Motivos de Proteo: 063

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LXII - Vocación truncada por deficiente voluntad. El amaneramiento. Ejemplos de modificación progresiva de la obra. El reposo del mediodía.[editar]

A la falta de voluntad que ahoga la aptitud en germen y potencia, ha de unirse la que, después de manifiesta la aptitud y ya en la vía de su desenvolvimiento, la deja abandonada y trunca; sea por no hallar nuevas fuerzas con que apartar obstáculos, cuando se acaban las que suscitó el fervor de la iniciación; sea por contentarse el deseo con un triunfo mediano y dar por terminado en él su camino, habiendo modo de aspirar a un triunfo eminente.

Y estas formas de la flaqueza de voluntad no se traducen sólo por la abstención, por la renuncia a la obra, en plena fuerza de espíritu; ni sólo por la decadencia visible de la obra, como cuando la producción negligente y desmañada de autor ya glorioso, se satisface con vivir del reflejo del nombre adquirido. A menudo, una producción que en cuanto a la calidad no adelanta, es ya signo, no de que el autor haya llegado a la completa realización de su personalidad, sino de que ha pasado, en él, la excitación del arranque voluntario, la fuerza viva y eficaz del estímulo. Opta quizá, en este caso, por una abundancia que acrecienta la producción, sin añadirle más intensidad, más carácter, más nervio; y es entonces como el Ahasverus de la leyenda, a quien estaba vedado gastar más de cinco monedas de una vez, pero que inagotablemente encontraba en su bolsillo la misma escasa suma.

El amaneramiento, que hace resumirse el espíritu del artista dentro de sí propio, es, frecuentemente también, una limitación de la voluntad, más que un vicio de la inteligencia. Viene cuando se enerva o entorpece en el alma la facultad de movimiento con que salir a renovar sus vistas del mundo y a explorar en campo enemigo. Artista que se amanera es Narciso encantado en la contemplación de su imagen. La onda que lo lisonjea y paraliza, al cabo lo devora. La plena energía de la voluntad envuelve siempre cierta tendencia natural de evolución, con que la obra se modifica al par que crece. Excelso y soberano ejemplo de esta perpetua modificación de la obra, manifestándose de la manera fácil, graduada y continua, que antes hemos comparado con el desenvolvimiento de una graciosa curva, es el arte de Rafael. Desde sus primeros cuadros hasta el último; desde las obras modeladas en el estilo paterno hasta las inmortales creaciones del período romano, cada lienzo es una cualidad de su genio que se desemboza: es una nueva enseñanza adquirida; una nueva y distinta contemplación, provechosamente libada; un nuevo tesoro descubierto ya sea por sugestión del Perugino, de Masaccio, o de Leonardo; pero todo esto se sucede tan a boga lenta, y se eslabona de tan discreto y delicado modo, subordinándose a la unidad y la constancia de una firme y poderosa personalidad, que apenas hay, de uno a otro cuadro, transición aparente, para quien recorra paso a paso la estupenda galería, que cruza en diagonal la más grande época del arte; aunque sí la hay, y se mide por distancia inmensa, para quien, sin interposición de tiempo, pase de ver el Desposorio de la Virgen a admirar la Escuela de Atenas, o de admirar la Escuela de Atenas a extasiarse con la culminante y portentosa Transfiguración.

Este linaje de progreso, igual y sostenido, que, cuando se trata de grandeza tal, produce la impresión de serenidad y de indefectible exactitud, de un movimiento celeste, es más frecuente acompañamiento o atributo de condiciones menos altas que el genio. A semejante pauta obedeció el entendimiento crítico de Villemain, llevado, como por declive suave y moroso, a seguir el impulso de las ideas que llegaban con el nuevo tiempo, sin conceder sensiblemente en nada, pero quedando, al fin, a considerable espacio del punto de partida; a manera de esas aldeas asentadas sobre tierras movedizas y pendientes: que, fundadas cerca de la altura, un día amanecen en el valle.

Pero esta disposición a cambiar y dilatarse, en pensamiento o estilo, se desenvuelve, por lo general, menos continua e insensiblemente: por tránsitos que permiten fijar con precisión el punto en que cada tendencia da principio y se separa de la que la precedió, como líneas que forman ángulo. Así en Murillo, cuya obra inmensa se reparte en las tres maneras, tan desemejantes, tan netamente caracterizadas, que dominan, la primera, en los cuadros hechos, durante la juventud, para las ferias de Cádiz; la segunda, en los que pintó viniendo de estudiar las colecciones del Escorial; y la tercera, en las maravillas del tiempo de La Concepción y el San Antonio. Análoga diversidad ofrece la obra de compositores como Gluck, persuadido, por la plena posesión de sus fuerzas, a pasar de la molicie y vaguedad de sus primeras óperas al nervio dramático con que expresó la abnegación de Alcestes y las melancolías de Ifigenia; y aún la ofrece mayor ese proteico e inaplacable espíritu de Verdi, transportándose, con facilidad de taumaturgo, del estilo de Hernani al del Trovador o Rigoletto; del de Rigoletto al de Don Carlos; y que, no contento con imprimir, en Aida, sesgo original e inesperado al último vuelo de su madurez, singulariza los destellos de su robusta ancianidad con la nueva y sorprendente transformación de Otelo y Falstaff.

