Memorias Íntimas, Capítulo IV - El café Suizo

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Obras Completas de Eusebio Blasco
Tomo IV, Memorias Íntimas.
Capítulo IV - El café Suizo
 de Eusebio Blasco


Ya en la intimidad de los periodistas, perdido el miedo y tuteando gente, el estudiante aragonés pudo frecuentar al cabo de unos meses los círculos íntimos de las letras. Y en aquel rincón del Suizo Viejo vió nacer con él muchos que luego han hecho hablar de ellos, y como suele decirse, gemir a las prensas en honor suyo.

¡Qué rinconcito aquél!

Lo presidía el respetable D. José Vallejo, dibujante notabilísimo; y él y Bernardo Rico, grabador y artista en el alma, hermano del glorioso pintor Martín, nuestro consocio, eran los primeros en acudir, a eso de las ocho, porque entonces en Madrid se comía mucho más temprano que ahora. Venían después Roberto Robert, ocurrentísimo, Luis Rivera, Angel Avilés, el pintor Algarra, que era a la vez regular barítono y predicaba revolución a todas horas, los pintores Casado, Valdivieso, García, Gisbert, cuyo cuadro de los Comuneros, expuesto por aquella época en el Congreso por iniciativa de Olózaga, fué objeto de una manifestación política liberal; Rosales, que exponía por primera vez; el editor D. José Gaspar, que de aquella mesa sacaba todos los años los materiales para aquellos Almanaques tan populares y tan festivos en los que colaboraba toda la literatura contemporánea.

Gustavo Becquer, el triste Gustavo Becquer, a quien González Bravo hizo censor de novelas, y era opuesto, por ser moderado, a las ideas que los demás exponíamos, y dejaba ya ver aquella melancolía dulce que le llevó al sepulcro; Viedma, poeta delicado y tierno; Inza, que era un periodista a quien no se le ocurría nada escribiendo, pero que hablando era la gracia misma. Este fué el que propuso una vez regalar una navaja de honor a Carlos Rubio para que se afeitara los pantalones, que los llevaba llenos de barbas por abajo, y el mismo, cuando le destinaron a la Habana, al llegar vió un cartel que decía: Tiro al blanco, y exclamó.—¿Pero, señor, no basta con el vómito?

Allí venían Granés y Pastorfido, que colaboraron en muy graciosas comedias. Pastorfido, compañero de armas de Serra, era famoso por los escándalos que producía en el teatro Real en el paraíso, donde el bello sexo reclamaba siempre contra él, yo no sé por qué.

El actor Arderíus, que entonces hacía papeles insignificantes en la Zarzuela, venía antes de la función con el maestro Oudrid, que también era hombre de gracia natural y temible por el arte de poner motes; y junto a aquel grupo de literatos y artistas veíamos venir algunas noches al actor Pardiñas y al banderillero Rico, que cuchicheaban y parecían contarse cosas secretas; el actor y el torero comenzaban ya a formar parte de los que habían de ocultar y acaparar armas para movimientos populares que aún tardaron en venir dos años.

Joven, tímido, pegado siempre a Roberto Robert, había un joven catalán que empezaba su carrera y la ha hecho a fuerza de trabajo y de perseverancia, llegando a ser publicista distinguido, propietario de una Agencia internacional conocida en toda Europa, y hoy senador del reino, y aquel joven se llamaba Nilo María Fabra. De vez en cuando se permitía acudir por allí como de paso José Luis Albareda, que vivía en un mundo muy elegante y más aristocrático. Su círculo era el de D. José Salamanca, el de la alta banca, el de las damas, entre quienes tenía gran partido por lo buen mozo. Ramón Correa, su íntimo amigo, era del rincón del Suizo también y sus frases se repetían. Y en el mismo café, más adentro, se reunían los economistas y futuros hombres de Estado de la Revolución, Figuerola, Salmerón, el joven Labra, que ya comenzaba a luchar por la autonomía de las colonias; el doctor Delgado Jugo, gran entusiasta de las letras; Salmerón, Echegaray, Caunedo y tantos otros, que mientras Madrid se divertía trabajaban sin descanso por el triunfo de la nueva era. De vez en cuando aparecía Fernández y González, y era cosa de echarse a temblar por los gritos que daba; pero siempre tenía algunos versos nuevos hermosísimos, y se le perdonaba todo en gracia de su genio poético.

Y en medio de toda esta reunión, plantel de futuras celebridades, había un madrileño que fué popular muchos años y cuyas observaciones y frases típicas corrían siempre de boca en boca. No era ni literato ni artista, poro vivía siempre con ellos, y en los saloncillos de los teatros su presencia era constante. Se llamaba D. Joaquín Barrutia, y toda una generación le ha conocido, con su hermosa cabeza y barba rapada a lo Carlos V, limpio como el oro, cubierta la cabeza con un sombrero hongo de anchas alas. Era el alma del salón y conocía a todo Madrid. Había sido guardia de corps y pertenecía a una familia muy distinguida. Para todos nosotros era así como un padre en la experiencia y en el alegre excepticismo que se reflejaba en todas sus palabras. Nadie de aquel tiempo ha olvidado lo que dijo cuando quisieron leerle el Manifiesto que había dado a la nación el general Prim en la primera intentona revolucionaria. No había en Madrid más que un ejemplar, y el que lo tenía quiso leerlo en secreto a unos cuantos -amigos.—¡Lo conozco! dijo Barrutia.—No puede ser, acaba de llegar.—¡Pues lo conozco!— No hay en Madrid más que éste.—¡Le digo a usted que lo conozco! ¡Desde el año veintitrés, todos dicen lo mismo!

Rincón adorado, donde se sabían al dedillo los enredos de la camarilla palaciega, los amores de las mujeres a la moda, las intrigas de la monja de las llagas y las fastuosidades dé Meneses. Allí, en aquel rincón se fraguaba sordamente el rayo que había de destruirlo todo.

La Unión liberal gobernaba sin temor,- los periódicos tenían relativa libertad, en las Cortes divertía al Congreso y al público el diputado Hazañas con sus cuentos, y un diputado que fué elegido cuando aún no tenía la edad y por simpatía personal se le perdonó el tiempo que le faltaba, comenzaba a darse a conocer y a lucir por elocuente y por guapo mozo, discurseando muy bien en la Cámara, brillando en los salones de la época y adquiriendo con rapidez asombrosa reputación de listo y de temible; y Madrid le puso su nombre llamándole el pollo, y se auguraba que había de llegar a muy alto, y este pollo era el hoy idéntico batallador y a pesar de la edad joven en la lucha y temible por sus energías incansables, D. Francisco Romero Robledo.

Aparisi y Guijarro defendía como un león sus ideas reaccionarias en las Cortes. Cortes aquellas en las que el número de notabilidades parlamentarías equivalía casi al número de diputados. Cortes de Ríos Rosas, de Cánovas del Castillo, de Llorente, de González Bravo, de Rivero, de Olózaga, de tantos oradores famosos y de Gobiernos presididos por aquel general alto y estrecho, de encorvadas espaldas, de aspecto más extranjero que español, pero de un gran sentido político, y cuyos discursos solían tener fama de incorrectos, porque a veces decía las cosas mal y no se enteraba, como aquella tarde en que dijo la famosa palabra: — Señores, hay una diferiencia muy notable... y al oír una carcajada general, dijo dando un gran puñetazo en el pupitre: — ¡Sí señores, muy notable!