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Más pueden celos que amor/Acto I

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Más pueden celos que amor
de Félix Lope de Vega y Carpio
Acto I

Acto I

Salen Octavia dama, y Marcelo criado
MARCELO:

  Hermosa Octavia, si posible fuera,
que igualara mi amor tu entendimiento,
con lealtad de vasallo respondiera
a tu desesperado pensamiento
y con ejemplos vivos presumiera,
si no la causa, reducir tu intento
al más seguro medio que han tenido,
contra fuerzas de amor, armas de olvido.
  ¿Tú a Francia, tú corriendo disfrazada
de Navarra a Paris, tú sin sosiego,
de tu honor y tus deudos olvidada,
te precipitas a un error tan ciego?
¿Qué simple mariposa enamorada,
no huye veloz la actividad del fuego,
costándole las alas la porfía,
después que conoció que no era el día?

OCTAVIA:

  Marcelo, si tú propones
de amor la invencible fuerza
para persuadir mis celos,
más me animas que me templas.
Y para que no presumas
que te llamé de la aldea,
sin notable confïanza
de tu hidalga gentileza,
aunque solo te he contado
que amor a Francia me lleva,
con el disfraz atrevido
que mi pensamiento intenta,
agora de todo punto,
quiero, Marcelo, que sepas
que es amor y quién me obliga
a que tal hazaña emprenda;
pero advirtiendo primero
que de locuras como estas
y en mujeres de valor
están las historias llenas.
El Conde de Ribadeo
vino, Marcelo, a esta tierra
a ver una hermana suya,
—bien conoces la condesa
de Lerín— que está casada,
si de sus bodas te acuerdas,
con don Carlos de Beamonte;
convidada estuve a ellas.

OCTAVIA:

Las galas, la bizarría,
y algún despejo, o ya sea
mi entendimiento, que algunos,
aunque engañados, celebran,
dieron ocasión al Conde
—que quien dice que es estrella,
mucho quita a lo bizarro
y mucho a lo hermoso niega—,
para que pusiese en mí
los ojos con tanta fuerza
que le costó la porfía
lo que el desprecio me cuesta.
Un año estuvo en Navarra,
donde no sé cómo pueda
pintarte su loco amor
y mi rebelde aspereza.
Intentaba siempre el Conde
con servicios y con fiestas,
vencer mi necia porfía,
si no habiendo amor es necia.
¿Qué mañana puso el alba
sobre los montes apenas
los pies de rosa en la nieve
primero que en verdes hierbas,
que no le hallase mirando
por los hierros de mis rejas
si era el sol el que salía
por el Oriente o por ellas?

OCTAVIA:

Nunca en brazos de la noche,
con amores de su ausencia,
cayó desmayado el día
que no le hallase a mis puertas;
no negaba a sus visitas
la cortés correspondencia
debida a la obligación;
mas quiero también que adviertas
que mesurado en la silla,
yo en la almohada compuesta,
él era Adonis pintado
y yo era Venus de piedra.
A sus cartas amorosas
nunca yo negué respuesta,
mas tan frías, que iban todas
con su firma y con su fecha,
porque papeles sin alma
son rótulos de comedia
que solo dicen el nombre
para que vayan a ella.
Venció el oro muchas veces
—que es el rey de los planetas
como retrato del sol
y de sus rayos materia—,
las crïadas de mi casa,
porque doncellas y dueñas
nunca son para las damas
los dragones de Medea.

OCTAVIA:

Dieron la puerta a un jardín
donde una fuente risueña
me llevaba algunas noches
a ver sus fingidas perlas.
No me enojé, que antes quise
que cortésmente creciera,
que no teme quien no ama
aunque los sucesos tema.
En unos asientos verdes,
amor y desdén se asientan;
él se turba y yo me burlo,
murmura el agua y se queja.
Perdió el Conde la ocasión,
que aunque no sufriera fuerza,
cuando no se coge el fruto
hay flores que le prometan.
Necio es el hombre que a solas
así los efectos trueca,
que aguarda, siendo él galán,
a que la dama lo sea.
Ya se asomaba la aurora
por el balcón de azucenas
con lucientes intervalos
de su dorada cabeza
para darle más lugar,
como piadosa tercera.

