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Más pueden celos que amor/Acto III

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Más pueden celos que amor
de Félix Lope de Vega y Carpio
Acto III

Acto III

Salen el Duque de Alansón y Mendoza
MENDOZA:

  Esto me manda que os diga.

DUQUE:

Decid, señor español,
que estaré rogando al sol
que su carrera prosiga
  tan velozmente, que creo
que si me puede escuchar
presto se echará a la mar
para cumplir mi deseo;
  y a la noche en que me avisa,
que no aguarde a las estrellas
porque saliendo sin ellas
pueda venir más aprisa ,
  aunque salga destocada.
Como quien sois respondéis;
el puesto ya le sabéis,
las armas: capa y espada.

DUQUE:

  Irá el pecho como debe,
con armas de su valor,
que es la defensa mejor.
¿Qué hora?

MENDOZA:

En dando las nueve.

DUQUE:

  El reloj aguardaré;
él y yo tan puntüales,
que él me dé a mí señales,
y yo el tiempo en que las dé.

MENDOZA:

  Solo iréis.

DUQUE:

Harelo ansí ;
tanto porque no se queje
que yo a mí mismo me deje
porque no me ayude a mí.
  Lo que soy de mí os advierto
que ha de ir allá; el todo, no;
que si fuera todo yo,
antes de ir le hubiera muerto.

MENDOZA:

  Aquí los conciertos cierren ;
pero si os quedáis acá,
basta que yo vaya allá
para decir que le entierren.

DUQUE:

  No os burléis, porque os advierto
que si de esta suerte habláis,
puede ser que muerto vais
a decir que el conde es muerto.

MENDOZA:

  ¡Qué francesa bizarría!

Vase
DUQUE:

¡Y qué española respuesta!
¡Esto es honor, esto cuesta!
Ya se va muriendo el día
  y expira en su falda el sol,
que enluta el alto zafir,
para enseñar a morir
al arrogante español.
  Pésame, por la amistad
que siempre les he tenido,
de que esta causa haya sido
de mudar de voluntad.
  Voy a mejorar de espada.

Sale Leonor
LEONOR:

¿Dónde hermano?

DUQUE:

Voy, Leonor
a palacio.

LEONOR:

Y yo señor.
[a] hablarte desengañada
  de lo que te dije hoy
acerca del conde Enrique.

DUQUE:

Pues si no hay que te replique;
a mudar de traje voy
  para rondar a madama.

Vase
LEONOR:

Mudado va de color;
no parece aquel furor
dulce efecto de quien ama.
Salen Octavia y Nuño

OCTAVIA:

  Notable enojo me diste.

NUÑO:

No pudieras excusarte
de casarte o de ausentarte ,
[..........]
  y todo lo remedié
con decir que me burlaba;
porque ya Leonor mudaba
de intento, dándome fe.

OCTAVIA:

  Sí, porque no hubiera dama
que amara con tal defecto.

LEONOR:

Estos hablan en secreto .

NUÑO:

Quedo, que está allí madama.

OCTAVIA:

  Tanta soledad, Leonor.

LEONOR:

Fuese mi hermano de aquí;
triste estoy de que le vi,
Conde, mudado el color.

OCTAVIA:

  Andan estos desafíos
tan públicos en París,
que no sin causa sentís
vuestro cuidado y los míos.
  ¡Mal haya el embajador!,
que estorba mi casamiento
con ese su necio intento
y su mal fundado amor.
  Por él anoche perdí
vuestros brazos, y de suerte
estoy por él, que la muerte
fuera mejor para mí.
  Desde Navarra me ha sido
tan contrario y tan crüel,
que estoy en Francia por él
desengañado y perdido.
  Y en el cuidado que estoy
tantos imposibles veo,
que huyo lo que deseo
y ya no soy lo que soy;
  y vengo a estar de manera,
por hüir y por temer,
que es fuerza dejar de ser
para ser lo que antes era.

