Motivos de Proteo: 134

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CXXXIII - Tercera voz: ternura y gratitud. Cómo un primer amor puede vivir al través de los que le suceden.[editar]

Sigamos atendiendo a las voces que se levantan de tu alma cuando, por acudir a la verdad, tientas romper el lazo que te une a lo pasado en la historia de tu espíritu. Ésta que suena ahora es triste y suave; y por suave y triste, poderosa. Mézclanse en ella melancolías del recuerdo, ternuras de la gratitud.

¿Es quizá un sentimiento de fidelidad el que detiene tu impulso de ser libre? ¿Te duele ser infiel con ideas que han sido el regazo donde se adurmió tu alma, el materno seno de que se nutrió, la voz amante que oyó, al despertar, tu pensamiento?... Piensa, en primer lugar, que la separación no obliga al odio, ni aun a la indiferencia y el olvido. La autoridad de la razón puede exigir de ti el abandono del error que ella ha disipado y el amor por la verdad que ella te enseña; pero que en tu corazón quede piedad y gratitud para los sueños en que te meció el error ¿qué mal nacerá de esto? Ese sentimiento piadoso, si persiste después de tu desengaño y tu libertad, ¿por qué no lo ha de dejar vivir la razón austera, mientras él no sea obstáculo que impida tu marcha hacia adelante? ¿Y cuántos hay que, emancipados para siempre, conocen la voluptuosidad moral de cuidar, en un refugio de su alma, la imagen y el aroma de la fe perdida?...

Así, un primer amor que malogró la muerte u otro límite de la fatalidad, dura tal vez, en lo íntimo de la memoria, mucho más que como fría representación en lo pasado; dura en aquella parte mejor de la memoria que confina con los términos del corazón y que imprime en él, tiernamente, las figuras que evoca; y aun cuando la vida traiga consigo amores nuevos, aquel amor primigenio es como una caja de sándalo donde todo nuevo amor entra y se acomoda; y sigue viviendo a través de ellos, y nota con encanto correspondencias, semejanzas, miradas y sonrisas que reaparecen en otros ojos y otros labios, uniendo en lazo de inmortal simpatía dos pasiones, libres de conflicto, purificadas de celos y egoísmos de amor, por la distancia que separa a la vida de la muerte.

Para que un amor que ha escollado en la realidad persista en ti idealmente, de manera delicada y profunda, no es necesario que sacrifiques en holocausto a él el resto de tu vida, ni que selles, resumiéndolas como en la cavidad de una tumba, las fuentes de tu corazón. Si logras, por dicha, hallar otro objeto de amor que te cautive, tu fidelidad al primero puede manifestarse aún por los ecos que en tu memoria despierta esta nueva melodía que compone tu alma; por la esfumada lontananza con que el recuerdo completa y poetiza el paisaje del amor nuevo. Y de igual modo, cuando la razón te fuerza a abandonar una fe que te ha llenado el alma de amor, no es menester que cobres aborrecimiento a esa fe, ni aun lo es que dejes de amarla. Puedes serie fiel y grato todavía: fidelidad y gratitud caben en la devoción del recuerdo, que cuida sus reliquias con esmero piadoso, y evoca con melancólico afecto la imagen del perdido candor; y como en el caso de los dos amores de que te hablaba, que, en sublime hermandad, el uno hace revivir memorias del otro, se complace tal vez en notar coincidencias, afinidades, simpatías, entre los sentimientos morales con que la vieja fe te modelara y las enseñanzas en que te inicia la severa razón.


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