Motivos de Proteo: 101

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C - Dos distintas especies de almas entusiastas.[editar]

Grande es la unidad que enlaza todas las partes de nuestra existencia bajo una idea soberana; pero más bella y fecunda, si, poniendo a prueba la extensión de su fuerza ordenadora, se diversifica por la flexibilidad y la amplitud. Dentro de toda comunión, de toda fe, de toda sociedad ideal, es fácil distinguir dos especies de almas sinceras y entusiastas. Hay el entusiasta inflexible, alma monocorde y austera; y hay aquél cuyo entusiasmo asume las múltiples formas de la vida, y consiente, generoso con su riqueza de amor, otros objetos de atención y deseo que el que preferentemente se propone. De aquella pasta están hechos el estoico y el asceta, el puritano y el jansenista; de ésta, los espíritus amplios, comunicativos y curiosos, sin mengua de su fidelidad inquebrantable ni su férvida consagración. De los unos y de los otros, es decir, de los perseverantes, de los entusiastas, de los creyentes, y sólo de ellos, es el secreto de la acción; pero la más alta forma de la perseverancia, del entusiasmo y de la fe, es su aptitud para extenderse y transformarse, sin desleírse ni desnaturalizarse.


Los seis peregrinos.[editar]

Cuentan leyendas que no están escritas, que Endimión, no el que recibió favores de Diana, sino un evangelista de quien nada sabe la historia, recorría, después de doctrinado en Corinto por Pablo de Tharso, las islas del Archipiélago. En una ciudad pequeña de la Eubea, su palabra tocó el corazón de seis jóvenes paganos que formaron un grupo lleno de adhesión hacia él, no menos que de fe pura y sencilla. Esta comunidad naciente vivió, durante cierto tiempo, en la intimidad afectuosa con que la vida de las iglesias primitivas imitaba los lazos fraternales. Un día, un día del Señor, en la expansión cordial de la cena, maestro y discípulos fueron heridos de un pensamiento que les pareció una vocación: partirían a propagar la buena nueva siguiendo la ruta de Alejandro; soldados de una mansa conquista, llegarían, sobre las huellas del Conquistador, hasta donde el cielo quisiera; pero juraban que no se detendría, falta de impulso, la divina palabra, en tanto que uno solo de sus propagadores quedara, con vida y libertad, sobre el camino, que por ellos sería, otra vez y con más pureza, glorioso.

La fe, radiante, ofuscaba la temeridad de la intención. Aún no estaba formulada la idea, y ya la impaciencia por la acción y la gloria hacía aletear las voluntades. Pero como Endimión, el maestro, necesitaba completar, ante todo, su viaje por la isla, convinieron que, pasado el término que para ello se consideraba menester, él y sus seis discípulos se encontrarían en un vecino puerto, desde donde atravesarían el mar para emprender la ruta soñada.

El tiempo transcurrió para todos como en el éxtasis de una visión. Llegaron los días de la cita. Una mañana alegre; apenas provistos de pan y frutas los zurrones; en la dirección de la marcha un claro sol, y dentro de sí, como la mano de Dios en el timón del alma, el entusiasmo, los seis amigos partieron a reunirse al maestro.

Corría, suavísimo y opulento, el otoño. La naturaleza parecía concertar con la felicidad de los viajeros sus galas; diríase que de cada cosa del camino nacía una bendición para ellos. Sintiéndola, recogiéndola en su corazón, se regocijaban y hacían sonar todo el tesoro de su sueño en joviales coloquios, cuando de improviso distrajeron su interés unos lastimeros ayes que venían de unas breñas cercanas. Dirigiéronse allí, y viendo tendido entre las zarzas a un pastor que se desangraba, herido acaso por los lobos, se aproximaron a valerle. Sólo uno de los seis, Agenor, laconio enjuto y pálido, de grandes ojos absortos, había permanecido indiferente, desde el primer momento, a los ayes, atribuyéndolos a uno de los mil rumores del viento; y extraño a todo lo que no fuese la idea sublime a cuya ejecución se encaminaban; en la impaciencia de ver convertirse en realidad las imágenes deslumbradoras de su sueño, se había negado a desviarse y a esperar que se satisficiera la curiosidad de sus amigos. Agenor siguió adelante, adelante, como en el ciego ímpetu de una fascinación.