De naturaleza literaria progresiva y flexible podría ser imagen Jorge Sand, la Tisbe dotada del don de rejuvenecer cuanto tocaba con su aliento, y tan rejuvenecedora de sí misma, en cuanto a estilo y formas de arte, como para mover su espíritu de las febricitantes pasiones y la insólita complejidad del alma de Lelia, y el grito de rebelión de Indiana y Valentina, al candor idílico de La Mare au diable y La petite Fadette. Sainte Beuve figuraría, con justo título, a su lado. El imponente rimero de sus cien volúmenes contiene en sus abismos no menos de cinco almas de escritor, sucediéndose y destronándose en el tiempo, al modo como, en el campo donde Troya fue, halló la excavación de los arqueólogos los rastros de cinco ciudades sobrepuestas, levantadas la una sobre las ruinas de la otra.

Constituyen superioridad estos cambios cuando radican, y se reducen a unidad, en un fondo personal consistente y dueño de sí mismo: no si sólo manifiestan una fácil e indefinida adaptación, por ausencia de sello propio y de elección característica. Ha de modificarse la obra de modo que en nada menoscabe la entereza de la personalidad, sino que muestre a la personalidad como reencarnándose, merced a esa aptitud de atender y de adquirir, jamás colmada ni desfallecida, que, lo mismo en el artista que en el sabio, es el don más precioso: el don que se exhala en esencia de aquellas últimas palabras de Gay Lussac, las más altas y nobles con que se haya expresado un motivo para la tristeza de morir. -«¡Qué lástima de irse! Esto empezaba a ser interesante...» -dijo el sabio, aludiendo a lo que se adelantaba en el mundo, y a poco de decirlo, expiré.

Cuando el autor que ha acaudillado y personificado cierta tendencia de pensamiento o de arte, ganando, bajo sus banderas, la gloria, asiste desde su ocaso al amanecer de las ideas por que se anuncia el porvenir, ocurre ordinariamente que las mira con recelo y desvío, y se encastilla, con más decisión que nunca, en los términos de su manera o de su doctrina, llevándolas a sus extremos, como si, mediante esta falsa fuerza, pudiera resguardarlas. Pero suele suceder también que, sea por consciente y generosa capacidad de simpatía; sea, con más frecuencia, por el temor de perder los halagos de la fama; sea, más comúnmente aún, por absorción, involuntaria e insensible, de lo que flota en los aires, el maestro cuyo astro declina, ponga la frente de modo que alcance a iluminarla el resplandor de la nueva aurora. Interesante sería detenerse a puntualizar una influencia de esta especie en las obras de la vejez de Víctor Hugo (cuya producción oceánica es, por otra parte, desde sus comienzos, estupendo despliegue de cien fuerzas que irradian en otros tantos diferentes sentidos de inspiración y de arte); mostrando, por ejemplo, cómo la sensación ruda y violenta de la realidad, a que convergían, al declinar el pasado siglo, las nuevas corrientes literarias, domina en la entonación de las Canciones de las calles y los bosques, y cómo cierto dejo de acritud pesimista atenúa el férvido idealismo del poeta de las visiones humanitarias, en los finales poemas de El Papa y El Asno.

La voluntad constante del artista no implica necesidad de producción ininterrumpida e insaciable. Para la renovación, y el progresivo desenvolvimiento de la obra, son a menudo, más eficaces que una actividad sin tregua, esos intervalos de silencio y contemplación, en que el artista recoge las fuerzas interiores, preparando, para cuando rasgue la crisálida en que se retrae, una transfiguración de su espíritu, que se manifestará por la obra nueva. No es éste el melancólico reposo del crepúsculo, precursor de la sombra y tristeza de la noche; es el olímpico reposo del mediodía: el enmudecimiento y quietud de los campos subyugados por la fuerza del sol, en que la antigüedad vio el sueño plácido y la respiración profunda de Pan, a cuya imitación el aire mismo sosegaba su aliento y se interrumpía el afán del trabajador rendido a la fatiga por la labor de la mañana.


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