México, California y Arizona: 021

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México, California y Arizona (1900) de William Henry Bishop
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XXI. Conversaciones en el camino con un Coronel


XXI.


CONVERSACIONES EN EL CAMINO CON UN CORONEL.


I.

ITURBIDE fue objeto de charlas entre el coronel y yo mientras viajábamos por el camino; y esto, naturalmente nos llevó a Maximiliano. Mi compañero había servido bajo Escobedo en la campaña en la que Maximiliano fue derrocado y había sido testigo de su ejecución en el trágico Cerro de las Campanas.

"Murió como un verdadero soldado," dijo el coronel. "Él no tuvo miedo; aunque merecía su suerte, y yo no lo hubiera hecho diferente."

Parece ser que el veredicto general de este malhadado gobernante no fue sin la fortaleza física que es considerada una parte del patrimonio de los príncipes. Pero estaba mejor equipado para muchas otras cosas que la tarea de fijar una monarquía en el México beligerante. Llevé la conversación, cuando hubo oportunidad, a las presentes nuevas relaciones de México con nuestro país.

"Si yo tuviera la autoridad," dijo el coronel, francamente, "yo nunca habría concesionado los ferrocarriles que están haciendo este gran ajetreo. Me temo de agresiones de los norteamericanos. La política conservadora mexicana es conceder tales privilegios sólo cuando están equilibrados con otros a los europeos. Esta fue la política coherente de Juárez y Lerdo. Fue Porfirio Díaz, durante su Presidencia, que primero lo rompió y trajo esta invasión sobre nosotros". "Nosotros, por el contrario, nos inclinamos a hacerlo uno de sus méritos," dije: "una prueba de su iluminación superior. Él intervino en los límites de estrechos prejuicios y celos, y permitió un comienzo a desarrollar el país por aquellos que estaban dispuestos a hacerlo, sin esperar más para aquellos que no lo harían.

"Sus enemigos dicen que fue comprado," replicó el coronel, quien evidentemente no tenia gran amor por Porfirio. "No ha estado totalmente arriba de la corrupción en su tiempo. Hizo sumas fabulosas de la liquidación de los atrasos militares, por ejemplo. Pagó un millón de dólares para su magnífica hacienda en el estado de Oaxaca. ¿De dónde vino esto? Hay una gran debilidad entre nosotros para la corrupción oficial. Hay demasiados ejemplos de ello. Un moroso en un lugar alto es raramente castigado. Cuando vea un caso de ese tipo tratados con severidad, que voy a comenzar a concebir nuevas esperanzas".

"Pero," discutí, "los americanos sin duda no tienen ningún otro interés que beneficio comercial. Ellos no quieren tu país. ¿Qué pueden ganar los americanos por tomarlo? ¿Que pondría su mano en "su bolsillo para pagar los gastos de una guerra de anexión? No preocupamos por nosotros mismos como individuos, y no logramos ver donde esta el beneficio. Somos lo suficientemente grandes como para gratificar nuestra propia vanidad en ese sentido. Amor de gloria y engrandecimiento territorial no es uno de nuestros rasgos nacionales. Mas bien se podría temer deterioro a manos de algún Príncipe ambicioso, si tuvieras tal vecino, que lo podría convertir en una cuenta personal."

"No nos anexarán con bayonetas," replicó; "nos anexarán con dólares. Lo siento; lo sé. Sus grandes empresas comerciales insensiblemente tomarán lo vital de nuestro país, y seguirá el resto. Quizás puede haber disturbios y su gobierno será llamado para proteger la propiedad de los inversores. Naturalmente habrá simpatía por ellos en casa, y ellos moverán cielo y tierra antes de perder. Mil veces mejor que nuestro país no se desarrolle en absoluto que a tal precio."

