Mi media naranja: 02

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Capítulo II
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Mi media naranja- Primera parte Felipe Trigo


Salgo.

Este hotel está lejos de todo.

Hay coches cerca, por fortuna. Llego á la parada y tomo un simón.

El caballo no puede con su estampa; trota penosamente cuesta arriba, hacia la plaza de Chamberí.

Cruzamos por frente á un alcázar de ladrillo, que debe de ser de jesuítas, y veo, en su pesadumbre, no sé qué pesadumbres que abruman el alma de mi novia.

Más arriba, otro alcázar de ladrillo. ¿Monjas ó jesuítas también?

No sé.

Los jesuítas no gustan de hacer de piedra sus palacios.

Diríase que saben que no los hacen para siglos....

Mi afán, harto más ligero que el caballo, me aparta de Inés y me pone junto á Jala. Me sigue la obsesión de diferencias entre estas mujeres de placer y aquellas honestísimas esposas.

Unas, la gracia, la alegría, la casi pagana majestad en la estatuaria ostentación de sus hechizos. Forman con nuestra desaprensión de hombres la... apariencia... la apariencia de la pareja despreocupadamente bella del amor.

Otras, el recato y la torpeza..., la buena educación hipócrita llevada en semi-velos perennes del pudor hasta «el tálamo nupcial»...

Vale la pena pensar si yo debo casarme. El problema es arduo, en mí. No busco una boda de ventaja, de pecuniaria salvación en el naufragio de la vida, como tantos, y por lo mismo son del más neto sentimentalismo las razones que habrán de decidirme.

Quiero á Inés -esto es indudable.

Ella, si supiese adonde voy en este coche, y que así y todo pienso y siento que la quiero, me aborrecería.

Pero yo, tratadista, que me he tomado el trabajo de meditar profundamente muchas cosas de la vida, sé que la quiero.

Y no sólo que la quiero, sino que la quiero más que podría quererla nadie..., por lo mismo que su imagen y su cariño se me imponen por encima de no importa qué otras realidades ó esperanzas de mujeres. ¡Oh, si yo por magia pudiese hacer que fuese Inés, la virgen, la purísima..., quien pudiese estar esperándome ahora en vez de Jala!

En vez de Jala... y para la misma fiesta galante, sin embargo, de champañas y de besos y locuras por su plena desnudez.

O, ¿qué?... si me caso..., si llego á casarme con ella, ¿no habrá significado esto que la adoro tanto que la pueda preferir á todas las demás, incluso con la horrible limitación de sus pudores...? Sí; porque yo renunciaría á las otras, esclavo de mi obligación de dignidad, por no engañarla.

Es justamente lo que para nuestra boda me detiene.

Mientras sea su novio; mi deber de dignidad, mi fiel obligación, no está resuelta; es decir, no está contraída por algo más que una palabra, puesto que habrá de ser un juramento.

¡No, no me casaré... ó habré de casarme para cumplir enteramente mis deberes!... Lo contrario sería una farsa estúpida que no valdría la pena de haber poseído á Inés como á una más de las demás.

¡Vamos, un atranco de tranvías!... Se para el coche. Esta calle de Fuencarral, con su estrechez, resulta una delicia. Miro por la ventanilla y veo nada menos que siete tranvías en fila tras un camión de mudanza.

¡Pobre Jala!... La cité para las seis, sin recordar que tiene Inés sus tés los martes y que no la gusta que me ausente hasta las siete.

Vuelvo á pensar en una y otra.

Este amor mío por Inés, es nuevo. Moderno. Es racional, como su pan riquísimo y de lujo, aunque parece el pan de los cuarteles.

Es que en el amor, como en el pan y en tantas cosas, todo el toque de lo nuevo está en hacerlo de lo viejo.

«¡Un amor lleno de infidelidades, bah!» -dirá el asombro asustadizo de cualquiera.

Pues, sí. Un amor.

Precisamente eso le diferencia de la pasión y la lujuria, aun rodeado él mismo de lujurias, por contraste.

Sobre todas mis lujurias, él vive, él triunfa... faro de esperanza y salvación en la pureza. Está en mi alma como una redención.

Se dice, á guisa de argumento contra el amor: «Tan pronto como el hombre ha saciado sus deseos con una mujer, la mujer le inspira insoportable indiferencia, si no asco y aversión que le obligan á apresurarse á abandonarla.»

Esto no es verdad.

O mejor dicho, es verdad en la «lujuria».

Por el contrario, en la «pasión» el apasionado continúa con todas sus ambiciones puestas y acrecidas en la mujer, por mucho que le haya saciado materialmente. Y además, con un ansia material de ella, inagotable.

Terminante prueba para que pueda cualquiera conocer si su obsesión hacia una mujer era apasionada ó lujuriosa.

En el «Amor», en el verdadero amor, en cambio, el hecho de la posesión material no tiene esa exagerada transcendencia, ni en más ni en menos. La posesión no significa en él sino un acto natural, por igual impregnado de sensualidad y mentalismo, y después del cual, en la mujer, queda la amiga infinita.

Un lazo más de gratitud en la mutualidad y dignidad de los placeres compartidos, he aquí todo.

Por eso yo me casaría.

Y por eso... no me casaré, probablemente.

Porque no podría encontrar en Inés, en mi amada mujer, á la amiga infinita, capaz de resumirme ennoblecida la espiritualidad de todos los amigos y la sensualidad de todas las mujeres.

¡No, no me casaré! ¡Y qué pena! ¡es tan bonita Inés, y tan inteligente!

Vaya... ya anda el coche.

¡Jala, pobre Jala!... ¡tú también eres tan linda!

Me asomo á la ventana.

-¡Hala, cochero, aprisa! ¡Jala!... digo ¡hala!


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