LEONOR:

  Del Príncipe y de mi hermano
estáis amparado aquí.
¿Qué teméis ?

OCTAVIA:

Que ayer perdí
por él vuestra hermosa mano;
  y perdida la ocasión,
podrá ser que no os caséis
conmigo.

LEONOR:

En vano teméis
si conocéis mi afición;
  dilatarse el casamiento
puede ser, dejarse no.

Sale Finea
FINEA:

Siempre me dices que yo
malas nuevas darte intento.
  Esta puede ser engaño,
pero decilla no excuso:
el Duque triste y confuso
señal es de oculto daño,
  el español alazán
ha hecho ensillar tan presto,
que él propio el freno le ha puesto
y le ha sacado al zaguán,
  y a un lacayo le ha mandado
que le lleve con secreto
tras él.

LEONOR:

¿Qué más claro efeto
de que le han desafïado?
  ¿No excusáis, noble Mendoza,
de seguirle y ver lo que es?

OCTAVIA:

Alas quisiera en los pies;
tanto el caso me alboroza,
  y me importa de los dos
la vida que estoy temiendo.

LEONOR:

Es justo; pero advirtiendo
que no habéis de reñir vos.

Vanse Leonor y Finea
OCTAVIA:

  Si se ofrece, perdonad;
ven, Nuño.

NUÑO:

¿Pues has de huir
si se ofreciere reñir?

OCTAVIA:

¡Qué graciosa necedad!
  Mataré con arrogancia
a toda París yo sola;
que de mujer española
aun no ha de alabarse Francia.

Vanse


Salen el Conde y Mendoza
MENDOZA:

  Con gran valor me respondió arrogante.

CONDE:

El Duque de Alansón es caballero
que no habrá desafío que le espante,
si fuera de Roldán o de Rugero .

MENDOZA:

Muerto dice que estás.

CONDE:

Creerlo quiero;
pero no por su espada, por su hermana,
que en la campaña de jazmín y grana
me ha muerto con las armas celestiales
de unos serenos ojos,
espadas de rigor de mis enojos;
conjunción es de perlas y corales.

MENDOZA:

Muy tierno estás para enemigo fuerte.

CONDE:

Siempre he visto pintado
el carro del amor sobre la muerte,
preso a Virgilio, a Hércules atado
a los dorados rayos de las ruedas.

Entra el Duque
DUQUE:

Ten el caballo entre esas alamedas,
que me ha de llevar vivo el Conde muerto
o me ha de llevar muerto el Conde vivo,
que a tales dos extremos me apercibo.
Entran Octavia y Nuño

OCTAVIA:

No vi en mi vida tan obscura noche.

NUÑO:

Viüda está del sol y enluta el coche .

OCTAVIA:

No sé cómo han de verse las espadas.

NUÑO:

Dos hachas le podrán pedir prestadas
a tanta luz de estrellas y planetas,
o al aire que se vista de cometas.

OCTAVIA:

Para gentiles fiestas y saraos.

NUÑO:

Al principio del mundo viene el caos.

CONDE:

Retírate, Mendoza, que ha venido
el Duque.

DUQUE:

En el oído
me ha tocado una voz; este es el Conde.
¿Quién va?

CONDE:

¿Quién lo pregunta?

DUQUE:

Quien responde
con la espada en la mano.

CONDE:

Solo vengo
y sola la que veis desnuda tengo.

Príncipe y criados lleguen por la parte del Duque, y Octavia y Nuño por la del Conde
PRÍNCIPE:

  Estos son; llegad apriesa.

CRIADO:

Deténganse caballeros.

CONDE:

¿Gente? Duque, esto es traición.

PRÍNCIPE:

El príncipe soy; teneos.

DUQUE:

Bien se ve que no le truje;
vos, sí, pues al lado vuestro
tenéis dos hombres.

CONDE:

No sé
quién son los dos.

