Los dioses de la Pampa: 29

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Los dioses de la Pampa
Capítulo XXVIII: El Padre del Mar


Pequeño, desnudo, endeble, pero audaz en su timidez, se atrevió el Indio, nacido en las espesas selvas de la ribera del gran río a confiarse, navegante en ligero esquife, a su benevolencia algo amenazadora.

Los camalotes pasaban, como cestas floridas, suavemente llevados por la corriente, y pensó, que adonde ellos iban se podría quizás deslizar, ávido de conocer las regiones lejanas y seguramente maravillosas que más allá, siempre, sin límites, creía, bañaba el dios generoso.

Costeó la ribera el Indio, con su canoa; ora al pie de altas barrancas, ora evitando los juncales espesos de vastas ciénagas, a veces sacudido por las olas amarillentas, otras, llevado sin esfuerzo por la corriente tranquila; arrastrado impetuosamente, en ciertos días, o como atajado en su marcha adelante, en otros. En partes vio con sorpresa el gigante encogerse para juntar sus fuerzas y precipitarse, con espantoso trueno, en angostura profunda, volviéndose después cada vez más ancho, más opulento, más majestuoso.

Lo vio, de repente, dividirse en mil brazos, arroyuelos unos magníficos ríos, otros, todos bordados de preciosas islas, llenas de vegetación exuberante, de frutas exquisitas, hirviendo de vida el agua, con sus millones de pescados; la tierra, con sus animales de mil especies, el aire cruzado por aves vistosas y por vibrantes insectos.

Y cuando, después de haber vagado, perdido durante muchos días, voluntariamente, en ese hermoso laberinto de canales, seducido por su belleza, grandiosa a la vez que deliciosa, llegó al magnífico dominio donde se extiende el río en toda la majestad del vasto estuario, extático, se arrodilló el Indio, débil y pequeño, en la verde ribera, saludando a su dios, -cuyo misterio acababa de descubrir-, con el nombre merecido de Padre del Mar.

Acepta el homenaje humilde del Indio, desnudo y endeble, el imponente río; pero más gustoso aceptará, después de tantos siglos de quietud, el homenaje de los gritos de admiración de los conquistadores, cuyas blancas carabelas mira, también él, con asombro.

Exigirá, -es cierto-, el sacrificio de preciosas vidas, antes de volverse propicio al hombre, pero permitirá que las grandes sombras de Solís, de Gaboto y de Garay, siempre flotantes en sus aguas, protejan durante los siglos a los navegantes.

Dejará que en sus riberas se fundan florecientes ciudades, se prestará a la formación de numerosos puertos; ofrecerá fertilizar con sus aguas abundantes la tierra de donde saca el hombre su manutención.

En su inagotable generosidad sólo extrañará el Padre del Mar que el hombre a veces o desdeñe sus regios obsequios, o parezca, en su ignorancia, no saber qué hacer con ellos.