Mi media naranja: 06

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Capítulo I
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Mi media naranja- Segunda parte Felipe Trigo


Un tren que pasa..., que deja á dos recién casados en una pequeña estación, en mitad de un campo hermoso y en el amanecer de un día primaveral, tiene algo de proyectil excelso de la dicha.

El tren se va, desaparece. Nos ha soltado. Nos deja con nuestra emoción de amor abandonados en el diáfano silencio de estos campos y esta aurora.

Proyectil. Desde Madrid nos ha lanzado en una noche á la vida bella en el reposo.

Nos aguarda el cochecillo. Doy el brazo á mi mujer... (ó mejor dicho, á mi «esposa», todavía) y subimos.

La estación está en misma dehesa; desde aquí á la casa no hay más que un kilómetro. Guía el zagal. Han cargado los baúles en dos mulas.

¡Oh, mi Inés!

Hállase un poco aturdida, preciosa. Desde la boda, al tren. Salimos anoche, á las nueve, y son las cuatro de la mañana. Este vulgar correo, sin compartimientos especiales, sin literas, ha favorecido mis proyectos. Un primera y entre gentes (¡nada de «alquilados»!). Así, por consideración... á los demás, he podido venir como un respetuoso novio junto á esta novia idealísima.

No ha dormido. Ni yo. -Ligeramente fatigada me sonríe... me habla del campo.

-¡Qué hermosa es tu finca!

-¡La «nuestra» mujer!

-¡Ah, sí!

-Todo lo tuyo y lo mío... ¡es «nuestro» ya!

-¡Sí!

-¡Toda tú eres mía, Inés! ¡Toda!

Se ruboriza. La he mirado desde los pies á la frente. Y póngome grave en seguida, porque he pensado en la crueldad social que hay en esta brusca realización del matrimonio con una novia candorosa. Es para ella el paso de toda la inocencia á toda la... sapiencia -en una hora. Yo, por suerte, he sabido respetarla..., y es mi novia, mi absolutamente inocente novia todavía. No le he dado más que un beso, en una mano.

Le hablo de nuestra feliz resolución de venir aquí. El consabido viaje de luna de miel al extranjero, á Italia, á Suiza, me parece una sandez. Trenes, fondas, gentes y pueblos nuevos, teatros y paseos, molestias y cansancios...

-¡Y á ver cosas extrañas, Inés, cuando el afán es justamente que nada nos distraiga, para... poder vernos mejor nosotros mismos!

Vuelven á tomar tonos de grana sus mejillas. Mi acento empieza á darle la... «inmensa sensación de soledad en nosotros mismos».

Para el coche. Hemos llegado. Nos reciben las criadas, los pastores, en la verja del jardín. Inés admira á todos. Contesta con grande timidez á los saludos, como una señorita que no supiese por qué se encuentra sola con su novio..., sin su madre, tan lejos de su madre. ¡Y en mitad de un campo nada menos!

Pero su emoción acrece cuando la ofrezco el brazo y la hago subir por la escalera. Nadie nos sigue. Esto de entrar sola en las profundidades solitarias de una casa... con «el novio», debe parecerla absolutamente irregular. Sin duda ella, por un concepto seco de deber, tiene que ir calmando sus terrores deliciosos de éste modo: «¡No, no es mi novio Aurelio... es mi marido!»...

Pláceme el matiz de «perversidad» que así pueda ir poniendo la inocencia en esta alma de inocencia.

Pláceme más el aumentarle semejante turbación.

-¡Qué lejos tus padres!... ¡qué lejos Madrid, mi Inés!... ¡Solos!

Suspira y siéntola temblar.

No sabe ella en qué grado colosal la esperan las sorpresas.

Hemos llegado á un tocador.

-¡El tuyo! -le digo.- ¿Quiéres quitarte el sombrero?

Vacila, porque es el primer tremendo acto de la infinita confianza, aun este tan sencillo, y la ayudo, sacándole por mí mismo un agujón. Lanza un gemido. El pudor de Inés está incluso en el extremo de esta rosa de acero y pedrería.

-¡Oh... «toda» mía! -exclamé, dejándola despojarse del sombrero por sí propia.

Y añado:

-¡Quítate, mujer..., quítate el abrigo!

Torna á bajar los ojos, en el fuego de su cara, y yo tiendo suavemente una mano y despréndola un botón... del cuello.

