Los bandos de Castilla: 22

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Capítulo XXI[editar]

Relación de Merlín.


No es nuestro intento, ni hace tampoco al plan que nos hemos propuesto, el seguir en sus varios sucesos a los e ejércitos de Aragón y de Castilla. Baste saber que al disponerse don Enrique a penetrar por tierras de Segovia, recibió órdenes del rey don Alonso para que revolviese hacia Barcelona con sus mejores soldados, donde debía tomar el rumbo de las costas de Sicilia.

Desde el famoso consejo de guerra de que dimos cuenta en el capítulo XIX, observóse alguna tibieza entre Arnaldo de Urgel y Ramiro de Linares. Enfurecido el primero al ver la destrucción del plan de venganza, que fraguara tiempo había contra el pusilánime don Juan de Castilla, no podía perdonar al del Cisne haber sido el autor de agravio semejante; y bien que no procediese hostilmente contra él, acaso le hubiera sido agradable la ocasión de un rompimiento. Y si no es fácil pintar el despecho que produjo en los capitanes aragoneses la inesperada noticia que les hacía renunciar a las esperanzas fundadamente concebidas en orden a los resultados de aquella guerra, es mucho más difícil, por no decir imposible, por no decir imposible, el dar idea del frenesí que se observó al haber de soltar la presa en el iracundo Arnaldo. Ciego de cólera, y luchando a la vez con las más embravecidas pasiones, llegó hasta tener la audacia de indicar que se desobedecieran las órdenes del monarca; y viendo que no había uno solo en el consejo que dejase de afearle aquel movimiento de rebeldía, casi perdió el uso de la palabra formando el mismo furor como un dogal en su garganta, y llevó involuntariamente la diestra a la empuñadura del puñal, mientras brotaban rabiosas lágrimas de sus ojos en noble desacato de la ilustre concurrencia.

Sin embargo, no quiso salir del reino el infante don Enrique sin sacar algún partido de las ventajas conseguidas en aquella campaña. Para esto entabló negociaciones de paz, proponiéndose con ellas dejar tranquilo el Aragón durante su ausencia, y recuperar una parte de los bienes que debía heredar en Castilla.

Felizmente no dejaron de ser oídas sus propuestas en la corte del rey don Juan. Empezaban a levantar la cabeza los enemigos del condestable a la sombra de las mismas guerras de aragón, y llenos de osadía por los reveses que habían probado los castellanos, indicaban sordamente a don Álvaro como la única causa de todos ellos. Crecían las hablillas y las murmuraciones, juntábanse en corros los descontentos, y advertíase en el rencor de los ánimos una conjuración venenosa, próxima a estallar sobre la cabeza del suspicaz favorito. Por esta razón érale conveniente alejar de cualquier modo los peligros de la guerra, y revolver contra los grandes que amenazaban de cerca su opulencia y su persona. Y como principió el infante las gestiones políticas antes de verificar su retirada ni hacer públicas las órdenes que del rey don Alonso tenía, fuele fácil lograr su pretensión; por manera que cuando tomó el rumbo de Cataluña, pudo manifestar a don Álvaro que solamente lo hacía en fuerza del tratado de paz ya próximo a publicarse. Esto no obstante los dos ejércitos no dejaban de espiarse mutuamente con apariencias hostiles, y aún eran muy frecuentes algunos choques sangrientos entre la retaguardia aragonesa y la vanguardia castellana.

En uno de ellos salió peligrosamente herido el caballero del Cisne, y no siéndole posible el seguir la marcha de sus banderas, retiróse con Roldán y varios vasallos suyos hacia la derecha del camino real, para buscar de buscar algún asilo donde curarse las heridas y aguardar la publicación de la paz, que, en vista de todo lo dicho, no podía retardarse. Discurriendo por los bosques, siempre llevando en los hombros al doliente caballero, llegaron a las tapias de un molino enteramente solitario. Elevábase en las orillas de un limpio arroyo, que se deslizaba por entre floridas riberas con sesga y apacible corriente, y ofrecía en su aspecto la habitación de una familia rústica, pero no del todo escasa en los bienes que llaman de fortuna. Salió el molinero a los gritos acompañado de una doncella, que según trazas era su hija, y algo tranquilo al observar la cortesía y llaneza de sus huéspedes, dioles franca y amistosa acogida con cuantos auxilios estuvo en su mano ofrecerles.