OCTAVIA:

Mas cuando le vio tan mudo,
que quien ama no respeta,
arrojó de un golpe el día,
él se halló del jardín fuera
y yo fuera de peligro
vengándome de mis dueñas.
Si hasta allí me parecía
el Conde como una de ellas,
mucho más de allí adelante;
que tan pocas diligencias
a nuestra imaginación
arguye muchas flaquezas;
que para guerras de amor
acobardan tales señas,
porque los buenos soldados
no hay cosa que no acometan.
En medio de estos desdenes
y de estas frías finezas,
tuvo cartas de Castilla
y fue forzosa su ausencia.
Mandole el rey don Alonso
que partiese a Francia apriesa,
particular embajada,
digna de su sangre y prendas,
que pide el francés Delfín
la castellana princesa
y para conclusión,
es la embajada postrera.

OCTAVIA:

¿Quieres, Marcelo, creer
una cosa, la más nueva
que has oído, o yo me engaño?
Que en nuestra naturaleza
puso una veleta el cielo,
de tan mudable asistencia,
que no hay viento que la embista
que pueda tener firmeza.
Apenas se partió el Conde ,
dejándome de sus penas
en sus lágrimas testigos
y lástima de sus quejas,
cuando comencé a pensar
y, pensando en mí y en ellas,
echaron menos mis burlas
tantas amorosas veras.
De imaginar mis desdenes
y aquellas finezas tiernas
vine a enfadarme de mí
y vengueme en mi tristeza.
Pero pasando los días,
que no hay cosa que no envuelvan
en su olvido, me espanté
de imaginación tan necia.

OCTAVIA:

En esta sazón de Francia,
vino a Navarra don Vela,
preguntele por el Conde
y diome de él estas nuevas:
«Tiene el duque de Alansón,
Octavia, una hermana bella,
Leonor en nombre; en la gracia,
Venus, Sol en la belleza.
El Conde de Ribadeo,
perdido de amor por ella,
tan castellano la adora,
tan portugúes la festeja,
que en todo París se dice
que se casará con ella,
que de públicos favores
esto es justo que se entienda».
¿Quién dirá que puede ser
del alma tan grande ofensa
que lo que no pudo amor
celos tan ya justos puedan?
A tanto llegó mi envidia
—si es bien que la envidia sea
difinición de los celos—
que solamente me queda
para no perder la vida,
una esperanza tan negra
como es ir a ver al Conde
y estorbar con diligencias
que no se case, si amor
de lo que olvida se acuerda.

OCTAVIA:

No quiero consejo ya
que perdida, estoy resuelta,
enamorada, celosa,
ausente, de temor llena,
arrepentida por loca,
desesperada por cuerda,
sin remedio por mi culpa,
sin gusto por mi soberbia,
y finalmente, tan triste,
que entre celos y sospechas,
retrato una muerte viva
y soy una vida muerta .
Sale Nuño, criado, de camino

NUÑO:

  Para la priesa que has dado,
señora, en esta partida,
o ya estás arrepentida
o es descuido tu cuidado.
  ¿Quedámonos en Navarra
o habemos de ir a París?

OCTAVIA:

(Pensamiento, ¿qué decís?)

NUÑO:

Ponte a caballo bizarra
  con el traje de varón
en que disfrazarte quieres.

OCTAVIA:

Si sabes de las mujeres
la inconstante condición
  Nuño, ¿para qué te admiras
de que tan suspensa esté?

NUÑO:

Pues, si relámpago fue
de aquellas celosas iras,
  serena, señora, el cielo
y cese la tempestad,
si con debida lealtad
te desengaña Marcelo,
  y dame el vestido a mí
que bien le habré menester
y haré las postas volver.