Ellos, en tanto, después de haber lavado y vendado con jirones de sus propias ropas, las heridas del rústico, le condujeron a su choza, que descollaba a cierta distancia, sobre una ladera donde se columbraban restos dispersos del hato. Allí, prolongando sus cuidados, les sorprendió la noche. Cuando, abriendo la autora, llegó el momento de partir, he aquí que Nearco, otro de los seis compañeros, permaneció apartado y melancólico, con el aire de quien no se resuelve a hacer una confidencia dolorosa. Instáronle los demás a confesar lo que sentía. Sabéis -dijo Nearco- que, desde que este episodio nos obligó a alterar por compasión el rumbo que llevábamos, me entró en el alma la duda de la inoportunidad de nuestra empresa; y oí una voz interior que me decía: -«Si hay tanto, y tan desamparado dolor, tanto abandono y tanta impiedad, cerca de nosotros, donde emplear el fuego de caridad que nos inflama, ¿por qué buscar objeto para él en climas extraños y remotos?» -Me dormí con este pensamiento en el alma; y soñé; y así como el apóstol vio en sueños la imagen del macedón que le llamaba, lo que él interpretó como un ruego de que fuera a redimir a los suyos, a mí se me apareció la imagen de este pastor, que, intentando yo continuar el viaje, me cerraba el camino: y lo aparté para avanzar; y entonces, en los enebros y las zarzas a cuyo lado le encontramos, sentí que se enredaban mis ropas y me detenían...

Dicho lo cual, Nearco, en quien un sueño disipó el encanto de otro, abrazó a sus amigos, que ya daban cara al sol para continuar su ruta, y volvióse en dirección a la ciudad.

El grupo siguió con entusiasmo intacto, adelante. De los cuatro que le componían ahora, Idomeneo parecía ser el que, por su superioridad, llenaba la ausencia del maestro. Él había sido el primero en percibir y atender los ayes del herido. Era de Atenas; era suave, inteligente, benévolo. En su fisonomía se reflejaba, algo de la inquietud con que se significaría la curiosidad espiritual de un estudiante, y algo de la ternura con que se expresaría el omnímodo amor de un panteísta. Pero el sello de expresión más hondo lo imprimía el dulce estupor con que aún lo embargaba la inmensidad de la fe nueva que había conquistado su alma.

Cuando en los bordes de algún soto vecino asomaba una lozana flor silvestre, Idomeneo, desviándose, se acercaba a admirar su forma, su color, o a aspirar su perfume. Cuando el viento traía, de cercanas cabañas de pastores, un son de zampoña o caramillo, o bien si una cigarra levantaba su canto, Idomeneo se detenía un instante a escuchar. Cuando una guija pintada lucía entre la arena del camino, Idomeneo, con el afán de un niño, la recogía, y bruñéndola la llevaba en la mano. Y cuando allá, en la profundidad del horizonte, un ave o una nube pasaban, o se descubría el triángulo blanco de una vela sobre la línea oscura del mar, el alma del neófito parecía tender presurosamente hacia ellos sobre el riel de una mirada anhelante...

Ya el sol había templado la fuerza de sus rayos cuando los viajeros vieron aparecer, en la caída de una loma, las casas dispersas de una aldea. Gigante encina descollaba, en lo más avanzado del lugar, sobre los techos, que esmaltaba el oro de la tarde; y en derredor del árbol veíase un gran grupo de gente, que formaba corro con muestras de atención y respeto. Preguntando a unos labradores que habían interrumpido su trabajo para dirigirse hacia allí, supieron que era un cantor ambulante, mendigo consagrado por la vejez y por el numen, que todos los años recorría, en ocasión de las cosechas, aquella parte de la isla. -¿Oigámosle? -propuso Idomeneo.

