Mezclilla: 31

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Mezclilla
Alfonso Daudet - Treinta años de París
 de Leopoldo Alas


III[editar]

Tomando el libro tal como es en lo poco, pero muy bueno que contiene, y sin hablar más de lo que quisiéramos que fuera, pasaré rápida revista a los capítulos principales, mencionando los demás según su orden.

Es el primero La Llegada, especie de sinfonía sentimental en que hay pocos hechos, pero un delicado trabajo de artista que nos prepara desde el principio a un tono melancólico en el fondo, suave y sencillo, familiar y evangélicamente alegre, podría decirse, en la forma. Esta manera insinuante de Daudet es de efectos infalibles: la simpatía brota de las huellas de este estilo como si la pluma fuese dejando semilla de cordialidad y concordia. En todo este libro hay tristeza, y, sin embargo, es un libro risueño. Los datos de Daudet hablan de dolor, de desengaños, de fatales flaquezas humanas; y el acompañamiento, como el de la serenata del Don Juan, habla de otro modo: no canta tristezas, no acentúa el dolor cierto del fondo, sino que busca ligeras alegrías, superficiales consuelos en lo natural, lo sencillo, lo cómico, lo irónico inofensivo. Daudet entra en París con cuarenta perros grandes, como si dijéramos, algo menos creo; viaja con marineros, en tercera, llega muerto de frío y de hambre, al amanecer, bajo un cielo gris entre brumas. Aunque el autor no se refiere directamente a ella, se adivina aquí la triste impresión del egoísmo de todo soñador ambicioso, de todo joven más o menos poeta, podría decirse, al sentirse tragar por el océano de una capital populosa. El contraste que tácitamente nos ofrece en casi todo este capítulo Daudet, como efecto artístico, es este: París y yo; es decir, todo y nada; la entrada de un átomo en la sombra de un mundo.

¿Quién no ha sentido esa impresión penosa, que es la conciencia de nuestra: pequeñez abrumada por el peso moral de las multitudes aglomeradas? Recuerdo que Castelar describía en su cátedra, con elocuente tristeza, su soledad en medio de Londres, donde, experimentaba análoga emoción a la que tal vez inspiró a Darwin aquella célebre frase: Londres es un desierto de casas. En La Obra, de Zola, se describe con maravillosa fuerza estética la lucha de las almas jóvenes de varios artistas que aspiran a triunfar de la oscuridad imponiendo su nombre desconocido al inmenso París, que contemplan desde una altura. Rastignac enseñando los puños a París desde un cementerio, después de enterrar a Goriot, hace adivinar las ideas y emociones de Balzac cuando, pobre y sin fama, comenzó su titánica empresa de imponer un nombre y un género literario al mundo del arte. En este capítulo de La Llegada hay, además de este contraste tácito a que me refería, un disimulado canto de triunfo, cierta voluptuosidad secreta del autor, que desde la altura de su fama, y rodeado de las comodidades que le facilita su fortuna bien ganada, contempla en las lontananzas bajas del recuerdo el melancólico crepúsculo, gris, nebuloso y frío, de su vida literaria.

En el capítulo titulado Villemessant, que es el segundo, hay tal vez un justo castigo, una represalia acaso, de todas suertes, un zarpazo de león disfrazado de gato. Lo que hace Daudet con las penas del mundo, presentarlas desnudas, pero sonrientes, lo hace con el famoso héroe del Fígaro. Como quien no quiere la cosa, deja ver, que era Villemessant un solemne egoísta, sin más norma de conducta que el interés de su periódico. Todo esto va dicho entre flores, pero ahí queda.

El primer frac; capítulo, gracioso, interesante, podría ser un episodio de cualquiera de las novelas del autor, sin quitar ni poner nada. Pertenece al género del titulado La Llegada, y para mi propósito en este rápido examen, no es de los más importantes.

