Memorias de un solterón: 02

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Capítulo II
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Memorias de un solterón Emilia Pardo Bazán


En verano dejo las ociosas plumas a la metálica voz del French, cuando lanza ocho estridentes notas en la soñolienta atmósfera de la sala, contigua al dormitorio. Me lavo a escape, me visto de negligé y corro a la playa del Rial a tomar un baño. Salgo del chapuzón regenerado, con la sangre fresca, dispuesto a resistir bien el calor del día. Desde el baño hago rumbo al Casino de la Amistad, muy próximo a mi casa (vivo en la calle Mayor, el corazón de Marineda), y me arrellano en una butaca, a leer la prensa de la corte, a abrir y gulusmear Ilustraciones y Revistas. La de Ambos Mundos, decadente y todo, sigue siendo mi predilecta; devoro sus novelas interesándome mucho en la ficción; tampoco me desagradan los reposados y agudos estudios críticos de Lemaître y Brunetière, ni ciertos artículos de carácter biográfico: con los administrativos, económicos y científicos no me atrevo nunca de puro respeto que me infunden. No descuido el movimiento literario ameno, el que no fatiga el cerebro ni lo atolla en indigestas e insolubles cuestiones: leo a unos autores porque me divierten y estimulan (como Gyp), a otros porque me causan grata fiebre, (como Bourget), y a otros, (como Prevost), porque me tocan en el corazón. A las doce o doce y media vuelvo a mi domicilio, termino las operaciones de aseo, me pongo a gusto, en batín, y salgo al comedor. No me tengan Vds. por glotón; al contrario: en las horas de la mañana soy excesivamente sobrio, y guardo extraño régimen. Lo que me sirve con sus secas manos doña Consola, es buenamente ancha bandeja donde campea un tazón, no chinesco sino de nítida loza británica, rebosando de hirviente chocolate; un vidrio de agua cristalina y pura; un blanco azucarillo; unas rebanadas de dorado pan, y una limpia y bien planchada servilleta... Ni más ni menos.

¿Me dices, ¡oh lector abogado de la santa coyunda!, que es triste eso de sentarse a la mesa solo? ¡Bah! Lo de la soledad es según se entienda. No me falta compañía. La ex doncella de la heroína se encarga a veces de distraerme contándome las proezas y glorias de su ama, y cómo en aquella casa se vieron reunidos a la mesa el Gobernador, el Capitán general, el señor de Picavia y D. Salustiano Olózaga. «Si el general Espartero viene a Marineda -acostumbra añadir la buena mujer- a la mesa le tenemos seguro». Ni es la compañía de doña Consola mi único solaz. Poseo un amigo, un repolludo gato, negro, lucio, manso, con redondas pupilas de esmeralda, que al sentirme entrar acude enarcando el lomo, entiesando el rabo y fregándose contra las paredes. Llégase a mi asiento y se pone a hacer carretilla, alargando delicadamente una pata de terciopelo, a fin de avisarme de su presencia. Yo le arrojo bolitas de pan, y él juguetea con los proyectiles. Sus brincos, zapatetas y zarpazos me divierten, como me divertirían las gracias de un rapazuelo.

Raro es también que a la hora del chocolate no parezca algún conocido a traerme la chismografía de la ciudad: quién se casa, quién se muere, quien está tronado, a quién destinaron a Filipinas... Yo confieso que soy aficionado, no precisamente a arrancar a tiras el pellejo, pero sí a llevar un alta y baja de observación de las vidas ajenas, que ofrece sorpresas más entretenidas que novela alguna. Así, mientras chupo un excelente Henry Clay, traído en dechura de la Habana por un capitán de barco, me entero de cuanto ocurre en Marineda. Mi mejor reporter es el festivo maldiciente de la Pecera, Primo Cova (el que ha sentado y defendido la teoría de que la murmuración es el pan del espíritu).

