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Más pueden celos que amor/Acto II

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Acto I
Más pueden celos que amor
de Félix Lope de Vega y Carpio
Acto II

Acto II

Salen el Conde y Mendoza
CONDE:

  Al cabo de tantos días,
eso responde Leonor.

MENDOZA:

Siempre mueren de rigor
enamoradas porfías.

CONDE:

  ¿Cómo puedo yo dejar
de servirla si la adoro?

MENDOZA:

Con algún cortés decoro
puedes tibiamente amar ,
  que la más firme mujer,
si tanta fineza mira,
o descuida o se retira,
que es arte y ciencia el querer.
  No se olvidaron los sabios
de hacer escuelas de amor.

CONDE:

Sí, mas fuera mucho error
dar por finezas agravios.
 

MENDOZA:

  Dile el papel a Finea,
porque no me dejó entrar,
de que pude sospechar
que despedirte desea;
  porque otras veces entré
con la francesa llaneza,
sin recatar su belleza
los méritos de su fe ,
  donde en cabello a quien debe
sus rizos al sol, la vía
sirviendo de celosía
a mil pedazos de nieve;
  y alargándole con risa
de un clavel puro y sutil,
a dos lunas de marfil
daba lugar la camisa.
  Mas agora en el estrado,
señor, tocada y vestida,
le manda que me despida
y vuelva el papel cerrado.

CONDE:

  ¿No te dijo la ocasión
de tanto rigor Finea?

MENDOZA:

¿Qué ocasión quieres que sea,
sino propia condición?
 

CONDE:

  No, Mendoza, ya lo entiendo;
cuando el Príncipe me habló
presumir pudiera yo
el daño que estoy sintiendo.
  Ella por él me ha dejado,
ofendiendo su valor,
sin que la obligue mi amor
ni el casamiento tratado.
  Si por su calle paseo,
como otras veces solía,
que daba la celosía
franco paso a mi deseo,
  agora, para señal
de aborrecerme, de suerte
la cierra, que al golpe fuerte
tiembla de miedo el cristal.
  Mal puesta en mi nacimiento
tengo de Venus la parte;
mejor me fuera con Marte ,
aunque es planeta sangriento.
  Mira tú lo que en España
por Octavia padecí,
y cómo también aquí
en Francia me desengaña
  la ingratitud de Leonor.
 

Sale Nuño

Hablando los dos están
con que lugar me darán
para pensarlo mejor.
  Quiere Octavia que, saliendo
por París, encuentre al Conde
para ver lo que responde
a lo que vamos fingiendo.
  No sé el fin que han de tener
tan desesperados celos,
pero ya me dan recelos
que en nuestro daño ha de ser,
  por venganza o por amor.
Que ya por amor será…
Pensando que es hombre, está
enamorada Leonor.
  No ha salido el sol flamante
cuando viene a visitar
a Octavia , sin dar lugar
a que se vista y levante.
  Cuidado y desvelo al fin
de ver en su cara hermosa
cómo se enciende la rosa,
cómo se nieva el jazmín.
  Y ella, en tanto que se viste,
discreta, como traidora,
con lo posible enamora
y lo imposible resiste.
  Mas ¿qué no podrá encender
fingiendo amor y afición
con acciones de varón
hermosura de mujer?
  Ya me han visto; haré que paso.
 

CONDE:

¿No es aquel hombre español?

MENDOZA:

Más claro que el mismo sol,
se ve en el aire del paso.

CONDE:

  ¡Ah, hidalgo!

NUÑO:

¿Quién en mi lengua
me ha llamado y conocido?

CONDE:

Españoles como vos.

NUÑO:

Conde y señor…

CONDE:

Nuño amigo,
¿eres tú, que no lo creo?

NUÑO:

Perdona el no haberte visto,
aunque supe que aquí estabas;
que como recién venido
tuve mil cosas que hacer;
y es notable laberinto
esta ciudad entre cuantas
cubre el celeste zafiro.
¿Es Mendoza?
 

MENDOZA:

¿No me ves?

NUÑO:

Con alma y brazos te brindo.

MENDOZA:

El alma y brazos te bebo ,
Nuño, con el amor mismo
a la salud.

NUÑO:

Ten la copa;
y di de Octavia, que ha sido
gran rigor no preguntar
por ella.