Varios días permanecieron en aquel cómodo retiro y cuando empezaba el Cisne a levantarse, y apoyado en el brazo de Roldán a dar vueltas por una huerta inmediata, vieron saltar la empalizada, que les servía de cerca, al gitanillo Merlín, a quien conocieran en el ejército aragonés en tiempo que a banderas desplegadas entraba por los campos de Castilla en alas del triunfo y de la gloria. Admiráronse de verle por allí, y aún más se sorprendieron al oírle decir que tenía que hablar sin tardanza a don ramiro.

-Pues no te parezca, gritó Roldán al ver que su discípulo se disponía a escucharle, que hayas de ir después con el cuento de nuestro hallazgo a los que te sueltan como un podenco para olfatear a los guerreros de fama; porque si tu embajada trae visos de superchería, ¡por el sacrosanto templo de Jerusalén!, que con la cuerda de aquel arco te he de hacer dar aquí mismo muchas más vueltas que un trompo.

Miróle el gitano de hito en hito sis pestañear siquiera, y volviéndose otra vez al caballero del Cisne, le dirigió la palabra en esta forma.

-Aunque en alguna ocasión me hayáis visto pasar por junto a vos entre los blancos pabellones del campo de don Enrique sin manifestar conoceros, sabed que tuve mis barruntos de espiar un momento en que participaros sin testigos la suerte de cierta hermosura, desde algún tiempo cautiva en el castillo de Alanza.

-¿Y se llama?..., preguntó con viveza el caballero.

-Matilde de Urgel...

-¡Matilde!, ¡y en el castillo de Alanza!, exclamó Ramiro.

Y oprimida y hostigada, replicó Merlín, y próxima a sucumbir bajo el riguroso yugo...

-¡Infeliz!... Explícate, vive Dios, y si en algo estimas la inmunda vida que arrastras, indícame los medios de liberar a Matilde.

-Poco a poco, respondió Merlín, esa impetuosidad de que hacen gala los cristianos, contribuye a que olviden casi siempre lo más esencial de los asuntos. Lo primero de todo conviene saber qué recompensa daréis al gitanillo si os pone en camino de salir airoso de tan negra aventura.

-Te perdonamos por el pronto, dijo Roldán adelantándose a su discípulo, la zurra que no hubieras dejado de llevar si fuese la noticia de menor quilate. ¿Te parece, señor bribón, que se me haya borrado de las mientes lo que hablaste cierta noche con otros dos pícaros de tu ralea, a la margen de un arroyo que baña el castillo de Alanza? Jurada te la tengo desde entonces, y como no trates de dar pruebas de honrado comportamiento en pro de la ilustre huérfana, yo haré que arrojes esa maldita ponzoña que te carcome los sesos.

-Sobre todo, prosiguió el del Cisne, cuenta por mi parte con un par de caballos negros como el ébano, arrogantes, erguidos y espumosos, de generosa raza, ondosas crines, descarnadas piernas, fervoroso pecho, resonante casco, y en fin...

-Basta, basta, interrumpió el gitano, por el brillante astro que adoro eso pido y barras derechas. Habéis, pues, de saber, señor caballero, que Matilde de Urgel fue presa por orden del señor de Alanza y don Pelayo de Luna, no sabré decir si por vengarse del conde Arnaldo, si por reprimir su condición altiva, o deseosos de pillar un cuantioso rescate. Así que llegó al alcázar, determinaron tratarla con más respeto que a las bellezas arrastradas a tan lóbrego edificio para los pasatiempos y deleites de aquella gente descomunal y soberbia. Desde luego no pudo resistir don Pelayo la tentación de ver si era tan linda cual la celebrada fama, y subiendo al aposento que le servía de cárcel, quedóse tan deslumbrado al resplandor de su belleza, que empezó a ponerse tétrico y pensativo sin ya tomar parte en las públicas revueltas, sin aspirar a los honores y a la gloria y pensando solamente en aquella melancolía hermosura. En balde sus amigos y satélites quisieron desvanecerle; en balde se empeñó su propio padre en que apresurase su unión con cierta dama de Asturias de quien anduvo en otro tiempo enamorado; todo fue inútil: viéronse desairados sus amigos, desobedecido don Álvaro, y suspensa la corte toda a tan siniestra y súbita mudanza, atribuyéndola a disparatadas conjeturas, sin dar en la verdadera por ignorarse en Castilla quienes fuesen los raptores de Matilde. Resistía entre tanto la noble dama las persecuciones de su impetuoso seductor, manteniéndose firme en que se daría la muerte primero que ser víctima.