OCTAVIA:

Hablaré conmigo en mí.
  (– En tal determinación
y como loca imposible,
dime, amor: ¿será posible
tan injusta ejecución?
  – Pregúnteselo a los celos.
– Celos, ¿iremos o no?
Porque quedándome yo
me matareis a desvelos.
  – Parte con ánimo, Octavia,
porque si somos locura,
quien darnos seso procura,
lo mismo que quiere agravia.
  Parte con igual valor
pues el agravio te esfuerza,
que aunque amor tiene gran fuerza,
más pueden celos que amor).

NUÑO:

  ¿Qué salió de la consulta?

OCTAVIA:

Que parta a Francia decreto
de mis celos.

NUÑO:

En efeto,
son celos locura oculta,
  y en ti declarado pica.
Adonde te pierdas parte
que no quiero replicarte,
pues Marcelo no replica.

MARCELO:

  Yo, Nuño, ¿qué puedo hacer?

NUÑO:

Bien dices, solo partir.

MARCELO:

Una ley tiene el servir.

NUÑO:

¿Y es?

MARCELO:

Callar y obedecer.

Vanse


Salen [n] el Conde de Ribadeo, Leonor, dama, y criados
LEONOR:

  Suplico a vueseñoría
se quede, que no es razón.

CONDE:

Quejarase la ocasión
y negará que fue mía.

LEONOR:

Aunque es cortés, es porfía.

CONDE:

¿Cuándo el amor no lo fue?
Y más que es justo que esté
quejoso de ser cobarde
que a quien se arrepiente tarde,
no le aprovecha la fe.
  La carroza no ha llegado
y es justo que me escuchéis.

LEONOR:

Vos, Conde , lo merecéis.

CONDE:

Mucho me habéis obligado
y así quiere mi cuidado,
de agradecido advertiros
que el deseo de serviros
tantas almas os envía
como instantes tiene el día
en brazos de mis suspiros.
  Desde que vine de España
y en aquella fiesta os vi,
mi patria fue para mí
bárbara, inculta y estraña.
Mi verdad os desengaña
y el alma que vive en vos,
que los dos, si quiere Dios,
juntos iremos a ella
cuando el Duque, Leonor bella,
nos dé la mano a los dos.
  Estos cuidados le dan
tanta guerra a mi sentido,
que os hablé como marido
cuando esperaba galán;
ya mis deseos están
con mi amor tan concertados
que previene sus cuidados,
a vuestro valor atentos,
galanes los pensamientos
y los requiebros casados.

CONDE:

  Mirad, madama Leonor,
como por mí mismo quiero,
sin ayuda de tercero,
manifestaros mi amor.
Este es el papel mejor,
este el más galán paseo
de un alto y dichoso empleo;
que no es menester papel
donde la lengua sin él
puede escribir su deseo.
  Y si el Duque, vuestro hermano,
de españoles grande amigo,
hoy lo quiere ser conmigo,
hoy me habéis de dar la mano;
y si es pensamiento en vano,
despedid mi confïanza,
que quien pretende y no alcanza
de su amor satisfación,
si pierde la posesión,
no ha de tener esperanza.

LEONOR:

  A tantas obligaciones
como debo agradecer
mejor podrán responder
las obras que las razones.
Estas son satisfaciones
de tan honrados intentos
y crean los pensamientos
más tiernos y enamorados,
que de plazos y cuidados,
abrevian los casamientos.
  No llamaré tierra estraña
a España yo para mí,
porque si en Francia nací,
quiero morir en España.
No será de amor hazaña,
cuando con méritos tales
el amor nos hace iguales,
porque con igual valor
ya es razón y no es amor,
que iguala amor desiguales.
  Es el duque de Alansón
tan español por la vida,
que será de él bien oída
vuestra justa pretensión;
y aunque se funda en razón
este amor, que había de ser
sin razón para tener
fuerza de amor, le agradezco
la razón con que os ofrezco
ser, Conde , vuestra mujer.
  Ya la carroza está aquí,
no paséis más adelante.

CONDE:

Quedo, señora, arrogante
y quedo fuera de mí.

LEONOR:

Para serviros nací.

CONDE:

Templad el favor, por Dios;
no os olvidéis que sois vos,
que puede ser que por él
me envidie amor y yo a él,
y nos matemos los dos.