CONDE:

Su ingrato estilo
no merece más memoria.
 

NUÑO:

Nunca fue ingrata contigo;
que mujeres de valor
usan del grave artificio
hasta que les da licencia
aquel sagrado aforismo
de “¿Queréis a don Fulano
por vuestro esposo y marido?”
¿Qué había de hacer Octavia
después de ponerte a tiro
la caza, si en un jardín
estás más helado y tibio
que el mármol de aquella fuente,
de tu necedad testigo?
Salieron a darte baya
por los cándidos resquicios
del alba del sol los rayos
y las aves de sus nidos;
y tú, como labrador
para la boda vestido,
aguardando que te diese
la desposada un pellizco.
Te quejas de su crueldad
costándole mil suspiros
tu ausencia.
 

CONDE:

Ya es tarde, Nuño,
que el ausencia causa olvido.
Tiene el duque de Alansón
una hermana, un basilisco
de las almas por los ojos;
tiene una joya, un Cupido,
de diamantes una Venus,
en cuyo raro edificio
gastó la naturaleza
cuanto pudo y cuanto quiso,
porque quiso lo que pudo
como instrumento divino,
hasta quedar su riqueza
empeñada por mil siglos.
Esta, con manos de nieve,
de mi alma el fuego vivo
con que me abrasaba Octavia
olvidó , templó, deshizo
de las cenizas el Fénix;
otro Fénix puro y limpio
produce el sol con esmaltes
nuevos en plumajes rizos ;
y así, del amor pasado
sobre los aromas indios
el sol de Leonor produce
este pájaro fenicio.
 

CONDE:

Esta quiero, esta contemplo,
esta adoro y esta sirvo;
de esta soy embajador,
si hay embajador cautivo.
Con ella traté casarme,
y estando el sí concedido,
no sé qué fuerza de estrellas
nuevo amor, nuevos designios
la obligan a despreciarme;
y esto con tanto desvío,
que hoy me ha vuelto este papel,
que entre mil que ha recibido
vuelve cerrado a decir
que se quedó como un niño
que por no salir a luz
se fue para siempre al limbo.
Pero ¿cómo me olvidaba
de saber a qué has venido?

NUÑO:

A vender unos diamantes,
de la estrecheza testigos
a que han llegado estos tiempos.

CONDE:

Así por Francia se ha dicho.

NUÑO:

Ricos de cabello estamos,
pobres de dinero y trigo.
 

CONDE:

¿Tan estrechos tiempos corren?

NUÑO:

Tanto, que se ha enflaquecido
el lagarto de Santiago;
vuelta la espada en cuchillo,
de cada lado le falta
un dedo. Pues si te digo
a la invención que han llegado
los hurtos de los oficios,
será provocarte risa.

CONDE:

Ahora bien; vente conmigo
para que sepas mi casa,
y, aunque no tienes delitos,
te sirva de embajador.

NUÑO:

Justamente me retiro
por hombre que fía en suegros
y cuñados enemigos.
¡Oh solo dichoso Adán,
casado en el paraíso,
sin cuñado, con mujer
y sin abuelo con hijos!
¡Oh , valiente mujer Eva,
que ni celos ni vestidos
pidió jamás!
 

CONDE:

Calla Nuño;
mira que de ellas nacimos.

Vanse
Salen el Duque y Leonor
LEONOR:

  ¿Tan mudado semblante
Vuestra Excelencia conmigo?
De tan injusto castigo
está la culpa ignorante.
  Hay diferencia entre amores
y celos; que sus desvelos
declara amor, y los celos
tienen algo de traidores.
  Querer encubrir enojos
no es noble naturaleza
cuando escribe la tristeza
el sentimiento en sus ojos.
  ¿Para qué me tiene en calma
si me dan los ojos señas,
como ventanas pequeñas
por donde se asoma el alma?
 

