Mi media naranja: 11

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Capítulo VI
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Mi media naranja- Segunda parte Felipe Trigo


A las doce me despiertan, no sin dificultad. Es Paquita y trae una carta.

-¿Y la señora? -le pregunto.

-En casa de sus padres. Su madre me ha dado esta carta para usted.

-¡Cómo! ¡En casa de sus padres... y allí toda la mañana!

Es un reproche de «celoso», que no puedo reprimir, este mío. Me duele un poco, ciertamente, que en cuanto hemos llegado á Madrid, mi Inés tenga más agrado en estar al lado de sus padres que á mi lado.

-No, señor, ¡cá, toda la mañana! -me explica Paca.- ¡Apenas si allí llegamos á las once!... Tomamos un coche, al salir, y la señorita Inés mandó que nos llevasen á Chamberí, á la Iglesia de un Convento.

-Ah, vamos, á oir misa...

-Y á confesarse, después. Una confesión que duró más de tres horas.

-¡Ya!

Abro la carta. Supongo que será llamándome para comer con ella y con sus padres. Paca se marcha.

Pero...

¡Es mi suegra la que escribe!

«Sr. D. Aurelio Ortega y Sánchez de León.»

«Muy señor mío:...

¡Cielo santo, qué principio! -tengo que decir, como aquella del «Tenorio».

Límpiome los ojos, por si tengo aun el sueño en telarañas (pues no parece lógico que la carta de una suegra empiece así), y leo:

«Muy señor mío: mi pobre hija, que está llorando junto á mí, me da el encargo de esta carta.

»No volverá á reunirse con usted. Y si usted quiere tenerle siquiera esta única consideración á dos »señoras, nos dispensará un señaladísimo favor no intentando venir siquiera á vernos, ni á mí ni á ella. »Con toda la posible rapidez, veremos lo preciso para entablar la demanda de divorcio. Y como esta »solución, que apoyará sin duda mi marido, está desde luego firmemente apoyada por mí y »fundamentada antes por el sabio consejo de quien tiene definitiva autoridad en estas cosas, yo espero »que usted se hará cargo de la inutilidad de cualquier oposición.

«Mi pobre hija Inés le aborrece, le detesta. Ni ella ni yo pudimos sospechar que, en su »matrimonio, pudiese ir á la prostitución de un libertino.

ÁNGELES DE OCHOA.»

La carta ha caído de mis manos.

Por un rato no siento más que una montaña de nieve en el alma, que luego me corre por la sangre.

Pero de pronto me arrojo de la cama.

¡Iré por mi mujer! ¡Por mi Inés!

Empiezo á vestirme como loco, como aquel á quien acaban de robarle su tesoro... y... ¡vuelvo á caer en la butaca!

¡No! ¡no!... ¡Es «Ella», «ella» propia, la primera que buscó esta solución!

¡Ella... mía á medias..., del padre Garcés la otra mitad... y que ha vuelto á caer sin tiempo entre sus garras!

¡Mía! ¡Mía!

Lloro.

La miseria del dolor, me obliga á dudar por un instante si no será verdad que yo sea... un canalla, un libertino.

Pero esto que sucede, no tiene remedio. Mi «media naranja» no lo era aún, ni ya más lo será.

¡Lloro... lloro con la visión de aquella virgen de mujer que se me vuela!

La he tenido tan humana, tan hermosa, tan noble en mis besos de oraciones del Amor... y me la quitan!

¡Sí, sí, resueltamente soy un mentecato! ¡Un... «subversivo»! Lo correcto, lo de orden, habría sido que hubiese hecho lo que todos, lo que tantos: la santa mujer, en casa; y las amantes de ilusiones y placeres, por ahí!

El padre Garcés, entonces, me hubiese bendecido..., me hubiese al menos estimado..., lo mismo que a mi suegro.

¡Por el orden!



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