Vase Leonor con su gente y queda[n] El Conde y Mendoza
CONDE:

  Ya, Mendoza, yo y mi amor
rematado habemos cuentas.

MENDOZA:

Agora sí me contentas,
que has hablado con valor.
  En Navarra tu frialdad,
que siempre al amor agravia,
fue causa de que en Octavia
no imprimieses voluntad.
  Notable milagro ha sido
haberla, Conde , olvidado.

CONDE:

No hace mucho un despreciado,
que el desprecio causa olvido.
  En las partes de Leonor,
cuando Octavia me quisiera,
aun pienso que hallar pudiera
remedio contra su amor .

MARCELO:

  Ya estás contento y vengado,
pues enamorado estás.

CONDE:

Y aun no sé cuál estoy más,
vengado o enamorado.

MENDOZA:

  El Príncipe sale y creo
que te ha visto y viene [a] hablarte.

CONDE:

Pues retírate a una parte
si me busca su deseo,
  que le di un retrato ayer
de la castellana Infanta.

MENDOZA:

Que enamore amor espanta
por oír como por ver.
Sale el príncipe Carlos

PRÍNCIPE:

  Señor Embajador.

CONDE:

Invicto Carlos.

PRÍNCIPE:

Vuestra amistad deseo.

CONDE:

Y yo los míos, gran señor, mostrarlos
en tan dichoso empleo,
porque con vos no tiene parte alguna
el tiempo, y la lisonja, y la fortuna .
Sois de los sabios verdadero amigo,
premiáis el bien y dais al mal castigo.
Tenéis cerca de vos ilustre gente
que os dice bien de todo;
no aquellos que nacidos bajamente,
con envidioso modo,
quieren que nadie tenga entendimiento,
siendo claro argumento
que son del vuestro agravios
el que ellos solos quieran ser los sabios .
Tenéis palabras a su tiempo graves,
y con respuestas blandas y süaves
salen de vuestro oído
el que en la guerra o paz os ha servido
contento y satisfecho;
porque cuando merced no le hayáis hecho,
le basta al que pelea y al que escribe
el ver que de su rey en gracia vive.
Siempre estáis empleado
en estudios que alientan, y no impiden
del gobierno el cuidado
que del cetro real las leyes piden;
porque tan bien un príncipe parece,
cuando ocasión se ofrece,
con la pluma en los libros ocupado,
como con el bastón en campo armado.
Honráis los templos, que es la acción primera
de vuestro cristianísimo apellido,
de los contrarios de la fe temido,
porque si no es de Dios, ¿de quién espera
buen suceso el imperio soberano
si el corazón del rey está en su mano?

PRÍNCIPE:

¿Qué os parece París?

CONDE:

Máquina hermosa
que a la ciudad de Nino populosa
puede hacer competencia,
y más con vuestra espléndida asistencia.

PRÍNCIPE:

¿Qué os parecen sus nobles caballeros?

CONDE:

Que aun viven en París los doce Pares
que fueron en el mundo los primeros
testigos, tanta tierra y tantos mares
como por ellos conquistar fue visto,
hasta el sacro pirámide de Cristo,
valor de aquel Godofredo
que puso al Asia miedo,
y donde su creciente tuvo el moro
la flor de lis azul en campo de oro.

PRÍNCIPE:

¿Qué os parecen sus damas?

CONDE:

Cárcel de amor y de su esfera llamas,
pero ninguna iguala a mi señora
la infanta, como en nombre Blanca Aurora,
por quien, embajador, vengo a casaros.

PRÍNCIPE:

Y yo para advertiros e informaros
que vais en los conciertos más despacio,
que yo sé que saliendo de palacio
habéis visto una dama,
—pues siempre la verdad venció la fama—,
más perfeta y hermosa,
que con el alba sale entre su risa
de la verde prisión la fresca rosa
y del botón la roja manutisa
cuyo vestido, que al rubí colora,
guarnece de sus perlas el aurora.

CONDE:

Alaba Vuestra Alteza
con atención y gusto la belleza
de madama Leonor, pero no iguala
ni la hermosura, ni la gracia y gala
de Blanca, mi señora.

