Memorias Íntimas - El «Gil Blas»

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Obras Completas de Eusebio Blasco
Tomo IV, Memorias Íntimas.
Capítulo IX - El «Gil Blas»
 de Eusebio Blasco


Nota: se ha conservado la ortografía original, excepto en el caso de la preposición á.


IX

Aparición del «Gil Blas».—La caricatura.—Denuncias y secuestros.—Propaganda terrible.—Juan Álvarez Lorenzana.—Emilio Castelar.—Tamberlik.—Sor Patrocinio y le padre Claret.— Meneses.

El Gil Blas a su aparición produjo un verdadero escándalo y a dos reales el número se vendieron treinta mil ejemplares del primero. Había larga cola de curiosos en la Carrera para ver el ejemplar expuesto en la librería de Durán, hoy librería Fe. Leído hoy no parece que hubiera motivo para tal éxito, y es porque hoy se escribe con tal desenfado y con violencia tal, que la gracia de entonces parece hoy sosera. El padre Cobos fué el periódico destinado a matar a los gobiernos liberales del bienio; y el Gil Blas fué el periódico destinado a matar a los gobiernos reaccionarios del último período del reinado de Isabel II. Los periódicos satíricos han sido los iniciadores de todas las revoluciones. Con su Lanterne, Rochefort comenzó a echar abajo el Imperio. Con el Gil Blas comenzó en España ya preparada la revolución, la era de los atrevimientos, de las persecuciones a la prensa, del ridículo en grande, y el ridículo es el arma más temible y la más poderosa.

Luis Rivera, redactor de La Discusión, escritor modesto, traductor de piezas y zarzuelas, asiduo al rincón aquel del Suizo que ya conocéis, pensó en hacer un negocio empleando un poco de dinero en lanzar aquel semanario. Entonces el semanario verdaderamente popular era El Cascabel, de Frontaura, muy gracioso, muy apropósito para divertir a las clases medias, pero sin intención política, sin deseo de demoler. Rivera buscó para hacer su papel hebdomadario a tres amigos y un dibujante. De los tres amigos, dos eran ya populares, Manuel del Palacio y Roberto Robert. El tercero era yo, que no había publicado aun con mi firma más que poesías, un tomo de versos, folletines sin importancia. Rivera me protegió autorizándome a hacer cuanto quisiera y firmarlo, y me nombró secretario de la redacción para responder de todo lo no firmado, según lo exigía entonces la ley.

Hallé una tribuna libre, y me desaté.

El dibujante era Ortego, ya muy conocido por sus obras en El Museo Universal y en las entregas de las novelas. Éste se encargó de inaugurar en España el reinado de la caricatura, y comenzó a popularizar la figura de Narváez vestido de gitano y con un sombrero de catite y la de O'Donell con unas piernas sin fin y un cirio en la mano.

Hasta entonces aquellos dos hombres, amos del cotarro, inspiraban ó respeto ó miedo. Ortego logró que el país les tomara en broma. Nosotros al mismo tiempo nos atrevimos con todo y con todos, llovieron las causas de imprenta, las denuncias, los secuestros, y el público y el periódico iban de acuerdo en protestar, en batallar, en odiar al gobierno. La marea subía. Los periódicos serios tiraban ya con bala rasa y se perdía ya el respeto a lo más alto. Rivero en La Discusión, Castelar en La Democracia, Sagasta en La Iberia, Fernández de los Ríos en Las Novedades, y aun Albareda en El Contemporaneo previendo lo que se venía encima hacían una propaganda terrible. El público no leía noticias más que en La Correspondencia de D. Manuel Santa Ana, pero se arrebataba los diarios democráticos. Había una verdadera corriente de opinión que hoy no hay, digámoslo con franqueza. Una enorme masa de país quería algo nuevo, mientras que hoy dijérase que nadie aspira a nada. A excepción de los carlistas, únicos que persiguen un objeto y lo trabajan denodadamente, nadie hace hoy campaña por nada. El año de sesenta y seis la campaña democrática la hacíamos todos a la vez, periodistas y público, la juventud cumpliendo su misión lógica y natural, se ocupaba de la cosa pública, los estudiantes eran liberales, como sus profesores, el pueblo se disputaba los diarios revolucionarios, y los hombres de acción agitaban por bajo mano a las masas y se preparaba una verdadera organización para días de lucha. El movimiento estaba dado, el tren estaba ya en marcha. Sus choques y descarrilamientos tuvo, pero llegó a tiempo a su destino, porque los maquinistas éramos jóvenes y teníamos la fe que abre todos los caminos. El Gil Blas fué quien dió más vapor, popularizó la revolución naciente, y la prueba de su éxito la tenemos en que hubo día de venta en que recaudó veinte mil reales de números sueltos y en que Luis Rivera a su muerte dejó más de ochenta mil duros.

Se leía en todas partes, se hablaba de aquel periódico en los salones y tertulias de la época y se hablaba con cierto espanto casero, y parecía como que los periódicos y los periodistas daban miedo. De demagogos eran tratados aunque viniesen de campos reaccionarios.

Pero de todos aquellos periodistas de entonces, el más temible, el más popular a pesar de sus orígenes moderados fué D. Juan Alvarez Lorenzana. En un día hizo él solo más propaganda revolucionaria y produjo mayor sacudida en el público que todos nosotros, con aquel celebérrimo artículo publicado en el Diario Español con el título de Meditemos. Llegó hasta la Corte el movimiento de sorpresa y de temor que causó en el público. Fué el primer cañonazo de la revolución naciente. Aquel día ganó ya Lorenzana la cartera de ministro de Estado que le dió el gobierno provisional en 29 de Septiembre del 68.

