Mirando atrás desde 2000 a 1887 Capítulo 1

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Vi la luz por primera vez en la ciudad de Boston en el año 1857. "¿Qué?" dirás, "¿mil ochocientos cincuenta y siete? Este es un curioso desliz. Quiere decir mil novecientos cincuenta y siete, desde luego". Pido disculpas, pero no hay error. Eran alrededor de las cuatro de la tarde del 26 de diciembre, un día después de Navidad, del año 1857, no 1957, cuando respiré por primera vez el viento de levante de Boston, que, aseguro al lector, en aquel remoto período se distinguía por la misma penetrante cualidad que lo caracteriza en el presente año de gracia, 2000.

Estas afirmaciones parecen tan absurdas en su apariencia, especialmente si añado que soy un joven que aparenta alrededor de treinta años, que nadie puede ser culpado por rehusar leer una palabra más de lo que promete ser una mera imposición sobre su credulidad. Sin embargo aseguro de todo corazón al lector que no hay pretensión alguna de imposición, y me encargaré, si me presta atención durante unas páginas, de convencerle de esto por completo. Si puedo, entonces, suponer provisionalmente, con el compromiso de justificar la suposición, que conozco mejor que el lector cuándo he nacido, proseguiré con mi narrativa. Como todo colegial sabe, en la última parte del siglo diecinueve la civilización de hoy en día, o cualquier cosa semejante, no existía, aunque los elementos que iban a desarrollarla ya estaban en fermentación. Sin embargo, nada ha ocurrido para modificar la secular división de la sociedad en cuatro clases, o naciones, como podría llamárselas más adecuadamente, puesto que las diferencias entre ellas eran mucho mayores que las que hay entre las naciones actualmente, de los ricos y los pobres, de los educados y los ignorantes. Yo mismo era rico y también educado, y poseía, por consiguiente, todos los elementos de felicidad que disfrutaban los más afortunados de aquella época. Viviendo en el lujo, y ocupado únicamente en la prosecución de los placeres y refinamientos de la vida, derivaba los medios de mi manutención del trabajo de otros, no prestándoles ningún servicio a cambio. Mis padres y abuelos habían vivido de la misma manera, y yo esperaba que mis descendientes, si los tuviese, disfrutarían de una análoga fácil existencia.

Pero ¿cómo podía yo vivir sin dar servicio al mundo? preguntarás. ¿Por qué debería el mundo haber sustentado en absoluta ociosidad a uno que era capaz de dar servicio? La respuesta es que mi bisabuelo había acumulado una suma de dinero de la cual han vivido sus descendientes desde entonces. La suma, inferirás naturalmente, debe haber sido muy grande para no haberse agotado en la manutención de tres generaciones en la ociosidad. Este, sin embargo, no era el caso. La suma no había sido originalmente grande en absoluto. Era, de hecho, mucho mayor ahora que tres generaciones habían sido mantenidas en la ociosidad gracias a ella, que lo que era en un principio. Este misterio de uso sin consumición, de calentamiento sin combustión, parece magia, pero era meramente una ingeniosa aplicación del arte ahora felizmente perdido pero llevado a una gran perfección por tus antepasados, de desplazar la carga de la propia manutención para ponerla sobre los hombros de otros. Del hombre que había conseguido esto, y era el fin perseguido, se decía que vivía de las rentas de sus inversiones. Explicar llegados a este punto cómo los antiguos métodos de la industria hicieron esto posible nos retrasaría demasiado. Sólo me detendré ahora para decir que el interés sobre las inversiones era una especie de impuesto a perpetuidad sobre el producto de aquellos ocupados en la industria, que una persona que poseía o heredaba dinero era capaz de recaudar. No debe suponerse que una organización que parece tan antinatural y disparatada conforme a las nociones modernas nunca fue criticada por tus antepasados. Hubo un esfuerzo de legisladores y profetas de las primeras épocas para abolir el interés, o al menos para limitarlo a las tasas más pequeñas posibles. Todos estos esfuerzos, sin embargo, fracasaron como necesariamente debían hacerlo, en la medida en que las antiguas organizaciones sociales prevalecieron. En la época de la cual escribo, la última parte del siglo diecinueve, los gobiernos se habían en general dado por vencidos de intentar regular el asunto en modo alguno.

