Los padres del Santo

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Los padres del Santo
de Emilia Pardo Bazán



-¿Usted cree que las almas están sujetas a leyes fisiológicas? -me preguntó el médico rancio y anticuado, de quien se burlaban sus jóvenes colegas-. ¿No le parecen mojigangas esas pretendidas leyes de la herencia, del atavismo y demás? ¿Usted supone que por fuerza, por fuerza, hemos de salir a la casta, como si fuésemos plantas o mariscos? Lo que caracteriza nuestra especie, a mi modo de ver, es la novedad de cada individuo que produce... Nacemos originales... Somos ejemplares variadísimos...

Cuando así hablaba, salíamos del hermoso soto de castaños que rodea la aldeíta de Illaos, y nos deteníamos al pie de uno, ya vetusto y carcomido, que sombreaba cierta casuca achaparrada y semirruinosa. A la puerta, un viejo trabajaba en fabricar zuecos de palo. Alzó la cabeza para saludarnos, y vimos un rostro de mico maligno, en que se pintaban a las claras la desconfianza, la truhanería y los instintos viciosos. En aquel mismo punto, una vieja de cara bestial, de recias formas, de saliente mandíbula y juanetudos pómulos, llegó cargada con un haz de tojo que porteaba en la horquilla, y que depositó sobre el montículo de estiércol, adorno del corral.

-Fíjese usted bien -advirtió el médico- en esta pareja. A él, por sus aficiones, le llaman el tío Juan del Aguardiente, y a ella la conocen todos por Bocarrachada (Bocarrota), porque dice cada cosaza que asusta; pero no crea usted que se contenta con decir; apenas nota que su marido hace eses, le mide las costillas con ese mismo horcado de cargar el tojo. Padre alcoholizado y madre feroz..., ya se sabe: la progenie, criminal, ¿no es eso?

Y como nos hubiésemos alejado algún tanto de la casucha, el médico añadió, hablando lentamente, para que produjesen mayor efecto sus palabras:

-Pues esos que acaba usted de ver... son el padre y la madre de un santo.

-¿De un santo? -repetí sin comprender bien.

-De un santo, que está en los altares, a quien se le reza...

-¿Un santo... canonizado, verdadero?

-Beatificado solemnemente en Roma... de canonización inminente... En la catedral de Auriabella ya está en un retablo su efigie.

-¿Un mártir, claro es?

-Un mártir jesuita, sacrificado por los japoneses con todo género de refinamientos... Se conocen detalles sublimes de sus últimos instantes; no ha recibido nadie una muerte horrorosa con tanta entereza ni con más alegría. No crea usted que fue mártir casual: su aspiración de siempre era esa, ir a predicar a los que desconocen el Evangelio y derramar su sangre para atestiguar la fe. Desde pequeñito le sedujo tal idea, y puede decirse de él lo que de pocos: que de la tela de sus sueños cortó su destino.

-¿Y cómo pudo -exclamé sorprendido- ordenarse de sacerdote, estando en poder de semejantes padres, que le dedicarían a recoger esquilmo y apacentar la vaca?

-¡Ah! Es que como era un chiquillo notable por su fervor y su inteligencia, el cura que le había enseñado la doctrina se fijó en él, le escogió para ayudar a misa, y de monaguillo pasó a sacristán, y de sacristán a una plaza gratuita en el Seminario de Auriabella... Los padres consintieron figurándose que allí se les criaba un futuro párroco; tener un hijo párroco es la ambición de un aldeano. ¡Había que verlos cuando se convencieron de que el rapaz, después de cantar misa, no quería economatos ni curatos, sino entrar en una Orden! Estuvo en poco que entablasen pleito o reclamasen indemnización...

-Y ahora que ven a su hijo en los altares, ¿qué dicen? Será curioso.