PRÍNCIPE:

Quedad, Conde , advertido desde agora,
que me conviene, a su servicio atento,
que dilatéis de Blanca el casamiento,
que aunque no he de casar con mi vasalla,
quiere mi grande amor solicitalla
en tanto que dilatan los conciertos,
hasta que se concluyan siempre inciertos,
las cartas que vendrán a vuestra mano;
porque tengo por llano
que siendo vos mi amigo
y del secreto de este amor testigo,
ayudaréis mi intento,
que esto no ha de estorbar el casamiento,
que aun es muy niña Blanca para esposa,
y en tanto puedo de Leonor hermosa
conseguir de mi amor algún efeto .
Esto basta, español, pues sois discreto.

Vase


CONDE:

  ¡Buen lance habemos echado,
Mendoza amigo, por Dios!

MENDOZA:

Pues, ¿qué es lo que aquí los dos
a solas habéis tratado?

CONDE:

  El Príncipe está perdido
por Leonor.

MENDOZA:

Pues, ¿a qué efecto
te lo ha dicho?

CONDE:

Con secreto
me ha mandado y advertido
  que dilate el casamiento
y las cartas de Castilla,
y aunque no me maravilla
su amoroso pensamiento
  siendo tan bella Leonor,
soy dos veces desdichado:
por amante mal fundado
y por necio embajador,
  que habiendo de competir
con el poder singular,
ni a Blanca puedo casar
ni a Leonor puedo servir.
  Apenas los dos aquí
de casarnos concertamos
y la palabra juramos
que ella me dio y yo le di,
  cuando, como suele haber
algún grave impedimento,
deshacen mi casamiento
fortuna, amor y poder.
  Suele en la hierba de un prado
ir un sonoro arroyuelo
y hallar por el verde suelo
el libre paso atajado
  del labrador que le cerca,
y rebalsando el cristal,
asomarse, bien o mal,
por encima de la cerca.
  Ansí yo, cuando corriendo
iba con mi loco amor,
hallo que un rey a Leonor
me va el paso deteniendo;
  mas yo que del justo intento,
me veo volver atrás,
cuanto me detiene más,
más crece mi pensamiento,
  y como arroyo sonoro
que excede con el cristal
el atajo, bien o mal
pasaré a Leonor que adoro.

MENDOZA:

  Mal se podrá resistir
tan fuerte competidor,
y hubiera sido mejor
que le supieras decir
  el casamiento tratado;
que un príncipe generoso ,
del pensamiento amoroso
quedará desengañado;
  y como suele romper
con el azadón al muro
el labrador, y del puro
arroyo el agua correr,
  así pudiera tu amor
hallar paso a tus intentos,
atajando pensamientos
del Príncipe con Leonor.

CONDE:

  No sé si fuera acertado;
quiero esperar su consejo,
pues en su firmeza dejo
de mi remedio el cuidado.
  Bien fuera haberla pedido
a su hermano por mujer,
con que quedara el poder
desengañado y vencido.
  Quiero advertirle.

MENDOZA:

Recelo
que emprendes un imposible.

CONDE:

Al amor todo es posible
y todo posible al cielo.

Vanse
Salen el duque de Alansón y Leonor, su hermana
DUQUE:

  Parece que hablas con gusto
del embajador de España.

LEONOR:

Tanta virtud le acompaña,
que hablar bien del Conde es justo,
  y es lisonja para ti
de españoles hablar bien

DUQUE:

Si para ti lo es también,
hurtarasme el gusto a mí.
  Conocí aquella nación
en España por dos años
que allí estuve, y son engaños
de siniestra información
  decir de españoles mal.
Yo, como los he tratado,
vine de España obligado
a correspondencia igual
  y a quererlos siempre bien.

LEONOR:

Pienso que mi inclinación
te ha dado, Arnaldo, ocasión
para probarme también.

DUQUE:

  Malicia es esa, Leonor,
por El Conde castellano.

LEONOR:

Por galán y cortesano
general merece amor.