Como un intento de dar al lector alguna impresión general del modo en que la gente convivía en aquellos días, y especialmente de las relaciones entre los ricos y los pobres, quizá lo mejor que puedo hacer es comparar la sociedad como era entonces con un carruaje prodigioso al que las masas de la humanidad estuviesen unidas con arreos y del que tirasen laboriosamente a lo largo de un camino muy montañoso y arenoso. El conductor estaba hambriento y no permitía que nadie se quedase rezagado, aunque el paso era necesariamente muy lento. A pesar de la absoluta dificultad de tirar del carruaje a lo largo de un camino tan difícil, la parte superior del carruaje estaba cubierta con pasajeros que nunca bajaban, ni siquiera en las subidas más pronunciadas. En estos asientos de la parte superior se notaba una brisa muy suave y eran muy cómodos. Bien elevados por encima del polvo, sus ocupantes podían disfrutar del paisaje a su placer, o discutir críticamente los méritos del equipo que se esforzaba. Naturalmente tales plazas estaban muy solicitadas y la competición por ellas era intensa, cada uno perseguía como primer objetivo en la vida el asegurarse un asiento en el carruaje para sí mismo y dejárselo a su hijo después de él. Por la regla del carruaje, un hombre podía dejar su asiento a quien él quisiese, pero por otra parte había muchos accidentes por los cuales podía perderse por completo. A pesar de que eran tan cómodos, los asientos eran muy inseguros, y en cada sacudida imprevista del carruaje había personas que se resbalaban fuera de ellos y se caían al suelo, donde eran instantáneamente obligados a agarrar la cuerda y ayudar a arrastrar el carruaje sobre el cual habían anteriormente ido montados tan placenteramente. Naturalmente perder el asiento se consideraba una desgracia terrible, y la aprensión de que esto pudiese sucederles a ellos o a sus amigos era una nube constante sobre la felicidad de aquellos que iban montados.

Pero ¿pensaban solamente en sí mismos? preguntarás. ¿Su mero lujo no se tornaba intolerable para ellos por comparación con la suerte de sus hermanos y hermanas que estaban con los arreos, y el conocimiento de que su propio peso se añadía a su duro trabajo? ¿No tenían compasión por sus semejantes de quienes solamente la fortuna les diferenciaba? Oh, sí; la conmiseración era expresada frecuentemente por aquellos que iban montados, hacia aquellos que tenían que tirar del carruaje, especialmente cuando el vehículo llegaba a un mal lugar en el camino, como ocurría constantemente, o a una colina particularmente escarpada. En tales momentos, el desesperado esfuerzo del equipo, sus agonizantes saltos y caídas bajo el despiadado azote del hambre, los muchos que desfallecían en la cuerda, y eran pisoteados en el fango, formaban un espectáculo inquietante, que a menudo provocaba manifestaciones de sentimientos sumamente creíbles, en lo alto del carruaje. En tales momentos, los pasajeros habrían regañado alentadoramente a los que trabajaban duro en la cuerda, exhortándolos a que tuviesen paciencia y mantuviesen las esperanzas de una posible compensación en otro mundo a cambio de la crudeza de su suerte, mientras otros contribuían a comprar ungüentos y linimentos para los lisiados y heridos. Se estaba de acuerdo en que era una enorme lástima que tuviese que ser tan duro tirar del carruaje, y había un sentido de alivio general cuando la parte del camino especialmente mala era sobrepasada. Este alivio no era, de hecho, completamente a cuenta del equipo, porque en esas partes malas había siempre algún peligro de vuelco general en el que todos perderían sus asientos.

Debe en verdad admitirse que el principal efecto del espectáculo de la miseria de los que trabajaban duramente en la cuerda era acentuar el sentido que los pasajeros tenían del valor de sus asientos en el carruaje, y causaba que se aferrasen a ellos con mayor desesperación que antes. Si los pasajeros pudiesen simplemente haberse sentido seguros de que ni ellos ni sus amigos se caerían nunca de lo alto, es probable que, más allá de contribuir a los fondos para linimentos y vendas, se hubiesen preocupado extremadamente poco por aquellos que arrastraban el carruaje.

Soy bien consciente de que esto parecerá una increíble atrocidad a los hombres y mujeres del siglo veinte, pero hay dos hechos, ambos muy curiosos, que lo explican parcialmente. En primer lugar, se creía firme y sinceramente que no había otra manera en la que la Sociedad pudiese progresar, excepto si muchos tiraban de la cuerda y unos pocos iban montados, y no sólo esto, sino que incluso ninguna mejora muy radical era posible, ya fuera en los arreos, el carruaje, la carretera, o la distribución de la faena. Siempre había sido como era, y siempre sería así. Era una lástima, pero no se podía evitar, y la filosofía prohibía despilfarrar compasión en lo que estaba más allá del remedio.

