Los curdas: 9

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Escena III[editar]

CARLOS, ADOLFO, PANCHO, EL ÑATO, EL GALLEGO, corren hacia la izquierda y aparecen poco después. LUISA, medio desmayada en brazos de CARLOS. Todos se apresuran a auxiliarla.


Carlos. -¡Pero Luisa! ¡Luisa! ¿Qué es esto? ¿Estás herida?.. ¡Pronto!... ¡Pronto!... ¡Un médico! ¡Corran, muchachos, corran!... ¡Mozo, traiga agua, agua de azahar! Luisita mía... Luisita... (ERMINDA y LOLA se acercan muy sorprendidas. CARLOS corre desatinado de un lado a otro.)

Pancho. -(Al GALLEGO.) ¿Y qué me decís de esto?

El Gallego. -Está arreglado Carlos. Lo ha pisao el eléctrico. Yo espianto.

El Ñato. -Sí; no las voy con melodramas. (Se van PANCHO, EL ÑATO y EL GALLEGO.)

Carlos. -¡Dios mío!... Dime, Adela. ¿Cómo ha sido?... ¿Pero ese médico no viene... (Se acerca al kiosco.)

Adela. -¡Luisa! ¡Ya ha pasado todo!... (LUISA llora.)

Erminda. -(A ADELA.) ¿Qué ha ocurrido, señora?

Adela. -Retírense ustedes de aquí. Usted, Adolfo, que está hecho un idiota. ¡Acompañe a esas... damas!

El Ñato. -(De afuera.) Che, Erminda, vení. (ERMINDA y LOLA se van por la derecha.)

Carlos. -(Con una copa en la mano.) Tome, beba, su maridito se lo da... su maridito que la quiere.

Luisa. -(Bebe un trago.) ¡Qué cosa tan horrible, Carlos!... Un hombre... un facineroso... así con los brazos abiertos... y un cuchillo. ¡Ay, Carlos! ¡Casi me mata!... (Reaccionando.) ¡Todo por culpa tuya, infame! (Llora.)

Carlos. -(Abrazándola.) ¡Vamos, mi queridita, tranquilízate! No llores más... (Irguiéndose.) ¡Pero señor!... ¡Señor! ¿Qué ha pasado? ¿Cómo están ustedes aquí a las tres de la mañana?... ¡Solas!... ¡Tú, tú, Adela! ¡Explícate! Vamos a ver. Dime lo que ha pasado, pronto, pronto. (La toma por el brazo.) Explícate. ¡Lo exijo!

Adela. -¡Un susto, no más!

Carlos. -¡Sí! ¡Sí! Lo sé... ¿Pero cómo? ¿Dónde? ¿Con quiénes estaban ustedes en el bosque? ¿Qué hacían?

Adela. -(Indignada.) Vamos, Carlos. No quieras completar tu espectáculo de esta noche con una escena de celos. Seguramente te han salido telerañas en los ojos, pues hemos estado un largo tiempo sentadas aquí, sin que nos reconocieras...

Carlos. -¿Luego ustedes?...

Adela. -Eramos ésas que hacían falta a tus amigos... ¡Las mismas! De consiguiente, ahorremos explicaciones. Sácanos de aquí y trata de entenderte con tu mujer. Vámonos. Supongo que las piernas te permitirán llegar hasta el coche. Por las dudas, apóyate en mi brazo. ¿Estás bien, Luisa?

Luisa. -Sí, vámonos. (Se levanta.)

Carlos. -(Acercándose.) ¿Dispuesta a perdonarme? (Entra el atorrante.)

Luisa. -¡Parlamentaremos! ¡Vámonos de una vez! (Mira hacia la izquierda, da un grito y corre a echarse en brazos de CARLOS.)

Carlos. -(Alarmado.) ¿Qué ocurre? ¿Qué hay?

Luisa. -¡Ahí está el hombre!... ¡El del bosque! ¡Míralo! ¡Míralo qué horrible!

Carlos. -(Cariñoso.) ¡Tonta! ¡Es un pobre atorrante! Vámonos, vámonos...

Adolfo. -¡Adelita! ¡Las paces!...

Adela. -¡¡Idiota!!

Carlos. -(Al mozo.) ¿Cuánto se debe? (Le da un billete.)

Mozo l.º -Diez con cincuenta y cinco. ¿No se sirve más whisky el señor?

Carlos. -(Tomando su copa.) ¡Ah!, sí. Me quedaba un restito. (Lleva la copa a los labios.)

Luisa. -¡¡Carlos!! (CARLOS se sonríe, eleva en alto la copa y vuelca el contenido.)


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