Mi media naranja: 07

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Capítulo II
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Mi media naranja- Segunda parte Felipe Trigo


Espero en la mesa. Tiene flores y alegría -una alegría arcaicamente «honrada»- este viejo comedor. He dormido. Me he refrescado en el «tub» perfectamente. Llega mi Inés, y me levanto á recibirla. La conduzco por el brazo á su sillón, y addo descansar y presentárseme ahora con un travierto sus perfumes. Empiezan á servirnos.

Inés se alegra, sin duda, de que yo la haya dejaje coquetón, que no es el del viaje. Empieza «nuestra vida». Hágola notar que no hemos sido novios, realmente. Su madre no nos ha dejado hablar jamás por la ventana, ni siquiera formalizar una charla en un rincón. Nos falta confianza... para la «inmensa confianza» (¡se ruboriza!); nos habría faltado sin este viaje de fraternal intimidad..., sin esta cordialidad que desde el amanecer de hoy tenemos ambos en la casa...

-Novios... verdaderamente novios, Inés, ¡habremos de serlo esta tarde!

-¡Oh!

-Sí, novios. Saldremos á pasear por ahí, al río, á la montaña, adonde queramos..., ¡y tendremos que decirnos muchas cosas!

-¡Oh!

Sonríe.

-Todas las que no nos hemos dicho en tántos años... ¡y en una tarde!

A las tres hemos acabado de comer. Nos han estorbado un poco, para hablar con libertad, las criadas. Pero he ganado con mi Inés alguna confianza. Le bajan una pamela, de paja de Italia y de flores, y yo mismo se la pongo y le enlazo las bridas á la barba. No se asusta.

¡Bravo!

Salimos.

Por un rato, absórbela el paisaje. El sol es dulce. En las encinas se arrullan las tórtolas. A nuestro paso, vuelan, huyen. Inés mira de rato en rato hacia atrás. Diríase que siente de un modo raro el abandono..., que siente alejarse tanto de la gente de la casa.

Dígola de pronto:

-¿Me das un beso?

-¡Ah!

Me oprime el brazo, inclina la cabeza al ramo de amapolas (que hemos venido recogiendo), y no dice que sí. No hago, pues, nada por darle el beso..., por tomarle el beso.

-¿Me quieres?

-¡Oh, sí!

A esto le es más fácil contestar. Es lo de siempre -lo único que yo he podido preguntarle y oírla responderme tantas veces á la vista de su madre.

-¿Mucho? ¿Con toda tu alma?

-¡Sí!

-¿Y... con toda tu vida?

-¡Con la vida y con el alma!

-Es decir, con tu alma y con tu carne... ¡con toda tu carne, con todo tu cuerpo también, mi Inés!

-Sí -accede tenuemente, bien cobardemente.

La he azorado. Es la emoción que voy buscando en ella, y continúo:

-¡Pobres ojos míos, que quieren tanto á tu cuerpo también, y que no conocen más que tu cara y tus manos! Y dime, Inés, ¿qué te gusta más á tí... de toda tú?

No me entiende; ó dicho mejor, se paraliza en su pudor su sorpresa de entenderme, su sorpresa de oirle cosa tal, por vez primera, al «novio cortesísimo», y me complazco en insistir:

-¡Sí, de «toda tú»! ¡de mi tesoro! ¡de las gracias y hechizos de tu cuerpo, que amo tanto y desde hace tanto tiempo, sin haberlas visto aún! ¡Qué pena! Sabe más de ellas, mi Inés... ¡oh, sí, sí, qué rabia! hasta esa criada nueva, que conoces de una hora, y que acaba de servirte en la ducha... Mi curiosidad y mi impaciencia hubiesen querido preguntarla «cómo eres»...; hubiesen podido preguntarla, si eres, tú, mi estatua, la que yo no ví jamás, tal como mis sueños y mis ansias te han adivinado. ¡Oh, Inés! ¡Tu cuerpo de virgen ha sido en verdad desnudado tantas veces por mis ojos!... Te sé. En la cara tiene toda mujer, y tienes tú más que ninguna (porque eres la armonía) la clave de todos tus más íntimos encantos. ¿Quieres que te describa?... ¡Verás! ¡y tú dirás si me equivoco!

