Motivos de Proteo: 062

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Motivos de Proteo de José Enrique Rodó


LXI - Elemento volitivo que incluye toda aptitud en acto. La vocación y los males de la voluntad.[editar]

Toda aptitud superior incluye en sí, además del natural privilegio de la facultad en que según su especie radique, un elemento de naturaleza volitiva, que la estimula a la acción y la sostiene en ella. Si la endeblez de la facultad específica, o la conjuración adversa de las cosas, dan la razón de muchas vocaciones defraudadas, con no menor frecuencia la pérdida de la aptitud, siendo ésta muy real y verdadera en principio, viene de insuficiente o enferma voluntad.

En ese grupo torvo y pálido, que, a la puerta de la ciudad del pensamiento, como el que puso el Dante, entre sombras aún más tristes que el fuego devorador, en el pórtico de la ciudad de Dite, mira con ansia al umbral que no ha de pasar y con rencor a quien lo pasa: en ese torvo y pálido grupo, se cuentan el perseverante inepto, y el que carece de aptitud y de constancia a la vez; pero está también aquel otro en cuya alma pena, como en crucifixión, la aptitud, clavada de pies y manos por una dolorosísima incapacidad para la obra: enervamiento de la voluntad, cuya conciencia, unida a la de la realidad del don inhibido, produce esa mezcla acre en que rebosan del pecho la humillación y la soberbia. Es la sombría posteridad de Oberman, el abortado de genio.

Otras veces, la inactividad de la aptitud no sucede a una inútil porfía sobre sí mismo, que deje el amargo sabor de la derrota. Se debe a una natural insensibilidad para los halagos de la emulación y la fama, y para el soberano placer de realizar la belleza que se sueña y de precisar la verdad que se columbra; o bien se debe a una graciosa pereza sofística, que, lejos de tener la amargura hostil del fracasado trágico, ni el frío desdén del incurioso displicente, se acoge a la condición de espectadora con una benévola ironía, y extiende un fácil interés sobre las obras de los otros, desde su almohada epicúrea. Se ha dicho que el escéptico no es capaz de reconocer a un héroe, aunque lo vea y lo toque: agréguese, para complemento de observación tan verdadera, que ni aun es capaz de reconocerle cuando lleva al héroe dentro de sí mismo...

Las dotes que por estas causas se pierden, quedan, como las que malogra la inconsciencia de la aptitud, en la ignorancia y la sombra; pero aun en aquellos de cuya aptitud se sabe, porque alguna vez dio razón o indicio de sí, no es infrecuente caso el de la idea aherrojada dentro de la mente por falta de fuerza ejecutiva. El pintor Fromentin, midiendo la desproporción entre sus sueños de arte y la realidad de su obra, prorrumpía a menudo en esta exclamación, poseída de tremenda verdad para quien esté interiorizado en los misterios de la invención artística: «¡Si yo me atreviera! ¡Si yo me atreviera!...». Otras palabras significativas, aunque en diverso sentido, para caracterizar las enervaciones de la voluntad en la jurisdicción del arte, son las que se atribuyen a Fogelberg, escultor. Ante el tema que se le proponía, si lo consideraba bueno, argumentaba, a fin de cohonestar su abstención: «Los griegos ya lo han hecho...»; si lo consideraba arriesgado: «Los griegos no lo habrían hecho...». ¿Cuánta no fue la influencia que el dilettantismo indolente de Alfonso Karr ejerció en el espíritu de Gatayes, para convertirle de grande artista probable en mediano crítico real?... Cumplida personificación del estudioso insensible a los estímulos del renombre y a la necesidad de producir, es aquel singularísimo Magliabecci, que, en la Florencia del Renacimiento, acumuló, recluido en su taller de platero, una de las más oceánicas erudiciones de que haya noticia, sin que lo sospechara nadie, hasta que el secretario de Cosme de Medicis descubrió por casualidad aquel mar ignorado. Amiel, que, viviendo en un ensimismamiento de bonzo, nada de vuelo produjo para la publicidad, define en una página de sus Memorias la radical ineptitud en que se consideraba para la producción, su incapacidad para elegir entre la muchedumbre de las formas posibles con que se representaba la expresión de cada pensamiento; pero, por fortuna, en esas mismas póstumas Memorias dejó, sin proponérselo, la más alta demostración de la existencia de la aptitud superior que, por vicios de la voluntad, no llegó a manifestar activamente en el transcurso de su vida.


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