DUQUE:

  Puesto, Leonor, que yo propuesto había
de no te declarar mi sentimiento,
habiéndole entendido, no sería
justo el silencio si el remedio intento.
Con peso igual la noche ayer tenía
el imperio del mundo al sueño atento,
ni daba resplandor estrella alguna
ni envuelta en sombras la menguante luna ,
  cuando viniendo a nuestra casa veo
dos hombres rebozados en la esquina
y otro en las rejas bajas, que el deseo
entre los hierros a la cuadra inclina.
Yo, conociendo que amoroso empleo
a ofensa de mi honor le desatina,
parto hacia él, y apenas él me advierte,
cuando, engañado, me habla de esta suerte:
  «Rodulfo —este Rodulfo es una ayuda
de cámara del Rey— dice Finea,
—¡ay de mi honor!— que está Leonor desnuda
y que ya no es posible que la vea ».
No de otra suerte la color me muda
que quien alguna flor cortar desea
y al extender la mano se la muerde
oculto el áspid en el tronco verde.
 

DUQUE:

  No era menos que el príncipe de Francia
quien por Rodulfo a mí, Leonor, me tuvo.
Mas cuando ya de mí menos distancia
y más recelo del engaño estuvo,
corrido de su bárbara ignorancia,
ni un instante en la calle se detuvo;
fuese con los demás y yo, turbado,
pasé la voz al corazón helado.
  Mal he dormido por pensar qué honesto
remedio hallaré yo contra un amante
tan poderoso y a mi ofensa puesto,
colérico en sus gustos y arrogante.
No quiero que me des disculpa de esto,
sino atajar el daño que adelante
puedo temer mirando en el sujeto
de un rey su libertad y mi respeto.
  Alborotar mi casa no es cordura,
sacarte de París es desacierto,
que intentará vengarse por ventura
y en mi ausencia intentar un desconcierto.
Paréceme la cosa más segura
casarte y abreviar cualquier concierto,
y más, Leonor, si con tu gusto hallase
un hombre que de Francia te llevase.
 

LEONOR:

  Aunque no me das licencia
de que pueda disculparme
de tu ofensa y de la mía,
puedo, Arnaldo, asegurarte
con que soy hermana tuya,
que es información bastante.
A Carlos no faltaría
persona que le engañase
de las que en tu casa tienes.

DUQUE:

Por tu vida, que no hables,
Leonor, en satisfaciones,
sino solo en que te cases.

LEONOR:

Yo presumo que esta priesa
debe de ser por casarte,
y echas a Carlos la culpa.

DUQUE:

Yo te suplico que trates
de remediar esta fuerza
y dejar de disculparte.
Yo he pensado que te mira,
si no es que también me engañe,
el embajador de España.
 

LEONOR:

Con él presumí casarme;
Pero supe que en Navarra
tiene obligaciones tales
a cierta dama Beamonte
que es fuerza que allá se case
este conde don Enrique.
Este Mendoza…

DUQUE:

No pases
adelante, porque yo
le tengo afición notable,
y con razón, porque en Francia,
Italia, Alemania y Flandes
nunca he visto caballero
de tan excelentes partes.
Dime verdad, ¿hate dado
alguna ocasión de amarle?

LEONOR:

Sí ha dado, pues ya llegamos,
Arnaldo, a tratar verdades.

DUQUE:

¿Y qué te parece a ti
de su entendimiento y talle?
Callas y bajas los ojos,
basta; con ellos hablaste.
El Rey le abona en sus cartas,
y bastaba tener sangre
de Navarra y de Beamonte.
Tú puedes, Leonor, hablalle;
que si responde a tu gusto,
sin que un hora se dilate
será tu esposo, y después
Carlos te sirva y se canse;
porque en siendo de otro dueño,
los hermanos y los padres
salen de la obligación.
 

Salen Octavia y Nuño
OCTAVIA:

Aunque de mí le trataste,
¿no mostró más sentimiento?

NUÑO:

¿Quieres tú que yo te engañe?
Perdido está por Leonor;
quería que me quedase
con él; pero yo le dije
que hasta vender los diamantes
no podía, mas que presto
volvería a visitarle.

OCTAVIA:

Por esta luz , Nuño amigo,
que si supiese tragarme
las brasas de Porcia, tengo
de hacer pedazos la imagen
de este mal nacido amor
que, contra las naturales
leyes, nació de los celos.

NUÑO:

¿Cómo pudieras vengarte,
mejor, pues Leonor te adora
y le aborrece?
 

OCTAVIA:

Es bastante
venganza; pero quisiera,
y no es posible, obligarle
al amor que me tenía.

NUÑO:

¿Para qué, si en viendo amarte
le habías de aborrecer?
Que no pienso que es mudable
como tú la mar ni el viento.