El otro hecho es todavía más curioso, consiste en una extraña alucinación que aquellos que estaban en lo alto del carruaje compartían generalmente, de que ellos no eran exactamente como los hermanos y hermanas que tiraban de la cuerda, sino de un barro más fino, perteneciendo en algún sentido a un orden superior de seres que podrían con razón esperar que tirasen de ellos. Esto parece inexplicable, pero, como una vez fui de los que iba montado en este carruaje y compartí esta alucinación, debería ser creído. La cosa más extraña en relación con esta alucinación era que aquellos que acababan de trepar desde el suelo, antes de que las marcas de las cuerdas les hubiesen desaparecido de las manos, empezaban a caer bajo su influencia. En cuanto a aquellos cuyos padres y abuelos, antes que ellos, habían sido tan afortunados como para mantener sus asientos en lo alto, la convicción que ellos llevaban en el corazón acerca de la esencial diferencia entre su clase de humanidad y la del común de los mortales era absoluta. El efecto de una ilusión para moderar los sentimientos de mutuo entendimiento hacia los sufrimientos de la muchedumbre de seres humanos, transformándolos en una distante y filosófica compasión es obvio. A ello me refiero como la única extenuación que puedo ofrecer por la indiferencia que, en el periodo del que escribo, marcó mi propia actitud hacia la miseria de mis hermanos.

En 1887 llegué a mi trigésimo año. Aunque todavía soltero, estaba comprometido para casarme con Edith Bartlett. Ella, al igual que yo, iba montada en lo alto del carruaje. Es decir, para no sobrecargarnos más con una ilustración que ha servido, espero, para el propósito de dar al lector una impresión general de cómo vivíamos entonces, su familia era rica. En aquella época, cuando por sí solo el dinero dominaba todo lo que era agradable y refinado en la vida, era suficiente para una mujer el ser rica para tener pretendientes; pero Edith Bartlett era también hermosa y grácil.

Mis señoras lectoras, soy consciente, protestarán por esto. "Hermosa pudiera haber sido", las oigo decir, "pero grácil nunca, con los trajes que estaban de moda en aquella época, cuando la cabeza se cubría con una estructura de 30 cm de altura que daba mareo, y la casi increíble extensión de la falda por detrás por medio de unos dispositivos artificiales que deshumanizaban las formas más a conciencia que ningún dispositivo anterior de los modistos. ¡Imagina cualquier gracilidad en semejante traje!" Dan ciertamente bien en el clavo, y solamente puedo replicar que mientras las señoras del siglo veinte son encantadoras demostraciones del efecto que un ropaje adecuado tiene sobre la acentuación de las gracias femeninas, mis recuerdos de sus bisabuelas me permiten mantener que ninguna deformidad del vestido puede camuflarlas por completo.

Nuestro matrimonio esperaba tan solo que se terminase la casa que estaba construyendo para que la ocupásemos, en una de las partes más apetecibles de la ciudad, es decir, una parte principalmente habitada por los ricos. Porque debe comprenderse que la deseabilidad comparativa de las diferentes partes de Boston para residir en ellas dependía entonces, no de aspectos naturales, sino del carácter de la población de la vecindad. Cada clase o nación vivía por su cuenta, en barrios propios. Un rico viviendo entre los pobres, un educado entre los no educados, era como uno que viviese aislado en medio de una raza extraña y celosa. Cuando la casa se había comenzado, se esperaba terminarla para el invierno de 1886. En la primavera del año siguiente la encontré, sin embargo, todavía incompleta, y mi matrimonio era todavía cosa del futuro. La causa de un retraso calculado para ser particularmente exasperante para un ardiente enamorado era una serie de huelgas, es decir, pactos para negarse a trabajar, por parte de los albañiles, carpinteros, pintores, fontaneros, y otros sindicatos implicados en la construcción. No recuerdo cuáles eran las causas específicas de estas huelgas. Las huelgas se habían convertido en algo tan común en aquel periodo que la gente había dejado de preguntar acerca de sus motivos concretos. En un departamento de la industria o en otro, habían sido casi incesantes desde la gran crisis de los negocios de 1873. De hecho había llegado a ser una cosa excepcional ver a cualquier clase de trabajadores estar en sus quehaceres sin interrupción durante más de unos pocos meses cada vez.

