Los repulgos de san Benito

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Tradiciones peruanas - Novena serie
Los repulgos de san Benito

de Ricardo Palma


Si Deus non fuera Deus,sant
Antonio seria... ¡ un corno !

(Decires portugueses)

Los pocos mataperros de 1845 que aun comen pan en esta metrópoli limeña, recordarán al hermano Piojo blanco lego profeso del convento de San Francisco. Me parece que lo estoy viendo en pleno ejercicio de sus funciones de cuidador ó sacristán del altar de san Benito, santo del que era gran devoto.

El apodo de Piojo blanco veníale de que el pigmento ó materia colorante de su piel era de la naturaleza que caracteriza a los hombres que la ciencia denomina albinos.

El buen lego se había familiarizado tanto con san Benito que, cuando empleaba el plumero para sacudir el polvo del altar, lo hacía platicando con la efigie; y tan grande era su alucinación que afirmaba, formalmente, que el santo le respondía y que, en conversación íntima, lo había puesto al corriente en cosas de la otra vida.

Yo no sé por qué (pues no he tenido un cuarto de hora ocioso para leer la vida del santo) exhiben en los altares al bienaventurado italiano con rostro y manos de negro retinto. Sospecho que será por encomiar en él la virtud de la humildad; y si no estoy en lo cierto, que no valga.

En materia de santos milagreros disputábanse la palma, en Lima y por aquellos años, san Antonio y san Benito. Hoy son un par de panfilos al lado de san Expedito que ha alcanzado á destronarlos, si bien me aseguran que el actual Padre Santo se propone privar de santidad al susodicho don Expedito declarando nulos y sin valor sus milagros. Sea lo que Dios y su merced quieran, que a mí la cosa me importa un pepinillo en escabeche.

Un grupo de granujas entre los que yo militaba, solía por la tarde, rodear a Piojo blanco en el atrio de San Francisco, y el bendito hermano no se hacía rogar para dar suelta A la sin hueso ni pelos, relatándonos maravillas de san Benito. Ciegos A los que el santo hizo recobrar la vista, cojos A los que mandó arrojar la muleta, Magdalenas arrepentidas, picaros que se metieron frailes, cadáveres que se echaron A caminar; en fin... ¡la mar de milagros!

Uno de mis camaradas, que era un chico con más trastienda que una botica y más resabioso que un cornúpeta de lá Rinconada de Mala, interrumpió al narrador diciéndole:

—En resumidas cuentas, hermano; si su san Benito es tan poderoso, bien puede competir con Dios, echarle la zancadilla y reemplazarlo.

—Me parece— contestó el lego con el aplomo de un sectario entusiasta,— y hasta creo que su merced no lo haría mal en el oficio de Dios.

— ¡Cómo! ¡Qué herejía! ¿Cómo es eso ?— exclamamos en coro y escandalizados los muchachos.

—No crean ustedes— prosiguió el hermano,— que en el cielo no haya, como en la tierra, descontentos y bochincheros. Que los hay, lo sé de buena tinta; y diré á ustedes en confianza (y ¡cuidado! con que me comprometan contándoselo al Comisario del barrio ó al Intendente de policía) que una vez varios santos demagogos le propusieron á san Benito que fue se Dios

—¿Y qué contestó el negrito?— preguntó uno de nosotros.

— Contestó... que no quería ser Dios ni con plata encima, ni aunque lo fusilaran, hicieran cuartos ó lo convirtieran en picadillo. Esto me lo ha dicho el mismo san Benito, en conversación que tuvimos hace ocho días.

—Pero le habrá dicho también el por qué no quiere ser Dios— dijo un granujilla que, por lo espiritado, parecía que estaba haciendo estudios escolares para convertirse en alambre.

— ¡Vaya si me lo ha dicho! Sepan ustedes que san Benito discurre que el oficio de Dios ha de ser oficio muy cócora, y que al que lo ejerce debe repudrírsele la sangre palpando que, no obstante su tan cacareada omnipotencia, no logra tener á todos satisfechos y contentos.

*

Saco en limpio de estas palabras de Piojo Blanco que el ser Presidente de la república ha de ser bocado más apetitoso que el de ser Dios; pues no ha llegado a mi noticia que candidato alguno haya hecho ascos al puesto alegando los repulgos de san Benito. El que nos diga no quiero será porque encuentre que las uvas no están maduras; pero no por miedo á las desazones del mando ni á la cosecha de espinas.