Hace muy pocos días entró don Pelayo en su aposento, y le dio parte de la prisión de su hermano...

-¡Arnaldo!, interrumpió don Ramiro...

-Arnaldo, repuso Merlín, prendiéronle, según noticias, el mismo día en que vos desaparecisteis del ejército.

-¡Desgraciado conde!, exclamó el del Cisne; ¡cuál será la suerte que te espera habiendo caído en manos de sus mortales enemigos!

-Figuraos, prosiguió Merlín, el sentimiento de Matilde al oír que se hallaba su hermano a la merced del condestable, quien podía hacerlo morir antes de publicarse la paz con cierta apariencia de justicia, en razón de ser notorio el empeño que formó el conde de Urgel para destronar el rey don Juan. Quiso suavizar don Pelayo au amargura ofreciéndole defender al ilustre prisionero, pero como dejó traslucir en su alborozo la recompensa que exigía por tamaño beneficio, los ojos de Matilde que brillaran, al oírle con un rayo de esperanza, eclipsáronse de repente, y la sonrisa pronto a embellecer sus labios desapareció ligera, como los círculos formados en el terso cristal de un río por las amarillentas hojas que de los árboles caen a principios del otoño. Y al insinuarla después abiertamente el descomedido guerrero que hallar esperaba en su enlace y su cariño el galardón de tales esfuerzos; al irse empeñado en el cotejo de la vida holgada y opulenta que le podía proporcionar, con la oscura y oprimida en que ahora la veía, dejó caer la doncella la lánguida cabeza entre las manos, y vertió lágrimas ardientes de sus ojos, sintiendo desmayar toda su entereza e intrepidez, cual si viese ya extinguido el esplendor de su alcurnia.

Este recibimiento, no obstante, era benigno y bondadoso comparado con los que tuvo hasta entonces el caballero de Luna; por lo cual alegre sobremanera interpretólo como un primer paso hacia el amor, y un reclamo a su ternura y a su crédito.

Ya no disimuló cual antes el proyecto de unirse por formal vínculo con la hija de Armengol. Sus ideas y modales cambiaron súbitamente; no manifestaba a los amigos la misma benevolencia, y anunciábase en fin como un hombre subyugado por Matilde, muy capaz de venderlos a la menor insinuación de esta belleza, y de abandonar los intereses de la corona de Castilla. No podéis figuraros la cólera que causó a Rodrigo de Alanza y sus compañeros esta contradicción de don Pelayo: irritados hasta lo sumo por la audaz insolencia de que pensase en aliarse con la familia de Urgel, determinaron de mancomún, tanto por frustrar ese plan ese plan, como para que cesase la causa de tantas discordias, y no se hiciesen públicos en Segovia los crímenes cometidos en el castillo de Alanza, que pereciese Matilde por la copa o el puñal. Ocultaron tan negro proyecto a Mauricio de Monfort y al caballero y al caballero de Astorga, por saber de cierto que no suscribirían a él; pues aunque jóvenes relajados y adictos al bando del condestable, brilla en su pecho cierto espíritu de hidalguía que les hace mirar con horror, y fieramente oponerse a tan pérfidas violencias.

Subió en esto conmigo al aposento de Matilde el brutal señor de Alanza con el intento, a lo que presumo, de trasladarla a las cavernas del alcázar, donde fuese sacrificada a la ambición del partido, que fraguaba él mismo bajo la sombra de tantos desórdenes y de la protección que sin conocerle bien le dispensaba el favorito. Adelantóse a paso lento hacia ella, y fijó los ojos en su angelito semblante, cual si hubiese querido ejercer la diabólica influencia de aquellos verdinegros reptiles, que con sola la vista o el aliento fascinan y emponzoñan las aves. Detúvose en medio de la estancia algo cortado al aspecto de la divina beldad que tenía ante su vista; pero volviendo de su asombro levantó orgullosamente la cabeza, desplegando de este modo su prodigiosa estatura, y disponiéndose a hacer gala contra Matilde de todo el ascendiente de su alma pérfida, como el águila cuando eriza las plumas para lanzarse rabiosa sobre la indefensa víctima.

