáculos a su voluntad despótica para tener el gusto de removerlos con otras pruebas de serenidad y pujanza. Por lo demás iba vestido de todas sus armas, y colgaba de su lado izquierdo largo acero toledano, cuya pesadez exigía un brazo adiestrado y robusto. Detúvose ante la hija de Armengol que lo contemplaba llena de inquietud y zozobra, y mirándola con ojos en los que se traslucía una cínica desenvoltura empezóla a hablar en estos términos:

-Los señores de este castillo se dan enhorabuena, cándido lirio del Pireo, de que una beldad tan cumplida haya venido a hermosearlo.

La amarga ironía que había en estas palabras, y el tono poco decoroso en que fueron pronunciadas hicieron sonrojar a Matilde, dándola un rayo de luz acerca del objeto con que la habían conducido a aquel alcázar. Acumuláronse de pronto en su imaginación estas desagradables ideas, obligándola a guardar silencio durante algunos minutos; pero animándose por último en razón de la necesidad que tenía de hacerlo, pudo contestar al atrevido paladín con el decoro conveniente a su culta educación y nacimiento distinguido.

-Antes de instruirme, señor caballero, en si os habéis alegrado o entristecido con mi llegada, decidme por qué derecho se me ha traído aquí, y cuál es el destino que me espera.

-El más alegre, el más brillante que os pueden preparar los hombres: la magnificencia de la habitación que se os destina es bien poca cosa comparada a los regalos que recibiréis, y a la gentileza de los caballeros que os doblarán la rodilla. Mengua a la verdad hubiera sido que una joven tan amable viviera como sepultada en las selváticas asperezas de San Servando.

-Mi corazón, respondió Matilde, las prefiere en mucho a esa seductora opulencia: vuélveme a ellas si se abriga en tu pecho algún resto de generosidad; de lo contrario la hija de Armengol sabrá morir antes que ser el blanco de tus impúdicos sarcasmos.

-¡Morir!, respondió el caballero, ¡oh! No deis pábulo a tan lúgubres ideas: en la mansión de la felicidad y los deleites hacemos gala de no pensar en la muerte y aun de creernos inmortales. El más sabio de los monarcas de Israel, según dicen nuestros frailes, no era insensible al placer y a la hermosura, y como su ejemplo es de gran peso, nosotros humildes guerreros de Castilla, nos hemos propuesto imitarlo.

Si sólo oís a los venerables ministros del altar, respondió Matilde, para buscar los medios de defender vuestra vida licenciosa, os parecéis al que se afana en sacar un venenoso jugo de las yerbas más saludables y benéficas.

Encendiéronse en vivo fuego las mejillas del barón al oír esta reprensión tan justa como merecida. -Matilde, dijo, cálmate y escucha. Te he hablado con suavidad risueña, ahora voy a hablarte como un señor: eres mi cautiva, y aunque no te haya conquistado con la lanza y con la espada, no te declaran menos sujeta a mi dominio las imperiosas leyes de la guerra. En resolución: si renuncias prestarte blandamente a mis deseos, lo que niegas a mi amistad habráslo de ceder a la violencia.

-Detente, detente, exclamó Matilde, detente y escúchame también antes de hacerte reo de una abominable crimen. Tu fuerza es superior a la mía... tu fuerza puede lograr fácilmente una vergonzosa victoria, porque Dios ha hecho débil a la mujer, y ha depositado su honra en la generosidad del hombre; pero si das alguna importancia al lustre de tu opinión, teme no haga pública tu maldad por todas las cortes de la Europa, y que no deba al pundonor de sus más famosos guerreros una estrepitosa venganza. No habrá torneo donde no publique un heraldo tu vil procedimiento para dirigir contra ti las mejores lanzas del cristianismo, ni alcázar donde no cante algún generoso trovador la historia de mis infortunios para mover a piedad los barones que se precian de pundorosos e hidalgos.

-Pues bien, gritó el guerrero, prueba si te podrán oír desde los muros de este castillo.

-¡Oh Dios!, exclamó la doncella, ¡es posible que no te enternezcan mis súplicas!

-Ya me verás enternecido entre tus brazos...