El siguiente es el primero de los que están dedicados a la parte principal de estas Memorias, a la historia de los libros del autor. Antes nos había hablado de la suerte que había corrido su primer obra, una colección de poesías; pero bien se ve que Daudet no se tiene por poeta... en verso; su primer hijo, tal vez el predilecto de su corazón, no por ser el mejor, sino por ser el primero, es Le Petit Chose. Es claro que muchas de las producciones posteriores de Daudet superan en mérito literario a su primogénito; pero hay en Le Petit Chose un perfume de juventud, una nota de sinceridad lírica, si cabe decirlo así, que le da un encanto de esos espontáneos que en vano se evocan después, que no aparecen más que en circunstancias propicias, únicas.

Pero, en fin, no es esta ocasión de juzgar el libro, sino de ver cómo se hizo. Se hizo de modo bien diferente del que hoy aconsejan la mayor parte de los novelistas que, además de serlo, exponen al público su método y sistema de trabajo: se hizo Le Petit Chose, a salto de mata, podría decirse: no en lenta pero asidua labor de cada día, en la soledad del gabinete, con documentos a la mano, ni con la regularidad que piden los bien organizados presupuestos de muchos autores del día; no escuchando el precepto del festina lente, sino más bien bebiendo los vientos tras la inspiración y dejando la pluma por días y días, por semanas y meses, cuando el alma se encerraba en sí misma y no quería comunicar con el arte, confesarle sus recuerdos, sus penas, sus esperanzas, sus ensueños, o cuando la alegría, los placeres, las diversiones de París, los arranques báquicos de la juventud exigían emplear la vida en cosa más fuerte, de más emociones y movimiento que la producción artística. Tras estas vacaciones, dilatadas a veces por mucho tiempo, volvía la fiebre del trabajo, la inspiración continua, y Daudet escribía donde quiera, en el campo, en un retiro a doscientas leguas de París, sin apuntes, sin libros auxiliares, sin consultas ni observaciones... Omnia mea mecum porto, podía decir. ¿Para qué necesitaba de más que de sí mismo para escribir Le Petit Chose? En obras tales no hacen falta más documentos que el corazón, la memoria y la fantasía, y no por eso valen menos que otros libros que vienen a ser producto y extracto de miles de datos acumulados, especies de Digestos del arte realista. A diferente propósito, diferente procedimiento: Le Petit Chose no podía escribirse como Fromont jeune et Risler aîné. Lo cual prueba que el exclusivismo en los métodos es absurdo. Cuando se pinta el escritor a sí propio -y este es el caso de este libro- no hace falta gran aparato de elementos sugestivos y auxiliares; parece que no, y tenemos para la obra cúmulo inmenso de realidad que reflejar por medio del arte: la observación de la propia vida, el recuerdo y la conciencia, nos dan mundos de verdad bien sentida, sin recurrir al tratamiento externo. Una de las principales ramas, la principal yo creo, del arte psicológico, ha nacido siempre, y nacerá, de esta fuente, y el arte psicológico, si como exclusivo asunto de la novela se hace intolerable, es y será siempre uno de sus mejores y más fecundos objetos. Algunos críticos hacen notar que a ahora, tras pasajero descrédito, renace la novela psicológica: yo creo que no hay tal renacimiento, porque en rigor no había habido tal descrédito. Si Zola, si el mismo Daudet en la mayor parte de sus libros posteriores a Le Petit Chose, han contribuido mucho al predominio de la novela social, épica a lo moderno; si en otros países otros autores han trabajado en el mismo sentido, esto no quiere decir que la novela, psicológica padeciera un síncope mortal de que por milagro resucita. Sólo los exclusivismos estéticos, que son todos absurdos y antipáticos y suponen cierta limitación de ideas en el que los profesa pueden pretender estas luchas por la existencia en las regiones de la poesía.

Pero vuelvo a la historia de los libros de Daudet. Sigue un capítulo acerca de Los salones literarios, que contiene páginas interesantes, algunas de las cuales me hacían recordar la reciente lectura de L'Immortel; mas para mi objeto, este opúsculo, escrito en 1879 para un periódico de San Petersburgo, es de los menos importantes, y, en realidad, de los que menos nos hablan del autor de estas Memorias.

