Mirando atrás desde 2000 a 1887 Capítulo 10

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"Si voy a explicarle el modo en que compramos," dijo mi acompañante, mientras caminábamos por la calle, "debe explicarme la manera en que usted lo hace. Nunca he sido capaz de entenderlo con todo lo que he leído sobre el asunto. Por ejemplo, cuando tenían tan vasto número de tiendas, cada una con su diferente surtido, ¿cómo podía una señora decidirse ante cualquier compra hasta que hubiese visitado todas las tiendas? porque, hasta que no las hubiese visitado, no podría saber qué había para escoger."

"Era como supones; era la única manera en que podía saberlo," repliqué.

"Mi padre me llama compradora infatigable, pero pronto sería una compradora muy fatigada si tuviese que hacer lo que ellas hacían," fue el hilarante comentario de Edith.

"La pérdida de tiempo al ir de tienda en tienda era desde luego un despilfarro del que la gente ocupada se quejaba agriamente," dije; "pero en cuanto a las señoras de la clase ociosa, aunque también se quejaban, creo que el sistema era realmente una bendición de Dios que les proporcionaba un instrumento para matar el tiempo."

"Pero digamos que había mil tiendas en la ciudad, cientos, quizá, del mismo tipo, ¿cómo podían incluso las ociosas encontrar tiempo para hacer sus recorridos?"

"En realidad no podían visitar todas, por supuesto," repliqué. "Las que compraban mucho, aprendían con el tiempo dónde podían esperar encontrar lo que querían. Esta clase había hecho una ciencia de las especialidades de las tiendas, y compraba con ventaja, consiguiendo siempre lo máximo y mejor por el mínimo dinero. Requería, sin embargo, larga experiencia adquirir este conocimiento. Las que estaban demasiado ocupadas, o compraban demasiado poco para adquirirlo, se arriesgaban y eran generalmente desafortunadas, consiguiendo lo mínimo y lo peor por el máximo dinero. Era por pura suerte si las personas no experimentadas en comprar recibían el valor de su dinero.

"Pero ¿por qué soportaban semejante orden de cosas tan inconveniente y estremecedor cuando veían sus fallos con tanta claridad?" me preguntó Edith.

"Era como todo nuestro orden social," repliqué. "Apenas puedes ver sus fallos con mayor claridad que nosotros, pero no veíamos remedio para ellos."

"Ya hemos llegado al almacén de nuestro barrio," dijo Edith, mientras girábamos hacia un gran portal de uno de los magníficos edificios públicos que había observado en mi paseo matutino. No había nada en el aspecto exterior del edificio que sugiriese una tienda para un representante del siglo diecinueve. No había escaparates donde se mostrasen los productos, ni ningún dispositivo para hacer publicidad de las mercancías, o atraer al cliente. Ni había ningún tipo de señal o letrero en la fachada del edificio para indicar el carácter de los asuntos a los cuales se procedía allí dentro, sino en su lugar, sobre el portal, sobresaliendo de la fachada del edificio, un majestuoso estatuario de tamaño natural, cuya figura central era una alegoría femenina de la Abundancia, con su cornucopia. A juzgar por la composición de la multitud que entraba y salía, se obtenía aproximadamente la misma proporción de cada sexo entre los compradores que se obtendría en el siglo diecinueve. Según entrábamos, Edith dijo que aquel era uno de los grandes establecimientos distribuidores que hay en cada barrio de la ciudad, de modo que ningún residente estaba a más de cinco o diez minutos de alguno de ellos yendo a pie. Era el primer interior de un edificio público del siglo veinte que había contemplado jamás, y el espectáculo por supuesto me impresionó profundamente. Estaba en un vasto pabellón lleno de luz, que no solamente provenía de las ventanas que había en todos los laterales, sino de la cúpula, cuya cúspide estaba a treinta metros sobre nosotros. Bajo ella, en el centro del pabellón, una magnífica fuente jugueteaba, refrescando la atmósfera dándole un delicioso frescor con su aspersor. Los muros y el techo estaban pintados al fresco en tintes suaves, calculados para suavizar, sin absorber, la luz que llenaba el interior. Alrededor de la fuente había un espacio ocupado con sillas y sofás, en los que estaban sentadas muchas personas conversando. Letreros en los muros por todo el pabellón indicaban a qué clase de artículos estaban dedicados los mostradores que había debajo. Edith dirigió sus pasos hacia uno de ellos, donde estaba expuestas muestras de percal de una pasmosa variedad, y procedió a inspeccionarlas.

"¿Dónde está el dependiente?" pregunté, porque no había nadie detrás del mostrador, y nadie parecía venir a atender a la clientela.

"Todavía no necesito al dependiente," dijo Edith; "no he elegido."

"En mi época, la principal ocupación de los dependientes era ayudar a la gente a elegir", repliqué.