OCTAVIA:

Yo confieso
que con tanta obscuridad
y la priesa del deseo
erré vuestro lado, Duque;
que aunque venís en secreto,
desde vuestra casa aquí
vengo el caballo siguiendo;
porque soy el conde Enrique.
(Y ¡vive el cielo que miento!,
que me puso amor al lado
del Conde de Ribadeo).

PRÍNCIPE:

Los dos estáis disculpados;
el Conde, porque fue yerro
de Enrique estar a su lado,
pues que vino solo al puesto,
y el Duque, porque soy yo
el que a despartiros vengo
avisado de una dama;
que, en fin, de entrambos me quejo,
pues lo que pasó en palacio
no puede obligar a duelo,
que ha de preceder agravio
para tener fundamento;
y cuando le hubiera habido,
queda llano y satisfecho
sacando aquí las espadas
como buenos caballeros.
Y así, pues árbitro soy,
príncipe y juez supremo,
daos las manos y los brazos.

DUQUE:

Yo, señor, os obedezco
como vasallo leal.

CONDE:

Yo me humillo y me sujeto
a vuestra obediencia y gusto.

DUQUE:

Pues esta es mi mano y estos
mis brazos.

CONDE:

Yo con la mía
y con ellos os prometo
segura paz y amistad;
y porque siempre me precio
de agradecido, mirando
(si bien la causa no entiendo)
a mi lado al conde Enrique,
por lo que le debo en esto
seré su amigo también,
perdonando al muerto deudo
como no sea don Carlos,
mi cuñado.

OCTAVIA:

Yo me ofrezco
haceros pleito homenaje,
que no es don Carlos el muerto.

CONDE:

Pues con eso os doy la mano
y huelgo de conoceros.
Y pues la noche os encubre
y sumamente deseo
veros el rostro, mañana
me dad licencia de veros.

OCTAVIA:

Esta es mi mano, y creed
que soy muy amigo vuestro.

CONDE:

Quiero apretaros la mano,
por que entendáis que no quedo
con enojo.

OCTAVIA:

No apretéis.

CONDE:

¿Español y sois tan tierno?
No es de soldado esta mano.

OCTAVIA:

No están en los fuertes huesos
las almas.

CONDE:

Pues ¿dónde están?

OCTAVIA:

En el ánimo del pecho,
en la honra y el valor,
que es su verdadero centro.
No era robusto David,
y, blanco y rubio, sabemos
que mató un monte con alma.
Pero soltadme, que pienso
que me pretendéis quitar
la mano porque la tengo
de dar mañana a Leonor.

CONDE:

Bien pudiera ser lo cierto;
porque como es de papel,
escribo en ella mis celos.

OCTAVIA:

Mejor en la vuestra yo,
si han de ser pluma los dedos.

CONDE:

Dadme los brazos también.

PRÍNCIPE:

Mucho, españoles, me huelgo
de vuestra amistad.

CONDE:

Por ella
mil veces los pies os beso.

PRÍNCIPE:

Los dos cuñados venid
conmigo.

DUQUE:

¡Viven los cielos!,
que el español me ha vendido;
dejó por la patria el deudo.

OCTAVIA:

¡Ay Nuño! ¿qué te parece?

NUÑO:

Que voy, señora, temiendo
que te ha conocido el conde.

OCTAVIA:

Antes lo contrario creo
por lo que tiene olvidados
los pasados pensamientos.

Vanse todos y quedan el Conde y Mendoza
CONDE:

  ¿Quieres, Mendoza, saber
lo que puede la memoria
de alguna pasada historia,
que nunca dejó de ser?
Que me pareció mujer
este Conde en sus acciones.

MENDOZA:

¿Ahora en eso te pones?
Todos los enamorados
traen, del alma engañados,
semejantes ilusiones.
  Si anoche por ti no fuera,
con él estaba casada
Leonor.

CONDE:

Mano regalada.

MENDOZA:

¿Pues ha de ser de madera
la de un señor?

CONDE:

Oye, espera.