Cual si la pobre huérfana adivinase su intención, y leyese en la feroz fisonomía de Rodrigo el medio de amansar las iras de tamaño monstruo, apresuróse a decirle que estaba pronta a pagar por su rescate el caudal que le pidiera. Bien es verdad que no plugo mucho al de Alanza semejante ofrecimiento por las voces que corrían de que andaba preso el conde; más habiéndole contestado Matilde que eso no era obstáculo para que lo aprontasen sus vasallos, y aun el mismo infante don Enrique, si presto y forzoso fuera, marchóse a pesar en lo que mejor le estaba, gruñendo entre dientes, a guisa de selvático mastín cuando vacila entre acometer la presa u obedecer a su amo que le manda sosegarse. Mucho contribuí por mi parte a que adoptara el partido de pillar un buen rescate; y aún supe persuadirle, para que enteramente desistiese de dar la muerte a Matilde, observase tal conducta que pudiera serle fácil el enlazarse con ella y suplantar al de Luna, si al rigor de la actual tormenta cayese el fiero partido del condestable don Álvaro. De esa manera, añadíle, os hacéis independiente, puesto que podréis hallar consideración y riquezas en la hermana del conde Arnaldo, al tiempo que seguridad completa en Cataluña o en Nápoles.

Habléle con tanta osadía, ya por el grande prestigio que ejerzo con aquel magnate debido a mi rara ciencia, ya también porque yo sólo he sabido merecer su confianza. Semejante valimiento proporcionóme algunas veces tratar de cerca a la doncella cautiva, y de tal suerte admiraba su resignación virtuosa, que perdían mis facciones de su salvaje aspereza al ver aquella interesante criatura, que aunque sola y sin amigos, se defendía no obstante con sostenido valor y sin desdeñosa arrogancia. Prendado, pues, de la inalterable mansedumbre con que llegó a domeñara mi condición zafia e indómita; y descubriendo en ella a un ser que se interesaba por mi orfandad e infortunios, en vez de echármelos en cara y reír de ellos, como hasta entonces hicieran cuantos habitan la tierra, no pude contemplar sin compasión el destino de una virgen infeliz, tan digna por su generosidad y pureza de haber nacido en los blandos países que baña el Nilo con sus ondas.

-Mira, hijo Merlín, dagame un día el señor de Alanza; tú tienes la astucia de la serpiente y la travesura del galgo que sabe seguir sin desviarse la buena pista. Tú solo, pues, entrarás la comida a la dama que tengo encerrada en las galerías del norte. Oyes: procura ganar su confianza; insinúate halagando sus vanidades, sus caprichos, y..., harto me entiendes, bribón; haz que caliente y acaricie la víbora en su propio seno. Ya sé que eres como aquellos selváticos mastines que siempre le gruñen a la carne humana; por lo mismo te arrojo ese cordero..., pero no, no la maltrates: envaina las uñas; esconde por ahora los dientes; lame suavemente su mano, y dispón su pecho a favor de don Rodrigo. Cuenta con que me has de decir cuanto se le escape o te confíe, porque si la cosa se dispone de modo que no pueda llamarla mía... ¡por las voraces llamas del abismo!..., yo te juro que el pozo más hondo de mi alcázar recibirá nuevo huésped en su húmedo y cóncavo seno.

Pero en lugar de seguir los avisos de aquel tigre, determiné arrancar la cándida paloma de sus garras. A fin de conseguirlo y buscar quien me ayudase, hice valer cierto espionaje que me encargara don Álvaro de Luna en el campo aragonés. Concedióme el de Alcalá licencia para desquitarme de él, sobremanera orgulloso al notar que echaban mano de su lebrel favorito, y pude convencerle de que durante mi ausencia tratase a Matilde con blandura y cortesía, sin permitir que nadie la sirviese más que su propia doncella; para lo cual le hice sospechar que aspiraba por mí mismo a concluir felizmente el consejo ventajoso que le diera. Algo suavizada con esto la brutal aspereza del gigante, faltábame únicamente participar mis intentos a la desgraciada huérfana.

Subí una tarde a su aposento, y encontréla en cierta azotea que hay en él, apoyándose contra el antepecho que la resguarda y la ciñe. En su rostro levantado hacia la bóveda celeste había algo de sobrenatural que inspiraba admiración y respeto a una criatura tan baja como el gitano Merlín. Yo no sé qué creí ver en aquella joven tímida, resignada y doliente; su actitud era bella, suave su melancolía, y apenas podían contemplar sus ojos, ya lánguidos y amortiguados, el brillante firmamento de que en otro tiempo fueran la más limpia y candorosa imagen.