DUQUE:

Yo me voy porque lo trates
con él, que allí viene el Conde .

Vase
LEONOR:

El cielo, Arnaldo, te guarde.
  Enrique.

OCTAVIA:

Señora mía.

LEONOR:

Es de manera el contento
de mi loco pensamiento,
que sin prólogos querría
decirte de mi alegría
la causa.
 

OCTAVIA:

A ese mismo fin
sobre el cuadro de jazmín
del rostro pintáis claveles
con los alegres pinceles
que baña el rojo carmín.
  Así se van mis sentidos,
siguiendo vuestra hermosura
como al alba hermosa y pura
dejan las aves sus nidos,
y en los árboles vestidos
de diferentes colores
cantan celos a favores.
Así yo, Leonor, querría
a la luz de vuestro día
cantar historias de amores.
  Pasa mi loco deseo
con vos la noche, y sin mí
cuanto alegre porque os vi,
tan triste porque no os veo;
siempre el pensamiento empleo
mirando, dulce Leonor,
con ser mi amor el mayor,
cómo pueda amaros más;
pero luego vuelve atrás,
porque no halla más amor.
  Busco todos los amores
y, en viéndolos, desconfío;
que, igualados con el mío,
todos los hallo menores.
Quisiera amores mayores
para amar vuestro valor
con ser el mío el mayor.
Mirad qué estraño pesar,
que amor me venga a faltar
de puro sobrarme amor.
 

LEONOR:

  Ya son, Enrique, excusados
requiebros encarecidos,
verdaderos y sentidos
son los mejores cuidados.
Los dos estamos casados,
el Duque lo quiere ansí ,
a quien la palabra di,
y que esta noche ha de ser,
que no os supiera querer
si no aprendiera de mí .
  Mirad qué dicha la mía,
que hoy se viene a concertar
y mañana me ha de hallar
en vuestros brazos el día.
Tan hermoso el cielo os cría
para quien esposo os llama,
que si, por dicha, en la cama
alguien nos entrase a ver,
aun no podrá conocer
cuál de los dos es la dama.
  ¿De qué os suspendéis?

OCTAVIA:


en esa cuadra rumor.

LEONOR:

Si viene el Embajador,
voy hacer que no entre aquí.

Vase

 

OCTAVIA:

¡Ay, Nuño, yo me perdí!

NUÑO:

Apenas a hablarte acierto.

OCTAVIA:

Yo estoy sin alma.

NUÑO:

Y yo muerto.
¡Gran peligro, cosa estraña!

OCTAVIA:

Nunca viniera de España
para tanto desconcierto.
  ¡Oh, celos, que habéis querido
traerme a desdicha igual!

NUÑO:

Es defeto natural
que no puede ser suplido.
El filósofo ha mentido;
que a ser verdad su opinión,
tan junta imaginación
hacer efeto pudiera
y de mujer te volviera
fuerte y robusto varón.
  Suele un diestro agricultor
engerir en un serbal
un manzano o un peral
y dar aquel año flor.
¡Oh si hubiera algún dotor
para enjertos de este nombre!
Pero tal intento asombre,
que si esto pudiera ser;
lleve el diablo la mujer
que no se volviera en hombre .
 

OCTAVIA:

  Si volverlas hombres quieres,
cesará el mundo.

NUÑO:

No hará,
pues algunos hombres ya
se van volviendo mujeres.
Pero no te desesperes,
que habrá remedio.

OCTAVIA:

Ausentarme;
porque esperar a casarme
será verme en gran aprieto.

NUÑO:

El Duque.

OCTAVIA:

Por su respeto
quiero callar y matarme.

Entra Leonor
LEONOR:

  Retírate, por tu vida,
Enrique amigo, a tu cuadra,
que quiere el Embajador
que le oiga aquí dos palabras.
Y si por ser tu mujer
a celos te he dado causa,
tuya es la casa y las puertas,
mira, escucha, aguarda y guarda.
 

OCTAVIA:

No te puedo responder;
pero haré lo que me mandas.

NUÑO:

(¿Has de ver al Conde?

OCTAVIA:

¡Ay, cielos!,
¿qué haré? Que me cuesta el alma.)

Vanse
Salga el Conde
CONDE:

¿Puedo hablarte a solas?

LEONOR:

Puedes.

