Los dioses de la Pampa: 16

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Los dioses de la Pampa
Capítulo XV: Gobierno Celestial



Lo mismo en la Pampa como en las demás partes de la tierra, cuatro son los delegados del Poder Ejecutivo celestial, que se reparten, durante el año, la tarea de regentear los fenómenos de la vida vegetal y animal.

Pero cada uno de ellos entiende sus deberes a su modo, y como el que entra encuentra siempre mal lo que ha hecho el antecesor, no quedaría nada en pie, si el Creador, con su mano poderosa y su buen sentido, no enderezase las cosas, corrigiendo los disparates, a veces tremendos, que cometen sus delegados, y haciendoles acordar a éstos que, según la ley eterna, deben desempeñar su papel por turno, en ciertos límites, y con atribuciones fijas.

La Primavera, por ejemplo, joven y elegante, tiene orden de engalanar la llanura y de prodigarla las flores y los brotes nuevos; debe mantener en la tierra, aumentándolo paulatinamente, un calor suave durante el día, y tratar de que las noches sean sólo frescas, para favorecer hasta la exuberancia, la vitalidad de los seres, a los cuales inspirará las inefables ideas de amor, que aseguran la perpetuación de las especies.

Tiene para ello, que esparcir en la atmósfera perfumes embriagadores y poéticos gorjeos de aves, en suave abaniqueo de céfiros.

Pero a la Primavera le falta tino y le sobra presunción; y en su caprichosa inexperiencia, tan peculiar atributo de la juventud como la gracia seductora, comete cada locura capaz de comprometer sin remedio, la obra divina.

¡Cuántas veces le ha retado el amo, por haberse descuidado con el Sol! Este, si no lo vigilan, voltea la pantalla y con las mil bombillas de sus rayos, se chupa todos los vapores del suelo.

La Primavera, ya que lo ve, ligero, lo tapa con nubes, creyendo así componer las cosas, y para refrescar la atmósfera, abre de par en par la puerta a los vientos, que no quieren otra cosa y salen bailando, tirando piedras a las mieses y agua fría a las ovejas esquiladas; o bien pide prestada al Invierno alguna helada que le haya quedado sin gastar, y todo lo refresca tan bien que destruye los gérmenes, aniquilando las esperanzas del labrador.

El Verano, que toma su lugar, algo más entrado en años, pero con todo el vigor que da la ambición, exacerba las fuerzas vitales, voltea por inútiles, las flores marchitas, y para preparar la madurez de todas las frutas y la realización de todas las promesas de la Naturaleza, calienta asiduamente la Tierra, de día y de noche, endureciendo los gérmenes y dándoles la fuerza necesaria para cambiarse en fruta perfecta. Algunas veces se le va la mano, y todo entonces, en vez de madurar, se marchita y muere; y rezonga, con mucha razón, al tomar el cargo, el Otoño, funcionario serio, formal y reposado, cuya misión es vigilar la formación definitiva y la maduración de los frutos de la Tierra.

Acabada su misión, cederá éste la poltrona al Invierno, viejo achacoso y mal humorado, poco afecto a mejoras, de que sabe que no alcanzará a gozar, y que sólo deja descansar y dormir la Tierra, sin preocuparse de lo que, por este sueño fatal, sufran los seres vivientes. Como si creyera, viejo tonto, que con él todo se debe acabar, como si de la muerte no naciera la vida; como si de los pliegues de su capa, no tuviera que salir otra vez la Primavera victoriosa, joven, loca, sin tino, caprichosa, pero eternamente llena de gracia seductora y de savia vital.