Acercándose al corro, los cuatro amigos se empinaron para ver al cantor. Un soplo de antigüedad heroica llegó a ellos. Todo lo del Homero legendario reaparecía en una dulce y majestuosa figura: el continente regio, la luenga barba lilial, la frente olímpica; a la espalda el zurrón, la lira a la cintura, el nudoso báculo en la diestra, el can escuálido y enlodado a sus plantas. Hízose un silencio solemne; y desatando al dios ya inquieto en su seno, el mendigo cantó; y sobre el aliento de sus labios, mientras las manos trémulas tocaban las cuerdas de la lira, flotaron cosas de historia y de leyenda, cosas que estaban en todas las memorias, pero que parecían recobrar, en versos ingenuos (tal como se serena el agua en cántaro de barro), la frescura y el resplandor de la invención. Cantó del germinar de los elementos en las sombras primeras; de la majestad de Zeus; de los dioses y sus luchas sublimes; de los amores de las diosas y los hombres. Cantó de las tradiciones heroicas: Hércules y Teseo lidiando, en el amanecer del mundo, con monstruos y tiranos; la nave que busca el vellocino; Tebas y su estirpe fatídica... Mostró después la cólera de Aquiles, y a Héctor en los muros de Ilión; y luego, a Ulises errabundo, los encantamientos de Circe, y la castidad de Penélope. Todos escuchaban arrobados: Idomeneo, con la expresión del que contempla una imagen que evoca en él el recuerdo de otra más bella o más querida; Lucio, uno de sus tres compañeros, con gesto en que alternaban el embeleso y la angustia. -Este canto divino -dijo Lucio- me ha hecho sentir de nuevo la hermosura de los dioses que abandonamos. Conozco que mi fe ha sido herida de muerte por el poeta... -Tu fe era débil -contestó Idomeneo-; yo siento magnificada y victoriosa la mía; yo guardo para mí el dulzor del canto, y como se arroja la corteza de la almendra, desecho la vanidad de la ficción.

Pero, insistiendo Lucio en su arrepentimiento, sólo siguieron viaje Idomeneo, Merión y Adimanto. A mitad de la jornada siguiente, atormentados por la sed, divisaron, no lejos del camino, el mirador de una alquería, y se dirigieron a ella. La casa estaba ceñida, en ancho espacio, por un huerto frondoso, que vides opulentas, enlazadas, por todas partes, a los árboles, adornaban con el oro de sus sazones. Cuando los viajeros llegaron, vieron que se preparaba en el huerto la vendimia. Ocupábanse unos en remover toneles y disponer para la obra el lagar. Otros afilaban, para segar los racimos, hoces que llenaban de desapacible música y de rojas chispas el aire. Un grupo de mujeres tejía los cuévanos y las cestas de mimbre para recogerlos. Por dondequiera reinaba la animación comunicativa con que se anuncia el trabajo preparado de buena voluntad; la animación que provoca el desasosiego del estímulo en los corazones y los brazos robustos.

Satisfecha su sed, los viajeros hacían señal de despedirse, cuando el viñador preguntóles si querían quedarse aquella tarde y ayudar a las faenas, porque sus hombres eran pocos, y debía apresurar la vendimia a fin de terminarla para el día que había indicado su señor. Agregó que hasta la otra mañana no vendrían, de los pueblos vecinos, los braceros que necesitaba, y que el tiempo que ganaría con el auxilio de los huéspedes sería bastante para evitar la demora y el castigo.

Ellos, que no habían permanecido insensibles a la sana tentación del trabajo; que recordaron la parábola de los pocos obreros para la mucha mies, y que agradecían, además, la hospitalidad que habían recibido, accedieron, y puestos a la obra, no fueron avaros de sus fuerzas. Adimanto contribuyó a recolectar los racimos; Merión, a transportarlos; Idomeneo, a la faena del lagar. La jornada acabó con tal suma de adelanto que el viñador, lleno de júbilo, abandonó sus temores. Empezó luego la fiesta con que se celebraba la vendimia, junto al báquico altar que descollaba en lo más alto del huerto, bajo brutesca arquitectura de ramas. Los vendimiadores fueron congregándose allí, mientras se distribuía, con prodigalidad, vino de anteriores cosechas. Cuando recibieron su parte, Idomeneo invitó a los suyos a beber, al modo de los festines eucarísticos. Apartándose de los demás algún espacio, levantaron las copas. En alto las miradas extáticas, invocaron el nombre del Señor. Y como dos zuritas, de las que acudían a picar en el suelo granos dispersos de la uva, cruzasen en aquel mismo instante sobre ellos: -«¡Irene y Agape!», dijo con gracia mística el de Atenas, recordando a las dos escanciadoras invisibles, mientras un rayo de sol inflamaba en las copas levantadas al aire el oro burbujante del vino...