"¡Qué! ¿Decirle a la gente lo que quiere?"

"Sí; y a más a menudo inducirles a comprar lo que no querían."

"¿Pero las señoras no lo encontraban muy impertinente?" preguntó Edith, con sorpresa. "¿Qué podía preocuparles a los dependientes si la gente compraba o no?"

"Era su única preocupación," respondí. "Estaban contratados con el propósito de deshacerse de los artículos, y se esperaba que hiciesen lo máximo, salvo el uso de la fuerza, para lograr ese fin."

"¡Ah, sí! ¡Qué tonta soy por olvidarme!" dijo Edith. "En su época, el tendero y sus empleados dependían para su subsistencia de vender los artículos. Por supuesto, esto es completamente diferente ahora. Los artículos son de la nación. Están aquí para aquellos que los quieran, y es asunto de los dependientes esperar a la gente y tomar sus pedidos; pero no es interés del dependiente o de la nación disponer un metro o un kilo de nada para alguien que no lo quiera." Sonrió mientras añadía, "¡Cuán extremadamente singular debe de haber sido tener dependientes para inducirla a una a llevarse lo que una no quería, o dudaba en llevarse!".

"Pero incluso un dependiente del siglo veinte debe hacerse útil dándote información sobre los artículos, aunque no te induzca a comprarlos," sugerí.

"No," dijo Edith, "ese no es asunto del dependiente. Estas tarjetas impresas, que son responsabilidad de las autoridades gubernamentales, nos dan toda la información que podamos necesitar."

Vi que ligada a cada muestra había una tarjeta que contenía de forma sucinta una completa declaración del tipo y materiales de los artículos y todas sus características, así como el precio, no dejando absolutamente ningún punto que pudiese dar pie a una pregunta.

"¿Entonces, el dependiente no tiene nada que decir sobre los artículos que vende?" dije.

"Nada en absoluto. No es necesario que tenga que saber o profesar conocimiento acerca de nada de ellos. La cortesía y la precisión al tomar las órdenes es todo lo que se requiere de él."

"¡Qué prodigiosa cuantía de mentiras ahorra este sencillo orden de cosas!" exclamé.

"¿Quiere decir que en su época todos los dependientes daban una impresión tergiversada de sus artículos?" preguntó Edith.

"¡Dios me libre de decir tal cosa!" repliqué, "porque había muchos que no lo hacían, y eran merecedores de especial credibilidad, porque cuando el sustento de uno y el de su mujer y sus niños depende de la cuantía de artículos que pueda despachar, la tentación de engañar al cliente--o dejar que se engañe a sí mismo-- era casi abrumadora. Pero, señorita Leete, estoy distrayéndote de tu tarea con mi charla."

"En absoluto. Ya he elegido." A esto, tocó un botón, y al momento apareció un dependiente. Tomó nota del pedido con un lápiz en un block que hizo dos copias, una de las cuales se la dio a ella, y la otra la encerró en un pequeño receptáculo, que introdujo en un tubo de transmisión.

"El duplicado del pedido," dijo Edith mientras se alejaba del mostrador, después de que el dependiente hubiese pinchado, para sustraer el valor de su compra, la tarjeta de crédito que ella le dio, "se da al comprador, para que cualquier error al dispensarlo pueda ser fácilmente rastreado y rectificado."

"Has elegido muy rápido," dije. "¿Puedo preguntarte cómo sabías que no podrías haber encontrado algo que te viniese mejor en alguno de los otros almacenes? Aunque probablemente estés obligada a comprar en tu propio distrito."

"Oh, no," replicó. "Compramos donde nos place, aunque, naturalmente, más a menudo cerca de casa. Pero no habría ganado nada visitando otros almacenes. El surtido en todos es exactamente el mismo, presentando como lo hace en cada caso muestras de todas las variedades producidas o importadas por los Estados Unidos. Por eso una puede decidirse rápidamente, y nunca visitar dos almacenes.

"¿Y este es meramente un almacén de muestras? No veo dependientes cortando los artículos o empaquetando."

"Todos nuestros almacenes son almacenes de muestras, excepto para unos pocos tipos de artículos. Los artículos, con estas excepciones, están todos en el gran almacén central de la ciudad, al cual son directamente expedidos desde los productores. Hacemos el pedido a partir de la muestra y la declaración impresa con la textura, tipo, y características. Los pedidos son enviados al almacén central, y los artículos son distribuídos desde allí."

"Eso debe suponer una tremenda reducción de la manipulación," dije. "Mediante nuestro sistema, el fabricante vendía al mayorista, el mayorista a detallista, el detallista al consumidor, y los artículos tenían que ser manipulados cada vez. Vosotros evitáis una manipulación de los artículos y elimináis al detallista a la vez, con su gran ganancia y el ejército de dependientes que debe sustentar. Vaya, señorita Leete, este almacén es meramente el departamento de pedidos de un mayorista, con tan sólo un complemento de dependientes de mayorista. Bajo nuestro sistema de manipulación de artículos, persuadiendo al cliente para comprarlos, cortándolos y empaquetándolos, diez dependientes no podrían hacer lo que ahora hace uno. El ahorro debe de ser enorme."