Tiró el yelmo al decir esto y arrojóse con centelleantes ojos a la hija de Armengol, que en vano había procurado contenerle.- ¡Bárbaro!, exclamó Matilde, más vale la muerte que tus venenosas caricias.- Y precipitándose a la pequeña azotea subió resuelta sobre el muro que le servía de antepecho, amenazando desde allí al atrevido barón con que se tiraría al foso si daba un solo paso para alcanzarla. Quedóse sorprendido su perseguidor con tan inesperado arrojo, y permanecía como clavado en medio de la estancia extendiendo los brazos hacia la huérfana, sin atreverse a pasar del punto donde lo detuvo aquella terrible amenaza.

-¡Matilde! ¡Matilde!, exclamaba temeroso con triste y desesperado acento: ¡Matilde! ¿qué es lo que hacéis?...

-Preferir la muerte a mi deshonra: atrévete a traspasar esa línea, y verás mi cuerpo dividido en cien pedazos. Aquel Dios que tanto injurias es el que me ha abierto ese imprevisto camino para librar mi inocencia de tus impuros halagos.

En tanto que si hablaba tenía los ojos vueltos hacia el cielo como si le dirigiese la última plegaria, y su lánguido semblante brillaba momentáneamente, cual si lo iluminase un rayo de luz desprendido de las nubes en recompensa de resolución tan heroica. Estaban singularmente animadas sus facciones; latía su pecho más blanco que el alabastro, y había en toda su persona cierto noble abatimiento capaz de conmover al más sangriento caribe.

El guerrero, no obstante, vaciló un momento, y aquella su bárbara audiencia que nunca había cedido a los ruegos ni a la piedad, cedió a la admiración que hubo de causarle el heroico valor de una tímida doncella.

-¡Imprudencia joven!, le dijo, bajad de ese peligroso muro, y volved a entrar en el aposento: pongo al cielo por testigo que respetaré vuestro candor.

-No, no me fiaré de ti: harto conocidas me son ya las virtudes de tu pecho: faltaras a ese juramento con la misma facilidad que te disponías a violar los preceptos de la religión y las leyes de la naturaleza.

-Vos sois injusta conmigo, Matilde, respondió el guerrero: vuelvo a juraros por el lustre de mi nombre, por la cruz de la vencedora espada que cuelga de mi tahalí, por los timbres en fin que ennoblecen mi familia que nada habéis de temer de mi impetuosa audacia. Y si os obstináis en despreciar mis ofertas, acordaos de que en esta peligrosa morada no os será inútil un corazón que os respete, ni un brazo, o Matilde, que os defienda.

-¡Ay de mí!, prorrumpió la hija de Armengol; sobradamente preveo los riesgos a que me expone este solitario castillo; pero ¿es cierto que puedo fiarme de vos?

-Rómpanse mis armas, deshonrado sea mi nombre, oscurecido para siempre el esplendor de mi linaje si os doy de aquí en adelante el más leve motivo de queja. No hay duda en que he hollado las leyes y despreciado mil veces los vínculos más sagrados; pero nunca, oh Matilde, nunca he sido infiel a mi palabra.

-Pues ved aquí hasta donde llega mi confianza en vos, dijo Matilde bajando del antepecho y deteniéndose en la puerta colocada entre el aposento y la azotea: no adelantaré un paso de esta línea, y si tratáis de disminuir con el menor de ellos el espacio que nos separa, os convenceréis entonces de que la hija de Armengol más quiere confiar su alma a Dios que su honor a un paladín de Castilla.

Al decir esto, una determinación tan noble, tan correspondiente a la hermosura de sus rasgos, daba a sus miradas y acento cierta dignidad superior a la de un mortal. Si el temor de muerte tan cercana, o si la consideración más que todo del ultraje que recibía habían hecho correr por su divino semblante alguna lágrima fugitiva, la idea de que era dueña de su destino, y de que tenía en la mano el medio de salvar su honra y librarse para siempre de la infamia, animaba su tez con peregrinos colores, y daba a sus ojos un celestial resplandor.

-Está bien, Matilde, dijo el barón: conclúyase la paz entre nosotros.

-Enhorabuena, respondió ella; pero desde la distancia en que te hallas.

-Sin embargo, nada debéis temer de mí...

-No por cierto: gracias al que dio tanta elevación a esa torre, que es imposible caer de ella sin que se rompan todos los miembros de la víctima: gracias al Dios que protege la orfandad y la inocencia.