Como todavía insistí a la sinrazón de esta noción, el coronel continuó: "incluso admitiendo que eres sincero en lo que dices de los deseos de tu pueblo, siento que es el destino manifiesto de México de ser tomado por los Estados Unidos. En tiempos antiguos las razas latinas gobernaron el mundo, pero en ésta y las próximas edades la raza sajona lo hará. Ustedes son un pueblo fuerte, comercial y comercio es el aliento de las fosas nasales de la civilización moderna. Mira lo que han hecho en California desde que dejó de ser una provincia española. He estado en San Francisco —una gran ciudad y espléndida; la vi con asombro. 'Esto fue una vez mexicana', me dije a mí mismo. 'Ah, qué genio tan diferente del de México!' Sí, nos tomarán. Será el mejoramiento de muchos abusos y nuestra mayor prosperidad, sin duda; pero espero no vivir para ver el día. Como un patriota, un soldado, podría dar mi vida cincuenta veces antes de consentir en eso".

"Pero, puesto que concedes en tales beneficios como probables," me aventuré a decir, "¿Qué es este patriotismo que tan fuertemente insistes? No te queremos y no hay planes sobre ustedes, pero —sólo por la discusión y hablando como personas ilustradas —¿No es mas bien fantástico? ¿Es una frontera tal objeto en sí misma? ¿No ha habido mucho del patriotismo en el pasado resultar ser una mera estrechez provincial? Suponiendo México o Canadá, sin fuerza, pero en su propio juicio de lo que fuera por el bien de su pueblo, deseara formar parte de la Unión, manteniendo su organización en los estados y su autogobierno local como ahora y simplemente enviar delegados a Washington para representarlos en asuntos nacionales, usted, como ciudadano mexicano, ¿se sentiría obligado a resistir, como si se tratara de la consumación de algo escandaloso y cobarde? ¿No es el disfrutar la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad la mayor ventaja, el objeto de un ser racional? ¿Hay alguna virtud en un Mexicanismo, Americanismo o anglicismo esencial, que deba ser preservado ante todo peligro?

Y, habiendo hecho muchas tales preguntas, traté, más allá, de explicar una opinión de que nos podemos estar acercando todos a un gran periodo cosmopolita, cuando seremos miembros de una República de Naciones y extranjeros, como tal, nunca mas serian temidos o despreciados.

"Eso está muy bien," dijo el coronel, obstinadamente, "ya que la ventaja es caer en tu lado; pero te digo que daría la sangre de mi corazón para no verlo."

Acerca del valor de su predicción, no tengo opinión; pero la seriedad de esta convicción acerca de los planes de los norteamericanos de tal fuente estaba llena de interés. Es considerada por la mayor parte del pueblo mexicano, y significa problema para las empresas, ya que deben aumentar por su propio éxito.

"¿Algún partido se ha escuchado, por usted, en favor de la anexión?" pregunté.

"No hay tal partido ", contestó.

"No hay ninguno que la favorecería — a menos que, singularmente, podría ser el partido de la iglesia. Vaya país protestante que eres, contigo ellos podrían disfrutar de una mayor libertad que aquí. Desde su represión en la guerra de la reforma no puede haber ningún convento, órdenes religiosas, ni escuelas monásticas; pero en los Estados Unidos, tengo entendido, podrían tener tantas como deseen". El coronel era muy dado, como se dijo, a insistir en el punto de vista del soldado. Un día, cuando él había estado escribiendo, como dijo, a su madre, declaró, en un estado de ánimo sombrío, no sin patetismo: "Eso es el único lazo que une me a la vida. Con cuarenta y cuatro años, como me ves, he pasado por muchas decepciones y disgustos. Tengo poco placer en el presente y no grandes esperanzas en el futuro. Bueno, eso es un estado de ánimo adecuado para el soldado.

"El soldado", siguió diciendo, "debe ser uno que le pone poco valor a la vida y ve a la muerte como una liberación, o tener un supremo sentido de honor, de orgullo en su profesión y de deber a su Gobierno. Hace un contrato, por así decirlo, con autoridad. Él es bien pagado y altamente considerado; a cambio, él debe estar dispuesto a derramar su sangre, siempre que su empleador lo requiera. "


II.