El lector que observe las fechas aludidas, por supuesto reconocerá en estas alteraciones de la industria la primera e incoherente fase del gran movimiento que terminó en el establecimiento del sistema industrial moderno con todas sus consecuencias sociales. Esto es tan claro en retrospectiva, que un niño podría entenderlo, pero no siendo profetas, los que vivíamos entonces no teníamos una clara idea de lo que nos estaba ocurriendo. Lo que veíamos era que, industrialmente, el país estaba en una muy extraña senda. La relación entre los trabajadores y quienes los empleaban, entre trabajo y capital, parecía haberse dislocado de una manera inexplicable. Las clases trabajadoras se habían infectado de pronto y de un modo muy generalizado con un profundo descontento con su condición, y una idea de que podía ser ampliamente mejorada si tan sólo supiesen como hacerlo. Por todas partes, de común acuerdo, preferían las demandas de pagas más elevadas, menos horas, mejores viviendas, mejores ventajas educativas, y una participación en los refinamientos y lujos de la vida, demandas que era imposible ver el modo de concederlas a no ser que el mundo se hiciese mucho más rico de lo que era entonces. Aunque sabían algo de lo que querían, no sabían nada sobre cómo conseguirlo, y el ardiente entusiasmo con el que se agolpaban alrededor de cualquiera que pareciese probable que les arrojase cualquier luz sobre el asunto, otorgaba repentina reputación a muchos aspirantes a líder, algunos de los cuales tenían bastante poca luz que arrojar. Por muy quiméricas que las aspiraciones de las clases trabajadoras pudiesen ser consideradas, la dedicación con la que se apoyaban unos a otros en las huelgas, lo cual era su principal arma, y los sacrificios que tuvieron que padecer para llevarlas a cabo no dejaban duda de su extrema seriedad.

En cuanto al resultado final de los conflictos laborales, que era la frase con la que el movimiento que he descrito era referenciado, las opiniones de la gente de mi clase diferían conforme al temperamento individual. El sanguíneo argumentaba muy violentamente que en la mismísima naturaleza de las cosas estaba la imposibilidad de que las nuevas esperanzas de los trabajadores pudiesen ser satisfechas, por la sencilla razón de que el mundo no tenía los medios para satisfacerlas. Únicamente gracias a que las masas trabajaban muy duro y vivían con raciones escasas, la humanidad no moría de hambre completamente, y no era posible una mejora considerable de su condición mientras el mundo, en su conjunto, siguiese siendo tan pobre. No eran los capitalistas contra quienes los trabajadores estaban contendiendo, sostenían, sino contra el férreo entorno de la humanidad, y era meramente una cuestión del espesor de sus cráneos el que descubrieran este hecho y decidieran sobrellevar lo que no pueden remediar.

Los menos sanguíneos admitían todo esto. Desde luego que las aspiraciones de los trabajadores eran imposibles de satisfacer, por razones naturales, pero había fundamentos para temer que no descubrirían este hecho hasta que hubiesen hecho de la sociedad un lío lamentable. Tenían los votos y el poder para hacerlo si querían, y sus líderes decían que lo harían. Algunos de estos desalentadores observadores fueron tan lejos que predijeron un inminente cataclismo social. La humanidad, argumentaban, habiendo trepado a lo más alto de la escala de la civilización, estaba a punto de caer de cabeza en el caos, tras lo cual sería dudoso que pudiese levantarse, dar la vuelta, y comenzar a trepar otra vez. Repetidas experiencias de esta clase en tiempos históricos y prehistóricos daban cuenta posiblemente de tumbos que habían roto el cráneo de la humanidad. La historia humana, como todos los grandes movimientos, era cíclica, y volvía al punto de partida. La idea de progreso indefinido en línea recta era una quimera de la imaginación, sin analogía en la naturaleza. La parábola de un cometa era quizá la mejor ilustración de la carrera de la humanidad. Tendiendo hacia arriba y hacia el sol desde el afelio del barbarismo, la humanidad alcanzaba el perihelio de la civilización únicamente para zambullirse una vez más hacia el fondo de su destino inferior en las regiones del caos.

Esto, por supuesto, era una opinión extrema, pero recuerdo a hombres serios entre mis conocidos que, discutiendo de los signos de los tiempos, adoptaban un tono muy similar. No había duda de que la opinión más común entre los hombres más juiciosos era que la sociedad se aproximaba a un período crítico que podría resultar en grandes cambios. Los conflictos laborales, sus causas, curso, y remedio, preponderaban sobre el resto de asuntos en la prensa pública, y en las conversaciones serias.

La tensión nerviosa del pensamiento público no podría haber sido ilustrada de un modo más notorio que como lo era a causa de la alarma resultante de las habladurías de una banda reducida de hombres que se llamaban a sí mismos anarquistas, y proponían aterrorizar al pueblo americano adoptando sus ideas mediante amenazas de violencia, como si una nación poderosa que acababa de aniquilar una rebelión de la mitad de sus habitantes, para mantener su sistema político, fuese propensa a adoptar un nuevo sistema social basado en el terror.

Como uno de los acaudalados, con una gran participación en el existente orden de las cosas, naturalmente compartía las aprensiones de mi clase. La particular queja que tenía contra las clases trabajadoras en aquel tiempo del que escribo, a cuenta de los efectos de sus huelgas en la postergación de mi dicha matrimonial, sin duda alentaba una especial animosidad de mis sentimientos hacia ellos.