CONDE:

Aquí trataste, madama,
conmigo tu casamiento,
en cuya fe mi esperanza
este papel te escribía,
que, menos cortés que ingrata,
con la misma nema y sello
me le vuelves a la cara.
¿Tan presto Carlos te obliga
a tan estraña mudanza?
¿No es mejor para marido
un embajador de España
que para galán un rey?
 

LEONOR:

Mira, Conde, cómo hablas.
Ni sé que Carlos me quiera
ni una palabra le hablara
si, habiendo heredado el reino,
me hiciera reina de Francia.
Por lo que el papel te vuelvo
es porque ya estoy casada,
y cesan galanterías
luego que cesa el ser dama.
No le rasgué por ser tuyo
y escrito en mi confïanza;
porque quien rasga un papel
también el respeto rasga;
que papeles y retratos
tanto a los dueños trasladan,
que el retrato tiene el cuerpo
y la letra tiene el alma.
No le abrí por no leerle,
sabiendo que me obligaba
a responderte, y no puede
quien tiene dueño, que agravia.
Con esto verás que estoy
de tu queja disculpada,
y que esta satisfación,
pues eres discreto, basta.
 

CONDE:

¿Casada, Leonor, tan presto?
¿No pudieras, obligada
de mi amor, decir al Duque
que con el Conde lo estabas,
que yo sé de su amistad
que por nadie me trocara
como el Príncipe no fuera?

LEONOR:

No es esa, Conde, la causa,
pues me obligas a decirla,
sino el saber que en Navarra
tienes mujer.

CONDE:

¿Yo mujer?

LEONOR:

A lo menos empeñada
la voluntad para serlo;
y esto lo sé de una carta
que a mi hermano le han escrito.

CONDE:

Toda la disculpa es falsa;
pero si ya no hay remedio
y, como dices, te casas,
dime siquiera con quién,
para saber si me iguala.
¿Qué título en Francia tiene?
 

LEONOR:

No es francés.

CONDE:

¿Pues cómo trata
sacarte de Francia el Duque?
LeonorPorque tiene amor a España
del tiempo que estuvo en ella,
y allí quedó concertada
con el que ha de ser mi esposo
la junta de nuestra casa.

CONDE:

Español te ha merecido,
y no soy yo, cosa estraña.
Hazme un favor.

LEONOR:

¿Qué favor?

CONDE:

Decirme como se llama.

LEONOR:

Aunque pensaba encubrirlo,
pues se ha de saber mañana,
quiero que lo sepas hoy.

CONDE:

¿Quién mereció dicha tanta?
 

LEONOR:

Es mi esposo, el conde Enrique
de Mendoza.

CONDE:

No repara
Castilla en los apellidos,
solo el título se llaman.
No llaman Girón a Osuna,
aunque es nombre de su casa;
Mendoza al del Infantado,
ni Toledo al duque de Alba;
no Guzmán al de Sidonia,
ni sólo Manrique y Lara
al de Nájera y Maqueda,
Córdoba al conde de Cabra,
al Gran Almirante Enríquez,
ni Zuñiga al de Miranda,
ni Velasco al Condestable,
Portugal al de Berganza
ni Cueva a los de Alburquerque,
porque los títulos bastan.

LEONOR:

No sé qué título tenga;
sé que de la roja espada
de Santïago es el Conde ,
que con esta roja marca
prueba su nobleza el pecho,
que con ella le retratan.
 

CONDE:

¿Luego su retrato has visto?

LEONOR:

Y le tengo; mas hay causas
por donde verle no puedes,
pero en estando casada,
retrato y original
verás, Conde, en esta sala.

CONDE:

Conde Enrique de Mendoza…
No sé, por Dios, que le haya
en Castilla.

LEONOR:

Ansí es verdad,
pues agora vive en Francia.

CONDE:

¿En Francia? Todo es fingido.

LEONOR:

¿Cómo fingido? Si pasa
de esta noche, mi desdicha
podrá más que mi esperanza.
 