Volviendo al Henry Clay, afirmo que es uno de los más exquisitos goces que debo a mi soltería. ¿Conocen Vds. algún hombre casado que a los ojos de su mujer tenga derecho a invertir peseta y media o dos pesetas en un puro? Apenas prendiese la cerilla, saldría, mi dulce compañera con que los niños necesitan esto, y que ella carece de lo otro, y que es no tener vergüenza ni corazón derrochar en humo y vicios el pan de la casa.

Después del chocolate, al trabajo, a recorrer mis obras o a levantar mis planitos. Si no hay que hacer y me encuentro exento de servicio, me voy a nuestra querida sociedad de la Pecera, me reclino en la mecedora mejor situada, ¡y que se me escape una rata ya! Como tan bien informado, sorprendo y descifro en la cara de los transeúntes el por qué pasan y qué objeto les guía. El cristal de mi Pecera es un microscopio. Cuando cruza Antoñita Marqués, muy remilgada y andando a saltitos, ya sé que detrás ha de venir Demetrio Llana; cuando Baltasar Sobrado atraviesa la calle aprisa, con la quijada en el pecho y las manos en los bolsillos, ya sé que busca el medio de deslizarse por la apartada callejuela donde vive quien él y el diablo saben... Sin poder remediarlo me río de la pobre humanidad, de su eterna ilusión, de la fidelidad con que reproduce, a distancia de años, gestos, actitudes y errores, que sin embargo afecta conocer y despreciar... Cuido, eso sí, de no reír en alto, porque no es de hombres prevenidos el decir en esta piedra no tropezaré...

Si hace bueno (caso en Marineda no muy frecuente), voy a dar mi paseíto largo por los alrededores del pueblo. De dos o tres años acá noto propensión a engordar, y, por higiene, me he recetado ejercicio en píldoras de excursiones que entre ida y vuelta no suelen pasar de seis u ocho kilómetros. A eso de las cuatro, como con robusto apetito, avivado por el movimiento. Doña Consola me presenta golosinas y piperetes, consultándome y estudiando mis gustos y antojos; y aun cuando no está muy fuerte en primores a la francesa, su esmero en elegir la flor del mercado, su tino para espumar los puestos, así los de las legumbres y hortalizas que cría este privilegiado suelo como los de los suculentos mariscos de esta costa, y la limpieza y seguridad con que los condimenta, bastan para hacer de mis comidas verdaderos festines. Los cuatro o seis platos británicos en que doña Consola es maestra, realzan de vez en cuando con un saborcillo exótico mis menús castizos y regionales.

Procuro tenerme a raya y no entregarme sin tino a la satisfaccioncilla sensual de la gula, resistiendo las asechanzas de la fresca langosta, de la sabrosa cachucha y del chorizo reventón y gorduroso. Paréceme que un hombre algo culto debe levantarse de la mesa cortés consigo mismo, no ahíto ni pesado, y no soy de los que a un hartazgo le llaman placer. Sin desconocer que la naturaleza tiene sus leyes imperiosas y ha puesto goces en el cumplimiento de todas ellas, prefiero a las expansiones de la materia las del espíritu. Además, temo contraer las enfermedades que son reato y castigo del comer brutal y desordenado.

