Mirando atrás desde 2000 a 1887 Capítulo 9

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El Dr. Leete y su esposa, cuando acto seguido aparecieron, evidentemente se sorprendieron mucho de que hubiese estado por toda la ciudad yo solo esa mañana, y era palpable que les sorprendió agradablemente el ver que parecía tan poco alterado tras la experiencia.

"Su paseo seguramente no podía dejar de ser muy interesante," dijo la Sra. Leete, según nos sentábamos a la mesa poco después. "Debe de haber visto muchísimas cosas nuevas."

"Vi muy poco que no fuese nuevo," repliqué. "Pero creo que lo que me sorprendió sobre todo fue el no encontrar ninguno de los almacenes de la calle Washington, ni ningún banco en la calle State. ¿Qué han hecho con los comerciantes y banqueros? ¿Los han colgado a todos, quizá, como los anarquistas querían hacer en mi época?"

"Nada tan malo como eso", replicó el Dr. Leete. "Les hemos dado dispensa. Sus funciones están obsoletas en el mundo moderno."

"¿Quién les vende las cosas cuando quieren comprarlas?" Pregunté.

"Hoy en día no hay nadie vendiendo ni comprando; la distribución de los bienes se efectúa de otro modo. En cuanto a los banqueros, no teniendo dinero no tenemos empleo para esos señores."

"Señorita Leete," dije, volviendome hacia Edith, "me temo que tu padre se divierte conmigo. No le culpo, porque la tentación que ofrece mi inocencia debe de ser extraordinaria. Pero, de verdad, hay límites para mi credulidad en lo que a las alteraciones en el sistema social se refiere."

"Mi padre no tiene ni idea de bromear, estoy segura," replicó, con una sonrisa tranquilizadora.

Entonces la conversación dio un giro, al ser sacado a colación el tema de la moda de las señoras en el siglo diecinueve, si mal no recuerdo, por la Sra. Leete, y el Dr. Leete no volvió sobre el asunto hasta después del desayuno, cuando el doctor me había invitado a subir al tejado, que parecía ser uno de sus los lugares preferidos.

"Se sorprendió usted," dijo, "cuando dije que nos las apañamos sin dinero ni comercio, pero un momento de reflexión le mostrará que el comercio existía y el dinero se necesitaba en su época sencillamente porque el negocio de la producción estaba en manos privadas, y que, consecuentemente, ahora son superfluos."

"A bote pronto no veo como se puede deducir eso," repliqué.

"Es muy sencillo," dijo el Dr. Leete. "Cuando innumerables personas diferentes e independientes producían las diversas cosas necesarias para la vida y el bienestar, los intercambios sin fin entre individuos eran requisito para que pudiesen abastecerse de lo que deseaban. Estos intercambios constituían el comercio, y el dinero era esencial para su soporte. Pero tan pronto como la nación se convirtió en el único productor de todas las clases de artículos, no hubo necesidad de intercambios entre los individuos para conseguir lo que precisaban. Todo era obtenible de una única fuente, y nada podía obtenerse en ninguna otra parte. Un sistema de distribución directa desde los almacenes nacionales tomó el lugar del comercio, y por esto el dinero fue innecesario."

"¿Cómo se gestiona esta distribución?" pregunté.

"En base al plan más sencillo," replicó el Dr. Leete. "A cada ciudadano se le da un crédito correspondiente a su parte en el producto anual de la nación, mediante anotación en los libros públicos al principio de cada año, y con su tarjeta de crédito se aprovisiona en los almacenes públicos, que se encuentran en cada comunidad, de lo que desee cuando lo desee. Este orden de cosas, como verá, elimina totalmente la necesidad de transacciones de negocios de ninguna clase entre individuos y consumidores. Quizá le gustaría ver cómo son nuestras tarjetas de crédito.

"Observe," prosiguió mientras yo examinaba con curiosidad la pieza de cartón que me dio, "que esta tarjeta se emite por un cierto número de dólares. Hemos conservado la antigua palabra, pero no la sustancia. El término, tal como lo usamos, no responde a nada real, sino que sirve meramente de símbolo algebraico para comparar los valores de los productos entre sí. Con este propósito a todo se le pone un precio en dólares y centavos, como en su época. El valor de lo que obtengo con esta tarjeta es deducido por el dependiente, quien pincha en estas filas de cuadrados para sustraer el precio de lo que pido."