MENDOZA:

Un señor no ha de cavar;
[.................]
blanda y no dura ha de ser,
porque lo que ha de tener
se le pueda resbalar.
  De duras manos me guarde
Dios.

CONDE:

Pues, ¿blandas las procuras?
¿Por qué?

MENDOZA:

Porque en siendo duras
no es la blandura cobarde.
[...........]

CONDE:

Así me lo dio a sentir;
que un robusto puede huir
y un flaco puede esperar;
pero diome qué pensar
y yo le di qué decir .
  Y aunque mis dudas deshacen
que en hombres hay gentilezas,
distintas naturalezas,
distintos efectos hacen;
con tal diferencia nacen,
que es diferente el calor;
y si Leonor por amor
al Conde los brazos fía,
traer su aliento podía
al que respira Leonor.

MENDOZA:

  Hacerla saludadora
ha sido locura nueva
de amor.

CONDE:

Bien claro se prueba
si me aborrece y le adora.
En los reinos de la aurora
hay gente de su color
que se sustentan de olor,
como yo me sustentara
si trae el Conde la cara
con jazmines de Leonor.

MENDOZA:

  Mientras tu amor desatina,
aunque estar loco te salva,
la blanca estrella del alba,
sumiller de su cortina,
parece una clavellina
de diamante.

CONDE:

Y su apellido,
que de Venus siempre ha sido,
con Marte trueca el rigor
pues es la madre de amor
y no me ha favorecido.

Vanse y salen el Duque y Leonor
LEONOR:

  Ya vuestra excelencia sabe
que soy la misma obediencia.

DUQUE:

Ya entras por excelencia
a lo mesurado y grave.

LEONOR:

  De lo grave no te espantes.

DUQUE:

No, Leonor; ya entiendo el caso.
¿Qué quieres? Si yo te caso
con quien te casabas antes.
  ¿No te parece, Leonor,
que es mejor para marido
un título conocido
y de un rey embajador?

LEONOR:

  ¿Y no adviertes que casada
de ayer con Enrique estoy
y quieres hacerme hoy
el ángel de la embajada?
  Eres tercero de amor
—perdona que así te aplique—
pues me traes del conde Enrique
al señor embajador.
  Dime de una vez adónde;
pues al Conde me quistaste
cuando a Enrique me pasaste,
y agora me vuelvo al Conde;
  que bien pudiera tener
lo que tu amor merecía;
que no es cuerdo el que se fía
de la más cuerda mujer.

DUQUE:

  Si te digo la ocasión,
no quedarás satisfecha.

LEONOR:

Adonde hay ¿de qué aprovecha
principios de posesión?

DUQUE:

  ¿Qué es principios?

LEONOR:

Si marido
a Enrique llamé por ti,
la libertad que le di,
no mía, tu culpa ha sido.

DUQUE:

  Eso me declara más.

LEONOR:

Tomarme una mano es poco.

DUQUE:

A qué risa me provoco;
pienso que burlando estás.

LEONOR:

  No todo se ha de decir.

DUQUE:

Pues ¿por dónde al honor toca?

LEONOR:

¿No hay en las mujeres boca?

DUQUE:

Otra vez me haces reír.
  No se pone el honor luto
por niñerías de amores;
que poco importan las flores
como se esté quedo el fruto.
  Ningún principio en la mesa
pasa plaza de vianda;
haz lo que mi amor te manda,
aunque pienso que te pesa.

LEONOR:

  ¿No me dirás la ocasión
porque con tal novedad
descansa mi voluntad
de su primera afición?

DUQUE:

  Anoche en el desafío
del embajador y yo,
el de Mendoza salió,
tu esposo y cuñado mío;
  y apenas saqué la espada
cuando a su lado le vi
con la suya contra mí;
traición tan mal disculpada,
  que le dio a la obscuridad
de aquella noche la culpa.

LEONOR:

¿Y no puede ser disculpa?