CONDE:

¡Que tan aprisa me pierdes;
que tan aprisa me matas;
que tan presto tienes dueño,
que aun no sé con quién te casas!
  ¡Ingrata! ¡Plega a los cielos,
ya que estoy desengañado,
que los celos que me has dado
pagues en los mismos celos!
Tantas penas y desvelos
te resulten engañada,
tantas de verte burlada,
tantas de verte ofendida;
que llores arrepentida,
primero que estés casada.
  ¡Y plega al cielo cruel,
que aquella noche tu dueño
sea tesoro de sueño,
porque despiertes sin él!
¡Cuanto pensaste que en él
para tu contento había,
cuanto verdad parecía,
y en su persona te ofrezca,
se te huya y desvanezca
al primero albor del día!
 

CONDE:

  Con el mismo desconsuelo
que el labrador la heredad,
con súbita tempestad,
mira trasladar al suelo,
y entre las balas de hielo
racimos, pámpanos y hojas
fruto de sus brazos cojas
y hielos de sus amores,
pues que de ramas y flores
mis esperanzas despojas.
  Y como mira el piloto
de la fortuna pasada
en la nave quebrantada
todo el artificio roto,
y que ni el riesgo ni el voto
le salieron de provecho,
con ser de lágrimas hecho,
en medio de la bonanza
la nave de su esperanza
se rompa en su mismo pecho.
  Y como aquel que tenía
gran lugar cuando cayó,
mas aprisa le dejó
el que más bien recibía;
o como el que pretendía
con méritos en alguna
confianza y de ninguna
el premio debido alcanza,
así quede tu esperanza
a manos de tu fortuna .
 

CONDE:

  Ese tu conde, o quien es,
sea en tus brazos un sol,
que te amanezca español
y te anochezca francés.
Finalmente, cuando estés
de que es tu esposo más cierta
y de que es engaño incierta
y le tengas a tu lado,
de puro frío y helado
en mujer se te convierta.
Vase
Sale Nuño
  Aguardaba a que se fuese
este necio Durandarte,
para que lugar de hablarte,
madama Leonor, me diese .

LEONOR:

  ¿Tienes algo que decirme?

NUÑO:

Darte el parabién, señora,
del casamiento que agora
queda concertado y firme.
  Goces mil años, amén,
sin género de mudanza,
la gloria de tu esperanza
y la posesión también.
 

LEONOR:

  Ya presumo que codicias
las albricias.

NUÑO:

¿Qué mayores
que de tus hermosas flores
ser un ramillete albricias?

LEONOR:

  Este diamante es mejor;
que ese requiebro es de amante,
y más te importa el diamante
que hacer lisonja a tu amor .

NUÑO:

  ¡Oh, bien haya la colmena
donde la abeja nació!,
que del romero cogió
la flor azul de olor llena;
  de que se hizo la mïel,
de quien la cera salió,
con que el hilo se enceró,
para que después con él
  cosiese, aunque parte poca,
la suela que no se ve
del zapato de tu pie,
adonde pongo la boca .

LEONOR:

  Muy español has andado,
y porque me has parecido
discreto, di: ¿qué has sentido
del casamiento tratado?
 

NUÑO:

  Si te digo la verdad,
no hablando como el servir,
donde se suele decir
con mucha dificultad,
  que por el Conde imagino
lo que tu honor participa,
que no es Mendoza de tripa ,
sino terciopelo fino;
  pero como es tan mancebo,
y pareces belicosa,
ha de ser, Leonor hermosa,
en tales batallas nuevo.
  Allá en España tenía
algunas aficionadas,
de su hermosura obligadas,
discreción y bizarría;
  pero descontentas todas,
no sé yo si algún defeto
hay en Enrique secreto
para negocios de bodas.
  Nunca de tanta lindeza
tuve yo satisfacción,
y los divorcios que son
por querella de flaqueza
  averiguan la verdad
antes que el pleito se vea.
Si tu amor verdad desea,
yo te he dicho la verdad.
  Bigote negro asegura
la debida perfección;
para las mujeres son
la lindeza y la hermosura.
  Para todos los sentidos,
lo perfecto es lo mejor,
que a veces resulta error
de no examinar maridos.
 

LEONOR:

  ¿Pues qué examen he de hacer
al Conde?

NUÑO:

¡Si he de explicallo!
Tú al Conde… Peor es hurgallo,
porque no te ha de entender.

LEONOR:

  Yo voy a hablar a mi hermano.

Vase Leonor
NUÑO:

¡Oh qué bien se negoció!
¿Qué fuerte león sintió
lanza de moro africano,
  como esta nueva Leonor?
¡Oh, ingenio, cuánto aprovechas!