"Si quisiese comprar algo de su vecino, ¿podría transferirle parte de su crédito como consideración?" pregunté.

"En primer lugar," replicó el Dr. Leete, "nuestros vecinos no tienen nada que vendernos, pero en cualquier caso nuestro crédito no sería transferible, siendo estrictamente personal. Si pensase igualmente en elogiar ante la nación cualquier transferencia del tipo que menciona, sería necesario investigar en las circunstancias de la transacción, para ser capaz de garantizar su absoluta equidad. Habría sido razón suficiente, de no haber habido otra, para abolir el dinero, que su posesión no era indicativa del derecho a él. En las manos del hombre que lo ha robado o que ha asesinado por él, era tan bueno como en las de aquellos que lo habían ganado trabajando. La gente hoy en día intercambia regalos y favores por amistad, pero comprar y vender se considera absolutamente inconsistente con el mutuo altruismo y el desinterés que debería prevalecer entre los ciudadanos y el sentido de comunidad de intereses sobre el que se apoya nuestro sistema social. Conforme a nuestras ideas, comprar y vender es esencialmente antisocial en todas sus tendencias. Es una educación en la búsqueda del propio interés a expensas de los demás, y ninguna sociedad cuyos ciudadanos estén educados en tal escuela tiene la posibilidad de alcanzar sino un muy bajo grado de civilización."

"¿Y si tiene que gastar más de lo que le permite su tarjeta en un año?" pregunté.

"La provisión es tan holgada que es más probable que no se gaste todo," replicó el Dr. Leete. "Pero si se agotase por gastos extraordinarios, podríamos obtener un adelanto limitado sobre el crédito del año siguiente, aunque esta práctica no se recomienda, y se grava con un fuerte descuento para contenerla. Desde luego si una persona demuestra ser un derrochador imprudente recibirá su asignación mensualmente o semanalmente, en vez de anualmente, o si es necesario, no se le permitirá manejarla en absoluto."

"¿Y si no gasta su asignación?, supongo que se acumula."

"Eso también está permitido hasta cierto punto cuando se prevé un desembolso especial. Pero a no ser que se avise de lo contrario, se supone que el ciudadano que no ha gastado por completo su crédito no tuvo ocasión de hacerlo, y el balance se devuelve al excedente general."

"Tal sistema no alienta los hábitos de ahorro por parte de los ciudadanos," dije.

"No se pretende," fue la respuesta. "La nación es rica, y no desea que la gente se prive de ninguna cosa buena. En su época, la gente estaba obligada a almacenar bienes y dinero para prevenir una futura falta de medios para sustentarse y para sus hijos. Esta necesidad hizo de la parsimonia una virtud. Pero ahora no habría tal laudable objetivo, y, habiendo perdido su utilidad, ha cesado de ser considerada una virtud. Ya nadie tiene ninguna preocupación por el mañana, sea el propio o el de sus hijos, porque la nación garantiza la nutrición, la educación, y la cómoda manutención de cada ciudadano desde la cuna hasta la sepultura."

"¡Esa es una arrolladora garantía!" dije. "¿Qué certeza puede haber de que el valor del trabajo de un hombre compensará a la nación por su desembolso para él? En general, la sociedad puede ser capaz de sustentar a todos sus miembros, pero algunos deben ganar menos que lo suficiente para su sustento, y otros más; y esto nos lleva una vez más a la cuestión de los salarios, sobre la que usted no ha dicho nada hasta ahora. Fue justo en este punto, si recuerda, cuando nuestra conversación terminó anoche; y vuelvo a decir, como dije entonces, que aquí suponía yo que un sistema industrial nacional como el suyo encontraría su principal dificultad. ¿Cómo, vuelvo a preguntar, pueden ustedes ajustar satisfactoriamente los salarios comparativos o la remuneración de la multitud de ocupaciones, tan diferentes y tan inconmensurables, que son necesarias para el servicio de la sociedad? En mi época las tarifas del mercado determinaban el precio del trabajo de todo tipo, así como el de los bienes. El empleador pagaba tan poco como podía, y el trabajador conseguía tanto como podía. No era un buen sistema éticamente, lo admito; pero al menos nos dio una improvisada fórmula para solucionar una cuestión que debe ser solucionada diez mil veces al día si queremos que el mundo progrese. Nos parecía que no había otro modo practicable de hacerlo."