Estúvela mirando silencioso; pero pronto reparó en mí. -Merlín, me dijo, ¿vienes a anunciarme la muerte?, heme dispuesta a recibir de mis verdugos la copa o el puñal, cual si fueren un suspirado presente. -Así diciendo, dejó caer la cabeza entre las manos, lanzando un penetrante gemido que atravesó mi bárbaro corazón.

-En hora desusada venía, respondí, para aseguraros que deseo hacer algo por vuestra libertad. Noble señora, mi pecho se ha enternecido por la vez primera, y no dudéis un momento que si antes hubiera sido constante en despreciaros, lo será actualmente en serviros. Hasta ahora fui comparable a la hiena que revuelve con el inmundo hocico el polvo de los sepulcros, y sale de noche frenética a desterrar cadáveres; pero tanta resignación, tantas virtudes han apagado mi saña, han dulcificado mi aspereza y mi barbarie.

Con tardo movimiento, y no sin dificultad, levantó la suave frente dejándome ver un semblante ya pálido y cadavérico. Habíase extinguido la divina lumbre de sus ojos, y notábase en el desfallecimiento de sus miembros el pernicioso efecto de aquel alcázar húmedo e hipocóndrico. Con una de las manos comprimíase las sienes cual si percibiera en ellas agudísimos dolores, y se afianzaba con la otra en las almenas que coronaban el antepecho o el muro de aquella singular galería. Sin duda le inspiraron mis ofertas sensible agradecimiento; pues miróme con la sonrisa en los labios, y por un instante complacióse su alma pura en la idea de que aún había en el mundo quien se complaciese de la desgracia huérfana. Alargóme una mano que besé con respetuoso fervor, y díjome dulcemente buscase por el campo de Aragón algún noble paladín que quisiese libertarla.

-Y si acaso no le encuentras, o amigo mío, prosiguió, pueden ya llorar por mí las hijas de San Servando, como por la flor que pisa codiciosa espigadera. Puesto que gime en cárcel lóbrega el infeliz conde de Urgel, sólo conozco un guerrero capaz de luchar con los desalmados barones que habitan en este castillo... Ramiro de Linares, hijo del noble don Íñigo, a quien apellidan las gentes el caballero del Cisne, el cual creo que consentiría en romper una lanza por libertar a la huérfana Matilde. No dejes de rogárselo en mi nombre, y de decirle que aunque no le sea dable hacer este nuevo beneficio a la hija de Armengol, no por eso dejará de agradecerle los muchos que ya debe a su familia. Añádele también que no deseo la libertad para evitar una muerte, que un presentimiento triste ya me indica muy cercana, sino por buscar los medios de salvar la vida de mi dulcísimo hermano. Adiós, pobre Merlín, he aquí esa sortija para que mejores tu suerte, y te acuerdes de Matilde, y enseñes a mis amigos el lugar donde sepultan mis virginales despojos.

Faltóle de repente el momentáneo esfuerzo con que pronunciara estas palabras: quedóse pálida, y el lívido velo de la muerte marchitó, desencajó sus delicadas facciones dándome una idea rápida de lo que sería su cadáver. Escuchéla traspasado de amargura, y prometíla hasta con cierto entusiasmo, buscaros por todas partes recorriendo el olor de vuestro nombre el Aragón, la Navarra y la Castilla. Supe por los de mi tribu que desaparecisteis del campo aragonés la noche misma en que cayó prisionero el conde de Arnaldo, y como nadie ha hablado de que hubiese acaecido tal desgracia al caballero del Cisne, sospeché que andaríais oculto por estos alrededores, y no perdí con mi natural sagacidad la esperanza de encontraros. Ello es, que con la sortija de diamantes que me regaló Matilde, las medallas que sabré arrancar al montaraz jabalí de Alanza y los dos caballos que no dejaréis de darme a su tiempo, sacaré pingüe recompensa de este negocio, y además no sé qué género de satisfacción por haber procurado libertar a la única cristiana que se ha compadecido del vagabundo Merlín, y no le ha apellidado con arrogancia y desdén cíngaro, gitano y egipcio.

Atónitos estuvieron el del Cisne y su maestro a la relación de Merlín, y mientras revolvía el primero grandes pensamientos ren su imaginación para librar a la hermana del conde Arnaldo, penetrado el segundo de sus desgracias juraba a Dios y en su ánima, romper lanzas con el mismo Rodrigo de Vivar, cuanto más con don Rodrigo de alanza, en pro de su gentileza y donosura.

Puesto que te hallas en tan buena disposición para obrar siquiera una vez a derechas, dijo pasados algunos momentos Ramiro de Linares al gitano, ¿qué medios te parecen más adecuados al efecto de socorrer aquella desgraciada hermosura?

