Los derechos de la salud: 09

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Escena VIII[editar]

(RENATA, RAMOS y ROBERTO)

RAMOS.- Tiene, efectivamente, mejor aspecto la pobre Luisa.

ROBERTO.- Reaccionó pronto de la última crisis. Sin embargo aquellas alturas no eran propicias...

RAMOS.- Sí; un poco enrarecido el aire, pero de todos modos hubiera sido preferible aquello a la atmósfera viciada de la ciudad. No me has explicado aún los motivos del regreso tan precipitado.

ROBERTO.- Nos expulsaron.

RAMOS.- ¿Cómo? ¿Por qué?

ROBERTO.- Una historia muy curiosa. Tú no ignoras que mi situación económica es bastante precaria desde algún tiempo a esta parte...

RAMOS.- Siempre has debido contar con mi amistad...

ROBERTO.- No; no se trata de lo que supones. Verás... En los cerros lo pasábamos muy bien, únicos pensionistas de una de las tantas familias que no tienen miedo del contagio porque están contaminadas y sacan doble provecho de su mal y del mal del prójimo. Naturaleza pintoresca, clima apacible y presupuesto muy llevadero. Aquello era por todo concepto lo más conveniente... Pero, como te escribí, en la imaginación de Luisa empezó a trabajar el miedo y la desconfianza. No era para menos, te lo aseguro, el espectáculo de aquella población doliente. No te voy a describir porque tú debes conocerlo muy bien, a pesar de que la costumbre de ver una cosa limita la facultad de analizarla. Bastará con que te diga que yo mismo más de una vez, dejando trabajar un poco la mente, he sentido que la angustia y el espanto me oprimían un poco la mente, he sentido que la angustia y el espanto me oprimían el alma. ¡La tos! Todos tosen, creo que allí hasta los sanos tosen por sugestión. En la villa, en los hoteles, en los sanatorios, en los paseos, donde quiera que uno va, lo acompaña la lúgubre desafinación de esa orquesta de escuálidos músicos exasperados y febricientes, que sudan la voluntad de arrancar un poco de armonía a sus desvencijados instrumentos, sin conseguir otra cosa que un monótono jadear de fuelles rotos... Para Luisa aquello se convirtió en una dolorosa obsesión. Sus desconfianzas y su irritabilidad iban creciendo, y una noche en que no nos dejó dormir el carraspear desesperante de un tísico, nuestro vecino de habitación, me expresó su resolución de huir de aquel antro. Todo mi empeño en disuadirla se estrelló contra su voluntad firme y casi amenazadora. Conseguí únicamente arrastrarla a uno de los hoteles de la cumbre. Allí al menos no se oye tanto la fatídica orquesta, aunque el clima sea menos favorable.

RAMOS.- O precisamente por eso.

ROBERTO.- La vida es cara. Había además que hacer una renovación del equipo y ponerse en actitud de no desentonar en aquel ambiente refinado y aristocrático. Todo se hizo. No obstante, las exigencias del medio sobrepasaron la largueza de mis previsiones. ¿Qué hacerle? Estaba y estoy resuelto a todos los sacrificios en homenaje a la paz de esa triste alma compañera. Pero nada bastó. Era también preciso salvar distancias sociales y por más que mi reputación literaria pudiera obviarlas, Luisa no entraba en aquel mundo, y así lo comprendió. Ni ella ni yo insistimos, limitándonos a hacer rancho aparte. De repente, sin que se sepa cómo o quizás por nuestro mismo orgullo indiferente, las gentes empiezan a huir de nuestro contacto, y el boycott se acentúa cuando Luisa cae en cama. Así que mejora se me presenta el dueño del hotel. «Señor, usted perdonará, pero los reglamentos de la casa son terminantes y los pensionistas me han amenazado con irse a otra parte si sigo albergando enfermos contagiosos...»Y patatín y patatán. En resumen, una intimación de desalojo en regla. Había en el establecimiento, había sí, enfermos más avanzados, pero no eran peligrosos.

RAMOS.- Porque gastarían más...

ROBERTO.- Precisamente. Ahí tienes explicadas las causas de nuestro regreso anticipado. Hubiera podido llevarla a cualquier otro hotel de las inmediaciones, pero tuve miedo a un nuevo boycott. Luego, ella empieza a sentirse deprimida por la pertinacia de su dolencia, y esa depresión se traduce en fenómenos nerviosos muy intensos. Una sensibilidad extrema, humor fácilmente irritable, desconfianzas, prurito de análisis...

RAMOS.- Me has dicho que las impresiones del colega que la asistió...

ROBERTO.- Son pesimistas. Lejos de ceder, el mal avanza. Pero me inspira mayores temores su estado moral.

RENATA.- Según parece, acaba de hacerle una escena a Albertina. La encontré llorando mientras Luisa se debatía en un acceso terrible de tos. Después se serenó, como ustedes la han visto.

ROBERTO.- Nos tiene acosados porque le digamos la verdad. Y para colmo, ayer, la sorprendí leyendo un viejo trabajo mío, inconcluso, que andaba por ahí perdido entre papeles inservibles, y titulado «Los derechos de la salud». En ese trabajo, una especie de «nouvelle», un tanto sentimental, estudiaba la situación moral de un enfermo incurable -atacado de tuberculosis precisamente- que descubre que su esposa le es infiel y acaba por encontrar lógica su conducta, justificándola en que no siendo apto para llenar las funciones de la vida, no se considera con derechos para encadenar los sanos a su destino malogrado.

RAMOS.- Conozco el asunto.

ROBERTO.- Es verdad, pues. Si fuiste tú quien me hizo desistir o postergar su publicación, objetándome que los tísicos nunca llegan a darse cuenta de su mal...

RAMOS.- Es característico el optimismo de los tuberculosos, producto del estado febriciente en que viven.

ROBERTO.- Bien, eso no hace al caso. Luisa lee aquello y su imaginación empieza a fantasear y a despacharse a su gusto. «Lo has escrito a propósito y lo has dejado a la vista para que lo lea, Niégame ahora que estoy tísica». Se exaspera y llega hasta soltarme sin empacho las cosas más absurdas, las sospechas más inverosímiles...

RENATA.- Que a mí también me alcanzaron. Atribuía mi solicitud por sus hijos al propósito de arrebatarle los derechos de la maternidad...

ROBERTO.- ¡Cuánto absurdo! Hay que tomar pues, alguna medida...

RAMOS.- Quisiera examinarla un poco.

RENATA.- Hoy no lo creo oportuno. Podría alarmarse...

RAMOS.- Mañana o pasado... De cualquier modo creo que no debes deshacer las maletas. El invierno se viene encima y es preciso llevarla a un clima más benigno, al Paraguay por ejemplo.

ROBERTO.- Lo he pensado.

RAMOS.- Por muchos motivos convendría y no es el menos convincente, el de que es necesario preservar a los niños. (Mira la hora.) Es tarde ya. Si no me necesitas me marcho porque me quedan por hacer algunas visitas.

RENATA.- Deja usted a Albertina...

RAMOS.- Sí, adiós, Renata. Y en cuanto a ti... ¡Paciencia! Mañana volveré. (Le estrecha la mano. Mutis.)