Los dioses de la Pampa: 32

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Los dioses de la Pampa
Capítulo XXXI: El Vellocino de Oro


La Pampa es pobre, bien pobre; no riega sus campiñas, cubiertas de pasto rudo, ningún Pactolo, y nunca pastor alguno ha encontrado en las arenas de ningún arroyo pampeano pepitas del precioso metal amarillo que hace los hombres tan felices..., y tan desgraciados, a veces.

Mientras ignoraron su existencia, los pastores pampeanos también ignoraron la codicia, viviendo del producto bastante mezquino de sus rebaños, pero sin desear otra cosa; ricos por consiguiente, pues es rico el que no necesita más de lo que posee.

Pero llegó el día en que oyeron contar del oro maravillas que les causaron envidia. Empezaron a desear de tenerlo ellos también, y lo pidieron a sus dioses. Los dioses pueden muchas cosas, pero con todo, no pueden hacer que exista en sus dominios lo que ahí no existe, y ya que en las arenas de la Pampa no hay oro, no podían hacer que lo hubiera. Y no sabían por donde darse vuelta, cuando, -no se sabe por quién-, oyó contar un pastor la famosa historia del vellocino de oro. Entusiasmado, el hombre exigió de Pan que también le indicara donde estuviera algún otro vellocino igual, y que él iría sin vacilar y desafiaría mil muertes para encontrarlo, arrancarlo a sus guardianes y traerlo a su tierra.

Pan en vano le aseguró que no había habido más que un vellocino de oro, y que era inútil buscar otro, pues no lo había en ninguna parte del mundo; insistió, tanto el pastor pampeano, que Pan, al fin, le prometió encontrar uno y traérselo él mismo.

Y le trajo algunas ovejas, animal hasta entonces desconocido en la Pampa, asegurándole que la lana que llevaban en el cuerpo era oro. Se le enojó el pastor, a pesar de la fe ciega que siempre tienen los pastores hacia su dios favorito, su verdadero protector, y dejó abandonadas las ovejas. Pan, entonces, él mismo, las cuidó, y cuando vino la Primavera, las esquiló y cambió la lana por una pequeña cantidad del codiciado metal, a unos hombres venidos de regiones frías donde se necesita la lana para guarecerse de las intemperies, y donde el oro abunda.

Y los pastores entonces comprendieron que Pan no les había mentido, tampoco esta vez, que bien era de oro el vellón de sus ovejas, y que con cuidarlas ellos con esmero, pronto no habría arroyo en la Pampa que no acarreara pepitas y que hasta sus arenales serían polvo de oro.