Los dioses de la Pampa: 08

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Los dioses de la Pampa
Capítulo VII: El Genio de los cañadones



De cuerpo verdoso, medio vestido de plantas acuáticas, la barba y el pelo llenos de musgo, el Genio de los cañadones, dios de las aguas estancadas, domina en la llanura cuando la cubren las crecientes.

Pero es un dios sin templo, sin altares y sin adoradores, y cuando el Sol empieza a secar las tierras donde impuso su imperio fugaz y odiado, la humanidad aplaude.

Apenas han empezado a desbordar los ríos, arroyos y lagunas en las tierras pastosas, cuando llega trayendo consigo su numeroso personal de geniecitos impertinentes que le ayudan a molestar a los habitantes de la Pampa.

Las aguas claras no les pertenecen, pero se apoderan de todos los pantanos, charcos y lodazales, ciénagas y fangales, donde se esconden, en las huellas antiguas de los carros o entre las pajas, en alguna zanja vieja o algún trocito de arroyo sin salida, en algún jagüel olvidado o pozo mal tapado, y allí quedan en acecho.

Mojados y salpicados de barro, tiritan de frío, y en los ojos tristes de su cara negruzca, cuando por casualidad se quiere mirar el sol, se refleja todo sucio.

Sus pasatiempos son dignos de ellos y de su amo, pues, mientras él se entretiene en anegar poco a poco las praderas donde, tranquilos, vivían los rebaños, en criar ranas y mosquitos y ofrecer albergue a los patos en campos que eran la querencia de las yeguas y de las vacas, y en hacer sufrir al estanciero toda clase de perjuicios, los geniecitos traviesos y dañinos esperan las ocasiones de reírse a expensas de los que pasan a su alcance, bestias o gente.

No son sirenas y no tienen a su disposición seductores cantos, pero tapan con agua estancada, bien tranquila, el pantano de barro blanco donde chapaleará el jinete incauto, con desesperación, y de donde saldrá arañando, pálido del riesgo corrido, de tener que bajarse en pleno fangal para aliviar al mancarrón hundido; y los muy pícaros se desternillarán de risa silenciosa, mirándolo.

¡Y qué lindo! cuando viene a tomar agua ahí una vaca con su tierna cría, y que el ternero queda empantanado, y se pasa las horas balando, sin poderse mover, y la madre contestándole, impotente. Esto sí, es para morirse de risa.

¿Y si se vuelca una volanta con familia y todo, mujeres, niños y canastas, en el barro? ¡Ja! ¡ja! ¡ja! ¡ja!

¡Callen! ¡que viene un carro!

Silencio profundo; cada geniecito se ha escondido donde pudo y espera, sin resollar, listo para ayudar a los compañeros en la gran obra.

Se acerca el carro; cargado está hasta el tope. El carrero detiene los caballos y deja que resuellen antes del gran esfuerzo.

«¡Firme!», dice, resoluto; y al momento en que entra el carro en el pantano, se cuelgan de las ruedas, de las patas de los caballos, de las colas, de las varas, de la punta del látigo, de los frenos, miles de geniecitos que, haciendo fuerza todos juntos, detienen el vehículo en el mismo medio del charco pegajoso... ¡Y las risas silenciosas!

El pobre carrero renegará, gastará latigazos, se arrancará el pelo, invocará a todos los dioses, los insultará, se bajará, se enojará, y cuando acabe de renegar y haya empuñado la pala para despejar la rueda, entonces los geniecitos, siempre riéndose, lo ayudarán, silenciosos siempre, a salir del mal paso.

Ya empezó a calentar el sol, y se secan los pantanos; y se fueron disparando, los geniecitos traviesos y sucios, a juntarse con el amo, el Genio musgoso de los cañadones, que pronto, vaporoso gigante, desaparecerá en el horizonte, entre espejismos, ilusiones de la vista.