No contesta. Está entera estremecida. De roja se ha cambiado á pálida su faz. Sé que le estará sonando á enormidad todo esto que me escucha... pero es el principio de mi plan, bien meditado. Harto me doy cuenta de que la hablo demás (á pesar de mi dulce acento y mi sonrisa) al pensamiento y al espanto. Es lo que deseo. La estrecho el brazo contra el mío, le alzo con la otra mano y le beso la muñeca, y sigo forzando sus pudores y sorpresas con estas osadías que apenas enmascaran de suavemente galancescas los rendidos tonos de mi acento:

-Por tus muñecas, Inés, y por esta morbidez que siento de tu brazo, sé como tendrás de finos los tobillos, de esbeltamente suaves y poderosos la pierna, el hombro, el talle... ¡tú eres muy hermosa!... armónica y dulce, absoluta y castamente voluptuosa y femenina como una Venus de Médecis, no rubenesca y lanzada en alternadas delgadeces y opulencias por demás... como el tipo de mujer francesa más sabido... ¡Oh, no, verdad?..., ¡tu desnudo es plácido y sereno! ¿te voy adivinando?... Por tus mejillas, que son firmes y redondas, sé que tus senos se alzan altivos y mimosos en su valle de la gloria. Por tu falta de bozo en los labios, por el limpio arranque de tu pelo en las sienes y en la frente -(apresuro porque es el instante de herirla con la mayor «enormidad») -sé que el vello en tus axilas, nidos de amor, no será sino una leve sombra de oro, más obscuro que el cabello, que es oro de luz... y sé que no será más que algo como un musgo leve de gracia de la vida el vello en tu regazo. Por tus labios...

-¡Aurelio! -gime espantada, y soltándose, Inés.

Me huye. Ha dado un paso, al lado mío, y queda volviéndome la espalda y sumida en sus asombros. En su indignación..., en su indignación, quizás, de agraviada... «señorita», de «novia y esposa casta, dolida en su pudor»... La dejo un instante abandonada en esta sensación, que es exactamente la que he querido producirla, y al fin me acerco, le enlazo la cintura y hágola seguir nuestro paseo.

No puede menos de admirarla la irrespetuosidad de mis palabras, en contraste con el tacto delicado de mis manos, y se deja conducir..., por la arena, orilla adelante del río -al que acabamos de llegar por entre adelfas.

Vamos en silencio. Yo ratifico mis meditaciones de otros días: «Tengo suerte con haber podido hallar, en una mujer tan bella, un espíritu tan cándido, puesto que sólo así podré moldear mi ideal, á mi albedrío, sobre un humano fundamento de inocencia»... Y mi intento es «rápido» porque no quiero renunciar (¡en modo alguno!) al plan, al embeleso -cuya ocasión no volvería en la vida á presentarse-, de despertar en mitad de todos los intactos candores de la virgen misma á la plena mujer inteligente.

-Inés -deslizo, ya más tierno y como en besos á su oído- ¡dime! ¿por qué te... alarman y violentan mis palabras?... ¡qué tontería! ¡piénsalo! ¡tú eres «mi mujer»!... ¿Es que á una esposa, á mi mujer, yo no le debo ni puedo decir... lo que tiene el nimbo de verdad, puesto que está en mi pensamiento? ¿Es que yo no debo ser sincero contigo... hasta en estas pequeñas cosas deliciosas de que he podido hablarle tántas veces á amigos del café, y lo mismo á mis amantes?... (-Apoyo en pausa. Déjola tragar este nuevo «descaro» de «mis amantes», y continúo, anunciándola de noble modo mi ambición)-: Oye, mi Inés, al casarme contigo, me ha guiado el propósito de resumir en tí mi vida y mi universo; es decir, que quiero que seas, en mi esposa de ternura, mi grande amiga digna de todas las sinceridades de mi alma, ¡mi grande amante también!

Suspira Inés, y yo la obligo al pacto con un beso..., con un gran beso, de amante, entre los labios, hasta los dientes mismos... porque he sorprendido entreabierta su boca. Cuando me parece que ha bebido bien de este elixir de «beso malo», nuevo para ella, vuelvo á mi impiedad:

-¡Bah, mi... «novia»!... ¿Te asustan mis franquezas?... Pienso en las desnudeces seductoras de tu cuerpo, y te hablo de ellas... ¡ya ves tú!... ¿Es que tú no sabes bien que mañana, que dentro de un mes, de dos... cuando te vistas ante mí, en tu tocador, cuando vayas á acostarte, junto á mí... no pondrás un gran reparo en ocultarte de mis ojos?... Luego es el «pudor» el que te alarma... un pudor tan tonto, que ya no existiría mañana, ó dentro de un mes, de dos meses...

