Motivos de Proteo: 099

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Motivos de Proteo de José Enrique Rodó


XCVIII - Almas simples e inmutables: una sola idea; un solo impulso de pasión. Sublimidad posible de estos caracteres.[editar]

Lo mismo en las regiones de la superioridad de espíritu que en el nivel de la vulgaridad, hállanse almas constituidas para una mayor permanencia que las otras; almas que parecen sustraerse al imperio omnímodo del cambio y la evolución. Tallada su naturaleza de una vez para siempre, los sentimientos e ideas que componen el fondo de su vida se mantienen unos y constantes, así en su número y especie como en su intensidad y en sus maneras de relacionarse o asociarse. No menos que el ser real, el aparente desconoce en ellas todo arte con que se reduzca a circunstancias distintas. Nada ganan ni pierden en el comercio del mundo, respecto del patrimonio con que entraron a él. El paso del tiempo las deja relativamente íntegras e intactas, diferenciando apenas los matices de su carácter según las condiciones de cada edad, sin llegar a removerlo en lo hondo: así la cúpula de hierro o la pared de granito, donde, a medida que el sol pasa, se pintan los cambiantes de la luz y la sombra, sin que esta modificación exterior alcance en lo mínimo a lo inmutable de su contextura.

Este tipo de almas adquiere su manifestación mas característica y completa cuando las tendencias entre que se reparte la extensión de la personalidad son muy pocas y simples, y hay entre ellas una que somete con rigor despótico a las otras; de manera que a la monotonía sucesiva que nace de aquella inalterable igualdad, se une la monotonía simultánea de un conjunto psíquico en que todo se reduce a algunos elementos, muy sencillamente combinados. Pocos sentimientos e ideas, y éstos duraderos cuanto la vida misma, y convergentes dentro de la más rígida unidad: tal es la fórmula extrema de estos caracteres, que ocupan las antípodas de las almas ricas y educables, siempre en vía de formación, siempre capaces de acrecentar su contenido y de modificar las relaciones entre unas y otras de las partes que lo constituyen.

Nuestra natural complexidad, que no consiente alma sin alguna lucha interior y alguna inconsecuencia, se opone a la realización perfecta de este tipo, más abstracto que humano; pero la naturaleza suele dar la perfección relativa de él: el monolito adecuado para esculpir la estatua de una sola pieza, y luego la voluntad se aplica a trabajar esa estatua, por el gobierno de sí misma, por la práctica de la única especie de educación que se aviene con la índole de tales caracteres desde que se consolidan y toman su camino en el mundo: la educación que consiste en restringir, depurar y sistematizar, cada vez más, el campo de la propia conciencia, haciendo, de día en día, más netos y fijos sus aspectos, más tiránicos los principios por que se rige, más indisolubles las asociaciones en que reposan sus costumbres; a diferencia de la educación realmente progresiva, que sistematiza y ordena, pero con cargo de aumentar correlativamente los elementos que reduce a una superior unidad.

Es el concepto de la perfección que inspiró el ideal lacedemonio, la disciplina férrea calculada para reprimir la libre y armoniosa expansión de los instintos humanos, en beneficio de un único e idolátrico deber. Es también la inmovilidad de abstención y resistencia que se predicó en el pórtico de Stoa; y es la idea que, en aquel linaje de espíritus que representan el lado adusto y ascético del cristianismo, responde al anhelo de modelarse a imitación de la absoluta permanencia de lo divino: Soy el Señor, y no cambio.

Visible es la grandeza de esta forma personal en el magnetizado por una idea o pasión de calidad sublime; en el fanático superior; en el iluminado o visionario, en el monomaníaco de genio: en todas esas almas que, yendo en derechura a su objeto, cruzan, como quien anduviese por los aires, sobre los tortuosos senderos de la vida real. Figúrate la prolongación indefinida de dos instantes que en tu existencia no se reproducen sino en contadas ocasiones: figúrate que la sucesión alternativa de ambos dura y persiste, sin solución de continuidad, y que, entre ellos solos, tejen, uno la trama, otro la urdimbre, de tu vida. Recuerda, por una parte, aquel momento en que una extrema atención reúne todo el ser de tu alma en un punto; ya sea cuando, deteniendo tu marcha al través de medrosa soledad, pones el oído a un rumor vago; ya cuando, resolviendo arduo problema, llegas al ápice del raciocinio, a la mayor tensión de pensamiento y de interés. Y por otra parte, recuerda aquel instante en que la pasión estalla en ti con su mas ciego impulso; en que un movimiento superior a ti mismo, arrollada tu voluntad por tu emoción, junta en una tus fuerzas; las multiplica, si es preciso, con maravillosa intensidad, y te arrebata a defender el bien que te disputan; a atacar al enemigo a quien odias; a realizar, o hacer tuyo el objeto que anhelas.

No de otro modo hemos de representarnos ciertas vidas: un solo término de atención, una solitaria idea, dueña y absoluta señora del alma; y por concomitante afectivo, un solo impulso de entusiasmo y deseo, supeditado a aquella idea para su servicio y ejecución. Ya es el ardor guerrero, ya la fe religiosa, ya la pasión de mando, ya el amor de la ciencia o el arte, la potestad absoluta que excluye del alma cuanto no se acomoda incondicionalmente a su dominio. No quita esto que, aun en las existencias más uniformes y fatales, haya, como en la de toda humana criatura, instantes rebeldes al orden del conjunto, gérmenes de diversidad y novedad, que podrían ser el punto de partida de una ampliación, y aun quizá, de una sustitución, del carácter; pero si el plan de la voluntad, en vez de estimularlos, los reprime y ahoga en su nacer, y no hallan fuerzas con que pasar de tales instantes y gérmenes en el transcurso de la vida, ésta mantendrá hasta el fin su imponente unidad. Ejemplos de semejante concentración anímica son: en lo religioso, San Bruno, el fundador de la Cartuja, como personificación del asceta que sacrifica al inextinguible anhelo de su fe, no ya toda otra forma superior de sentimiento, sino el natural instinto de la libertad y la prerrogativa racional de la palabra; y en lo guerrero, Carlos XII de Suecia, el conquistador que vive a perpetuidad sobre el lomo de su caballo, sin experimentar jamás una emoción de amor, ni una tentación de placer, ni una necesidad de tregua y respiro. Preciso es convenir en que el secreto de la eficacia del genio es, a menudo, esta avasalladora obsesión; la fuerza implacable de una idea que ha clavado la garra en una conciencia humana. Sólo para esa idea tiene entonces capacidad el tiempo. «Mi oración es tan continua -dice Santa Teresa de Jesús- que ni aun en sueños puedo interrumpir su curso». Nada hay que de alguna manera no confirme la idea y se le amolde: todo lo del mundo se derrite y rehace según ella, como por la operación de un fuego divino. Para las demás ideas, ceguedad, ininteligencia, desprecio. Es la pasión de celos que suele acompañar al entusiasmo de la vocación, al fervor del apostolado: ¡Marta, Marta, una sola cosa es necesaria!

La faz estética de estos caracteres, si se les toma en lo eminente de su especie, mira, más que a lo bello, a lo sublime. La igualdad perenne, yendo unida a un don superior del alma; la alteza trágica de esa despiadada inmolación de todas las pasiones a una sola, dan de sí una sublimidad, ya estática y austera, como la del desierto y la montaña: la de la abnegación altiva y silenciosa, la de la voluntad firmísima acompañada de poco ímpetu de sensibilidad; ya dinámica y violenta, como la del huracán y el mar desencadenado: la de una formidable pasión en movimiento; la del alma en perpetua erupción de amor o de heroísmo.


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