Manifiesto de Cabrera «A la Nación»

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A LA NACION
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 Españoles:

 En nombre de Dios, que manda no despreciar los consejos de la prudencia, un momento, solo un momento de serenidad, y oidme.

 Yo soy el que hace cuarenta años acaudillaba en Aragón y Cataluña las huestes defensoras de la tradición, y el que mas tarde las dirigió en una nueva campaña contra el poder establecido; yo el que arrebatado de las aulas por el torbellino de la guerra, llegó á ser amado y temido como general, y no recuerdo por vanagloria lo que fui, sino para deciros con sinceridad y verdad que soy el mismo. El mismo y con el mismo anhelo de servir á mi Patria, y con la misma fe que me alentaba cuando caía herido en el campo, ó cuando en hombros de mis soldados tenia que dictar órdenes entre el fuego de la acción y el de la fiebre que me devoraba.

 Pues bien, yo que por destino de Dios y mi desgracia, he venido á personificar en su mas alto grado de exaltacion los sentimientos propios de la guerra civil, Españoles, creedme, solo el nombrar esta calamidad me aflige, porque la conozco bien y la detesto.

 La guerra, sin embargo, puede ser justa cuando tiene un fin tambien justo, y á la vez determinado y cierto. A la muerte de Fernando VII, el fin de la lucha era hasta popular. Queríamos sostener todo aquel mundo de instituciones seculares, de costumbres piadosas y de tradiciones queridas; peleábamos, porque arrebatarnos aquel modo de ser, era como espulsarnos de nuestra patria católica, española y monárquica, y por eso nuestro pecho servia de escudo al sacerdote que nos bendecia, y al Rey cristiano que dignamente representaba nuestra causa.

 En 1848, aquel mundo que habia desaparecido de la realidad, quedaba todavía en la memoria, y entonces para nosotros el fin de la guerra estaba comprendido en la sola palabra: restauracion. Mas al presente, ¿quién es capaz de saber para qué serviria la dominación del carlismo? Ante esta falta absoluta de plan y de concierto, ¿quién nos dice, que aun venciendo, después de una guerra tan desastrosa, no nos encontraremos con un mezquino triunfo de palabras y con otra guerra indispensable para alcanzar el triunfo de las ideas? ¿Quién asegura que no se está diezmando la juventud y asolando el pais para entronizar aquello mismo que se combate? Los que no han visto, podrán decir, ¡quién sabe! Pero los que hemos visto..... lo sabemos.

 Dado el cambio transcurrido desde 1833, y la triste realidad de tantos desastres, ¿qué medidas ó reformas de apremiante actualidad realizaria el carlismo en el poder? Este es el vacío que se ha querido llenar con proclamas y manifiestos que nada determinan, y este vacío es imperdonable; porque si al voluntario, lastimado en su fe y herido en su dignidad de español le basta sentir por qué se bate, á la nacion le importa saber de positivo para qué es la guerra: pero saberlo de un modo tal, que antes del triunfo, antes que llegue el dia de las ingratitudes, pueda decir muy alto: ¡Aquí está escrito y sellado con la sangre de mis mejores hijos!

 Los escesos de la Revolucion produjeron, sin embargo, tan profundo movimiento en la sociedad española, que hijos de pobre hogar y de familias acomodadas, carlistas de tradicion y hasta enemigos que habian sido de nuestra bandera, se lanzaron como yo algun dia á pelear por Dios, por la Patria y por el Rey, sin pensar en asegurarse de que no iban inútilmente al sacrificio.

 Yo los aplaudo y los admiro; los he reconocido por su abnegación; eran los mismos ó de la misma raza de los que á mi lado combatieron en otro tiempo. Que la Patria les haga justicia y reconozca en ellos una gran esperanza. Dios sabe hasta dónde el afecto que les profeso, me da vida y aliento para la empresa que acabo de acometer.

 Pero si hace cuarenta años, tambien yo me dejaba arrebatar por la corriente del entusiasmo, mas tarde me incumbia otro deber, y lo he cumplido. Yo deseaba que el Príncipe, llamado á representar las grandes virtudes del partido, aprendiera; mas luego que aprendió que tenia derecho á la corona de España, no quiso saber mas. Yo deseaba que antes de pelear, si era preciso, conquistara pacíficamente la estimacion y el aprecio de un pais que al cabo no le conocia; y á la vez que el partido se reorganizara, y defendiendo, y formulando prácticamente sus ideas, diese prenda segura de su objeto político y de su sistema de gobierno; pero mis consejos fueron inútiles y mi proceder atribuido á menosprecio de la Patria. Para hacerme odioso en España, dijeron de mí, que en la prosperidad habia perdido la fe religiosa, por la que he dado tantas veces mi sangre, por la que estoy dispuesto á dar la vida; y hasta me calumniaron llamándome traidor. ¡Cómo! Traidor, sin mando alguno, sin relacion siquiera ni compromiso con el Príncipe, y sobre todo ¡traidor Ramon Cabrera! Perdonad la jactancia, no hay en España quien lo crea, y el mismo Príncipe que autoriza tal superchería, es el primero en saber que no es verdad.

 Mis previsiones se realizaron: la ineficacia de tanto esfuerzo, la inutilidad de tanto sacrificio, han venido á darme cumplidamente la razon; mas yo he debido callar hasta ahora y limitarme á deplorar en silencio los males de mi Patria. Triunfante la anarquía, no era ocasion de oponerme con empeño á una guerra que en parte parecia justificada; pero cuando la Revolucion ha hecho un alto que parece ser duradero; cuando ciñe la corona un Príncipe que ostenta como el mas preciado de todos sus títulos el de Católico, y que ha sabido demostrar que tiene conciencia de su deber y conoce la alta mision del que está llamado á ser Jefe de generales, hombres de Estado y hasta ministros del Señor; Españoles, incurriríamos en una grave responsabilidad si los defensores de un pasado, no siempre justo, y los iniciadores de reformas, no siempre aceptables, malográramos esta ocasión de acudir á depositar en las gradas del trono el peso ya abrumador de nuestras discordias.

 Gentes menguadas formarán hoy mas empeño que nunca en avivar resentimientos; pero, ya veis, ¿quién mas ofendido que yo? Pues en vano se ha procurado retraerme de prestar mi adhesion al Monarca, evocando en mi alma dolorosos recuerdos. La fé me enseña y el corazon me dice que yo, como el ser querido, á quien profanamente aluden, debo morir perdonando á mis enemigos; y yo sé, yo veo que aquel ser querido me dice desde el cielo que hago bien.

 Españoles, piedad de la Nacion que tambien es nuestra madre. Mi partido, el mas perseverante, secundará bien pronto, así lo espero, mi determinación. Cada cual con sus convicciones, y á luchar noblemente al amparo de la Ley. Rechacemos de una vez para siempre la injuria que hacen á nuestra dignidad los que nos califican de ingobernables, y nosotros, conquistadores por tradicion y por carácter, realicemos la mayor conquista que un pueblo pueda hacer, que es triunfar de sus propias flaquezas.

 Ese dia, el mas brillante de nuestra historia, vendrá con la paz que anhela para España, vuestro compatriota que os abraza con toda su alma

 Paris 11 de Marzo de 1875.