Torna Inés á suspirar.

Empieza á entrever en mi conducta, más que torpeza ó cinismo, un complejo plan que también empieza á preocuparla de otro modo.

Se da cuenta de que está hablando con el «tratadista subversivo», y me rinde su atención. Su sorpresa, pues, por el pronto, varía de rumbos; se concentra ahora en este inesperado, totalmente inesperado para ella, de que el escritor y el hombre aspiren tal vez á ser «la misma cosa» en sus libros y en su vida. Aunque no ha leído mi libro, le basta con saber el título.

Todo esto ennoblece un poco la situación, al menos. La «cerebraliza» por parte de Inés también, podría decirse. Por la mía, encuentro deliciosamente raro un tal coloquio... de «luna de miel...»

-«¡Ese está loco! -afirmarían mis amigos del Casino si pudieran escucharme.

-Inés -insisto, tratando de dulcificar, de «enamorar» la rigidez de las ideas con las mieles de mi acento-, el «pudor» me parece un error educativo de tal naturaleza, que no dudo en sostener que él sea el que os llena de absurdo y contradicción á las mujeres. Si me lo perdonas, aún aumentaré que creo que él sea el que os llena, con respecto de los hombres, de debilidad, de falsedad y de hipocresía. Fíjate: el pudor no es la honradez, puesto que todas las que honrosa ó deshonrosamente os entregáis la vez primera, os entregáis del mismo modo, «pudoroso»...; el pudor no es tampoco la inocencia, sino todo lo contrario..., puesto que es, precisamente, la conciencia de saber lo «no inocente»... La inocencia, en efecto, ha de estar hecha del candor de la ignorancia; y como digo yo en mi libro (que ya verás cuando lo leas, -pues lo leerás, sin duda alguna), «el colmo de la inocencia tendrá que ser, por consiguiente, la ignorancia completa y absoluta; por eso estas tórtolas que oyes arrullarse en las encinas, no tienen pudor, y van «desnudas» y se aman bajo el cielo, por que tienen el «candor de la inocencia»; y por eso no podría tenerlo la mujer plenamente pura de alma é inocente, como no lo tendrías tú cuando fuiste niña de seis años. Ahora, en cambio, «sabes», no «eres inocente»... y aquí, conmigo, tu «pudor» me lo pregona. Luego el «pudor», ¡mira qué verdad de atrocidad! es lo contrario del «candor». Luego el «pudor», que no es el «deber» ni la «virtud», ya que más le favorece y «poetiza» que le impide á la mujer falsa su caída, no es ni siquiera el «rubor», el adorable rubor de la esposa que se entrega dignamente. ¡Yo te quiero, Inés, no «pudorosa»... sino «ruborosa, candorosa».

Noto que le ha hecho efecto el argumento, á mi virgen, á mi Inés, á mi bella enamorada... á mi «cristiana» de alma ingenua que es, en alma, más de su confesor que de mi alma.

El padre Garcés ha debido venir á instalarse volando, en la suya, con todo su gesto adusto y sus sermones. Me afloja un poco el brazo, y me replica:

-¡Aurelio...! ¿estás tú bien seguro de todo eso que me dices?

Yo, sonrío.

En un segundo, juntas, cruzándose nuestras miradas, he visto en los claros ojos de mi Inés, como una luz tras la niebla de pasión que los envuelve, su dura fe de intransigencia... He visto al padre Garcés, «racionalista» y polemista, catequista..., ¡en la catequizada!

Inés y su madre son de esas mujeres que, en otros tiempos, hubiesen podido ir á darle su vida mártir, por su Dios, á las fieras de los circos.

Afortunadamente, lejos de su madre, lejos del padre Garcés -y aun favorecida por el espíritu el bravo jesuíta- la tengo junto á mí, por otra fe más grande: la del Amor.

Y yo sonrío, sonrío.

La tarde se me presenta bien, cual la quería: de discusión.

En esta primera escaramuza, yo he ganado lo bastante con preparar á mi mujer á discutir con... su «hereje» amado.

Vuelvo á besarla, en los ciegos ojos de su fe, en la dulce boca de mi fe; estrecho más su brazo contra el mío, y me dispongo, siempre paseando entre las flores, entre las rojas flores de este un poco helénico adelfal, á decirle á besos y á palabras nuevos «argumentos»...


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