Los diez libros de Diógenes Laercio: Prólogo del traductor

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PROLOGO.

Desocupado de la impresion de mi Vitruvio Español el año 1787, el Excelentisimo Señor Conde de Floridablanca, por carta fecha en San Ildefonso á 29 de Julio del mismo año mandó me emplease en aquel trabajo que fuese mas propio á mi inclinacion y gusto literario, hasta que su Excelencia dispusiese otra cosa. Desde luego puse la mira en traducir á nuestra lengua algun autor Griego de gusto y util á la patria, no muy rica de esta clase de libros. En el siglo 16, y parte del 17 tuvimos muchos sabios patricios que pudieran haberse dedicado mas á poner en nuestra lengua los escritores Griegos que han quedado. Tucidides, Xenofonte, Homero, Josefo, Plutarco, Apiano, la Historia llamada Tripartita, y Dioscorides son las obras Griegas mas notables que que yo sepa traduxesen nuestros Españoles en los tiempos referidos. Las de menos cuenta son Aftonio, el Enchîridion de Epicteto, la Tabla de Cebes, las Fabulas de Esopo, algo de Aristoteles, Galeno, Isócrates, Dion Crisóstomo, y algunas otras cosillas de poca monta. Aun todas estas traducciones han venido á ser tan raras que se han hecho apreciables á pesar de la imperfeccion y desaliño de casi todas.

 Un poco van enmendando este defecto algunos literatos de nuestros dias; y podemos esperar se mire hoy mas con su merecido desprecio el pernicioso aforismo de un Autor Español que se esforzó á persuadirnos ser mas util el estudio de la lengua Francesa que el de la Griega; opinion que en mi juicio ha perjudicado no poco á la restauracion de nuestra literatura. Ello es, que desde que el P. Feijoó quiso sostener esta paradoxa, nos ha inundado un diluvio de libretes Franceses traducidos al Español, los quales nos quitan el tiempo y el dinero, y aun pueden ser causa de no haber hoy entre nosotros obras mas importantes. Nuestros traductores apenas tienen valor para emprender otras traducciones que de libros Franceses. Sea el Autor Italiano, Aleman, Ingles, Olandes, Polaco, &c., no entra su libro en España si no pasa primero por Francia, y se viste á la moda. Pero no bien lo ha publicado el Frances en su lengua, ya lo vemos en Español por las esquinas y papeles publicos de Madrid, y demas ciudades de la península. Qué de Sermonarios! Qué de Santorales! Qué de Catecismos! Qué de Compendios Historicos, Geograficos, Geometricos! Y aun qué de impertinencias y pequeñeces Francesas no nos molestan diariamente ha mas de treinta años!

 Quán al contrario piensan los Franceses! Mucho interes y merito ha de tener un libro Español para que ellos lo pongan en su lengua. No asi los libros Griegos y Latinos; pues apenas hay uno que no lo tengan traducido, y muchos de ellos por diversos Autores. Demos que sean buenas algunas obras traducidas del Frances, singularmente las espirituales; pero no serian mejores los originales de que las tomaron sus Autores? No leeriamos con mas fruto á San Policarpo, á San Justino Martir, San Juan Crisóstomo, San Basilio, San Atanasio, San Ignacio Martir, San Gregorio Nazianzeno, San Clemente Alexandrino, San Clemente Papa, Hermas y otros semejantes? El pueblo Español religioso y pio acaso sobre todos los de la Cristiandad, no ilustraria su piedad con mas solidos realces si disfrutase bien traducidos los escritos de estos y demas Padres de la Iglesia, defensores invictos de nuestra Religion santisima? Y pues en nuestros dias recreamos ya todos nuestro espíritu leyendo en lengua materna las Escrituras santas, que son palabras del Criador á las criaturas, sería muy justo que su lectura caminase hermanada con la de sus santos y sabios expositores, los quales no respiraron sino por los sagrados libros.

 Dixe que en nuestros dias se van produciendo algunas obras Griegas. Se han reimpreso con el texto Griego Xenofonte, y la Poética de Aristoteles; y sin él la Tabla de Cebes, y alguna otra cosa. Se ha traducido la Ilíada de Homero, la Historia de Polibio, los Caractéres de Teofrásto, las Oraciones y Cartas de Isócrates, el Sublime de Longino, las Obras del Emperador Marco Aurelio Antonino, y acaso algo mas que no se me acuerda: pero todavia estamos muy distantes de parecernos á Italia y Francia. Temo que todavia prevalezca entre nosotros la necia vanidad de tener en mas á los Autores de una Carta insulsa, de una Satira cargada y maligna, de un papelucho fastidioso, necio y despreciable, sobre inutil y aun pernicioso, que á los traductores de las lenguas sabias.