-¡Vaya si es curioso! Más de lo que usted presume... Cuando se supo en Auriabella el suplicio atroz del que llama el vulgo San Antonio de Illaos; cuando se tuvieron pormenores de aquella admirable constancia del joven mártir, que repetía en las torturas, al sentir las agudas cuñas hincársele en los dedos apretados por tablillas y en las piernas sujetas al cepo: «Jesús mío, sólo te pido que los salves, que les abras los ojos», refiriéndose a los impasibles verdugos que le atormentaban con asiática frialdad; cuando se comprendió que el expediente de beatificación iba a iniciarse con la rapidez que en casos tales se acostumbra, el obispo de Auriabella quiso venir a Illaos a dar en persona la enhorabuena a los padres del triunfador, los cuales ni sabían su triunfo ni su muerte. Era el obispo de Auriabella -que poco después falleció y ya estaba bastante enfermo del corazón- un señor bondadoso, lleno de unción y de dulzura, de esos que todo lo gastan en caridades; un verdadero pastor, humilde con dignidad, y alegre y chancero de puro limpia que tenía la conciencia; pero al venir a Illaos bajo la impresión de un hecho tan solemne, se encontraba muy conmovido; traía los ojos humedecidos, la respiración cortada y fatigosa, y aún parece que le estoy viendo en el momento en que, al divisar la choza de Juan del Aguardiente, saltó aprisa del caballejo que le habíamos proporcionado, se descubrió y se inclinó hasta el suelo ante los padres del confesor de Jesucristo... El viejo y la vieja le miraron pasmados, sin saber lo que les pasaba: él, con su zueco a medio desbastar en la mano; ella, con una sarta de cebollas que acababa de enristrar; y como su ilustrísima, sofocado de emoción, no pudiese articular palabra, tuvo el arcipreste -sacerdote de explicaderas, orador sagrado de renombre, de genio franco y despejado- que tomar la ampolleta y dirigirse a los dos aldeanos atónitos y algo recelosos además -no se sabe nunca qué intenciones traen los señores.

-Vengo a darles una buena noticia, amigos -declaró con afabilidad y hasta con cariño el arcipreste.

-¿Una buena noticia? Amén y así sea -barbotó socarronamente el tío Juan-, que malas ya vienen todos los días, señor.

-Pues esta es tan buena, y, diré más, tan excelente, que otra así no la habrá recibido nadie de la parroquia, y pocos, muy pocos, en el mundo; sólo los escogidos, los designados por Dios y favorecidos con su especial misericordia, podrán recibirla igual. ¡Alégrense, mis amigos! Prepárense a dar gracias a la Providencia.

La vieja se decidió a soltar de la mano la ristra de cebollas, y se aproximó, abriendo su bocaza sin dientes, sombría. El del Aguardiente guiñó los ojuelos, rezongando:

-A ver luego si nos ha caído una grande herencia de muchos intereses, señor abad.

-Mejor es que una herencia; mejor que cuantos bienes terrenales les cayesen, ¿se hacen cargo? Es que su hijo, Antonio, el fruto de sus entrañas, ha sido elegido, ¡qué gloria tan incomparable!, para dar testimonio de Cristo... Allá en unas tierras que están muy, muy lejos de aquí, su hijo ha confesado la fe, y la Iglesia, dentro de poco, le colocará en los altares, ¿entienden ustedes bien?, en los altares, donde todos nos arrodillaremos para pedirle que interceda por nosotros...

-Sí, todos le pediremos, será nuestro abogado -afirmó el obispo, cruzando las manos fervorosamente, en un transporte de su hermosa alma, rebosante de piedad y unción.

La madre -laboriosa, tardíamente- adivinó algo extraño. ¿En los altares? ¿Qué era aquello? ¿Sería...? Y, encarándose con el arcipreste, interrogó agresiva y ronca:

-¿Hanle matado? Me diga. ¿Hanle matado?

-Su alma -respondió el arcipreste- subió gloriosa al cielo, después de sufrir el cuerpo miserable tormentos muy crueles, que no consiguieron quebrantar su ánimo. ¡Esa es su corona! -añadió, conmovido también, mientras el obispo, gravemente, trazaba en el aire la bendición sobre las cabezas de los padres del santo.

La mal hablada callaba... Algo oscuro se removía en el fondo de su ser; algo que era a la vez sentimiento y brutalidad, pena y protesta, y que se resolvió en lágrimas tardías, más que derramadas, exudadas por los encarnizados, durísimos ojos... Y al fin, arrancándose las greñas grises, hiriéndose el huesudo pecho con las manos nudosas y negras, exclamó desesperada:

-¡Antón! ¡Antoniño! ¡Yalma mía! ¡Siempre lo dije, siempre lo dije, que habías de morir de mala muerte! ¡De muerte fea!

Hubo un movimiento de indignación en los familiares, en los señores del acompañamiento... Solo el obispo no se enojó... Volviéndose al arcipreste, murmuró:

-Es la madre. Silencio. Dadles el dinero que se pueda, y vámonos.

El arcipreste se encogió de hombros y, en confianza, me susurró a mí:

-En vez de ir a predicar al Japón, debió quedarse predicando en su parroquia San Antonio... Falta hacía...