Los condenados: 04

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Los condenados de Benito Pérez Galdós


Escena II[editar]

FELICIANA; BARBUÉS, por el fondo, con aire arrogante y voz altanera, la chaqueta al hombro, un garrote en la mano.


BARBUÉS.- ¡Eh... Jerónimo!... (Llamando.) ¡Jerónimo Gastón!

FELICIANA.- No ha venido aún. Ya no tardará.

BARBUÉS.- ¡Válgate Dios con la pachorra! (Indignado, dando una patada.) ¡Zapa, contra-zapa!

FELICIANA.- (Asustada.) ¡Jesús, qué genio de hombre!

BARBUÉS.- Perdone usted, señora doña Feliciana. (Se descubre.) Tengo un genio muy áspero, el peor genio de Ansó, y de todo Aragón. ¡Le parece a usted que...! (Impaciente recorre la escena.)

FELICIANA.- Sí; es tremendo. ¡No estar aquí Jerónimo cuando a usted se le ocurre venir!

BARBUÉS.- Es que tengo que decirle cosas de re-muchísima gravedad.

FELICIANA.- Pues yo no vengo más que a firmar las cuentas de los bienes que Jerónimo me administra, y a pagar la visita a su sobrino y huésped, Santiago Paternoy, ese solterón venerable y reverendísimo que ha vuelto de Francia con una buena porrada de cuartos.

BARBUÉS.- Ganados honradamente en el comercio de nuestras lanas.

FELICIANA.- De las de nuestras ovejas, querrá usted decir.

BARBUÉS.- Eso... ¡zapa con las retólicas!

FELICIANA.- No se enfade. (Con interés.) ¿Y es cierto que quieren casarle con una de las sobrinitas de Gastón?

BARBUÉS.- Con Salomé.

FELICIANA.- ¡Pues vaya un partido que se calza esa mocosa! Porque Santiago... cierto que no es muy joven... ¡pero qué arrogante figara, qué gravedad!

BARBUÉS.- Hombre más completo no nació de madre. Como que se dijo que iba para santo.

FELICIANA.- De caballería, como el apóstol del propio nombre.

BARBUÉS.- Y que repartía toda su riqueza entre los pobres.

FELICIANA.- Para sentar plaza de Trapense.

BARBUÉS.- Pero ahora sale con que la mejor de las Trapas es el santísimo matrimonio.

FELICIANA.- (Con malicia.) Diga usted, Barbués... No me gusta hablar mal de nadie, no. Pero... vamos, yo tengo mis motivos para creer que no se casará.

BARBUÉS.- Y yo también. Como que... No, cállate, boca.

FELICIANA.- Dígalo.

BARBUÉS.- Usted habrá oído ciertos rumores...

FELICIANA.- Y usted también.

BARBUÉS.- Como que de eso quiero hablar hoy mismo a Jerónimo.

FELICIANA.- En fin, de usted para mí, (Secreteando.) la sobrinita esa se perderá.

BARBUÉS.- Démosla por perdida.

FELICIANA.- ¡Ah! Fíese usted de las costumbres patriarcales, de la vida sencilla y honesta, disciplinada con rudos trabajos, en el encierro de este valle, que no es más que un bonito presidio.

BARBUÉS.- ¿Reniega de su querida tierra de Ansó?

FELICIANA.- ¡Tanto como renegar...! Ya ve usted, acato la tradición vistiéndome a estilo del país. Pero ¡ay! ¿cree usted que después de haber vivido en contacto con la ilustración, puede una acostumbrarse a la estrechez de estas breñas inaccesibles, y al rigor de las costumbres ansotanas?

BARBUÉS.- ¡Ja, ja!... Pues si tanto le disgusta su tierra, ¿a qué demonios viene acá?

FELICIANA.- He venido a que mis niños respiren el aire puro de la montaña, y de paso inspecciono mis propiedades. Tengo mil y setecientas cabezas.

BARBUÉS.- Mil y pico de cabezas, y entre ellas una... muy mala.

FELICIANA.- ¡Bah!... Pues crea usted que allá estaba mejor, en mi Zaragoza de mi alma, tratando con señoras y caballeros de la mejor sociedad. ¡Seis meses en compañía de mi prima Josefa, cuyo marido es catedrático de Historia en el Instituto! Figúrese usted si habré aprendido cosas. Al volver a mi patria, pueblo, costumbres, trajes... parécenme... ¿a que no sabe usted qué?... parécenme... (Marcando la expresión.) de la Edad Media. Usted no entiende el término.

BARBUÉS.- Ni falta... (Picado.) Significa que somos, como el otro que dice... salvajes.

FELICIANA.- (Riendo.) No -tanto... primitivos.

BARBUÉS.- Primitivo es mi nombre.

FELICIANA.- ¡Y qué bien le cae! Tiene usted fama de ser hombre de pasiones violentas, rencoroso, vengativo...

BARBUÉS.- ¡Templado decimos por acá!

FELICIANA.- ¡Noblote!... Vamos, lo mismo que su hermano Alonso Barbués, el hombre más bravucón, más fiero y montaraz que había por estas tierras. Naturalmente, acabó mal. Le mataron ¡pobrecito! Y para que todo resultase dramático y envuelto en el misterio... medieval (así se dice), aún no se ha podido averiguar quién fue el matador.

BARBUÉS.- Porque no hay justicia, ni... (Reprimiendo su cólera.) Señora, no me busque el genio.

FELICIANA.- (Apartándose.) ¿Estaremos seguros?...

BARBUÉS.- Es que cuando me tocan esa tecla, ¡cógilis! (Apretando los puños.) Señora, mire que...

FELICIANA.- ¡Dios mío, qué hombre tan bárbaro!... (Corrigiéndose.) en el buen sentido. Quiero decir... carácter enérgico...

BARBUÉS.- (Con virilidad.) Me zumban todas las ternillas del cuerpo. Es la dignidad; la gran bestia, señora, que patalea dentro de mí en cuantico le hacen cosquillas.