"Sí," replicó el Dr. Leete, "era el único modo practicable bajo un sistema que hizo que el interés de cada individuo fuese contrario al de los demás; pero habría sido una pena si la humanidad nunca hubiese podido idear un plan mejor, porque el suyo era sencillamente la aplicación de las relaciones mutuas entre las persona según la máxima del diablo, 'tu necesidad es mi oportunidad'. La recompensa de cualquier servicio no dependía de su dificultad, peligro, o dureza, porque en el mundo entero parecía que los trabajos más peligrosos, severos, y repulsivos estaban hechos por las clases peor pagadas; sino únicamente de los apuros de aquellos que necesitaban el servicio."

"Lo admito," dije. "Pero, con todos sus defectos, el plan de establecer los precios mediante la tarifa de mercado era un plan práctico; y no puedo concebir qué sustituto satisfactorio pueden ustedes haber ideado para ello. Siendo el gobierno el único posible empleador, por supuesto que no hay mercado de trabajo o tarifa de mercado. Los salarios de todas clases deben de ser fijados arbitrariamente por el gobierno. No puedo imaginar una función más complicada y delicada que la que esa debe de ser, o una, como quiera que se lleve a cabo, más segura para engendrar la insatisfacción universal."

"Le ruego me disculpe," replicó el Dr. Leete, "pero creo que exagera la dificultad. Suponga que un consejo de hombres medianamente sensatos estuviese a cargo de establecer los salarios de todas las clases de oficios bajo un sistema que, como el nuestro, garantizase el empleo para todos, mientras permite la elección de ocupación. ¿No ve usted que, no importa lo insatisfactorio que el primer ajuste pudiera ser, los errores se autocorregirían enseguida? Los oficios favorecidos tendrían demasiados voluntarios, y aquellos oficios que se viesen discriminados tendrían falta de ellos hasta que los errores se corrigiesen. Pero esto está fuera de propósito, porque aunque este plan, si se imagina, sería suficientemente practicable, no es parte de nuestro sistema."

"¿Cómo, entonces, regulan los salarios?" pregunté una vez más.

El Dr. Leete no respondió sino después de unos momentos de meditativo silencio. "Sé, desde luego," dijo finalmente, "bastante del antiguo orden de cosas para comprender lo que quiere decir con esa pregunta; y aun así el presente orden es tan absolutamente diferente en este punto que estoy un poco perdido en cuanto a cómo responderle del mejor modo. Me pregunta que cómo regulamos los salarios; solamente puedo contestarle que en la economía social moderna no existe en absoluto la idea que corresponde con lo que se quería decir en su época mediante la palabra salario."

"Supongo que se refiere a que no existe el dinero que paga los salarios," dije. "Pero el crédito dado a los trabajadores en los almacenes del gobierno responde al concepto que teníamos de salario. ¿Cómo se determina la cantidad de crédito dado respectivamente a los trabajadores de diferentes especialidades? ¿A título de qué reclama cada individuo su cuota particular? ¿Cuál es la base de reparto?"

"El título," replicó el Dr. Leete," es por pertenecer a la humanidad. Las bases de su reclamación es el hecho de que es un ser humano."

"¡El hecho de que es un ser humano!" repetí, con incredulidad. "¿Quizá quiere decir que todos tienen la misma parte?"

"Sin duda alguna."

Los lectores de este libro, no habiendo conocido en la práctica otro orden, o quizá considerado con mucho cuidado las narraciones históricas de épocas anteriores en las cuales prevalecía un sistema muy diferente, no puede esperarse que aprecien el estupor del asombro en el que me sumió la sencilla afirmación del Dr. Leete.

"Ya ve," dijo, sonriendo, "que no es simplemente que no exista el dinero para pagar los salarios, sino, como dije, que no hay nada que responda a su idea de salarios."