Viene después, Mi tamborilero, tal vez el capítulo mejor de todos, y digno de atención por singular motivo.

Mon tambourinairt es la historia verdadera de aquel pobre artista provenzal a quien Roumestán engaña engañándose a sí mismo, y que va a París a ganar en poco tiempo una celebridad y una fortuna que le han prometido y que no llegan nunca. Pues bien: el famoso episodio de la novela, que tiene mucha gracia, a pesar de cierta exageración y de unos amores románticos incidentales de poca verdad y menos oportunidad, que da muy por debajo, en mérito artístico, del capítulo en que Daudet nos pinta las aventuras cómico-elegíacas de su paisano el tamborilero, que va a deslumbrar y a aturdir a París batiendo el parche y tañendo un desventurado caramillo.

Daudet, que tantas veces habrá mejorado la realidad al trasladarla, a sus novelas, dándole la perspectiva artística que, dígase lo que se quiera, en el mundo no siempre se ofrece por sí misma; Daudet, en esta ocasión, en Roumestán, ha demostrado que, al idealizar para componer, puede el mejor maestro realista borrar belleza natural, deshacer efectos estéticos que la observación le ofrecía. El tamborilero que decía a cada momento a Daudet y a otros paisanos en París: Ce m'est venu de nuit, une fois que j'étais assis sous un olivier en écoutant chanter un roussignol...; es mucho más interesante que su retrato, o caricatura de la novela; es decir, de las dos veces, que el autor ha tratado el asunto, produjo más, mucha más belleza cuando más se acercó a la realidad.

A esto dirá ya acaso M. Frary, v. gr., que lo mismo es literatura y puro arte el capítulo de las Memorias que el personaje episódico de Roumestán. Esto es cierto en parte: yo reconozco, de acuerdo con el simpático crítico de la Nouvelle Revue, que la realidad que copian en su Diario los Goncourt, no se acerca más a la verdad verdadera que lo que puede adivinar un artista de los que no acumulan notas y documentos. Sí, es cierto: el escritor nervioso, preocupado por una idea constante, la apariencia bella de las cosas, esclavo de la forma y del matiz, cuando toma apuntes para sus novelas o para sus memorias, trabaja ya como artista, no nos da la verdad sino pasada por el cedazo de un sujetivismo que tiene sus refracciones como todos, como el del lírico más lírico. Algo de esto habrá en el tamborilero de Daudet; también Daudet, en su libro de memorias, habrá transformado, refractado, sin querer, el modelo que le sirvió para este capítulo y para su famoso, personaje episódico de Numa Roumestán; pero, aun concedido esto, hay que notar que tenemos aquí un ejemplo de cómo puede producir el novelista más belleza dando más a la realidad, en lo que lo consiente lo que llama Zola el temperamento, que a las conveniencias de una composición acabada y artificiosa. Tal vez, en parte, la superioridad del tamborilero sobre su Sosías de Roumestán consiste también en que Daudet vale más que el ministro de su novela, y los apuros y la desilusión del artista interesan más que los apuros y la desilusión de Roumestán.

En efecto: ¡qué dulce tristeza hay en el fondo de este pasillo cómico, que muchos habrán leído sin hacer más que reírse del ridículo ministril que quería competir con l'oiseau du bon Dieu buscando en las paredes frías de los teatros de París resonancias semejantes a las de sus campos del Mediodía!...

En la historia de Tartarín de Tarascón, el autor nos habla de la autenticidad del personaje; y confieso que, a pesar de la gracia y buen humor que abundan en este capítulo, yo hubiera preferido no conocer los antecedentes reales de este tipo ideal, que bien puede colocarse, si no al lado, no muy lejos de los Falstaff y Quijotes, no por la semejanza de los caracteres, sino por la fuerza cómica de la creación. Daudet se refiere aquí no más al Tartarín de la primera salida, al que fue a cazar leones a África; pero no al Tartarín que midió los Alpes con las costillas. De este último todavía no sabemos más que por la novela; y por cierto que, en mi opinión, el Tartarín de los Alpes no es exactamente el mismo de Argelia... Es acaso superior, pero es otro: se acerca más a la realidad, sin dejar de ser típico.

