Motivos de Proteo: 055

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Motivos de Proteo de José Enrique Rodó


LIV - Amor y arte.[editar]

Pero si toda aptitud y vocación obedece, como a eficacia de conjuro, al estímulo que el amor despierta, ningún don del alma responde con tal solicitud a sus reclamos y se hace tan íntimo con él, como el don del poeta y el artista: el que tiene por norte sentir y realizar lo hermoso. Bajo la materna idea de belleza, amor y poesía se hermanan. Anhelo instintivo de lo bello, e impulso a propagar la vida, mediante el señuelo de lo bello: esto es amor; y de este mismo sentimiento de belleza, cuando le imprime finalidad el deseo de engendrar imaginarías criaturas que gocen tan propia y palpitante vida como las que el amor engendra en el mundo, fluyen las fuentes de la poesía y el arte. Amor es polo y quintaesencia de la sensibilidad, y el artista es la sensibilidad hecha persona. Amor es exaltación que traspasa los límites usuales del imaginar y el sentir, y a esto llamamos inspiración en el poeta. Allí donde haya arte y poesía; allí donde haya libros, cuadros, estatuas, o imágenes de estas cosas en memoria escogida, no será menester afanar por mucho tiempo los ojos o el recuerdo para acertar con la expresión del amor, porque lo mismo en cuanto a las genialidades y reconditeces del sentimiento, que el arte transparenta, que en cuanto a los casos y escenas de la vida que toma para sí y hace plásticos en sus ficciones, ningún manantial tan copioso como el que del seno del amor se difunde.

Quien ama es, en lo íntimo de su imaginación, poeta y artista, aunque carezca del don de plasmar en obra real y sensible ese divino espíritu que lo posee. La operación interior por cuya virtud la mente del artista recoge un objeto de la realidad, y lo acicala, pule y perfecciona, redimiéndole de sus impurezas, para conformarlo a la noción ideal que columbra en el encendimiento de la inspiración, no es fundamentalmente distinta de la que ocupa y abstrae a toda hora el pensamiento del amante, habitador, como el artista, del mundo de los sueños. Por espontánea e inconsciente actividad, que no se da punto de reposo, el alma enamorada transfigura la imagen que reina en el santuario de sus recuerdos; la hace mejor y más hermosa que en la realidad; añádele, por propia cuenta, excelencias y bendiciones, gracias y virtudes; aparta de entre sus rasgos los que en lo real no armonizan con el conjunto bello; y verifica de este modo una obra de selección, que compite con la que genera las criaturas nobles del arte; por lo cual fue doctrina de la antigua sabiduría que el amor que se tiene a un objeto por hermoso, no es sino el reconocimiento de la hermosura que en uno mismo se lleva, de la beldad que está en el alma, de donde trasciende al objeto, que sólo por participación de esta beldad de quien le contempla, llega a ser hermoso, en la medida en que lo es el contemplador. ¿Cabe que gane más el objeto real al pasar por la imaginación del poeta que lo amado al filtrarse en el pensamiento del amante? ¿Hay pincel que con más pertinacia y primor acaricie y retoque una figura; verso o melodía que más delicadamente destilen la esencia espiritual de un objeto, que el pensamiento del amante cuando retoca e idealiza la imagen que lleva esculpida en lo más hondo y preferido de sí?...

A menudo este exquisito arte interior promueve y estimula al otro: aquel que se realiza exteriormente por obras que conocerán y admirarán los hombres; a menudo la vocación del poeta y el artista espera, para revelarse, el momento en que el amor hace su aparición virgínea en el alma, ya de manera potencial, incierto aún en cuanto a la elección que ha de fijarle, pero excitado, en inquietud difusa y soñadora, por la sazón de las fuerzas de la naturaleza; ya traído a luz por objeto determinado y consciente, por la afinidad irresistible y misteriosa que enlaza, en un instante y para siempre, dos almas. Como al descender el Espíritu sobre su frente, se infundió en los humildes pescadores el don de lenguas no aprendidas, de igual manera el espíritu de amor, cuando embarga e inspira al alma adolescente, suele comunicarla el don del idioma divino con que rendir a su dueño las oblaciones del corazón y suscitar, como eco de ellas, los votos y simpatías de otras almas, entre las que propaga la imagen de su culto. Con las visiones y exaltaciones de amor que refieren las páginas de la Vita nuova mézclanse las nacientes de la inspiración del Dante, desde que, tras aquel simbólico sueño que en el tercer parágrafo del libro le cuenta, nace el soneto primogénito:

A ciascun alma presa e gentil core...

Del sortilegio que la belleza de doña Catalina de Ataide produce en el alma de Camoens, data el amanecer de su vocación poética; como el de la de Byron, de la pasión precoz que la apariencia angélica de Margarita Parker enciende en su corazón de niño. Si la indignación, por quien Juvenal llegó a hacer versos, despierta antes el estro vengador de Arquíloco, esta indignación es el rechazo con que un amor negado a la esperanza vuelve su fuerza en el sentido del odio. Aun en el espíritu vulgar, raro será que, presupuesto cierto elemental instinto artístico, la primera vibración de amor que hace gemir las fibras del pecho no busque traducirse en algún efímero impulso a poetizar, que luego quedará desvanecido y ahogado por la prosa de la propia alma y por la que el alma recoge en el tránsito del mundo; pero no sin dejar de sí el testimonio de aquellos pobres versos, inocentes y tímidos, que acaso duran todavía, en un armario de la casa, entre papeles que amortigua el tiempo, como esas flores prensadas entre las hojas de los libros; o si de alma simple y rústica se trata, el testimonio de la canción ingenua, no exenta a veces de misterioso hechizo, que, al compás de una vihuela tañida por no menos cándida afición, lleva el viento de la noche, mezclada con el aroma de los campos... Así como, en lo material del acento, la voz apasionada tiende naturalmente a reforzar su inflexión musical, así en cuanto a la forma de expresión, el alma que un vivo sentimiento caldea, propende por naturaleza a lo poético, a lo plástico y figurativo. ¡Cuántas cartas marchitas e ignoradas merecerían exhumarse del arca de las reliquias de amor, para mostrar cómo del propio espíritu inmune de toda vanidad literaria y nada experto en artes de estilo, arranca la inspiración del amor tesoros de sencilla hermosura y de expresión vibrante y pintoresca, que emulan los aciertos de la aptitud genial!

Amor es revelación de poesía; magisterio que consagra al poeta; visitación por cuyo medio logra instantes de poeta quien no lo es; y en la misma labor de la mente austera y grave, en la empresa del sabio y el filósofo, de él suele proceder la fuerza que completa la unidad armoniosa de la obra del genio, añadiendo a las síntesis hercúleas del saber y a las construcciones del entendimiento reflexivo, el elemento inefable que radica en las intuiciones de la sensibilidad: la parte de misterio, de religión, de poesía, de gracia, de belleza, que en la grande obra faltaba, y que después de un amor, real o soñado, se infunde en ella, para darle nueva vida y espíritu, nuevo sentido y trascendencia: como cuando la memoria de Clotilde de Vaux, obrando, a modo de talismánico prestigio, sobre el alma de Comte, hace transfigurarse el tono de su pensamiento y dilatarse los horizontes de su filosofía con la perspectiva ideal y religiosa, que hasta entonces había estado ausente de ella, y que por comunicación del amor, el antes árido filósofo descubre y domina, llegando casi a la unción del hierofante.

.............................................................................................................................................

LIII
LIV
LV