La muestra de egoísmo infantil de mi compañero que advertí consistía en levantarse una mañana y llevarse mi caballo, sin decir nada como "con su licencia". Le había puesto los ojos mientras cabalgábamos, juzgó que era preferible a su mula y de esta manera directa tomó posesión. El asunto fue ajustado, pero no hasta que se asumió como un aspecto casi internacional. Fue en la frialdad resultante de este incidente que cabalgaba solo y vi por primera vez Iguala.

La expedición se había detenido, después la marcha habitual del día, antes del atardecer, en la aldea tropical de Platanillo. Estaba ansioso, sin embargo, de pasar la noche en lugar en la mencionada notable ciudad. El crepúsculo cerró muy rápidamente y de las estimaciones de informantes casuales yo había calculado mal la distancia.

"Adelantito, señor, dijeron, en la manera inexacta de tales informantes "Sólo un poco más; "Acá abajito, no mas" —"Por ahí derecho; casi nada, eso es todo." Tuve un vistazo distante o dos desde el paso, mientras que el sol brillaba como un faro de fuego en las crestas de enormes montañas que abarca su pequeño valle. Un pequeño lago brillaba en las cercanías y plantaciones de caña cerca mostraban un verde brillante. De la ciudad, que podría haber sido una gigantesca hacienda, sólo una cúpula y unas manchas blancas aparecieron en medio de un cuadro de follaje marcada por todos los lados a una línea pareja. Llegó la noche, era oscura y nublado, pero sin lluvia. Mi caballo resbaló conmigo en una empinada sobre piedras sueltas. Ya no era seguro cabalgar después de eso, y lo llevé la mayor parte del camino, buscando el camino en la oscuridad. La vista había sido muy engañosa, y tuvimos que caminar muchas millas.

Pasé solitarios barrancos, arroyos y trozos de madera. Las vacas habían ido a dormir en los pastos de las tierras altas, y ocasionalmente una se acercaba, con forma misteriosa, en el camino se salía fuera del camino. Los rayos de una luna nublada brillaban de vez en cuando en el parche blanco del lago, pero la ciudad parecía haberse esfumado de la existencia. Por fin, sin embargo, una luz tenue en una cúpula, luego ladridos de perros y voces humanas audibles. Todo este tiempo no había ni casa ni refugio. Era después de las 9. Llegué hasta una de las líneas oficiales de árboles, abrí una puerta en él y estaba en medio de Iguala.

No sé si el lugar tiene suficientes ventajas para compensar tanta incomodidad. Lo que se puede ver podría fácilmente hacerlo al día siguiente sobre la marcha. No hay ningún otro vestigio de Iturbide salvo preguntar cual era la casa en la que el Plan de Iguala se
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NUESTRA CABALGADA EN IGUALA.
dice que fue firmado —la más antigua, que es una de las mas desgastada, del lugar. Es de un piso, como la mayoría de casas provinciales mexicanas, con el enjarre muy desgastado en sus adobes, y ahora es una pobre fonda o restaurante, sin ni siquiera un anuncio.

Pero Iguala es encantadora. Una fila de columnas limpias, blancas, hecha por pilares cuadrados de mampostería, soportando techos de mosaico rojo, se extiende alrededor de una plaza central. Las ventanas de las mejores residencias están cerradas, no con vidrio, pero proyectando rejas de madera de postes torneados, pintados de verde. El mercado, una pequeña plaza pavimentado, abierta del otro, consiste en una serie de columnas dobles, ligeras, espaciosas y muy atractivas. La iglesia, de una forma noble, masiva, alegrada por un campanario celeste y un reloj, se encuentra en un recinto herboso rodeado de postes y cadenas. Enfrente está el zócalo, con bancos de ladrillo, profundos, sombra agradecida de tamarindos, tan grandes como Olmos y enramadas de chicharos dulces en flor. Tal Parque, esa iglesia y ese mercado podrían recomendarse concienzudamente como dignos de cualquier pueblo del mundo. Las cabezas de palmeras estrella, follaje de apariencia del Norte. Zacate brota abundantemente entre las piedra y da un aire rural. Una banda tocó en el zócalo en la noche, aunque hubo pero un pequeña grupo de personas para escucharlo.