En el capítulo consagrado a Las cartas de mi molino, más que la historia técnica y psicológica de la obra, tenemos la del ambiente natural y moral en que se produjo. Es este otro aspecto muy digno de estudio también. Cuanto más se crea en la influencia del temperamento en la obra del arte, más caso hay que hacer de las influencias sociales y naturales que pueden impresionar y modificar el temperamento. El autor que se encierra a escribir novelas como un filósofo o un erudito de biblioteca, huyendo del aire libre y sin creer necesitar más mundo que el de sus documentos acumulados, tal vez en muchas ocasiones se equivoca y trabaja de modo deficiente.

De los capítulos titulados Première pièce, Henri Rochefort, Henri Monnier, La fin d'un pitre, nada he de decir; pues si valen mucho como obras literarias y como documentos en que quedan artísticamente grabados personajes y sucesos, no son de los que más importan al objeto a que principalmente atiendo en está rápida y sin embargo ya pesada reseña. No obstante, Première pièce es una página de la historia literaria de Daudet, muy interesante. En ella se ve confirmada la vocación del novelista, como antes se había visto al tratar de las poesías líricas del autor, el cual no toma completamente en serio obra suya que no sea novela, reflejo real y narración clara y sencilla de la vida que él vive o que él observa. Su obra dramática primera que desde la tienda de campaña, allá en África, sueña él llena de poesía natural, sincera, se le aparece, cuando llega a verla en el teatro, amanerada, fría, convencional, poca cosa.

Sigue la historia de Jack, el primer libro de empeño la primera gran novela de Daudet, la que comienza la gloriosa serie que llega hoy a L'Immortel. Si Petit Chose era Daudet, Jack es otra persona de carne y hueso, Raúl don, un desgraciado muchacho que debió al novelista una protección semejante a la paternidad, y que la pagó dejándole en el recuerdo de su tristísima y melancólica historia la larva de un poema sentimental, lleno de esas lágrimas de las cosas de que habla el poeta latino. Sí; Jack es una historia verdadera de llanto y de tristeza.

Pero si el elemento psicológico y biográfico lo debe el autor a una existencia «que se atravesó en la suya», ciertos episodios y la creación artística del medio social y natural en que la acción se mueve fueron producto de lento y asiduo trabajo del poeta, que trabaja ahora ya de modo muy diferente de aquel empleado para sacar al mundo las aventuras de Petit Chose. Empieza a aparecer el Daudet que observa y experimenta (la experiencia del novelista existe, aunque la hayan negado el eminente Valera y otros críticos), el Daudet que lleva al lado del artista al literato realista, al activo y perspicaz investigador que toma notas sin cuento, que viaja una y otra vez para copiar los cuadros que ofrece el mundo en que coloca la trama de sus libros. Jack es ya un ejemplo de la fábrica naturalista: se ve aquí la obra seria, llevada a cabo sin interrupción, considerada como principal objeto de la actividad, no sólo de un hombre, sino de una familia; es la novela-negocio, en el sentido más noble de la palabra. Y si en Jacktodavía aparece el nuevo método y procedimiento como embrionario, en la historia de Fromont jeune et Risler aîné, el gran industrial realista se nos presenta ya con toda la maestría y todos los recursos de su arte. Fromont jeune et Risler aîné, o sea el realismo más o menos expansivo, coronado por la Academia, fue drama antes que novela; sí, fue un proyecto de drama que se transformó en novela... por medio de los silbidos. El mal talante con que el público recibió entonces L'Arlesienne fue causa de que el autor determinase renunciar a las tablas y convertir su plan dramático en narración realista. Si en Jack hay un protagonista que es retrato de un pobre joven que vivió en este mundo triste, en Fromont jeune la mayor parte de los personajes son como ecos de otros tantos actores desconocidos de la pícara comedia humana. La esencia del realismo, aparte retóricas, está en esto: en sacarle la sustancia poética a la vida prosaica, y convertir en héroes, con nombre en la historia del arte, los héroes sin nombre de la historia vulgar de los anónimos. En adelante Daudet trabajará siempre del mismo modo; y como Delobelle, el cómico tópico, es proyección literaria de un Delobelle que Daudet conoció y trató, serán sombras artísticas de personas reales los Mompavon, los Roumestán y demás ilustres creaciones del famoso novelista.