Un gran escritor de hoy, uno de aquellos jóvenes que nos han sucedido y con más talento que nosotros lleva hoy muy alta la bandera del periodismo, ha descrito a Lorenzana mejor que yo lo hiciera. Este escritor, honra de las letras, es D. Julio Burell. En estas Memorias que voy escribiendo poco a poco he de incluir al publicarlas lo que hace tres años decía Burell de Lorenzana.

Y dice el afamado periodista:

«Pronunciar este nombre en la prensa equivale a recordar una de las más legítimas glorias del periodismo.

«Nacido en Oviedo hacia el año 1818, siguió la carrera de leyes, con gran lucimiento, obteniendo el título de abogado a los veintidós años.

«A fin de ejercer esta profesión y de dar alimento a su actividad, vino a Madrid en 1840.

«Aunque, gracias a sus buenas relaciones y a Ja protección eficacísima de sus paisanos, halló muy pronto una ocupación en las oficinas del Estado, Alvarez de Lorenzana comenzó su vida de periodista, a la que, desde un principio, manifestó decidida afición, formando parte de las redacciones de El Faro y El País.

«Escritor intencionado y de vigoroso estilo, no comenzó, sin embargo, a tener notoriedad hasta 1851, en que fundó, con el conde de la Romera, El Diario Español.

«La brillantísima y fecunda campaña que entonces sostuvo contra la fracción denominada de los Polacos, le hizo adquirir justa fama de periodista sin rival.

«En el año 1856, cuando se verificó la ruptura entre los generales O'DonnelI y Espartero, Lorenzana siguió al primero de estos dos generales, y el ministerio O'Donnell-Ríos Rosas le nombró director general de Administración: en este puesto tuvo ocasión de redactar varios decretos de importancia, y en ellos consiguió elevar la literatura oficial a una altura a que no había llegado antes, ni ha conseguido llegar después.

«Él, según es fama, redactó los tres famosos decretos de Ríos Rosas: el de disolución de las Cortes constituyentes del bienio; el del desarme definitivo de la milicia nacional y el del restablecimiento de la Constitución de 1845, con la célebre acta adicional. Lo dispuesto en aquellos decretos duró poco; a la Constitución del 45, restablecida, sucedió muy pronto la de 1869 y la nacional volvió a ser organizada en 1868. Las Cortes constituyentes del bienio sí quedaron disueltas; pero fué porque O'Donnell se había anticipado a disolverlas a cañonazos.

«Posada Herrera, que, además de ser paisano y amigo de Lorenzana, conocía perfectamente sus condiciones de carácter, le nombró subsecretario de Gobernación. Cuando O'Donnell cayó, siendo sustituido por Narváez, Lorenzana tornó a su vida de periodista, si no con la misma actividad febril de los primeros años, con la misma intención, el mismo vigor e idénticos resultados.

«Por entonces fué cuando aparecieron en El Diario Español los artículos La clave, Míatenos, Meditemos, que tanta sensación produjeron en Madrid, y que la fama atribuyó entonces a la pluma de D. Juan Alvarez Lorenzana.

«Desde aquellos tiempos, el periodismo ha cambiado mucho; es casi seguro que en esta época no hubiesen producido los citados artículos el efecto que a la sazón produjeron; pero entonces se hablaba de ellos en todas partes, y hasta los poetas dramáticos los llevaron al teatro.

«La revolución de Septiembre, a la cual había contribuido como el que más, lo elevó al ministerio de Estado, y a él y al eminente Federico Balart, se debe la redacción de la circular en la que se daba cuenta a los gobiernos de Europa de las causas y los propósitos de la revolución.

«Lo quebrantado de su salud obligóle a renunciar la cartera, y desde 1869 no desempeñó más «argo que el de senador y el de embajador de España cerca del Sumo Pontífice.»

Lorenzana era hombre modesto, descuidado de su persona, atento sólo al estudio y a la lectura, murió enterrado en libros, en su biblioteca de la calle de Caballero de Gracia.

Siendo Embajador en Roma, fué a verle un pensionado. En el salón donde le dijeron que esperase, había en señor sentado en un rincón, de tan sencillo aspecto, que el joven pintor no le hizo caso y se puso a mirar los cuadros que adornaban las paredes, silbando y fumando. Al cabo de una hora preguntó al desconocido:

—No sabe usted si vendrá pronto el Embajador.

—El Embajador es un servidor de usted.

Y lo mismo le sucedía en el ministerio, en el gran mundo, en su casa. Era Vizconde de Barrantes y prefería llamarse Lorenzana a secas. Los cargos oficiales le eran molestos, las vanidades humanas no existían para él, murió como vivió, sin hacer más ruido que el que sus obras dieron.

Su viuda, la Vizcondesa de Barrantes, ha reunido originales suficientes para publicar un volumen de las obras de su marido y ésta sería ocasión de pedir a todos los que vivieron en aquellos años de luchas políticas y a los que con noble curiosidad desean conocerlas, que contribuyeran a la publicación delibro tan interesante. Los periodistas noveles hallarán en ella algo que aprender, los periodistas viejos recordarán con gusto aquellos artículos que levantaron el ánimo de toda una generación y contribuyeron a cimentar una sociedad nueva.