Mientras hacía un dibujo del zócalo desde un portal algunos jóvenes muy bien vestidos y un profesor salieron. Resultó que esta casa era una escuela y parecía una agradable.

"Amigo" —dijeron, en un tono más bien condescendiente, "¿Cuál es su interés en este lugar? ¿Para que son tus dibujos?"

Tres días más adelante está Chilpancingo, a la que iguales términos de cortesía —en menor medida que Iguala— podrían aplicarse. Es la capital de este accidentado Guerrero, un estado nombrado en honor del general patriota, quien una vez fue, como nuestros propios Marcos y Vicente López, un mulero. Contiene una casa de Gobierno ornamentada, un zócalo con un atril; y encontramos aquí un coronel del destacamento de caballería custodiando el país, vestido de tal forma civil de equitación, como si fuera de paseo al Parque Central. La población —pero las poblaciones son difíciles de conseguir en México. Debo decir, al azar, cerca de unas tres mil personas.

En Chilpancingo se ve el lugar en que fue proclamada la Declaración original de independencia de México, en 1813. Tuvo que ser combatida por muchos largos años hasta el día de Iturbide. Esto es simplemente una casa blanca con una tableta y no de más interés. Fue una salvaje y causa problemática, verdaderamente, cuando se fue al remoto Chilpancingo por el primer Congreso Constituyente, reunido por el Padre Morelos, para librarse del yugo de España.

Pero ¿cómo se hizo todo esto? Estos pedacitos de civilización ornamentada son como lugares encantados que encontramos al penetrar las fortalezas de las montañas. Quizás deberíamos haber tomado desde el principio alguna comisión como la de Adelantado de las siete ciudades; y aún mayores descubrimientos nos pueden esperar, nunca antes oídos por el hombre. Cada uno se encuentra en su Valle de miniatura, sonriente y fértil, con caminos de carretas para un pequeño espacio alrededor; pero sus habitantes apenas pueden concebir ir por el sendero salvaje para abastecerse a sí mismos con las modas y comodidades que poseen.

Jueces francos de afuera las declararían intransitables y parecería una broma pedirles que las consideraran como camino. Hemos cruzado y recruzado rápidos arroyos, el agua alcanza a los animales en los hombros. El coronel tenía una manera de colgar sus botas militares en tales ocasiones en el agua, para dejarme ver que tan bien estaban hechas; pero una noche, observé, no se las podía quitar, y a la mañana siguiente no se las podía poner. En un día atravesamos la cañada o garganta, de Cholitla, sobre un lecho arenoso que la inundación aun no había tomado; otro día, la Cañada del Zopilote. Nuestro viejo amigo del Norte, el árbol ailanthus, era común donde otras características naturales eran muy tristes y a menudo llenan el aire insufriblemente con su olor. Los tres ríos que cruzando nuestro camino estaban muy llenos en efecto, como se había previsto. Cuando llegamos a la amplia Mezcala estaba opaca con suelo rojo y pasando a veinte millas por hora. Nos transportamos a través de ella en una lancha plana guiada por un remo. No hubo ninguna tabla para ayudar en el embarque de los caballos, y uno de ellos cayó en tal pánico que causó un terrible combate de casi media hora. Fue finalmente echado a bordo, más muerto que vivo, con las patas amarradas.

"¡Ah, qué alma tienes!" Marcos le gritaba fervientemente a su animal, el cual nos había pateado casi a todo en el río; y perdió toda compostura en su furia, pidió prestado mi revólver, para poder despachar a tal bruto, de cuya propiedad se avergonzaba.