En el botón están también, y más vivos, sus rubores, que se le tienden por la faz en ardiente rojo de amapolas; hanse apresurado sus manos á la obra, temiendo á las irreverencias de la mía. La dejo... y la invito, cuando suelta en una silla el guardapolvo:

-¡Verás la casa!

Empezamos desde el mismo tocador. Alzo un cortinaje y pasamos.

-¡«Mi» alcoba! -le anuncio.

Hay un armario, butacas, dos mesitas, otro lavabo y la cama, grande como para dos. Todo imperio, pero «demoniesco»... porque á mí me gusta rectificar estilos según mi santa voluntad. Del techo pende mi caprichosísimo farol de forma medio labiada de dragón de orquídea y con los cristales gruesos y de un fuerte rojo granate. La alfombra, las cortinas, el dosel y las sedas de la colcha son de un rojo obscuro de sangre. El damasco que tapiza las paredes es rojo. Da una impresión extraña todo esto, y tiembla Inés, y me mira. Tiembla en su boca una frase; no la dice, y la adivino. Ella quería sin duda haberme hecho notar: -¡«Tú»... alcoba?... ¡Será... la «nuestra»!...

Cruzamos. La dejo creer que el «mi», que el poco amable é individual posesivo, haya salido de mis labios por una inercia de costumbre. El gabinete-comedor, adonde entramos, es también de aspecto raro, chocante, teatral..., ó al menos, estrambótico como el de un camarín de restorán ultragalante. Está en una rotonda, y es rojo-demonio desde el suelo hasta el farol... -otro farol rojo-ascua que cuelga sobre el rojo tapete de la mesa. Abundan los divanes rojos (tres) y las rojas colgaduras desprendidas hacia ellos, desde el techo, formando nidos ó rincones de tienda de campaña...

A la inocencia de mi mujer le espanta un poco tanto rojo, como el interior de no sabría qué matadero... Compadézcome de ella, y la vuelvo por el mismo camino al tocador, que es celeste. Alzo un estor y pasamos á una estancia blanca.

-¡Tu alcoba!

-¡Ah! -dice como en un grito que yo no puedo discernir si es... por nuestra separación de dormitorios, á la moda, ó por el descanso que le da lo blanco entre las sedas á la estancia. El lecho es también grande..., para dos.

Sigo llevándola del brazo. Otra puerta nos conduce al coro, en la Capilla. Hay un «melodiums». Hay reclinatorios. Se pone en uno de hinojos, y reza. Luego, tras cinco ó seis largos minutos de oración, contenta ya, como amparada por la Virgen, háceme explicarla que fueron mis padres quienes, al construir esta casa en la dehesa, hicieron esta capilla con honores de iglesia para todos los campesinos del contorno. Aparte esta última entrada que acabamos de cruzar, tiene su atrio y su puerta destinada á todo el mundo.

-¡Oh, muy bien! ¿Hay misa los domingos?

-La... había en tiempos de mi madre. Si quieres, volveremos á avisar al capellán de Zarzaleja.

-¡Sí, sí!

Salimos. Acabo de enseñarle la casa, que no tiene más de singular. Inés comprende que mis frecuentes viajes á la finca, en los tres ó cuatro meses que ha durado la preparación de nuestra boda, habrán tenido por objeto el arreglo de aquel departamento. En lo demás, nada... nada nuevo... Muebles cómodos, pero ya un poco averiados, de cuando mi familia pasaba aquí las primaveras.

He dado el aviso, y cuando volvemos al amplio comedor de abajo, está servido el desayuno.

Lo tomamos, y llevo á Inés á descansar. La noche, el tren, la carbonilla... nos han rendido un poco, ciertamente.

-¡Quedas en tu dominio, con toda libertad! -le digo- ¡Acuéstate y duerme! Y mira, si luego al despertar quieres refrescarte, allí tienes la ducha. Ese timbre hará que suba una doncella. Yo voy á descansar también... lejos de ti, abajo, al cuarto de mi madre... para que duermas más tranquila.

Cierro... y juraría que déjola pasmada.

Pero es mi Inés de sobra inteligente, para que deje de entender que un hombre enamorado no pueda renunciar á esta brutalidad tan general de lanzarse un marido sobre su mujer como sobre una presa, en el primer momento de ocasión.

Por mí, puedo afirmar, que no siento en ello la menor violencia..., á pesar, ó acaso por lo mismo, de saber que me aguarda un cielo inmenso y nuevo de venturas.

Bajo.

Entro en el cuarto de mi madre.

Me desnudo y me acuesto.

Al paso le he dicho á Paquita que suba á ponerse á disposición de la señora.


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