"Supongo," dijo Edith, "pero desde luego nunca hemos conocido ninguna otra manera. Pero, Sr. West, no debe olvidarse de pedir a mi padre que le lleve un día al almacén central, donde reciben los pedidos de las diferentes casas de muestras de toda la ciudad y reparten y envían los artículos a sus destinos. A mi me llevó no hace mucho, y fue una visión fascinante. El sistema es ciertamente perfecto; por ejemplo, allá en esa especie de jaula está el dependiente que cursa los pedidos. Los pedidos, según son tomados por los diferentes departamentos del almacén, le son enviados mediante los transmisores. Sus auxiliares los ordenan y encierran cada clase en un estuche transportador. El dependiente que cursa los pedidos tiene una docena de transmisores neumáticos ante él que responden en general a clases de artículos, cada uno comunicando con el correspondiente departamento del almacén central. Él mete los estuches con los pedidos en el tubo requerido y unos momentos más tarde aparece en el adecuado mostrador del almacén central, junto con todos los demás pedidos del mismo tipo de los otros almacenes de muestras. Los pedidos son leídos, grabados, y enviados para ser cumplidos, como un rayo. El cómo se cumplen creo que es la parte más interesante. En unos ejes se colocan fardos de tela que van dando vueltas mediante una maquinaria, y el cortador, quien también tiene una máquina, trabaja fardo por fardo hasta que se agotan, y entonces otra persona toma su lugar; y ocurre lo mismo con los que cumplimentan los pedidos de cualquier otro artículo. Entonces los paquetes se entregan en los distritos de la ciudad mediante tubos más grandes, y de allí son distribuídos a las casas. Puede comprender con cuánta rapidez se hace todo cuando le digo que mi pedido estará probablemente en casa más pronto que si hubiese podido llevarmelo desde aquí."

"¿Cómo se las apañan en los pequeños asentamientos rurales?" pregunté.

"El sistema es el mismo," explicó Edith; "las tiendas de muestras del pueblo están conectadas mediante transmisores con el almacén central del distrito rural, que puede estar a treinta kilómetros de distancia. La transmisión es tan rápida, sin embargo, que el tiempo perdido en el camino es insignificante. Pero, para ahorrar gastos, en muchos distritos rurales un mismo conjunto de tubos conecta varios pueblos con el almacén central, y entonces hay una pérdida de tiempo esperando unos por otros. A veces pasan dos o tres horas antes de que se reciban los artículos pedidos. Así ocurría donde estuve el verano pasado, y lo encontré muy incómodo."[2]

[2] Desde que lo dicho aquí arriba está en imprenta, he sido informado de que esta falta de perfección en el servicio de distribución en alguno de los distritos rurales se va a solucionar, y que pronto cada pueblo tendrá su propio juego de tubos.

"Debe de haber muchos otros aspectos también, sin duda, en los cuales los almacenes rurales son inferiores a los de la ciudad," sugerí.

"No," respondió Edith, "al contrario, son exactamente igual de buenos. La tienda de muestras del pueblo más pequeño, igual que este, le da opción a todas las variedades de artículos que tiene la nación, porque el almacén rural se nutre de la misma fuente que el almacén de la ciudad."

Mientras caminábamos hacia casa comenté la gran variedad en el tamaño y coste de las casas. "¿Cómo puede ser," pregunté, "consistente esta diferencia con el hecho de que todos los ciudadanos tienen los mismos ingresos?"

"Porque," explicó Edith, "aunque los ingresos son los mismos, el gusto personal determina cómo los gastará cada individuo. A algunas personas les gustan los caballos excelentes; otras, como yo, preferimos los vestidos bonitos; y otras quieren una mesa elaborada. Las rentas que la nación recibe por estas casas varían, conforme a su tamaño, elegancia y ubicación para que las familias puedan encontrar algo que les vaya. Las casas mayores están habitualmente ocupadas por familias grandes, en las que hay varios que contribuyen a la renta; mientras que las familias pequeñas, como la nuestra, encuentran más convenientes y económicas las casas más pequeñas. Es una cuestión de gusto y conveniencia totalmente. He leído que en los viejos tiempos la gente a menudo mantenía casas y hacía otras cosas que no podían permitirse, por ostentación, para que la gente pensase que eran más ricos de lo que eran. ¿Era así de verdad, Sr. West?"

"Debo admitir que así era," repliqué.

"Bueno, ya ve, no podría ser así hoy en día; porque los ingresos de cada uno son conocidos, y ya se sabe que lo que se gasta por un lado, debe ser ahorrado por otro."