El Río Papagallo seguía, lo cruzamos en un bajo y los animales nadaron. Le pregunté al Coronel, en mi sencillez, si esto no era más o menos como la guerra, queriendo decir la forma del viaje, nuestra alimentación, durmiendo medio descubiertos y otros. Sonrió en desdén y me dio un esbozo de sus campañas en los días de la usurpación francesa. El Gobierno legítimo tuvo alguna vez muy poca presencia en el territorio que se llamaba Gobierno de Paso del Norte, desde el más lejano pueblo en la frontera norte, a la que fue empujado. Comer y dormir apenas parecen haber sido la costumbre total, por una guerra de guerrilla sin tregua, la marea se convirtió.

Cuando llegamos a "los Cajones", sin embargo, admitió que esto fue un poco como guerra. Nos resbaló y deslizamos todo un día en los Cajones —natural, o más bien más tristemente antinatural, escalones en roca sólida, en medio de un bosque oscuro. Las perpendiculares son tres y cuatro pies a la vez, y a menudo hay hoyos de barro abajo; y además, hay enredaderas que tratan de tomarte bajo del mentón. La estabilidad sagaz de las mulas de carga, tomando pasos sin ayuda en las situaciones más críticas, fue maravilloso ver.

Encontramos peones, en algodón blanco, viniendo con barriles de ardientes licores sobre sus hombros, y nos detuvimos totalmente para permitir el paso tintineante de mulas con mercancías. El agua corría en la senda con nosotros, cortésmente compartiendo su derecho de vía. En un lugar se incrementó y convergieron dos desde cada lado, y el bosque estaba lleno de sus murmullos, como si otro diluvio universal llegaba a abrumarnos. Estaba lleno, también, de parches de luz verde pálida sobre piedras cubiertas de musgo, y piscinas límpidas y helechos delicados, como cristales de hielo convertidos en vegetales. De vez en cuando, algunas cascadas blancas aparecían en la semi obscuridad como una ninfa señalando.

Entre los crecimientos vegetales en el camino había la goma-copal, no a diferencia de nuestro Abedul blanco. Había un árbol, el cuahuete —Si puedo confiar la pronunciación de Marcos— liso, color bronce y a menudo de un repulsivo rojo, como lleno de sangre. Vimos muchas flores encantadoras de rojo y amarillo en un arbusto alto, como mariposas posadas y una o dos veces un ramillete de Heliotropo y una azucena. El amape, se encontraba en las aldeas y era algo como el castaño, fue el mejor árbol de sombra. Hubo una ausencia notable en todo el trayecto de lo que estamos acostumbrados a considerar las características esencialmente tropicales. Frecuentemente uno puede cabalgar en el bosque de Connecticut. No hubo ni un rango de frondosidad de crecimiento, así como no hubo serpientes ni los enjambres de insectos pestíferos (excepto unos pocos mosquitos) que se esperarían. Una vez vimos un par de lobos coyote trotando recatadamente, y, de nuevo, una gran iguana, un inofensivo reptil, uno de los cuales también observé luego, deslizándose en un viejo cañón de bronce en el fuerte de Acapulco.

Aves que apenas recordar, excepto una o dos garzas blancas, reflejándose encantadoramente en una piscina de tierras altas temprano en la mañana y los tecuses, una especie de pájaro negro. Vicente los apedreó con piedras pequeñas, de probar su puntería. Sin embargo, el órgano-cactus, deben quedar exentos del reclamo de falta de vegetación tropical. Abunda densamente en cañones y laderas de la montaña.

Crecen veinticinco pies o más de altura, las plantas son como candeleros de siete brazos de Ley Hebrea, o lanzas de los dioses lanzadas hacia abajo y aun estremeciendo en la tierra. También la Palma, debe ser excluida. Crece en los desolados lados de colinas tan comunes como los tallos gordolobo con nosotros. No puedo nunca respetar, en los conservatorios, nuevamente. Verlo así, fue una especie de impacto: era como ver alguna bella exótica de sociedad disfrazada de una sirvienta de cocina. Un día antes de llegar a la costa tuvimos las palmeras de coco. Nadie en las aldeas haría bajar el fruto para nosotros excepto una orden grande, por generosos precios, que los hizo más caros que en Nueva York. A menudo había escasez de otras frutas y productos básicos, como el azúcar, de la misma manera, en o cerca de los lugares donde crecen.