DUQUE:

¿Cómo puede ser verdad,
  si Enrique vino tras mí?
Mira tú si es justo o no
que a quien la espada sacó
en el campo contra mí,
  por más que por yerro sea,
le dé a mi hermana.

LEONOR:

Yo sé
que en tu favor le envié
y que servirte desea.

DUQUE:

  Eso no ha de ser, Leonor;
a llamar al Conde envío .

LEONOR:

Harás otro desafío ,
pues le quitas el honor
  a Enrique en el testimonio
de que te quiso matar,
y en la burla de tratar
tan presto otro matrimonio.

DUQUE:

  Sea lo que fuere, yo
estoy ya determinado;
que no ha de ser mi cuñado
un hombre que me vendió.
  Apercíbete , que el Conde
ya te vendrá a dar la mano.

Vase
LEONOR:

Más a tirano que a hermano
esa crueldad corresponde.

Salen Octavia y Nuño
NUÑO:

  Esto imaginaba cuando
del Conde al lado te vi.

OCTAVIA:

Todo lo que pasa oí,
todo lo estuve escuchando.
  Cegome el amor del Conde
sola su vida miré.

NUÑO:

Habla a Leonor.

OCTAVIA:

Tanta fe
a tal lealtad corresponde.
  Madama, lo que ha pasado
justamente os entristece
pero a mí el Duque me ofrece
ocasión de más cuidado.
La palabra me ha quebrado,
haciendo injusta bajeza;
agradezco la fineza
con que le habéis respondido,
que igual y conforme ha sido
a vuestra heroica nobleza.
  Forma una queja de mí
en que yo no estoy culpado,
pues de la noche engañado,
a ninguno conocí;
y pues con eso le di
entera satisfacción,
no tiene el Duque razón;
que [a] haber declarada luz,
por la espada de esta cruz,
que no le hiciera traición.

OCTAVIA:

  Por español, no era empresa,
que, por serlo, me obligó;
ni ya soy español yo ,
que tengo el alma francesa;
y aunque serlo no me pesa,
lo de francés me desalma;
esta es mi esfera y mi palma
desde que vine a París;
decidlo vos, que vivís
por alma dentro del alma.
  Lo cierto es que él ha querido
con este falso color
daros al embajador,
sabiendo que os ha querido;
o a Carlos habrá temido,
que disculpa voluntades
lisonjear majestades,
porque gusto de los reyes,
como deshace las leyes
puede romper amistades.
  Pero mire bien su intento
lo que intenta; que, por vida
del Rey de Castilla, impida
Francia o no mi casamiento,
que con justo atrevimiento ,
y no me burlo, por Dios,
he de matar a los dos;
al Conde, porque no os goce,
y al Duque, porque conoce
que soy más digno de vos.

OCTAVIA:

  De él estoy más agraviado,
él es el que me agravió,
porque soy tan bueno yo
como él, y mejor soldado.
Por la edad me ha despreciado;
mas si el labio no me baña
el bozo, mucho se engaña;
que siempre es hombre mayor
quien nació con el valor
de los Mendoza de España.
  ¡Esto tengo de sufrir,
vive Dios!

LEONOR:

Tened la espada,
no os apretéis el sombrero
ni descompongáis la capa;
mirad que me disteis miedo.

OCTAVIA:

Es una celosa rabia,
quintaesencia de locura.
Perdonad, Leonor del alma,
que quieren sacaros de ella;
y por estas luces claras,
que hiciera estrellas el cielo,
a tener de estrellas falta;
que ni el Príncipe, ni el Duque,
ni Francia, ni el mundo bastan.

NUÑO:

Tiene el Conde y mi señor
mucha razón; sus hazañas
son en Castilla prodigios
y portentos en Navarra;
pero yo hallara un remedio
para excusar sangre y armas,
puesto que es algo difícil.

