Los dioses de la Pampa: 02

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Los dioses de la Pampa
Capítulo I: La Diosa Pampa


El jinete seguía su viaje. Venido de lejanas comarcas, cuajadas de habitantes y de riquezas acumuladas durante siglos, veía la llanura inmensa desenvolver ante sus ojos horizontes siempre renovados, iguales siempre; y se quejaba del cansancio, del calor, del frío, del viento, de la pobreza de estas tierras sin fin, inquieto por llegar a su destino y por dejar tras sí, como pesadilla, esta soledad con su silencio.

Había pasado, viendo... sin sentir.

Un gaucho galopaba. Hijo, éste, de la llanura, la iba hollando, indiferente, llenándose los pulmones con el aire puro de la Pampa, gozando, pasivo, de la vida fácil en los extensos campos, de la independencia que dan los grandes espacios.

Algo sentía, sin duda, pues iba cantando; pero pasaba... sin ver.

No a todos los pastores de Arcadia era dado sorprender a las diosas, que al decir de los poetas, poblaban las campiñas griegas. Tampoco la ven todos a la diosa Pampa, y, sin embargo, es un ser; existe, ¿quién lo duda?

Algunos la vieron; muchos la han oído.

La han oído a la oración o de noche, o durante las terribles horas de la siesta, o en los deliciosos momentos de la mañana, cuando mil rumorcitos anuncian bien claro que suavemente está vibrando su alma y que se está hablando a sí misma, susurrándose sus propios sueños; pues sueña.

¿Con qué soñará la diosa solitaria?

Ruda es, huraña, al parecer, como todos los solitarios que se quieren figurar, y quieren hacer creer que aman en realidad su soledad y su retiro. Y, con todo, es hermosa. Pregúntenle al Sol si no detiene, con admiración, su antorcha en sus poderosas formas; la Luna la mira con compasión, al ver sus encantos tan pobremente vestidos con los pocos adornos que le regala la Lluvia del cielo.

¿Será desdeñosa? ¿Se querrá hacer desear?

No; sólo que es, al contrario, injustamente desdeñada, y su sueño inconsciente es el de toda virgen: el de ser amada y de ser madre.

Ignora por qué la desprecian; ansiosa, se pregunta por qué la dejan infecunda; si será por timidez o por indiferencia que rechazaron todos, hasta hoy, su amor.

Resignada, espera, silenciosamente encerrada en su haraposa majestad al semi-dios que la quiera de veras, aunque la violente, brutal; pronta a entregarse al amante vencedor, brindándole a él y a las mil generaciones que engendre, los opíparos frutos de su inagotable fecundidad.