Salen el Príncipe y el Duque
PRÍNCIPE:

En este punto me habló,
no sé el intento que tenga,
el embajador de España,
y por remediar su queja
a vuestra casa he venido.

DUQUE:

No sé yo de qué se pueda
quejar el Embajador.
 

NUÑO:

Paréceme cosa nueva
venir el Príncipe aquí;
voy [a] hacer que se prevenga
para cualquiera suceso
Octavia, que ya desea
salir de París con bien,
y volverse a España intenta.

Vase Nuño
PRÍNCIPE:

  Díjome el español que concertado
estaba de casar con vuestra hermana,
y entre los dos tratado
por cosa cierta y llana;
y que vos, estorbando el casamiento,
habéis hecho un notable fingimiento.
Por ventura, Leonor amenazada;
pues dice que por vos está casada
con cierto conde Enrique de Mendoza,
que allá en España goza
este título grave,
siendo todo ficción, porque no sabe
que haya tal hombre en ella;
y que un hombre como él no se atropella
con tanta libertad. A lo que viene,
sabéis la obligación en que me tiene;
si el Mendoza es fingido,
que la verdad me confeséis os pido.
 

DUQUE:

Espéreme un instante Vuestra Alteza,
que no vive muy lejos de esta casa;
verá si finjo yo su gentileza,
que de secreto pasa
agora en su carroza
el conde don Enrique de Mendoza.

Vase el Duque
PRÍNCIPE:

Aunque del español las partes hago,
más por las mías la verdad intento,
para ver si deshago
la invención de este necio casamiento;
que desde que entendió mi pensamiento
aquella noche el Duque, y a su puerta
le dije inadvertido y deslumbrado
mi voluntad, mi amor y mi cuidado,
tanto un loco deseo desconcierta.
El Duque, temeroso
de mi amor, en un pecho poderoso,
finge que la ha casado; y si es mentira,
provocando la ira
del amor y el deseo,
proseguiré mi empleo,
tan libre y descubierto,
que venga a ser concierto el desconcierto.

Entren el Duque, Octavia y Nuño

 

OCTAVIA:

Vuestra Alteza me dé los pies.

DUQUE:

Agora
Vuestra Alteza verá si ha sido engaño.

PRÍNCIPE:

Leonor con justa causa se enamora,
y de celos me abrasa el desengaño.
Mucho me alegra, Conde, el conoceros.

OCTAVIA:

No fui, señor, a veros
cuando llegué a París, porque he venido
de mi patria, Navarra, a Francia, huyendo,
y me importa esconderme solamente
del conde Embajador, porque es pariente
de un caballero que allá dejo muerto,
y si lo sabe, mi peligro es cierto.
Matele cuerpo a cuerpo en desafío,
obligado, señor, del amor mío,
por esta roja cruz que traigo al pecho;
y el Duque está de todo satisfecho
por cartas de mi Rey.

PRÍNCIPE:

Vuelvo a deciros
que me alegro de veros, y lo creo.

OCTAVIA:

Y yo, señor, de amaros y serviros.
 

PRÍNCIPE:

Porque sepáis que vuestro bien deseo,
quiero haceros amigo con el Conde.

OCTAVIA:

Aunque a valor de príncipe responde,
no me conviene agora;
yo avisaré después a Vuestra Alteza.
Porque el Embajador quiere a Leonora ,
perdido a lo español, por la belleza,
y querría primero estar casado.
Con esto, pues los pies os he besado,
me vuelvo con secreto.

PRÍNCIPE:

¡Qué cortés, qué galán y qué discreto!

OCTAVIA:

Di, Nuño, que me lleguen la carroza.

DUQUE:

¿Cree ya Vuestra Alteza
que hay conde don Enrique de Mendoza?

NUÑO:

Con brava discreción y gentileza
al Príncipe has hablado.

OCTAVIA:

Todo es posible, y no quedar casado.

Vanse

 

PRÍNCIPE:

Duque, todo lo creo .
(y solamente dudo mi deseo[Aparte]
entre estos españoles). Porque es justo,
y porque tendréis gusto
de ver con libertad vuestro cuñado,
haré las amistades.