La noche es para mí lo más grato de la jornada. Si hay compañía de teatro, me abono a mi butaquita, la misma siempre... (a no ser en ciertas ocasiones excepcionales). Si falta este matadero de horas y alivio de las noches largas del invierno, entonces me recojo a mi madriguera casi temprano -a las diez-. El gato me aguarda apelotonado, haciendo un valle profundo en mi edredón de seda roja, y al llegar yo entreabre sus verdes ojazos y carraspea voluptuosamente, cual si murmurase: «Somos un par de filósofos, Mauro amigo. ¡Cáspita si entendemos la aguja de marear!». Doña Consola ha cuidado de abrir el embozo de mi cama, de tener reluciente como el oro el velón alemán de aceite de oliva, de que esté a la cabecera mi tisana contra los romadizos incipientes -una parte de té por dos de leche, y una cucharada de coñac añejo-, y de cerrar bien ventanas y puertas. Allá fuera se escucha el lloroso gotear del aguacero, el silbo fúnebre del viento, la sorda y perenne amenaza del Océano, y, a cosa de las once, el pitido del tren descendente, que entre ventiscas y lluvias viene de Madrid... ¡Ah -pienso yo al deshacer el lazo de mi corbata-, quién fuese marino y a estas horas cruzase el golfo de Gascuña, o se acercase a los peligrosos escollos de la boca de la ría, donde tantos buques ingleses han encontrado el fin de sus viajes! ¡Quién, extraviado por el ansia de lucro, se viese ahora juguete de las olas irritadas, o patease, para calentar sus helados pies, en alguna solitaria estación de ferrocarril! -Mientras me desnudo metódicamente, dejando mi ropa en buen orden sobre la silla (soy enemigo del desbarajuste y de los cuartos leoneras), evoco escenas azarosas y trágicas, y fantaseo naufragios, vuelcos, choques, puentes que se hunden arrastrando al abismo sartas de vagones, asesinatos en los departamentos, locomotoras atolladas en la nieve, viajeros muertos de hambre, y otros dramas no menos lastimosos, a que no está expuesto quien no se mueve de su amada casita... El gato, inquieto mientras no tomo la resolución de despachar mi bebistrajo y acostarme, guiña los párpados y rezonga suavemente, mirándome de reojo, como si desaprobase mi morosidad... Al cabo el French, siempre vigilante, da la media, y me deslizo entre sábanas de verdadera holanda, herencia de la duquesa de la Piedad. El gato gruñe de contento, se enrosca mejor, y gravita sobre mis pies. -Yo extiendo la mano y tomo de un estantillo, colgado sobre la mesa de noche, la novela nueva de Daudet, de Galdós, de Tolstoy, de Bourget, o de autores menos afamados pero dignos de lectura; el último poema de Campoamor, el más reciente drama de Ibsen, las novísimas picardigüelas de Armand Silvestre... y ya me tienen Vds. lejos del mundo real, en grato coloquio con damas espiritadas y neuróticas, con maniáticos donosos, con tipos castizos arrancados de la inagotable cantera de nuestra raza, con horizontales sandungueras, con iluminados místicos, con príncipes agricultores y teofilántropos, con damas parisienses vestidas por Worth y que exhalan perfumes de gardenia y de verbena blanca, con heroínas emancipadas y que huyen de su hogar batiendo las puertas, con caballeros de trusa y garzota... en fin, con una cohorte de seres extraños, fantásticos, pero de vida más intensa y ardiente que la de los hombres y mujeres de carne y hueso que recorren las calles de Marineda. Ya estoy donde quiero y como quiero: en el tocador de la hermosa, en la taberna innoble, en los barrios bajos, en el taller del artista, en el aristocrático club, en el camarín feudal, en el jardín frondoso y sombrío que ilumina el rayo de la luna, al borde del estanque donde relumbran entre el césped los verdes gusanillos de luz... Ya me traslado a todas partes, llevándome de la mano hombres ilustres, que al narrar la sensación la duplican, y que al mirar un objeto nos lo hacen ver cual si jamás lo hubiésemos visto antes. Tantos goces debo a esta afición a las letras, que reservo, como parte más escogida y delicada de mi ser intelectual, para la intimidad conmigo mismo, guardándome bien de cultivarla en público, porque tengo suficiente discreción para comprender que no soy capaz de producir obras maestras de arte, a no ser que tal se juzgue el arreglo de mi vivir, que es realmente un capolavoro. Crean Vds. que esto de combinar bien la vida no carece de mérito. Las nueve décimas partes de los hombres se la estropean por falta de tino. Raro será el que acierte a acostarse una sola noche como yo me acuesto sin faltar una,


libre de amor, de celo,
de odio, de esperanza, de recelo...


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