Mi media naranja: 10

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Capítulo V
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Mi media naranja- Segunda parte Felipe Trigo


Como no hemos avisado, nadie nos espera.

Un ómnibus, desde la estación, y á casa. Paquita y la cocinera vienen con nosotros.

Inés ha dormido mucho en el viaje, ó al menos ha fingido dormir. Como olvidada de... todo, la he visto desorientadísima, cortés y siempre amable conmigo, sin embargo..., propensa en algunos besos al perdón.

¡Es mía! ¡Es mía!

La inocente, sintiendo tan rápida y violenta su derrota, no ha querido más que buscarse un poco el inútil amparo de las gentes..., huyendo de aquella soledad de embrujamiento del demonio en que yo la tenía en la dehesa.

Llegamos á... nuestra casa, á mi nueva casa «para ella», que ella no ha visto aun completamente, y que yo tuve buen cuidado de arreglar á mi deseo.

Otilia nos recibe. Esta vieja y fiel sirviente está advertida de que acabaron mis sandeces de soltero.

Le enseño la casa á mi mujer. Toda, ahora. Incluso el despacho mío, que durante la otra rapidísima visita hube de burlarle, y que se encuentra lleno de... retratos dedicados.

Se sorprende Inés. No mucho, porque en nuestras noches del Zarzal la dejé entrever más de una «historia»... -Los va mirando. Dirígeme... preguntas. Respondo á medias..., puesto que me reservo para más despacio y más abandonados coloquios el irle contando mi pasado -y no por vanidad (que fuese bien idiota), sino porque «también le pertenezca». Yo soy... mi presente, mi porvenir y mi pasado. Ella debe conocerme, para que vea en mi cambio, por su gracia, cuánto le debo agradecer, cuánto sufrí antes de tenerla como una redención.

Nos desayunamos, con algo improvisado, que pedimos á un café, y creo notar, en la faz de Inés, algo cambiados su enojo, su reserva: desde ayer mañana eran éstos de duda y confusión por aquel enorme sacrilegio de la Ermita; ahora... más humanos..., juraría que son debidos á... los celos por esas bellezas vestidas y desnudas que ha visto en los retratos.

La aturdo, en una palabra. Está aturdida..., y no me parece mal.

Terminado el desayuno, la invito á descansar. También aquí, y mejor dispuestas, tenemos contiguas alcobas diferentes.

Pero me dice que durmió en el tren, que yo me acueste; que ella va simplemente á refrescarse y á arreglarse un poco, y que irá entre tanto, con Paquita, á visitar á sus padres.

Paréceme natural; y aunque me ofrezco yo mismo á acompañarla, porque también me parece natural, obstínase afable mi mujer en que me acueste.

Me ve, en efecto, cansado de la noche. Sabe que no duermo en el tren.

Agradecido.

Quedamos en que volveremos juntos al hotel de sus padres por la tarde. En efecto, ahora, que son apenas las ocho, yo los violentaría un poco, porque probablemente estarán durmiendo.

Pasa Inés á sus estancias, y yo me acuesto.


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