Poco después, siendo ya noche, y en el deseo de estar de pie con la aurora, los tres amigos buscaron un rincón protegido por los árboles y se tendieron a dormir. Pero en los ojos de Merión, beocio que llevaba en el semblante los rasgos de la sensualidad, el vino había dejado un toque de luz cálida. Sentíase, allí cerca, la agitación del festejo que congregaba a los trabajadores en derredor del ara del dios. El circular de sarmientos encendidos pintaba de fuego las sombras de la noche. Por todas partes parecía vagar, en libertad, el alma del vino. En el viento, embriagado con las exhalaciones del lagar, venían risas, canciones, y el resonar de rústicos instrumentos, que denunciaba alegres danzas. Merión, incorporandose, levantó su copa del suelo, y se perdió, con paso sigiloso, en la sombra.

Aún no se había disipado la fiesta cuando sus dos amigos saludaban de pie la bandera de la mañana, que les mostraba la dirección de su camino. No encontraron a Merión junto a ellos. -«¿Estás despierto, Merión?»-. Tendido en tierra, desceñido, faunesco, coronado de pámpanos, como Dionysos joven a la sombra de las grutas de Nisa, el beocio les respondió cuando le hallaron, alargándoles negligentemente su copa. Idomeneo y Adimanto partieron.

-Y ¿qué era, en tanto, de Agenor, el que, desde la primera jornada, se había adelantado, en su impaciencia, a los otros?... -Agenor había llegado acaso al término del viaje; o tal vez seguía adelante, adelante, como en el ciego ímpetu de una fascinación.

A poco andar, Adimanto e Idomeneo vieron abrirse ante su paso una hermosísima llanura, por donde el camino serpeaba con deliciosa volubilidad, como atraído a un tiempo por mil cosas. Blancas aldeas, rubias y onduladas mieses; tupidos bosques, a cuyos pies se deslizaba la corriente sosegada de un río; y en lo remoto, el mar azul y profundo. Caminaban absortos en la contemplación, cuando, percibiendo de cerca un aroma de manzanas silvestres, traspusieron, no sin esfuerzo, el natural vallado que orillaba el camino; y el soto más ameno, la más risueña espesura rústica que pueda imaginarse, apareció ante sus ojos y los envolvió en la fragancia de su aliento. Bajo la bóveda que extendían los árboles más altos tejía la vida una gloriosa urdimbre, entre la cual formaba caprichosos cambiantes con la sombra, la luz que descendía tenuemente velada. De aquí y de allá partían, buscando el corazón de la espesura, senderos estrechos y tortuosos, y no tardaban en oponerse a su paso las vigilantes zarzas y las hiedras cuajadas de corimbos. Los frutos todavía sujetos a la rama veíanse en tan gran copia como los que, ya desprendidos, yacían en el suelo y le alfombraban de tintes más oscuros que los que desparramaban los otros por el aire. A pesar del otoño, no escaseaban, junto a esta riqueza, galas más tempranas que el fruto. Y todo estaba virgen, radiante, como húmedo aún de la humedad del soplo creador. Fresco aposento de quién sabe qué divinidad esquiva, no había señales de haber tocado en aquel retiro planta humana. A medida que se internaban en lo espeso del soto, Idomeneo sentía cómo iba estrechándole el alma, dulcemente, el abrazo de la Naturaleza, y se abandonaba sin recelos a él. Admiraba, con la admiración que pone húmedos los ojos, todo cuanto le rodeaba; parecía beber con delicia en el ambiente; perdíase de intento allí donde formaban más hondo laberinto las frondas; tenía dulces palabras para las flores que le embalsamaban el camino; se detenía a grabar el signo de la cruz en la corteza de los árboles, como en el corazón de catecúmenos; recordaba, de los libros sagrados, el Paraíso y la tierra que mana leche y miel; los cedros del Líbano y las rosas de Jericó, y el fondo de imágenes campestres del Evangelio. Como en la copa donde se mezclan dos vinos para mitigar los humos del más fuerte, en él el entusiasmo, la embriaguez de la vida, cosa de su raza que, sin él quererlo, subía de las raíces de su ser, se dulcificaba con el sabor de la fe nueva, con el recuerdo del Dios que también había sabido detenerse ante la gracia de un ave, de una colina o de una flor... Idomeneo bautizaba toda aquella hermosura al difundirse en ella por obra del amor, que identifica el alma y las cosas.