-Repito que eres injusta conmigo, exclamó el guerrero: injusta, vive Dios, puesto que no soy de tan perversa condición como quieres suponerme. Convengo en que al principio de nuestra entrevista heme manifestado contigo algo duro, arrogante, inflexible; pero mi carácter desconoce en su fondo tales defectos. Desde que una mujer inclinó mi corazón a la crueldad, he tratado despiadadamente a las demás de su sexo, porque no veía en ninguna las sublimes cualidades que resplandecen en ti. Escucha, Matilde; no hubo caballero que enristrase la lanza con mayor denuedo y valentía, con pecho más leal y apasionado, que el que se halla actualmente en tu presencia. Aunque hija la señora de mis pensamientos de un barón feudal, cuyos dominios consistían en cuatro aranzadas de tierra y un torreón medio arruinado, su nombre era conocido en todas las cortes de la cristiandad, y más celebrado donde quiera que se rompían buenas lanzas, que el de la orgullosa dama que tuviese por dote una corona ducal. Sí; continuó con tono más animado, olvidándose al parecer de que se hallaba en presencia de Matilde: mis hazañas, mi osadía, mi sangre salpicando con frecuencia el glorioso polvo de varios palenques, hicieron célebre el nombre de Isabel de Monredón, desde la corte de Bizancio hasta la corte de Castilla. ¿Y cuál fue la recompensa de tantos sacrificios? Al volver cargado de laureles, adquiridos a precio de mi sangre y de innumerables fatigas, encontrarla enlazada con un simple caballero de Asturias, cuyo nombre nunca habían proclamado los heraldos. Rompiéronse para mí desde aquel día los lazos que nos hacen cara la existencia: durante la juventud primera sólo me he ocupado en correr tras de los placeres y en hacer la guerra a los descendientes de Agar, y ahora que empiezo a entrar en la edad viril no hallo quien me prometa vejez blanda y apacible.

-Pues entonces, dijo Matilde, ¿por qué no llenáis ese vacío con alguna dama de las que embellecen los torneos de Castilla?

-Porque entre todas ellas no hay una que se te parezca. ¡Matilde!, continuó después de breve pausa y alejándose de la huérfana; ¡Matilde!, la que puede preferir la muerte al deshonor debe estar dotada de espíritu lleno de arrogancia y fortaleza. Tú convienes a la fogosidad de mi carácter, tú sola puedes realizar las ilusiones de mi impetuosa imaginación; no te asustes; pero es preciso que seas mía.

-¡Que sea tuya!... exclamó retrocediendo la hija de Armengol.

-Atiende antes que me respondas, atajóla el guerrero; reflexiónalo bien antes que me desaires. Voy a revelarte las atrevidas ideas que tú misma me sugieres: voy a levantar el velo que oculta mis misteriosos planes... ¿pero qué es esto?, preguntó interrumpiéndose a sí mismo al oír los ecos de una corneta guerrera: ¿qué es esto?, semejante clarín a tales horas parece anunciar algún acaecimiento extraordinario... Adiós, Matilde: pronto volveremos a vernos: entretanto perdóname el ultraje que hice arrastrado de un ímpetu amoroso a tu heroica virtud y a tu ruborosa belleza.

Dijo; y salió del aposento dejando a Matilde menos espantada quizás de la idea de la muerte que valerosamente había querido darse, que del empeño últimamente manifestado por el fogoso barón que intentaba seducirla. Así que le oyó bajar las escaleras su primer cuidado fue dar gracias al cielo por la protección con que acababa de honrarla, suplicándole también que no dejase de concederla a su muy querido hermano. Otro nombre se le escapó en medio del fervor de su plegaria: tal fue el del amable caballero del Cisne que corría a buscar los peligros y aun la muerte para volver a la casa de Urgel el poder y la consideración que le habían injustamente arrebatado. Acaso allá en lo interior de su pecho sintió algún secreto remordimiento por haber mezclado en su patética oración el recuerdo de un joven con quien no la enlazaban los vínculos de sangre; pero ya había dirigido sus votos al cielo, y a pesar de su timidez escrupulosa no quiso arrepentirse de lo que acababa de hacer, pudiendo más con ella el agradecimiento y la ternura.


◄  Anterior
Siguiente  ►