DUQUE:

Al imperio sagrado,
y si hubiera mayores majestades,
llegues, señor; y desde el indio al moro,
el lirio azul en anaglifos de oro.

Vanse y entre[n] el Conde y Mendoza
CONDE:

¡Cuán desdichada vida
que pasa un despreciado
que mientras más lo está menos se olvida;
pues no hay tan triste y miserable estado,
que no envidie un celoso y olvidado
cuando a sus mismos desengaños miente,
¡ay de quien esto siente
y cuando a todo en descanso mira
muere de celos y de amor suspira!
Ausente Filomena
de su nido amoroso
mira la selva de otras aves llena
y suspira en acento lastimoso
al tiempo que el planeta luminoso
los altos montes de sus rayos viste.
¡Ay del pájaro triste
que tras oscura noche gime y llora
cuando los otros cantan a la aurora!
¿Qué haré, Mendoza amigo,
en tanta desventura,
pues sólo de mi mal eres testigo?
 

MENDOZA:

Divertirte, señor, de esta locura;
probar en otra a remediar tu daño.

CONDE:

¡Ay de mi loco engaño!
Pues a mayor castigo se condena
el preso que se va con la cadena.

Entre[n] el Príncipe y el Duque
DUQUE:

Aquí está el Conde.

PRÍNCIPE:

Por dicha
aguardaba el desengaño.
Español sarmiento ¿adónde?

CONDE:

Vengo a besaros la mano,
con dos cartas de Castilla;
de la una, ha de pesaros,
porque está la Infanta enferma.

PRÍNCIPE:

¿Qué tiene?

CONDE:

Ciertos desmayos,
no sé si de vuestro amor.

PRÍNCIPE:

La nueva quiero pagaros
con otra tan mala.
 

CONDE:

¿Cómo?
Porque es imposible, caso,
que lo pueda ser de vos.

PRÍNCIPE:

Hoy al Conde, su cuñado,
que vos tuvisteis por burla,
me ha mostrado el duque Arnaldo.

CONDE:

¿Vos le visteis?

PRÍNCIPE:

Yo le he visto,
y es de los hombres gallardos
que hizo naturaleza
entre sus raros milagros.
El cabello a la española;
lindo rostro, pies y manos;
airoso de cuerpo y brío;
gentilhombre, aunque no es alto ;
dos colores en el rostro;
de un rubí tan vivo y claro,
que parece que hizo de ellas
el hábito de Santiago.
Aun no del primero bozo
tiene ofendidos los labios,
con que en alguna manera
le ofende lo afeminado.
Yo os juro que si con él
algún amoroso caso
me hiciera competidor,
que yo le dejara el campo.
 

CONDE:

Basta, señor, yo lo creo.

PRÍNCIPE:

Yo no he menester jurarlo;
pero, por vida del Rey,
que es caballero bizarro.

DUQUE:

¿No le dice vuestra Alteza
lo que tratado dejamos?

PRÍNCIPE:

Ansí, no se me acordaba.
Dejamos, Conde, tratado
haceros con él amigo;
porque por ciertos agravios,
dice que mató en España
un caballero navarro,
cercano pariente vuestro.

CONDE:

Si es don Carlos, mi cuñado,
conde de Lerín , por Dios ,
que puede andar con recato,
que le quitaré mil vidas.

DUQUE:

No haréis, porque yo le guardo,
y me le ha envïado el Rey;
y debajo de mi amparo
ninguno puede ofendelle.
 

CONDE:

Francés…

DUQUE:

Español…

PRÍNCIPE:

¿Estando
en mi presencia? ¿Qué es esto?
Haré que os prendan a entrambos.

CONDE:

Yo soy del rey de Castilla
embajador; lo que trato
merece por sí respeto.
Pero de esto no me valgo:
conde soy de Ribadeo,
soy Sarmiento y Villandrando.

DUQUE:

Yo soy duque de Alansón,
arrogante castellano,
y príncipe de la Sangre.

CONDE:

Si la tienes, yo la saco.

Vase
DUQUE:

Iré tras él.

PRÍNCIPE:

Deteneos.
 

DUQUE:

¿Hanle de valer hablando
las leyes de embajador?

PRÍNCIPE:

Venid conmigo.

DUQUE:

Tu mano
beso y respeto.

PRÍNCIPE:

Presente
yo, no puede haber agravio.