DUQUE:

  Nunca faltan ocasiones
sobre algunos intereses
a españoles y franceses,
dos belicosas naciones;
  que aunque sangre real
los junte por casamientos,
siempre están como elementos
en contienda natural.

LEONOR:

  ¿De qué nace?

DUQUE:

De querer
el imperio del valor,
alta presunción de honor,
imposible de vencer,
  porque el cielo no se parte
ni puede haber más de un sol.

Sale Finea , criada
FINEA:

Un caballero español
de camino quiere hablarte.

DUQUE:

  ¿Habló castellano?

FINEA:

Sí,
que es la lengua conocida.

DUQUE:

¿Es viejo o mozo?

FINEA:

En mi vida
mozo más gallardo vi.

DUQUE:

  Pues retírate, Leonor.

LEONOR:

Necios celos.

DUQUE:

No te vayas
si tienes por necedad
que se recate una dama
de un hombre que no conoce.
¿Dónde queda?

FINEA:

Afuera aguarda.

DUQUE:

Dile que entre.

Sale Octavia vestida de hombre de camino, con botas y espuelas; Nuño con fieltro y botazas, y Marcelo


OCTAVIA:

¡Plegue a Dios
que de estas fingidas cartas
surta el efecto que espero!

MARCELO:

A quien te conoce y trata,
le parecerás lo que eres
aunque el traje te disfraza;
a quien no, tan hombre ofreces
bizarra presencia, Octavia,
como se ha visto en las villas
y tierras por donde pasas.

NUÑO:

La inclinación de las hembras
de las ventas y posadas
ha sido cosa de locos.
Cierta pelirrubia dama
me daba a mí de ribete
cuatro doblones de España,
y aquella noche sin duda
que tu lugar ocupara,
si se pudiera encubrir
la presunción de la barba.

FINEA:

Bien podéis llegar, señores,
que aquí está el Duque y su hermana.

OCTAVIA:

Excelentísimo Duque
y vos, hermosa madama,
dad los pies a un caballero
que la sombra de esta casa
viene a tener por sagrado
de cierta honrosa desgracia;
que un príncipe de la sangre,
desde que nace, obligada
la tiene que favorecer
a los que de ella se amparan.
Yo soy, duque de Alansón…,
pero mejor estas cartas
os dirán quién soy por mí.

DUQUE:

¿De quién?

OCTAVIA:

Del rey de Navarra.

DUQUE:

En viendo vuestra persona
no es la carta necesaria;
decid quién sois y también,
de vuestro intento la causa.

OCTAVIA:

  Ilustrísimo Duque, y vos, divina
Leonor, por quien naturaleza goza
el nombre de pintura peregrina,
yo soy El Conde Enrique de Mendoza.
Apenas cinco lustros la cortina
del sol corrió su espléndida carroza,
desde el primero de mis años día,
cuando ya la fortuna me seguía.
  La envidia siempre grave en hombres graves ,
púsome a mí por blanco de sus flechas,
como suele el concurso de la aves,
pájaro que de noche canta endechas.
Ni están seguras por el mar las naves,
ni torres altas de diamantes hechas
a los rayos que Júpiter destina,
ni de la envidia, la virtud divina.
  Era del vulgo popular bien visto
y de las damas con aplauso incierto,
unas dejo de amar, otras conquisto,
y sin ajeno agravio me divierto.
En siendo por sus méritos bienquisto ,
un caballero esté seguro y cierto
que ha de perder la patria o verse tarde
libre de opinión de ser cobarde.