LEONOR:

¿Qué dificultad no allana
tan grande amor como el mío?
Dile, Nuño, que si alcanza
a ser posible, aquí estoy;
que mujer, y enamorada,
en llegando a estar resuelta,
todas las fieras del Asia,
todas las sierpes de Libia
más la imitan que la igualan.

NUÑO:

Cuando venga el Conde aquí
llega el oído, y tú aguarda
mientras le hablo en secreto .

OCTAVIA:

 (¡A qué tiempo necia Octavia,
celos y amor te han traído!
Si el conde don Juan se casa,
bueno quedará tu honor,
¡qué ilustre será tu fama!)

NUÑO:

Ya está dicho.

OCTAVIA:

Pues ¿tan presto?

LEONOR:

Ruido siento en esta sala.

NUÑO:

El Conde ha entrado y te ha visto.

OCTAVIA:

Volverele las espaldas.

Vánse y entran el Conde y Mendoza
MENDOZA:

¿Viste al Conde?

CONDE:

Ya le vi,
y luego que vio que entraba
huyó por no verme; y tengo
desde la noche pasada
un pensamiento tan necio
y una locura tan clara,
que si te la digo creo
que la das por confirmada
y que te burlas de mí.

MENDOZA:

¿Qué temes con tantas salvas?

CONDE:

¿Habranse en el mundo visto
mujeres que disfrazadas,
hayan hecho estrañas cosas?
¿Quién duda que han sido tantas
que han ocupado los libros
y de la fama las alas?
Este conde don Enrique
me parece que es Octavia,
en el habla aquella noche
y en la cara esta mañana.

MENDOZA:

Aguardarás que te diga que
es locura, y no me espanta
sino que dudarlo puedas;
mas si de locura pasa,
partamos los dos la culpa,
que puede ser que, cansada
naturaleza, haya hecho
moldes para hacer las caras.
Habla a Leonor, que te mira
triste, enojada y turbada.

CONDE:

  En fin, Leonor, aunque lo habéis negado,
habéis venido a ser señora mía,
como estaba primero concertado,
y mi lealtad y fe lo merecía;
ya sois mi esposa; el Duque mi cuñado ,
el príncipe padrino; y este día
os llamará París la embajadora,
como suele del sol cándida aurora.
  Pero en tan alto bien me descompone
que miraros alegre no merezca;
que si la luz de vuestro sol se pone,
¿qué importa que en mis ojos amanezca;

LEONOR:

Señor, vuestra excelencia me perdone
de que con tantas penas me entristezca;
que bien conozco yo lo que merece.

CONDE:

Pues ¿qué es lo que os aflige y entristece?

LEONOR:

  Casome el Duque con el conde Enrique,
y agora vuelve atrás, arrepentido.

CONDE:

Si vos me dais licencia que replique,
muchas veces veréis que ha sucedido,
cuando ejemplos de príncipes aplique;
mil casamientos os diré que han sido
desconcertados, con estar firmados,
por no estar en el cielo confirmados.

LEONOR:

  Esto es cuando sin daño de la honra
puede volver atrás un casamiento;
mas si queda la dama con deshonra,
solicitarla es bajo pensamiento.
¡Qué bien el Duque mis intentos honra,
siendo culpado en darme atrevimiento,
con meter en mi casa, y con el nombre
de mi marido, un hombre gentilhombre!
  Yo pude errar en esta confïanza,
y de esta falta ya dos faltas tengo;
mirad cómo se puede hacer mudanza ,
de posesión que a confesaros vengo;
estos no son favores de esperanza,
con que hasta el fin la engaño y entretengo;
no he perdido mi honor, pues le he perdido
con quien me dio mi hermano por marido.

Vase
CONDE:

  ¿Qué te parece, Mendoza?
No parece mucho a Octavia
este Conde Enrique.

MENDOZA:

Estoy
cual suele quedar sin alma
hombre que de noche vio
súbitamente fantasmas;
las que nosotros traemos
de las cosas de Navarra
nos aparecen visiones
y los sentidos engañan.