Hacia las etapas finales del viaje nos encontramos con otro compañero de viaje, un oficial en el servicio de aduanas. Cuando se enteró que el coronel iba a la frontera, con miras, entre otras cosas, de suprimir el extenso contrabando que había ahí, dijo, "Mejor tienes que ganar tus $20.000 o $30.000 por protegerlo. Va a ser mucho menos problema. Los contrabandistas comprarán a tus soldados, de todos modos; equivale a lo mismo."

No debo representar que el coronel fue siempre de un comportamiento opresivamente serio. Por el contrario, desarrolló una vena de humor, lo más divertido de la simple buena fe de las personas a cuya se hacia generalmente.

"¿No cobras más que eso a las personas de nuestra categoría, mi buena mujer?", dijo a una campesina, cuyo cobro fue modesto, aunque en consonancia con el carácter primitivo de los alojamientos. "Es una especie de afrenta, como podría decirse. ¿Usted comprende que soy un coronel del ejército, y este caballero un viajero experimentado, observando a los usos y costumbres de tierras extranjeras? Cuando desconocidos de nuestra posición de esta manera vuelvan entienda que el doble lo que ha exigido es lo menos que usted debe cobrar."

La mujer, avergonzada, recibió el doble de su tarifa y respondió que recordaría la lección para el beneficio futuros visitantes.

Una vez más, encontrando a tres mujeres indias con cara honesta, con jarras sobre sus cabezas, yendo al manantial, dijo, "Buenos días, Maria" y volteo a mí, aparte, "No que yo sepa, si una de ellas se llame María o no.”

Visiblemente alabó, a su cara, como muy atractivo, una sirvienta que llevaba aretes y collar de oro, y quizás, no era de más de sencillez y calidad promedio. Ella atendió nuestra mesa en Tierra Colorada. El coronel quiso saber su nombre.

"Victoria".

"¡Bien, tu nombre es Victoria!" dijo, con entusiasmo simulado. "¡que Cara simpática!" repitió a intervalos.

Dócilmente, y con ninguna sospecha de la burla, ella respondió, cada vez, "Mil gracias, señor.

"Da gracias al cielo, que te hizo así y no nosotros, que sólo lo reconocemos," contestó el coronel, piadosamente.

En La Venta de Peregrino la noche era caliente, y aun llovió todo el día. Un jardín de plátanos de veinte pies de altura creció junto a la casa como cesta de cañas donde paramos. Colgamos nuestras prendas húmedas y cosas en los palos del porche de paja o pabellón, hasta que parecía uno de esos establecimientos nacionales muy numerosos, casas de empeño. Perros, gatos, burros, caballos, cerdos y aves de corral, fueron espantados, cuando se convirtieron en demasiado familiares, con un enfático ¡Ooch-t! —se fueron al mismo refugio, como si hubiera sido el arca de Noé. Cenamos salsa de chile, polo duro, frijoles, tortillas, queso crema, café sin leche, esparcida sobre un petate en el suelo. El dueño en persona —un hombre en camisa bordada y pantalones de algodón, cuya discusión no era del tipo más sabio —mantuvo antorchas de pino para iluminar la fiesta.

"Ahora, ¿cómo sucede, hombre?," preguntó el coronel, como si de una manera especulativa, "que una persona de su fina apariencia; un estadista, como uno podría decir, que va a Dos Arroyos para ver quién va a ser electo alcalde" (el hombre había estado allí ese día, como nos dijo), "con una fina casa como esta— ¿cómo sucede?, digo, ¿que no tiene una mesa de ningún tipo para servir la cena a los viajeros?"

