Motivos de Proteo: 054

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LIII - La leyenda del dibujo y la de la imprenta. El amor en las vocaciones.[editar]

Por eso la leyenda, significativa y pintora, mezcla esta divina fuerza a los orígenes de la invención, al risueño albor de las artes.

¿Recuerdas la tradición antigua de cómo fue el adquirir los hombres la habilidad del dibujo? Despedíase de su enamorada un mozo de Corinto. Sobre la pared la luz de una lámpara hacía resaltar la sombra del novio. Movida del deseo de conservar la imagen de él consigo, ideó ella tomar un pedernal, o un punzón, o acaso fue un alfiler de sus cabellos; y de este modo, siguiendo en la pared el perfil que delineaba la sombra, lo fijó, mitigando, merced a su arte sencillo, el dolor que le preparaba la ausencia; de donde aprendieron los hombres a imitar sobre una superficie plana la forma de las cosas.

Esta tradición parece que renace en la que, pasados los siglos, viene a adornar la cuna del arte de imprimir. Un flamenco de Harlem distraía, vagando por soledad campestre, la pena que le causaba la ausencia de su amada. Acertó a pasar junto a unos sauces henchidos de la savia nueva, y ocurriósele arrancar de ellos unas frescas cortezas, donde talló rústicamente frases que le dictaba el amor o en que desahogaba su melancolía. Renovó la distracción en nuevos paseos; hasta que, grabando en una lámina de sauce toda una carta, que destinaba a la dulce ausente, envolvió la lámina en un pergamino, y se retiró con ella; y desenvolviéndola luego, halló reproducida en el pergamino la escritura, merced a la humedad de la savia; y esto fue, según la leyenda, lo que, sabido de Gutenberg, depositó en su espíritu el germen de la invención sublime. ¡Mentira con alma de verdad! El interés de una pasión acicateando la mente para escogitar un ignorado arbitrio; la observación de lo pequeño como punto de partida para el hallazgo de lo grande: ¿no esta ahí toda la filosofía de la invención humana? ¿No es ésa la síntesis, anticipada por candorosa intuición, de cuanto, en los milagros del genio, encuentra el análisis de los psicólogos?...

En el Gilliat de Los Trabajadores del mar personificó la gigantesca imaginación de Víctor Hugo la virtud demiúrgica del amor, que inspira al alma del marinero rudo e ignorante las fuerzas heroicas y las sutiles astucias con que se doma a la naturaleza y se la arrancan sus velados tesoros.

Siendo padre y maestro de cuantas pasiones puedan hallar cabida en el alma, el amor, por instrumento de ellas, sugiere todas las artes que pide la necesidad o el deseo a que da margen cada pasión que nos subyuga: las invenciones de que se vale la ambición de gloria o riqueza; los artificios e industrias con que se auxilia el propósito de parecer mejor; los ardides que calculan los celos; los expedientes a que recurre la simulación; las redes que urde la venganza; y de esta diligencia que imprime el sentimiento apasionado a la facultad inventiva, surge más de una vez el invento que dura, agregado para siempre a los recursos de la habilidad y la destreza humanas, aunque en su origen haya servido a un fin puramente individual.

Por el estímulo a ennoblecerse y mejorarse que el amor inspira, suyo preferentemente es el poder iniciador en las mayores vocaciones de la energía y de la inteligencia. Movida del empeño de levantarse sobre su condición para merecer el alto objeto (siempre es alto en idea) a que mira su encendido anhelo, el alma hasta entonces indolente, o resignada a su humildad, busca dentro de sí el germen que pueda hacerla grande, y lo encuentra y cultiva con voluntad esforzada. Ésta es la historia del pastor judío que, enamorado de la hija de su señor, quiere encumbrarse para alcanzar hasta ella, y llega a ser, entre los doctores del Talmud, Akiba el rabino. No de otro modo, de aquel pobre calderero de Nápoles que se llamó Antonio Solario hizo el amor el artista de vocación improvisa, que, ambicionando igualarse en calidad con la familia del pintor en cuya casa tenía cautivo el pensamiento, pone el dardo doble más allá de su blanco, después de traspasarle, por que logra juntos, el amor y la gloria. Este caso enternecedor se reproduce esencialmente en la vida de otros dos maestros del pincel: Quintín Metzys, el herrero de Amberes, transfigurado, por la ambición de amor, en el grande artista de quien data el sentimiento de la naturaleza y la alegría en los cuadros flamencos; y el español Ribalta, que, a exacta imagen de Solario, busca en la casa de un pintor la vecindad de unos ojos al propio tiempo que la norma de una vocación.

De todo cuanto sobre el Profeta musulmán refieren la historia y la leyenda, nada hay acaso que interese y conmueva con tal calor de realidad humana, como la acción que en los vislumbres de su apostolado se atribuye al amor de su Cadija. Cadija es, por pura ciencia de amor, más que la Egeria del profeta: ella le entona el alma; ella le presta fe cuando aún él no la tiene entera en sí mismo; ella da alas a la inspiración que ha de sublimarle... Pero ¡qué mucho que la pasión correspondida, o iluminada de esperanza, preste divinas energías, si aun del desengaño de amor suele nacer un culto desinteresado y altísimo, que vuelve mejor a quien lo rinde! ¿No es fama que para alentar el pensamiento y la voluntad de Spinoza tuvo su parte de incentivo una infortunada pasión por la hija de Van der Ende, su maestro; la cual, aun negándole correspondencia, le instó a buscar nuevo objeto a sus anhelos en la conquista de la sabiduría; mandato que, por ser de quien era, perseveró quizá, en el espíritu de aquel hombre sin mácula, con autoridad religiosa?

El valor heroico, todavía más que otras vías de la voluntad, se ampara de este dulce arrimo del amor. En uno con la vocación del caballero nace la invocación de la dama; y no hay armas asuntivas donde, ya sea porque excitó la ambición de fortuna, ya porque alentó la de gloria, no estampe el dios que campeaba en el escudo de Alcibíades, la rúbrica de su saeta. Sin que sean menester Cenobias, Pentesileas ni Semíramis, hay un género de heroísmo amazónico contra el que jamás prevalecerán Herakles ni Teseos; y es el que se vale del brazo del varón como de instrumento de la hazaña, y de la voluntad de la amazona como de inspiración y premio a la vez, mientras ella se está, quieta y sublime, en la actitud de la esperanza y la contemplación. Ésta es la eterna heroicidad de Dulcinea, más lidiadora de batallas desde su Olimpo de la imaginación del caballero, que al frente de sus huestes la soberana de Nínive. Quien ha leído en Baltasar Castiglione la más fina y donosa de las teorías del amor humano, no olvidará aquella página donde con tal gracia y calor se representa la sugestión de amor en el ánimo del guerrero, y tan pintorescamente se sostiene que contra un ejército de enamorados que combatiesen asistidos de la presencia de sus damas, no habría fuerzas que valieran, a menos que sobre él viniese otro igualmente aguijoneado y encendido por el estímulo de amor; lo cual abona el deleitoso prosista con el recuerdo de lo que se vio en el cerco de Granada, cuando, a la hora de salir a las escaramuzas con los moros los capitanes de aquella heroica nobleza, las damas de la Reina Católica, formando ilustre y serenísima judicatura, se congregaban a presenciar, desde lo avanzado de los reales cristianos, los lances del combate, y de allí la tácita sanción de sus ojos y las cifras mágicas que pinta un movimiento, un gesto, una sonrisa, exaltaban el entusiasmo de sus caballeros a los más famosos alardes de la gallardía y el valor.



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