CONDE:

¡Con qué libertad lo dijo!

MENDOZA:

Peor fuera que callara
y que llevaras mujer
con una sobra y dos faltas.

CONDE:

Eso, por Dios, la agradezco ;
que según las cosas andan,
cumpliera con siete meses
los dos que por mí faltaran.
¡Oh cuánto hay de esto en el mundo!
Pero ya que fue liviana
su señoría, le debo
desengañar mi ignorancia.
Mucha culpa tuvo el Duque
metiéndole un hombre en casa
a título de marido;
pudo hacer cualquier desgracia
de la próxima ocasión.
Está a muy poca distancia
cualquier peligro de amor,
que andan juntos cuerpo y alma;
poca paciencia de novia,
aunque discreta y gallarda,
pues quiso llevar al cura
las noches anticipadas
por excusar el melindre
del sí, donde muchas callan.

MENDOZA:

Según el arte y la cara
de este Conde, ¡vive Dios!,
que en la cama yo dudara
cuál de las dos fue la novia.

CONDE:

Si madama está preñada,
Mendoza, peor es hurgallo.

MENDOZA:

El Duque ha entrado en la sala.

CONDE:

Con él el Príncipe viene .

MENDOZA:

Con que despacio te casan.

Salen el Príncipe, el Duque y criados
PRÍNCIPE:

  Habéisme hecho singular servicio
honrando al Conde, embajador de España.

DUQUE:

Mi obligación, señor, me desengaña,
que este de mi lealtad es propio oficio;
honrad la casa donde os han servido
cuantos leales dueños ha tenido,
en guerra y paz, con armas y consejo,
hasta las canas de mi padre viejo,
que, de laurel ceñidas,
honraron con su muerte nuestras vidas.

CONDE:

¡Puede haber confusión, Mendoza amigo,
como esta de hoy! El cielo me es testigo
que diera por no haber en Francia entrado
cuanto vale mi estado.
Si he dado la palabra de casarme,
¿cómo podré con ellos disculparme?
Pues casarme no es justo
sustituyendo, infame, ajeno gusto.

DUQUE:

Aquí está el Conde.

PRÍNCIPE:

Amor le habrá traído
anticipando el gusto prevenido.
Señor embajador, ¿habéis traído
a madama Leonor del casamiento
la nueva, tan galán como marido?
¿Qué albricias os ha dado?

CONDE:

¿Qué puedo responder? Que estoy turbado
no siendo el desposado de este cuento,
que al conde don Enrique
quiere que aquesta hazaña se le aplique.

PRÍNCIPE:

Calláis por no decirnos los favores.

CONDE:

Mandad venir, señor, la desposada,
que antes ha dado el fruto que las flores;
que, tierra fértil, presto fue labrada.

DUQUE:

Leonor mi hermana viene.

PRÍNCIPE:

¡Qué majestad en la presencia tiene!
Entra Leonor y quien la acompañe

LEONOR:

¿Vuestra Alteza, señor, en nuestra casa?
Que el sol su esfera en esta sala tengo.

PRÍNCIPE:

Que mucho que el sol venga
si el aurora se casa.

DUQUE:

Si entre ellos está el día,
seré yo noche y la ventura mía.

CONDE:

¿Qué estarán consultando?

MENDOZA:

Preguntarte
si madama Leonor quieres por dueño.

CONDE:

Esto, Mendoza, es sueño,
que estar callando es arte;
porque estoy satisfecho
de que no ha de quererme.

MENDOZA:

Ni lo esperes.

CONDE:

Que presto les dirá todo su pecho.

PRÍNCIPE:

Don Juan.

CONDE:

Señor.

PRÍNCIPE:

Parece que os ha dado
pena el mudar estado.
Dad la mano a Leonor; y vos, madama,
dadle la vuestra, pues el Conde os ama.