No hay que buscar en esto un propósito satírico, ni menos un fin ajeno al arte. Si la curiosidad del lector vulgar se mueve e interesa por encontrar la clave del simbolismo malicioso que ve exclusivamente en esta clase de libros que llaman por Francia romans à clef, el valor que el artista, que imita la vida humana como se debe, atribuye a sus retratos, es muy diferente. Ni siquiera como retratos los considera; como tampoco el pintor, que a veces sigue muy de cerca en todos los accidentes la figura que tiene por modelo, piensa por esto retratar, cuando es muy otro su propósito.

Dejando en el tintero muchas observaciones que pensaba apuntar como muestra del libro que examino, llego, al último capítulo, tal vez el más elocuente, y de seguro el más triste de todos. Tourgueneff se titula este melancólico desquite de un agravio póstumo, que tal vez era una venganza. El famoso novelista ruso, afrancesado sin dejar de ser patriota, murió hace pocos años; y alguien, que por lo visto tiene derecho para hacerlo, creyó oportuno o útil publicar ciertas memorias del amigo de Flaubert y de sus discípulos. En ese libro póstumo el ruso despedaza la fama de sus compañeros de gloria: para él, tal era su secreto, apenas hay nada bueno en la literatura de los que tanto tiempo fuerza sus correligionarios y admiradores. Por lo que toca a Daudet, a quien tantas veces Tourgueneff alabó y acarició con su pluma, parece ser que ni como hombre ni como escritor es digno de estima en la opinión esotérica del escritor ruso. ¡Mala idea fue la de escribir estos juicios de enemigo contra los compañeros de toda una vida literaria! ¡Mas, fue peor la idea de dejarlos inéditos, sin la prohibición absoluta de que se convirtieran en obra póstuma! ¡Y fue, sin duda, idea rematadamente mala, por parte del que publicó el libro, venir a enturbiar la gloria del gran novelista con este apéndice, que es, sin duda, una mala obra! Daudet es de los amigos íntimos que salen peor librados de la crítica póstuma de Tourgueneff. ¿Cómo se venga de tal agravio? Reproduciendo un artículo escrito en 1880 para el Century Magazine, de Nueva York, en el cual se pinta al escritor ruso con las tintas más suaves y bajo la inspiración de una dulce amistad correspondida. El Tourgueneff que en estas páginas nos presenta Daudet, es el que todos conocemos por testimonios semejantes de Flaubert, los Goncourt, Zola y tantos otros. Reproducido el artículo todo mieles, Daudet añade lo que sigue, última página de sus Treinta años de París: «Mientras corrijo las pruebas de este artículo, me presentan un libro de Recuerdos en que Tourgueneff, desde el fondo de la tumba, me desuella vivo. Como escritor, estoy por debajo de todos; como hombre, soy el último de los hombres. Y mis amigos lo saben, y a mi cuenta se despachan a su gusto. ¿De qué amigos habla Tourgueneff? ¿Y cómo continúan siendo mis amigos si tan bien me conocen? Y a él mismo, al buen eslavo, ¿quién le obligaba a estas muecas amistosas? Yo le veo aún en mi casa, a mi mesa, dulce, afectuoso, besando a mis hijos. Tengo de él cartas cordiales, exquisitas. Y... ¡Dios mío! ¡Qué cosa tan singular es la vida, y qué linda es aquella linda palabra de la lengua griega, EIRONEIA».

¿Qué será, que apenas hay un buen libro moderno que no nos deje tristes?


Palique  ►