Motivos de Proteo: 127

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CXXVI - Segunda voz: «¡Apóstata, traidor!»[editar]

Otra voz viene de las gradas de este circo del mundo, o se anticipa en tu conciencia a la que de allí se alzará si se consuma tu voluntad de emanciparte. «¡Apóstata, traidor!» clama esa voz de reconvención y de afrenta. Y el dogma o la opinión con que ella se autoriza saben bien cómo es, porque ella sonó de igual manera en los oídos de aquel que los confesó primero que ninguno: «¡Apóstata, traidor!». Ésta es la canción de la nodriza para el alma que nace a la vida del pensamiento personal después de su vegetar inconsciente en el útero de una tradición o una escuela. No hay creencia humana que no haya tenido por principio una inconsecuencia, una infidelidad. El dogma que ahora es tradición sagrada, fue en su nacer atrevimiento herético. Abandonándolo para acudir a tu verdad, no haces sino seguir el ejemplo del maestro que, por fundarlo, quebrantó la autoridad de la idea que en su tiempo era dogma. Y si acaso él no hubo menester de apostatar de esta fe, porque no fue educado en su doctrina, sino que vino de afuera a trastornarla, cuando menos formó su séquito e instituyó su comunión con aquellos a quienes indujo a apostatar. Así como remontándose al origen del más alto linaje de nobleza siempre se llegará a un glorioso advenedizo: a un aventurero heroico, a un bárbaro soldado o rudo trabajador, así, buscando en sus nacientes la fe más venerable, la idea más entonada por la majestad y pompa de los siglos, siempre se llegará al apóstata, al heresiarca, al rebelde. Y así como el honor de aquella aristocracia viene, todo él del arranque personal del hombre oscuro que, levantándose sobre el polvo, levantó a su posteridad consigo, de igual manera el magnetismo, la fuerza interna, de esta fe, son como la ondulación de aquel arranque personal de rebeldía, de desobediencia, de audacia, del hereje que apostató de la fe antigua para tener una fe suya.


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