OCTAVIA:

  Si a la plaza, tal vez, galán salía,
tal dicha con los toros me aguardaba,
que donde el hierro del rejón ponía
la cerviz arrugada reclinaba;
si sacaba la espada y la esgrimía,
de tal manera el cuello le cortaba,
que pasando los filos con destreza,
llevaba entre las manos la cabeza;
  si a la celada en justa eché los lazos
de muchas lanzas, vino de una sola
descalabrar el aire los pedazos,
rompidas en el oro de la gola;
que desarmar el peto y guardabrazos
era como volar una amapola
el cierzo en trigo, o el arroyo airado
lamer la hierba hasta la arena al prado.
  Tal vez que por los montes de Navarra,
oyendo de los perros el estruendo,
por el romero y cárdena pizarra,
iba el cerdoso jabalí huyendo ,
o a pie, con el venablo, de bizarra
persona a la palestra disponiendo,
le esperaba con ánimo valiente,
o con el pardo plomo en polvo ardiente.
  Amaba en este tiempo una señora,
sangre de los Beamontes, de hermosura
tan sin igual, que el sol [también] la adora,
por Laura en nombre, y como Dafnes dura.

OCTAVIA:

De esta don Juan Abarca se enamora,
clara sangre de rey sin parte oscura.
De día y a mis ojos la pretende,
y de noche las rejas me defiende.
  Amante finalmente e importuno,
hablalla, solicita y pasealla;
hablaron las espadas y ninguno
habló con Laura aunque intentaba hablalla;
así dos toros, cuando vence el uno,
huyendo el otro la campal batalla,
deja en la selva con mugidos roncos,
los espumosos celos en los troncos.
  Salí galán a la carrera un día
en un rucïo de color , pintada
de tal suerte la piel que parecía
sayal de capa de pastor nevada,
tan natural del aire que corría
sin que debiese al acicate nada,
que como andaba siempre por el viento,
con razón le llamaron pensamiento.
  Don Juan, al mismo paso y bizarría,
la bella Laura en un balcón miraba,
que el clavel de la boca guarnecía
con otro natural que la envidiaba.

OCTAVIA:

En fin, como a don Juan aborrecía,
arrojómelo al tiempo que pasaba,
quedando el alma a su favor tan loca,
que pensé que eran partes de su boca.
  Mas, ¿para qué dilato vanamente
el fin de amor y celos tan injustos?
Pues sobre este clavel necio y valiente
vengó en palabras tales sus disgustos.
Discreto el Rey y la ocasión presente,
componiendo las armas, no los gustos,
nos hizo amigos; pero mal contento,
don Juan puso en matarme el pensamiento.
  Eso intentó de noche, pero en vano,
que en la calle de Laura quedó muerto,
disculpándome el Rey, porque fue llano
que yo guardé la fe de su concierto.
Y así, airado con él, conmigo humano,
por sosegar el reino, que es lo cierto,
con estas cartas, Duque, a vos me envía;
esta es la historia y la desdicha mía.

DUQUE:

  Yo quedo bien informado,
Conde, de vuestro valor
y de nuevo os doy mis brazos.

OCTAVIA:

Mi amparo y sagrado sois .

DUQUE:

No fue mucho que la patria
os tratase con rigor,
que no ser acepto en ella
fueron palabras de Dios.
No leo del Rey la carta,
Enrique, hasta daros hoy,
como aposento en mi casa,
lugar en el corazón.

OCTAVIA:

Mil veces la mano os beso.

DUQUE:

El cargo a mi hermana doy
para que muestre que es mía,
en serviros como yo.

LEONOR:

A sagrado habéis venido,
que el Duque en toda ocasión,
como en el cuerpo francés
es en el alma español.
No hacemos mucho en serviros
sin carta del Rey, por vos,
que vuestros merecimientos
son dignos de más favor.

OCTAVIA:

Es imposible, madama,
que de tanta obligación
aun puedan salir las obras
por quien vuestro esclavo soy;
cuanto más daros palabras,
que respuesta no es razón,
que salgan a la fïanza.
Y así tengo por mejor
que os dé el alma con silencio
debida satisfación;
vos seáis en mis desdichas,
como fortuna mayor,
el norte que al puerto guíe
mi estraña navegación.

Sale Fabricio
FABRICIO:

  Aquí el embajador de España aguarda
licencia para verte.

OCTAVIA:

Si algún hombre
de España me acobarda,
es este caballero, cuyo nombre,
cuanto más su persona, me da miedo.

DUQUE:

¿Por qué siendo español?

OCTAVIA:

Porque no puedo
tener de quien guardarme justamente,
con más razón que es de don Juan pariente.

