Motivos de Proteo: 096

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XCV - Naturaleza y arte: Italia. Milton; Goethe.[editar]

Naturaleza y arte, el eterno original y el simulacro excelso, la madre joven y amantísima y el hijo lleno de gracia que brinca en su regazo, compiten en provocar, con las señas que nos hacen, la sugestión que despierta las vocaciones latentes y define y encauza las que permanecen en incertidumbre. ¡Qué potestad, como de iluminación extática, puede ejercer la visión de las cosas sublimes del mundo material, en aquel que por primera vez las ve, con el candoroso júbilo, o con el candoroso pasmo, de quien las descubriera!... El mar... la montaña... el desierto... En la soledad de la selva americana, Chateaubriand encuentra la espaciosidad infinita necesaria para volcar el alma opresa por las convenciones del mundo; y entonces nace René, y en un abrazo inmenso se juntan la grandeza de la tierra salvaje con la grandeza del humano dolor. Y en cuanto a la virtud de las maravillas del arte sobre los espíritus en quienes una facultad superior espera sólo ser llamada y sacudida, hable Italia, que sabe de esto; hablen sus ruinas, sus cuadros, sus estatuas; hablen las salas de sus teatros y los coros de sus iglesias, y si el tiempo tiene capacidad para contener tantos nombres, digan los de aquellos que, en un momento de sus viajes, sintieron anunciarse a su espíritu una vocación que ignoraban, o bien corroboraron y dieron rumbo cierto a una ya sabida; los que, como Poussin, desbastaron allí su genio inculto; los que, como Rubens, fueron a redondear su maestría en la contemplación de los modelos; los que, como Meyerbeer y Mendelssohn, en el divino arte de la música, debieron a la que allí escucharon un elemento indispensable para la integración de su personalidad y de su gloria.

Quien una vez ha hecho esta romería, queda edificado para siempre por ella. Si Milton logró preservar, dentro de sí, del humo de tristeza y de tedio con que el puritanismo enturbiaba su ambiente y su propia alma, la flor de la alta poesía, ¡en cuánta parte no lo debió a la unción luminosa que el sol de Italia dejó en las reconditeces de su espíritu, desde el viaje aquel en que trabó conocimiento con la alegría de la Naturaleza y con el orden soberano de la imaginación! La austeridad teológica, la moral desapacible y árida, la limitación fanática del juicio, subyugaron, en él, la parte de personalidad que manifestó en la acción y la polémica; pero su fantasía y su sensibilidad guardaron, para regocijo de los hombres, el premio que recibió su alma de aquella visitación de peregrino.

Aún más hermoso ejemplo es el de Goethe, transfigurado por el mismo espectáculo del arte y la naturaleza de Italia. En el constante y triunfal desenvolvimiento de su genio, esta ocasión de su viaje al país por quien luego hizo suspirar a Mignon, es como tránsito glorioso, desde el cual, magnificado su sentimiento de la vida, aquietada su mente, retemplada y como bruñida su sensibilidad, llega a la entera posesión de sí mismo y rige con firme mano las cuadrigas de su fuerza creadora. Cuando, frente a las reliquias de la sagrada antigüedad y abierta el alma a la luz del Mediodía, reconoce, por contemplación real y directa, lo que, por intuitiva y amorosa prefiguración, había vislumbrado ya de aquel mundo que concordaba con lo que en él había de más íntimo, es la honda realidad de su propio ser la que descubre y la que, desde entonces, prevalece en su vida, gobernada de lejos por la serenidad y perfección de los mármoles, limpia de vanas nieblas y de flaquezas de pasión.


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