LEONOR:

  A vuestra Alteza suplico,
invictísimo señor,
así las francesas armas
de vuestro blanco pendón
siembren las flores azules
adonde no llega el sol,
y de la Infanta de España
os dé Dios tal sucesión,
que sean laureles del mundo
la flor de lis y el león;
que esto sea, si es posible,
sin ofensa de mi honor
y del conde don Enrique,
aquel gallardo español
con quien se trataba ayer
lo que por enojos hoy.

PRÍNCIPE:

Llamad a Enrique; y vos, Conde,
no tengáis a sinrazón
que esto se acabe de suerte
que quedéis en paz los dos.

CONDE:

Yo, señor, eso deseo,
aunque primero me dio
a mí la mano; esto es
volver con propio valor
por la honra de madama,
hasta llegar la ocasión.

Entran Octavia y Nuño
OCTAVIA:

Ya, cristianísimo Carlos,
descubierto y libre estoy
a vuestros pies.

PRÍNCIPE:

Conde Enrique,
aunque de aquella cuestión
resultaron amistades,
no fueron con el rigor
que era justo, ni la causa
distintamente se vio;
que aunque el conde don Juan tuvo
primero que vos acción
a la mano de esta dama,
proponed la vuestra vos,
que con grande cortesía
se rinde el Embajador
para que sea de quien
su gusto hiciere elección.

OCTAVIA:

Puesto que el conde don Juan
sus favores mereció
antes que Leonor me viese,
si después me tuvo amor,
¿no es justo que la pretenda?

CONDE:

¿Por qué? Si primero soy,
¿hay ley en todo el derecho
que quite la antelación?

OCTAVIA:

¿Podéis vos, siendo casado,
casaros con otra?

CONDE:

¿Yo?

OCTAVIA:

Vos.

CONDE:

Pues, yo ¿dónde?

OCTAVIA:

En España.

CONDE:

¿Con quién?

OCTAVIA:

Conmigo.

CONDE:

¿Con vos?

PRÍNCIPE:

Él ha perdido el juïcio.

OCTAVIA:

De que la mano me dio
hay dos testigos aquí,
que Nuño y Marcelo son.

NUÑO:

Yo lo vi con estos ojos.

MARCELO:

Y yo lo mismo .

CONDE:

¿Quién sois ?

OCTAVIA:

Doña Octavia de Navarra.

LEONOR:

¿Doña qué?

PRÍNCIPE:

¿Tal invención
una dama pudo hacer
de vuestro heroico valor?

DUQUE:

Parece que es imposible,
pues con tanta perfección
imitó lo que no era.

CONDE:

¿Quien tanto me aborreció
se puso en este peligro?

OCTAVIA:

Más pueden celos que amor.

CONDE:

Madama, saber quisiera
cómo entre las dos pasó
aquello que me dijiste.

LEONOR:

Seguro está vuestro honor;
que dos árboles sin fruto,
¿qué importa que lleven flor?

NUÑO:

El diablo son las mujeres,
si se empeñan sin varón;
y es fina filosofía,
no sé quién se la enseñó,
que todo cuanto hay crïado
engendra el hombre y el sol.

LEONOR:

Dame los brazos, Octavia;
que aunque esto ha sido traición,
el amor que os he tenido
será siempre el mismo amor.

OCTAVIA:

Yo os he pagado el que os debo.

NUÑO:

Sí, pero no lo pagó
en la moneda corriente.

CONDE:

La mano, señora, os doy;
y al Príncipe le suplico
nos apadrine.

PRÍNCIPE:

Los dos
sois duques de Monpensier .

NUÑO:

¿Y a mí, el correo mayor
de estas bodas, qué me dan?

OCTAVIA:

Mientras a vestirme voy,
con reverencia de hombre,
Senado, os pido perdón.
Querida, no quise bien;
quise bien quien me olvidó;
busquele, como habéis visto;
porque en nuestra condición,
el diablo son las mujeres .
Y que tenga fin dichoso
la dama Comendador
Si no ha mentido el poeta,
más pueden celos que amor.