DUQUE:

  Pésame porque El Conde es nuestro amigo;
mas bien podéis aquí vivir secreto,
que solo vos de vos seréis testigo,

OCTAVIA:

¿Ese favor me habéis de hacer?

DUQUE:

Prometo
de no decir al Conde cosa alguna
de vuestra adversa o próspera fortuna.
Yo voy [a] hablalle.

OCTAVIA:

Y yo, de agradecido,
la mano generosa, Duque, os pido.

Vase el Duque
LEONOR:

  También a mí me ha pesado
que vuestro amigo no sea
el embajador de España,
porque de su gentileza
estamos el Duque y yo
pagados de tal manera
que el parentesco mayor
entre los dos se concierta.
Y si queréis que le hablemos
para que él os favorezca,
yo sé que lo hará por mí.

OCTAVIA:

No me conviene que sepa
que estoy en Francia, madama,
y admírome de que tenga
tanto atrevimiento el Conde ,
que siendo quien sois pretenda
casarse con vos, estando
casado en Navarra.

LEONOR:

Hoy llega
esta nueva a mis oídos,
y no sé yo cómo pueda
ser verdad.

OCTAVIA:

¡Pluguiera a Dios,
madama, que no lo fuera!
Doña Octavia de Navarra,
de sus Conde stables deuda,
es su mujer y mi hermana,
si bien solo estaban hechas
las diligencias que pide
para su efecto la Iglesia;
pero no podrá casarse
porque ha de cumplir por fuerza,
si no palabras infames ,
firmas y escrituras hechas,
sobre que se dice allá
que empeñado el honor queda
de nuestra casa, y de muchas
que nuestro apellido heredan.
Esto os digo en confïanza,
para que estando secreta
la causa, mudéis de intento.

LEONOR:

Segura en mi pecho queda,
y tan grande obligación
es justo que os agradezca,
porque confieso que amor
sobre tan seguras prendas
como el casarme con él ,
halló del alma la puerta
tan rendida, que se pudo
entrar a vivir en ella;
mas yo le echaré tan presto
que salga con más violencia
que pajarillo que, rota
la jaula, en el aire vuela;
o rayo en la tempestad,
o por el viento cometa
que parece que veloz
adonde acaba comienza.
Venid, no sea que el Duque
mi hermano, si acaso piensa
que ya no estamos aquí,
con él a esta sala venga;
y fïad que de este aviso
mi voluntad agradezca
en lo que veréis después,
sea venganza o gusto sea.

OCTAVIA:

Yo cumplí la obligación
de caballero.

LEONOR:

Finea,
aposenta esos crïados.
Éntranse Leonor y Octavia

FINEA:

Hidalgos, conmigo vengan.

NUÑO:

¡Qué lindo aposentador!
Menos hermosa aposenta
la aurora al sol.

FINEA:

¡Oh, español,
no me ha visto y me requiebra!

NUÑO:

Somos p:or allá muy tiernos,
aunque a la usanza francesa
no haya por allá madamas;
que con las máscaras negras,
imprimen rosas en barbas,
cuya paz el alma eleva
en los éxtasis de almíbar
que la voluntad despiertan.
Verdad es que hay unos mantos
que dejando descubierta
solo una ceja y un ojo,
no hay tal armada escopeta
que tantas almas derribe,
y más juntando con ella
el aparato de olor,
la gracia de la chinela,
el zapato o el chapín,
que cualquiera cosa de estas
hace una casa de locos;
que se suelen ir tras ella
por dondequiera que pasa.

FINEA:

Despacio me darás cuenta
de esas cosas, español.
Ven agora adonde sepas
el aposento en que vivas
como la cama en que duermas ,
que yo te marco por hombre,
que con tan poca vergüenza,
querrás pasarte a la mía.

NUÑO:

Deme en que estén las maletas,
y si mereciere amor,
ten por excelente mezcla
la de francés y española,
o de español y francesa,
que en dos juntas voluntades,
aunque en naciones diversas,
es la victoria la boca
y confúndense las lenguas.