Pasóse el tiempo en aquel vagar infantil y les sorprendió en la soledad del monte el crepúsculo. Sus sombras graves parecieron una reconvención a Adimanto. Cuando, a la mañana siguiente, Idomeneo, recordó que sólo faltaba una jornada para terminar el viaje, y se echó al hombro el zurrón con renovado júbilo, Adimanto confesó tristemente que no se atrevía a ponerse en presencia del maestro... Pensaba que los recibiría con severidad por su tardanza, si es que ya no había partido a la llegada de Agenor; y a pesar de las instancias de su compañero, se despidió y marchó cabizbajo a desandar su camino.

Idomeneo, solo ya, siguió adelante. No tardó en divisar, sobre la playa graciosamente enarcada, las casas blancas y risueñas de una ciudad marina, y las palmeras que la engalanaban, agitándose, con señas como de llamamiento, que le parecieron dirigidas a él. Inquirió, por los que hallaba a la puerta de alguna finca rústica o ejerciendo las labores del campo, si había pasado en aquella dirección Agenor; y conoció que sí cuando le describieron la prisa, como de quien huye; el gesto extático, que les habían admirado días antes en un extraño pasajero; su palidez, el cansancio inconsciente, o desdeñado, que revelaba, y la indiferencia con que proseguía, en medio a la curiosidad de los que se detenían a observarle. -«¡Parecía un sonámbulo!», decían.

Tal como estas noticias lo pintaban, Agenor había llegado al término del viaje, en un solo impulso de deseo desde su partida, insensible a la fatiga de su cuerpo, insensible a los accidentes del camino, insensible al espectáculo de la naturaleza. No bien llegó, cayó extenuado a las plantas del maestro, aunque, más feliz que el soldado de Maratón, no fue sin vida. Durante tres mañanas y tres tardes, maestro y discípulo consultaron, de lo más alto de la ciudad, como desde una atalaya, la dirección por donde esperaban ver venir a los otros; hasta que apareció Idomeneo, y por él supieron, dolidos mas no desalentados, la inutilidad de esperar más. Endimión puso a Agenor a su derecha, puso a su izquierda a Idomeneo; y entonando uno de los salmos que cantan la felicidad del caminante, marchó con ellos hacia el mar. Nubes extrañas fingían maravillosas rutas en el confín del horizonte. La vela de la nave que los conduciría palpitaba sobre las aguas turbias e inquietas, a modo de un gran corazón blanco...

Y así, junto al maestro que representaba para ellos la verdad; inmunes de las tentaciones a que habían sucumbido los discípulos que, por veleidosos o cobardes, no continuaron el camino, partieron: Agenor, el entusiasmo rígido y austero, la sublime obsesión que corre arrebatada a su término, con ignorancia o desdén de lo demás; Idomeneo, la convicción amplia, graciosa y expansiva, dueña de sí para corresponder, sin mengua de su fidelidad inquebrantable, al reclamo de las cosas: el convertido de Atenas que, de paso para su vocación, supo atender a las voces con que lo solicitaron la caridad, el arte, el trabajo, la naturaleza, y que de las impresiones recogidas en lo vario del mundo formaba, alrededor del sueño grande de su alma, un cortejo de ideas...


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