-Como no sé lo que ha ocurrido en el castillo desde el día de mi ausencia, mal os puedo aconsejar sobre este punto, respondió el gitano. Con todo, hallaos dentro de seis días al pie del torreón del ángulo que mira a la ermita de Alanza como a eso de la media noche. Yo tendré prevenida a Matilde, y aún dispondré la cosa de modo que podáis hablar con ella, y tratéis entre los dos el medio de libertarla, contando sin ninguna restricción con mi eficacia y mi astucia. Hacia el amanecer os esperaré sentado en las gradas de una cruz, que ya de lejos anuncia la célebre encrucijada que se encuentra tomando desde el alcázar el camino de Segovia.

-¿Y qué seguridad nos das, díjole entonces Roberto, para que prestemos crédito a toda esa algarabía de protestas?

Metió el mozo la mano dentro del pecho, y sacando una sortija preguntó a los dos guerreros si la conocían.

-La conozco, la conozco, respondió Ramiro; no pocas veces hela visto brillar en la mano de Matilde por las selvas de San Servando.

-Pues tal es mi garantía, dijo con cierta satisfacción el mensajero.

-¡Tu garantía!... ¡Oiga!..., repuso Roberto; sólo falta haya quien nos asegure haber llegado a tus manos por sano y regular conducto.

-De manera, respondió Merlín mirándole con sobrecejo, que si dudáis por capricho hasta ese extremo, púdrase en el calabozo la ilustre joven de Urgel, quedaos enhorabuena con esa flema tan ridícula en los guerreros que de valientes se precian, y más que pierda yo el par de caballos de arrogante condición y famosa raza.

-No, ¡por vida de San Jorge!, exclamó el del Cisne poniéndose en pie y dirigiendo la mano hacia la cruz de su espada: por esta insignia te juro que he de aguardar al pie del torreón que dices, desde que asomé la luna en el término preciso de seis días.

-Alto, pues, dijo levantándose el gitano, cerrado y concluido queda nuestro trato: corro desde este instante, a pesar de mis fatigas y asendereamiento, a disponer los ánimos en el alcázar de Alanza para que no echéis en balde ese viaje; y arranquemos a los verdugos de mi pueblo una víctima tan desgraciada como ilustre.

Desapareció al concluir estas palabras, y un altercado muy serio empezó entre maestro y discípulo acerca del plan que convenía adoptar en tan grave y arriesgado negocio. Roldán no quería abandonar al del Cisne alegando para ello el estado débil y vacilante en que le veía, y empeñábase Ramiro en marchar solo, tanto por no apartarse de las instrucciones de Merlín, como por creerse bastante firme para sobrellevar la armadura.

-Y sobre todo, decía al buen Roberto, según el giro que ha tomado nuestra empresa, más nos hacen al caso el poco aparato y el silencio, que el ruido y la muchedumbre. Dejad que el gitano haga que Matilde escape del castillo por alguna de las aspilleras o ventanas ocultas en las revueltas de sus muros; dadme que yo bravo y resuelto más que el paladín don Gaiferos la reciba en la grupa de mi bribón de batalla, y me bastan tres minutos para reírme de cuantos salgan a nuestro alcance.

-¡Muy bien!, ¡excelente idea!, respondió Roldán; pero si una punta del faldellín se clavara por azar en los hierros de la reja, mucho temo que no pillase el rey moro a don Gaiferos en el acto de robar las cautivas del serrallo. ¡Dios mío! ¿y qué sería de ti, pobre Babieca, si comenzara a decirte con blando y dulce meneo, con voz algo almibarada:


Caballero, si a Francia ides
por Gaiferos preguntad,
¿a quién hacen bravas lides
cautiva esposa olvidar?


No, no, reserva ese brío para ocasiones en que tu corazón corra menos riesgo; pues ya sé por experiencia que en oliendo algún lirio como ese de San Servando, te vuelves todo suspiros y te deslíes como el ámbar.

En fin, después de varias y porfiadas contestaciones, prevaleció la opinión del caballero del Cisne, reducida a que él partiría inmediatamente para el alcázar de don Rodrigo, al efecto de arrebatar con maña, ayudado de Merlín, la hermana del conde Arnaldo, y que Roberto, con los pocos soldados que se hallaban en el molino, tomaría después la vuelta del mismo punto para socorrer la tentativa o la retirada de su discípulo.


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