Para entonces ya me había calmado lo suficiente para articular alguna de las críticas que, como hombre del siglo diecinueve que era, vinieron por encima de todo a mi pensamiento, ante este para mi asombroso arreglo. "¡Algunos hacen el doble de trabajo que otros!" exclamé. "¿Están contentos los trabajadores inteligentes con un plan que los clasifica junto a los indiferentes?"

"No dejamos posible lugar para ninguna reclamación por injusticia," replicó el Dr. Leete, "requiriendo de todos precisamente la misma medida de servicio."

"¿Cómo pueden hacerlo, me gustaría saber, cuando no hay dos personas que tengan la misma capacidad?"

"Nada puede ser más sencillo," fue la respuesta del Dr. Leete. "Requerimos de cada cual que haga el mismo esfuerzo; es decir, le pedimos el mejor servicio que es capaz de dar."

"Y suponiendo que todos hacen lo mejor que pueden," respondí, "la cuantía del producto resultante es el doble de grande viniendo de una persona que de otra."

"Muy cierto," replicó el Dr. Leete; "pero la cuantía del producto resultante no tiene nada que ver en absoluto con la cuestion, que es una cuestión de mérito. El mérito es una cuestión moral, y la cuantía del producto una cantidad material. Sería un tipo extraordinario de lógica la que tratase de determinar una cuestión moral mediante una norma material. La cuantía del esfuerzo por sí sola es pertinente para la cuestión del mérito. Todos los seres humanos que hacen lo mejor que pueden, hacen lo mismo. Las capacidades de un ser humano, aun a semejanza de Dios, sencillamente fijan la medida de su deber. La persona con grandes dotes que no hace todo lo que puede, aunque pueda hacer más que otra persona con pocas dotes que hace lo mejor que puede, se considera que es un trabajador que merece menos que este último, y fallece siendo un deudor de sus semejantes. El Creador establece las tareas de los seres humanos mediante las facultades que les otorga; nosotros sencillamente exigimos su cumplimiento."

"No hay duda de que es una hermosa filosofía," dije; "sin embargo parece difícil que la persona que produce el doble que otra, incluso si ambos dan lo mejor de sí mismos, deba tener solamente la misma parte."

"¿Se lo parece así, de hecho?" respondió el Dr. Leete. "Entonces, ¿sabe lo que me resulta muy curioso? El modo en que la gente de hoy en día piensa es que un hombre que pueda producir el doble que otro con el mismo esfuerzo, en vez de ser recompensado por hacerlo así, debería ser castigado si no lo hiciese así. En el siglo diecinueve, cuando un caballo tiraba de una carga más pesada que una cabra, se supone que lo recompensaban. Ahora, le hubiésemos azotado sonoramente si no hubiese tirado, en base a que, siendo mucho mayor, debería hacerlo. Es singular cómo cambian los estándares éticos." El doctor dijo esto con un centelleo tal en sus ojos que me vi obligado a reir.

"Supongo," dije, "que la auténtica razón de que recompensemos a las personas por sus dotes, aunque consideremos aquello de los caballos y las cabras sencillamente como fijar el servicio que severamente se requerirá de ellos, era que los animales, no siendo seres dotados de raciocinio, naturalmente hicieron lo mejor que podían, mientras que las personas solamente podrían ser inducidas a hacerlo recompensándolas conforme a la cuantía de su producto. Esto me lleva a preguntar por qué, a no ser que la naturaleza humana haya cambiado enormemente en cien años, no se encuentran ustedes en la misma necesidad."

"Lo estamos," replicó el Dr. Leete. "No creo que haya ocurrido ningún cambio en la naturaleza humana a ese respecto desde su época. Todavía está tan establecido que los incentivos especiales en forma de precios, y ventajas que pueden ganarse, son un requisito para movilizar los mejores esfuerzos del hombre corriente en cualquier dirección."

"Pero ¿qué incentivo," pregunté, "puede tener un hombre que pone su mejor esfuerzo cuando, no importa cuán mucho o cuán poco realice, sus ingresos seguirán siendo los mismos? Las personas de altos ideales pueden ser movidas por devoción al bienestar común bajo un sistema tal, pero ¿no tenderán las personas corrientes a descansar junto a su remo, razonando que de nada sirve hacer un esfuerzo especial, ya que esforzarse no incrementará sus ingresos, ni refrenarse los disminuirá?"