"Pos bien" dijo anfitrión analfabeta, tanto contento y nervioso, rascándose la cabeza. ¿"Mesas? Sí, las mesas, ahora, para estar seguro. Todo lo que dice es muy cierto, pero hay una gran escasez de carpinteros en esta parte del país. Si, escasean mucho, puedo decir."


III.

Dos días después de esto llegamos a Acapulco. Es una ciudad mayormente de maltrechas cabañas, con unas maltrechas tres mil quinientas personas. No tiene vestigios de su antigüedad sólo un antiguo fuerte español, del tipo del castillo del Morro, desmantelado por los franceses de Maximiliano al abandonar el lugar.

Cerca del fuerte hay un par de rieles oxidados en posición sobre un pequeño terraplén deslavado, el comienzo de un ferrocarril inaugurado aquí con broche de oro el 5 de mayo de 1881. Habiendo pasado sobre la línea, uno juzgaría que podría ser mucho más que una temida agresión estadounidense lo que impedirían su pronta finalización.

No hubo ningún placer pequeño descubrir finalmente, como otro Balboa, el Océano Pacífico, al abordar el fino vapor de la Compañía de Correo del Pacifico, el Ciudad de Granada , que había llegado de su larga excursión al norte desde Panamá, y restablecer la conexión con el mundo exterior.

Con esto, también comencé a conocer los puertos occidentales de México. Uno de los vapores bimensual, bien elegidos, cada mes para en todos ellos. Una idea del país se puede tener así que no sería posible de lo contrario sin mucho mayor fatiga y gastos, pero es en absoluto tan favorable como el que presenta el interior. Ninguno de los tres puertos abajo es de gran tamaño. Acapulco tiene el puerto más completo y encantador. Manzanillo es una pequeña franja de un lugar, en la playa, construido de madera, con una apariencia americana. El volcán de Colima aparece tierra adentro, con una ligera nube de humo por encima de él.


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LAS CAMPANAS DE SAN BLAS.

San Blas es grande, pero todavía apenas más que una extensa aldea de paja. Del lado del acantilado junto a él existen las ruinas de un antiguo, grande San Blas, destruido por un terremoto. Algunas campanas de bronce antiguas de su iglesia han sido bajadas y configuradas en rudos caballetes de madera, en frente de la capilla pobre, sin un campanario, que ahora cubre las necesidades eclesiásticas del lugar. Este arreglo se denomina sarcásticamente la torre de San Blas. Mi esbozo de estas campanas, hecho en una hoja de mi libro en primera instancia, llegó a tener una importancia mucho más allá de sus propios méritos. Tengo la satisfacción de saber que resultó para ser la fuente de nada menos que la última inspiración de Longfellow. El gran y buen poeta murió el 24 de marzo de 1882. En su portafolios se encontró su último trabajo, "Las campanas de San Blas," fechado el 15 de marzo, que después apareció en el Atlantic Monthly. Su libro memorándum contenía una referencia, como sugerencia para un poema, al número y la página de Revista Harper del mismo mes, en que publicó el esbozo.

En Mazatlán nos encontramos en un bullicioso puerto y una pequeña ciudad bien y magníficamente construida, con mejoras y tiendas de un mejor tipo, que otros países fuera de México podrían estar satisfechos. Parece sorprendente, hasta que comprendemos el fuertemente atrasado país al que pertenece, ¿cómo puede justificarse una ciudad de apenas catorce mil personas en mantener tan elaborado contenido de mercancías?

Finalmente navegamos a través del Golfo de California y por la costa de la península que parece uno de los puntos más distantes del planeta. Los días son calmos y azules; los audaces contornos de las costas ofrecen novedad constante. Se pasa una línea arbitraria: hemos perdido a México, pero ganamos California la más rica y maravillosa de sus provincias.

Es notable ahora recordar que, tras la ascensión del emperador Iturbide, México se jactó de ser, con la excepción de Rusia y China, el Imperio más extenso del mundo.