Motivos de Proteo: 071

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Motivos de Proteo de José Enrique Rodó


LXX - Riesgos y engaños en el cambio de vocación.[editar]

Mientras la vocación que se ha adoptado en un principio abone con sus obras la existencia real de la aptitud y no encuentre ante sí obstáculo de los que obligan al ánimo varonil y juicioso, el progresivo desenvolvimiento del espíritu debe continuarse siempre en torno de ella; diversificándola, mejorándola, extendiéndola; y complementándola, si cabe, con nuevas, diferentes aptitudes; pero sin quitarle la predilección y preeminencia, legitimadas por su prioridad, que hace de ella como el eje, en justo equilibrio, a cuyo alrededor se han ordenado las disposiciones y costumbres íntimas del alma.

El cambio voluntario en la preferente aplicación de la vida; el cambio para el que no obra fuerza de la necesidad, ni transformación natural y evolutiva de una vocación en otra, ni consciencia segura del superior valer de la nueva aptitud descubierta, o de su oportunidad mayor, suele ser forma de engaño y vanidad contra la que importa prevenirse. Todos los motivos de error que conspiran a alentar mentidas vocaciones antes de dejar espacio para que salga a luz la verdadera, tienen también poder con que desviar a ésta de su curso y sustituirla sin razón ni ventaja. Pero, además, el bien de la gloria no se diferencia de los otros bienes humanos en que esté exento de esa herrumbre de la saciedad y del hastío. La posesión de un género de gloria engendra acaso saciedad, y despierta el anhelo de trocarlo por otro de prestigio ignorado y tentador. Agréguese que es sentimiento frecuente en los que descuellan en la cumbre la nostalgia del esfuerzo y la lucha, apetecidos quizá por el triunfador con tan vehemente deseo como el que cifró en la posesión del bien, cuando aún no lo gozaba. El principiante que envidia la paz, duramente conquistada, del maestro, ignora que el maestro envidia tal vez, con intensidad igual, la emoción de sus dulces ansias y las alternativas de su ambición inquieta. Únanse estas causas de error a las mismas que obran para mover, desde un principio, falsas vocaciones: el halago de la prosperidad material, la codicia del vulgar aplauso, la imitación fascinada e inconsulta; y se verá cuán fácil es que, aun en los casos en que el alma ha hallado ya su verdadero camino, se aparte de él cediendo a la tentación de un llamamiento falaz.

El abandono de la vocación personal por otra ficticia, en espíritus de pensamiento y de arte que, hastiados de los ramos sin sabroso fruto con que sólo los recompensa la contemplación, aspiran a aquel género de triunfos que granjean autoridad o fortuna, es caso asaz frecuente; como lo fue, en tiempos pasados, la apostasía de esa misma casta de espíritus, y de los que lucían en la acción heroica, cuando, llegados a cierta edad de la vida, o a ciertos desengaños del mundo, olvidaban el don recibido de la Naturaleza por la estéril sombra del claustro.

Quien sienta en sí el estímulo de un cambio de frente en cuanto al objeto de su actividad, después de una aplicación cuyo acierto haya sido confirmado por obras y para cuya prosecución vea aún despejado el camino, ha de empezar por someter a crítica severa, no sólo la realidad de la nueva aptitud que piensa haber hallado en su alma, sino también las ventajas que pueda aportar, para los demás y para sí propio, esa como expatriación de su mente.


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