"¿Entonces realmente le parece," respondió mi acompañante, "que la naturaleza humana es insensible a cualquier motivo salvo el miedo a la necesidad y el amor al lujo, que debería esperarse seguridad e igualdad de sustento dejándolos sin posibles incentivos al esfuerzo? Sus contemporáneos no pensaban realmente así, aunque pudiesen imaginar que así lo hacían. Cuando se trataba del mayor esfuerzo, del más absoluto sacrificio propio, se dependía de otros incentivos completamente diferentes. No los salarios más altos, sino el honor y la esperanza en la gratitud de la humanidad, el patriotismo y la inspiración del deber, eran los motivos que se ponían ante los soldados cuando era cuestión de morir por la nación, y nunca hubo una época en el mundo en la cual esos motivos no movilizasen lo que hay de mejor y más noble en los seres humanos. Y no sólo eso, sino que cuando nos ponemos a analizar el amor por el dinero, que era el impulso general para el esfuerzo en su época, encontramos que el temor a la necesidad y el deseo de lujo eran unos de entre los varios motivos que la búsqueda de dinero representaba; los otros, y con mucho los más influyentes, eran el deseo de poder, de posición social, y de reputación por la capacidad y el éxito. Ya ve que aunque hemos abolido la pobreza y el miedo a ella, y el lujo desmesurado con esa esperanza, no hemos tocado la mayor parte de los motivos que eran subyacentes al amor al dinero en tiempos pasados, o cualquiera de aquellos que incitaban a las más supremas clases de esfuerzo. Los más zafios motivos, que ya no nos mueven, han sido reemplazados por más altos motivos completamente desconocidos para los meros ganadores de sueldo de su época. Ahora que la industria de cualquier clase no es ya un servicio propio, sino un servicio de la nación, el patriotismo, la pasión por la humanidad, impelen al trabajador como en su época lo hicieron con el soldado. El ejército de la industria es un ejército, no solo en virtud de su perfecta organización, sino en razón también del ardor del sacrificio propio que anima a sus miembros.

"Pero como ustedes solian suplementar los motivos del patriotismo con el amor a la gloria, para estimular el valor de sus soldados, también nosotros. Basado como está nuestro sistema industrial sobre el principio de requerir la misma unidad de esfuerzo de cada persona, esto es, lo mejor que pueda hacer, verá que los medios por los que incitamos a los trabajadores a dar lo mejor, deben ser una parte esencial de nuestro esquema. Con nosotros, la diligencia en el servicio nacional es el único y cierto camino hacia la reputación pública, la distinción social, y el poder oficial. El valor de los servicios de una persona a la sociedad fija su rango en ella. Comparado con el efecto de nuestra ordenación social para impulsar a las personas a ser afanosas en sus ocupaciones, estimamos la perfecta demostración de mordiente pobreza y lujo disoluto del que ustedes dependían como un instrumento tan débil e incierto como salvaje. El deseo de honor incluso en su sórdida época impulsaba notoriamente a los hombres a un esfuerzo más desesperado que al que podría impulsarles el amor al dinero.

"Sería extremadamente interesante," dije, "conocer algo de este orden social."

"El esquema en sus detalles," replicó el doctor, "es desde luego muy elaborado, porque subyace la entera organización del ejército industrial; pero unas pocas palabras le darán una idea general de él".

En este momento nuestra charla fue encantadoramente interrumpida por la aparición de Edith Leete ante la plataforma aérea donde estábamos sentados. Estaba vestida de calle, y había venido a hablar con su padre sobre algún encargo que iba a hacer para él.

"Por cierto, Edith," exclamó, mientras ella estaba a punto de dejarnos solos, "me pregunto si el Sr. West no estaría interesado en visitar el almacén contigo. Le he estado contando algo sobre nuestro sistema de distribución, y quizá le gustaría verlo en una operación práctica."

"Mi hija," añadió, volviéndose hacia mi, "es una compradora infatigable, y puede contarle más sobre los almacenes que yo."

La proposición me resultó naturalmente muy agradable, y siendo Edith lo suficientemente buena para decir que estaría muy contenta de contar con mi compañía, dejamos la casa juntos.