 Nunca pude conformarme con los que asi piensan; y soy de dictamen que para cimentar una instruccion sólida es indispensable la leccion de los libros antiguos, especialmente Griegos, verdadero manantial de casi todo quanto se ha sabido en los siglos posteriores. Siguiendo este parecer he traducido á nuestro idioma los diez libros que Diógenes Laercio escribio en Griego De las vidas, dogmas, apotegmas, &c. de los mas ilustres Filosofos Griegos, no dudando de que su lectura sea util y grata á toda clase de personas. Apenas hay otro libro antiguo que tantas noticias nos haya conservado de la antiguëdad; y es al mismo tiempo su leccion tan amena y sabrosa, que quien empieza á leerlo no sabe dexarlo de la mano hasta concluirlo [1]. Vemos en esta obra hasta dónde puede llegar el hombre gobernado por la sola razon natural, y con quánta facilidad se desliza si no va guiado de la revelacion. Nos compadeceremos de ver envueltos en tinieblas hombres tan aprovechados en materias humanas, y venerarémos los eternos é inescrutables juicios que asi lo ordenaron, reservando para nosotros los raudales de luz que la bondad divina nos ha comunicado graciosamente, sin que tuviesemos mas derecho que ellos. Veremos el inmenso número de libros que estos Filosofos escribieron; aumentando tal vez en nosotros el sentimiento de la pérdida de casi todos, los titulos desnudos que Laercio nos ha conservado.

 Pero digamos algo ya de la traduccion presente. He sido muy escrupuloso en expresar la mente del Autor, no tanto en la materialidad de las síntesis, que en Laercio no son elegantes, quanto en lo formal que contienen. Más cuidado he puesto en disfrazar muchas palabras y expresiones menos decentes que el Autor usa sin reserva como gentil; si bien es creible por varias circunstancias lo executase asi por no defraudar á la verdad de lo que escribia tomado de otros escritores. Antes quiero se me note de poco ajustado al original, que de inducir algun daño en las buenas costumbres. Me ha parecido ésta una de las primeras obligaciones de quien pone en manos del pueblo piadoso un libro gentílico, aunque de ciencias humanas.

 En quanto á varias expresiones propias del gentilismo, he anotado en sus propios lugares lo conveniente aunque con suma brevedad, en beneficio de la gente joven y sencilla, especialmente quando se ofrecen opiniones agenas de la sana Moral. Asi lo tiene mandado el Santo Tribunal de la Inquisicion por Decreto del año próxîmo 1791 (con apoyo del Concilio Lateranense terminado en 1517) á los Maestros de Filosofia siempre que les ocurran opiniones filosoficas que dexadas sin explicacion pudieran ser dañosas al pueblo Cristiano. Por lo demas los lectores se reiran como yo al ver los caprichos, sandeces y necedades de Aristípo, Teodoro, Diógenes y demas Cínicos; la Metempsícosis Pitagorica: el fanatismo republicano de Solón y otros: las manías de Crates: las aprehensiones de Pirrón, Bión, &c.: el Ateismo de unos: el Politeismo de otros; y en una palabra, quantos disparates hacian y decian algunos Filosofos de estos; pues como ya diximos, la Filosofia que no va sujeta á la revelacion apenas dara paso sin tropiezo.

 Quando me ha ocurrido en el texto alguna voz de significacion ambigua, la he dado la interpretacion que me parecio mas propia del lugar que ocupa; y ademas he puesto casi siempre por Nota la misma voz Griega para que el inteligente la enmiende á su gusto. Asi, las Notas que pongo al pie del texto á solo esto se dirigen, y á explicar algunas cosas no muy comunes y triviales.

 Aunque los versos que hay en Laercio pudieran haberse traducido en prosa con mas puntualidad y precision, me he arriesgado á ponerlos tambien en verso, bien que sin rima. Tiene el verso un no sé qué de halaguëño que suaviza el tedio de una lectura larga.

 Finalmente advierto, que aunque la traduccion se ha trabajado sobre la célebre edicion Greco-Latina de Laercio dada por Enrique Westenio en Amsterdam año de 1692 cum not. varior. en dos tomos en 4.º, sin embargo no han dexado de consultarse otros textos y aun versiones en los casos dudosos, como son la de Enrique Estefano de 1570; la de Tomas Aldobrandini de 1594; la de Isac Casáubono de 1615; la de Lipsia de 1749; la version Latina de Fr. Ambrosio Camandulense, primer traductor de Laercio; dos traducciones Francesas bastante inexâctas, singularmente la primera cuyo autor fue Francisco Fougerolles, impresa en Leon, año de 1602, en 8.º; la otra en Amsterdam, año 1761 en tres tomos en 12.º algo mas aliñada, aunque anónima; y una Italiana del año 1545, en 8.º


  1. Magna est in eo opere rerum cognitio, multoque est legi dignissimus dice de Laercio Luis Vives, lib. 5 De tradend. discipl., c.2. Gil Menagio llamaba á este escrito de Laercio Ingenii humani historia. En sus Not. al mismo, pag. 2, edic. de Olanda, 1692.